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17 de diciembre de 2003


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COLOMBIA:
Aunque no parezca, pelaítas y sardinas tienen mucho en común

Guaguas y guambitos
Las variedades del amor

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Un pelao no necesariamente es un hombre calvo, aunque puede serlo. Un sardino es el masculino de sardina, pero no se refiere a un pez si el que habla es un bogotano. Ambas palabras son sinónimos coloquiales de hombre, chico, pibe, chavo, botija o chaval, y reflejan la variedad de zonas de Colombia, entre las que se destacan Bogotá y la costa, que conviven con importantes diferencias geográficas, culturales y por supuesto, en el uso del lenguaje:.

La periodista Karen Jiménez hace más de cinco años que vive en Bogotá pero conserva muchas de las palabras y la tonalidad de los costeños. Es oriunda de la Guajira y ello se nota cuando se refiere a los pelaítos y las pelaítas, en referencia a niños y niñas.

Por ejemplo, Víctor Gaviria es el autor de El pelaíto que no duró nada, una obra que recoge el relato del joven Alexander Gallego —Wilfer— sobre la muerte de su hermano Faber y hechos que ocurren en las comunas nororientales de Medellín.

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Guaguas y guambitos

En regiones andinas de Colombia pueden referirse a los pelaítos como guambitos y a las pelaítas como guaguas, indica Jiménez, periodista del diario El Tiempo de Bogotá. Este regionalismo también se extiende a otros países como Ecuador. En el departamento de Tolima, en tanto, también manejan como sinónimos de sardino o sardina a chino o china.

Guagua proviene del quechua wáwa, y presenta otras acepciones en América. En algunos países denomina a una variedad de insectos que atacan plantaciones. En cambio, en Chile, por ejemplo, la guagua es un bebé, un niño recién nacido. En Cuba y República Dominicana esta palabra suele usarse para denominar a una unidad de transporte de pasajeros.

La incomprensión puede surgir si un argentino pregunta en España por un colectivo o por un bondi, las formas más frecuentes de nombrar al transporte público en el Río de la Plata. Pero si un madrileño quiere «coger un autobús» en la ciudad argentina de Rosario, seguramente generará grandes carcajadas porque autobús es una voz que no se utiliza pero «coger» significa copular en esa nación americana.

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Las variedades del amor

En el lenguaje que se refiere al amor, el cortejo y lo romántico, aspecto en el que los colombianos suelen ser especialistas, Jiménez le cuenta a Comunica otras diferencias: «Para los costeños, un hombre muy bonito es un bollito (churro o papito en Bogotá), y si te quiere cortejar, te está echando el cuento».

Echar el cuento en la pampa argentina o en la misma capital de país, Buenos Aires, tiene que ver con mentir. «Me echó el cuento de que se tenía que ir de viaje». En este país se utiliza también, especialmente en el norte, echar un cuento como sinónimo de contar un chiste. En la Guajira, en pleno Caribe colombiano, también te echan un vacilón para seducir, te alaban y piropean.

En Venezuela, vacilar sólo remite a decir o echar bromas, pero en Costa Rica, un vacilón es alguien divertido.

Claudia Rodríguez, colega de Jiménez en la cadena televisiva RCN y bogotana de pura cepa, le cuenta a Comunica el repertorio de las frases vinculadas al amor y más allá utilizadas en su región.

«Si dices me estoy rumbeando con fulano puede aludir a que estás saliendo, aunque también si una sardina se rumbeó a un sardino, se lo levantó, lo conquistó». Una vez iniciado el rumbeo, comienza la etapa de empezar a trillar, besar, chapar (en Argentina y Uruguay).

Rodríguez amplía hacia una jerga un poco más vulgar, y dice que si alguien echa los perros a una dama no remite a pretender atacarla con animales, sino a intentar conquistarla sentimentalmente. Él, en ese caso, le estará cayendo a la chica. Más aún, cuando la pareja está rumbeando y estuvieron trillando, uno de ellos, o ambos, se querrán comer, pero ello ya no es una expresión romántica, aunque remita probablemente al amor. (Comunica. 17-12-03). 

 

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