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CHILE:
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«Ando bacán, aunque medio embalao. Anoche terminé arriba del balón, se me apagó la tele, pero ya estoy con mi pierna y estoy arriba». Nada de lo antedicho es lo que parece, excepto para los adolescentes chilenos, dominadores de un lenguaje que no sólo deja fuera a los mayores, sino también a los jóvenes y a los niños. Una posible traducción de la primera frase sería: «Estoy perfectamente, aunque acelerado. Anoche terminé muy borracho, me quedé inconsciente, pero ya estoy con mi chica y estoy bien». Hiram Vivanco, director del departamento de Lingüística de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, explica que «cada generación va creando su propia jerga, porque los adolescentes de hoy no quieren usar las mismas palabras que usaban los de hace 10 o 5 años, porque están pasadas de moda». El
especialista indicó al diario El Mercurio de Santiago que los
adolescentes «son tremendamente espontáneos al hablar y a veces hasta
crueles». Dicen la pulenta (verdad), como diría uno de ellos, aunque
la pueden decir de manera sutil, como cuando aluden a quien no es leal con
los amigos, que destiñe o arruga. | ||
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Dificultades para cambiar de registro En tanto, Marcela Cabrera, docente de la Universidad Católica, señala que los jóvenes de entre 14 y 19 años «utilizan las palabras en la medida que sean novedosas y divertidas». Vivanco también cree que la construcción de un léxico propio tiene que ver con romper esquemas, «así como se tiñen el pelo verde y se ponen aros en cualquier parte». El problema surge cuando existe dificultad para pasar a otros registros de conversación distintos a la charla con amigos. «En general, tienden a reproducir su registro coloquial al hablar en situaciones más formales; por ejemplo, llamando «este gallo o este compadre» a un autor en una clase, explica Cabrera, quien elaboró un registro de 175 palabras consideradas del universo adolescente, tras entrevistar a 44 estudiantes de nivel secundario. La
solución pedagógica, coinciden los especialistas, no pasa por negarles la
posibilidad de hablar en su registro, aunque sí por el hecho de que sepan
diferenciar situaciones. Como herramienta, se les pueden pedir composiciones
escritas en su léxico habitual y luego otras, sobre los mismos temas, pero
traducidas para ser dirigidas a un público imaginario y formal.
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Palabras que cruzan los Andes Los adolescentes chilenos tomaron palabras en los últimos tiempos que provienen de cierto uso informal en el otro lado de los Andes. Así, se referían hasta hace pocos años a mina, un término que alude a mujer desde hace décadas en la Argentina, aunque ahora en Chile fue reemplazado por pierna. También llegó a Santiago el aumentativo re, y más aún, recontra. Desde México se importó el uso de chela para la cerveza, y buey o pinche cabrón como sinónimo del huevón chileno. Se sabe que para los jóvenes las bebidas alcohólicas son todo un mundo. Copeteado, doblado, pasado y arriba del balón o pelota son formas de referirse a los diferentes grados de estar alcoholizado. Estas voces reemplazan a términos utilizados por mayores o hasta hace pocos años como cufifo, cucarro, cochecho, chambreado o contentillo. Las
consecuencias más o menos graves de ello son que se te apaga la tele,
andas raja o como rana. Otros se ponen pesados, es decir, jote
o agujón. Para despedirse, usan chabela. (Comunica.
14-04-04). | ||
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