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17 de marzo de 2004


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COLOMBIA:
El mito de la pureza del castellano

Bogotá: la Atenas de América
El castellano diverso de los colombianos

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La búsqueda de la perfección idiomática y la propensión a considerar a una región como el lugar donde se habla la lengua «más pura» es una tendencia no exclusiva dell castellano. Los irlandeses, por ejemplo, suelen decir que les corresponde a ellos la propiedad de hablar «el mejor inglés»; los florentinos dicen lo propio con el italiano y en lo referente a nuestro idioma, a poco de llegar a Bogotá, el visitante no tardará en escuchar que allí se habla el español «más puro y neutro» que existe.

En realidad, es sabido que por la riqueza y diversidad de nuestra lengua es impropio hablar de un «mejor castellano» en determinado sitio. Por otra parte, siempre que se valore una variante como mejor que otra, se está realizando una apreciación a partir de un parámetro, de un modelo al que se busca imitar, y la multiplicidad de matices de la lengua española es lo que la enriquecen y le dan su particularidad.

Pero también es cierto que existe una importante tradición lingüística en Colombia, país que albergó la primera Academia de Letras del continente en 1872 impulsada por el humanista Miguel Antonio Caro, y que el cuidado, la corrección normativa y la creatividad de sus hablantes son características que identifican al español colombiano 

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Bogotá: la Atenas de América

Alguna vez el poeta nicaragüense Rubén Darío señaló que «en un tiempo, cuando a Bogotá se la llamaba la Atenas de América, fueron aquellos países (los centroamericanos, y particularmente Nicaragua), como dependencias académicas de Colombia y Venezuela».

El lingüista Rufino José Cuervo realizó Las apuntaciones críticas del lenguaje bogotano de enorme influencia en el norte de Sudamérica y Centroamérica hacia fin de siglo XIX, y mantuvo fluida correspondencia y contacto con otros filólogos de la época, como el nicaragüense Mariano Barreto.

Un artículo del diario El Tiempo, firmado por Isabel Sánchez, recogía hace pocas semanas el orgullo de los colombianos: «Colombia adquirió desde hace más de un siglo la honrosa fama de ser el país de América Latina donde mejor se habla el castellano. Aunque su reputación la deba sobre todo a la pasión por la gramática de sus intelectuales y políticos, no cabe duda de que aquí el castellano tiene una riqueza especial por la creatividad de su gente y la variedad de sus regiones».

En tanto, el lingüista Armando Gamboa, autor del libro Así debemos hablar, argumentó que «los colombianos sólo tenemos tres patrimonios: la desesperanza, la resignación y el idioma». En esta línea, el escritor y académico español Arturo Pérez Reverte suele decir que «un campesino de Colombia habla mejor que un estudiante universitario de España», o sea que utiliza mayor variedad de vocabulario y construye mejor las oraciones.

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El castellano diverso de los colombianos

El castellano en Colombia adquiere visos muy diferentes entre el habla costeña, la de la capital y la de otras regiones andinas. Más aún, convive con 65 dialectos indígenas. En La Guajira y los llanos orientales, tienen un cantaíto especial que los hace hablar de pelaítos, con una tonalidad similar a la de algunos venezolanos.

Como desmentida de la pureza idiomática, pero como reafirmación de la riqueza de sus localismos, algunas palabras constituyen un repertorio no apto para extranjeros, e incluso para colombianos de otras regiones. Por ejemplo verraco, cuyo significado original es cerdo reproductor, en zonas de Colombia significa corajudo y hábil, así como una situación de muy difícil solución. Un lagarto es un oportunista; camellar es trabajar y camello es sinónimo de laburo, para los argentinos, o curro para los españoles.

Emergió en los últimos años cierto lenguaje urbano y vinculado al lenguaje de la violencia. En esta jerga, patrasiar significa retroceder; y tropeliar, braviar o frentear son verbos que denotan desafío o valentía.

Vale la pena repasar la siguiente frase reproducida en el libro No nacimos pa´semilla de Alonso Salazar: «Lo que me da chispa es que me hayan encanado por cascar esa cosa. A los que faltonean a la gente del barrio, me lambo por pelarlos». El joven sicario de 20 años de Medellín dijo, en otros términos, que lo que le da rabia es que lo hayan encarcelado por asesinar esa cosa. A los que son desleales a la gente del barrio, muere de ganas por asesinarlos. (Comunica. 17-03-04).

 

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