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15 de noviembre de 2005


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ARGENTINA:
La jerga de los colectiveros

Una jerga para cada línea
Puerto Piojo, Villa Inflamable
Chanchos y chanchas
La corrupción del chivo

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Dice la leyenda que en la primavera de 1928, en la esquina de Rivadavia y Lacarra, Buenos Aires, un grupo de taxistas que se reunía en un bar comenzó a ofrecer viajes colectivos a los barrios de Caballito y Flores por un precio módico. Así habría nacido el autobús urbano, que desde entonces, para los argentinos, es el colectivo, conocido popularmente como bondi.

Carlos Achával, docente y periodista especializado en el tema, aclara ante Comunica: “El colectivo se inventó muchas veces y en muchos países, pero la creación de 1928 es cierta”. Achával, con una vasta experiencia que incluye 20 años en el diario popular Crónica, es creador del Museo del Colectivo y autor del glosario que acompaña El libro de los colectiveros de diseño y fotografía, cuyas responsables son Julieta e Inés Ulanovsky y Daniela Dulitzky.

Una jerga para cada línea

La jerga de los colectiveros acompañó el proceso económico del sector. Achával explica que “ahora es un lenguaje común para todos los choferes, pero históricamente había distintas corrientes que correspondían a las diferentes líneas”. Ello se explica porque, en un comienzo, muchos choferes eran dueños de las unidades y la relación con los peones era de amistad, por lo tanto, cada línea era un mundo.

Desde hace al menos dos décadas,  los choferes-dueños son una excepción en Buenos Aires, porque predominan las sociedades anónimas. “Por ello, la jerga propia de cada línea se conserva sólo en aquellas que tiene alguna característica particular, como ómnibus de larga distancia que tienen coches-cama”, en los que duermen los choferes.

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Un ejemplo vigente al día de hoy es la utilización de la palabra cable en una empresa de larga distancia, y se refiere a la mujer que sube al vehículo como acompañante del chofer, sin pagar billete.

“En cambio, el hecho de que haya mucha más movilidad de los conductores -basta con que alguien tenga registro en regla para que esté en condiciones de cambiar de línea-, por lo que se unificó el lenguaje”, indica el experto, docente en la Taller Escuela Agencia (TEA) de enseñanza de periodismo a nivel terciario.

Puerto Piojo, Villa Inflamable

Achával explica un recorrido de una línea histórica, en la que los choferes siguen cortando los boletos a mano, que transita en el Gran Buenos Aires, entre Avellaneda y Dock Sud. Su recorrido aporta aspectos llamativos del lenguaje barrial: Termina en Puerto Piojo, en plena Villa Inflamable, una localidad que creció alrededor de las destilerías de Dock Sud, donde la mortalidad infantil alcanza registros alarmantes.

La pasión de Achával por el colectivo se inició desde que tenía cuatro años, cuando le pedía a su madre que lo llevara a pasear con unidades que tenían algún sello distintivo, como el hecho de ser demasiado vieja o alguna particularidad en la ornamentación. Desde entonces, “una gran amistad con un colectivero de la 37, que falleció, y muchas relaciones con dueños de empresas y otros choferes”, fueron la fuente que convirtieron a Achával en el máximo experto argentino en el mundo del bondi.

La turbulencia económica de Argentina se tradujo también en la jerga. Cuando una empresa está siendo sometida a presiones y está a punto de ser absorbida por otra, “se está cayendo”. Recibe una suerte de OPA hostil.

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Chanchos y chanchas

El glosario incluye la expresión chancho, nombre poco edificante que identifica al inspector de cualquier medio de transporte que controla que los pasajeros paguen sus boletos. El chancho en Argentina es el nombre coloquial del cerdo, y obedece al mito del aspecto físico del inspector.

Pero el trabajo ofrece algunas variantes. Así, el chancho arrepentido, es aquel que “pasa a ser inspector por un tiempo, generalmente por una sanción que le impide manejar”

El chancho secreto es “el que no pertenece a la empresa sino al organismo de control de transporte de pasajeros en general. No usa uniforme y observa disimuladamente si el comportamiento del chofer cumple o no con las normas para hacer un informe que puede implicar sanciones”.

Los primeros colectiveros hablaban de una chancha, que no es la esposa del chancho. Era chancha “un modelo de colectivo de aspecto porcino marca Büssing-N.A.G. de la Compañía Omnibus Libertad, que prestaba servicio en la línea 18, hacia fines de la década del 20”. Más tarde exportó el nombre a una línea de ferrocarril que funcionó hasta fines de los 50, pero al día de hoy, los pasajeros de un tren decadente que circula entre Temperley y Haedo, en los alrededores de Buenos Aires, conocen a sus vagones como chanchita. A esa formación también se la llama Tren de la Muerte, por su tránsito por villas y barrios humildes con alto índice de violencia social.

La historia también ofrece una palabra, Corporación, que pasó de ser sustantivo a adjetivo. Se refería a la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires (CTCBA), que en algún intento de organizar el transporte se transformó en una expropiadora de unidades privadas. Generó odio. Entonces, a un chofer que cometía alguna infracción a bordo a un colectivo de la CTCBA, se lo insultaba diciéndole corporación.

A decir verdad, los colectiveros no gozan de mucha popularidad entre los porteños. Con justicia o no, se los considera en general poco atentos y desaprensivos. En la jerga, queda claro que los choferes saben de qué tratan las críticas, y le pusieron nombres propios a las malas conductas.

Por ejemplo, afeitar es “retrasarse intencionadamente algunos minutos para levantar algunos de los pasajeros que le corresponderían al servicio posterior, además de los propios”, para ganar, en algunos casos, más comisión.

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La corrupción del chivo

Culatear significa “arrimar el colectivo al de adelante en las paradas para obligarlo a que interrumpa el ascenso de pasajeros y siga, dejando más pasajeros al de atrás” y “Dejar el paquete” expresa el acto de “seguir de largo o no parar lo suficiente como para cargar a todos los pasajeros, provocando la queja del chofer que viene detrás”.

Quien va muy lento en el recorrido, sale a remar. Al paragolpes trasero se lo llama mataperro, porque sobresale y a algunos perros habrá matado.

Mientras chivear es para los periodistas publicar una nota como contraprestación por un pago (hacer un chivo),  para los colectiveros se trata un una acción que parece emparentada a la anterior por lo poco ética: Cuando es el propio chofer quien cobraba el pasaje, chiveaba quien cobraba el pasaje en beneficio propio, entregaba un boleto sin número o pedía a un pasajero que le entregara el billete para entregarlo a otro.

En tanto, en alusión al olor del animal, alguien chivea cuando transpira demasiado y tiene olor a chivo. (Buenos Aires/Comunica/S. Lacunza)

 

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