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17 de marzo de 2006


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Los custodios del idioma en cruzada perdida contra el Chat
Marcelo A. Moreno
 

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Cada tanto aparecen, alarmados, apocalípticos, como una guardia petroriana alerta frente a cualquier novedad, en especial si proviene de los jóvenes. Son los custodios del idioma, que ya no se agrupan sólo en academias, sino que se afanan, de aquí para allá, como bomberos, tratando de morigerar sobresaltos, amainar cambios seguramente irreversibles y castrar tormentas definitivamente desatadas.

Que los jóvenes tienen un vocabulario muy acotado, que pecan contra la ortografía, que en los mensajes de texto por celular se toman libertades libérrimas con el lenguaje en pos de abreviarlo, que en el chat escriben de cualquier manera. Que corren riesgo de brutalidad inminente, que aún escolarizados, por su falta de respeto a las palabras y las normas, resultan analfabetos. Y así.

Estos usos y abusos de la lengua escandalizan hasta la vergüenza a los custodios de la lengua, tanto que parece que esos fenómenos, por demás naturales, les levantan las polleras. El argumento apunta, en general, al empobrecimiento del habla y la escritura a manos de los ímpetus adolescentes por la comunicación instantánea. Y, por cierto, Internet, ese planeta desconocido —que, hasta sospechan, puede amenazar al libro—, es el lugar que, por novedoso, concentra las más innombrables fantasías y los peores fantasmas.

Semejantes puristas, que añoran un lenguaje gongoriano jamás utilizado al menos por estos pagos, se preocupan por cuidar la lengua como si fuera un venerable monumento al que hay que proteger de la humedad y el polvo y no una materia que late, en revolución permanente, que cambia, muta y contrae infecciones y contagios varios.

Finalmente duros de entendederas, se resisten a comprender que un idioma es un instrumento, no una Acrópolis. Si quienes usan el chat se comunican eficazmente con sus signos y extravagancias gráficas, ¿cuál es el problema? El DNI de una lengua parece residir en su eficacia, no en su calidad monumental.

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Hay que tener valor para creer que las palabras y las ideas permanecen en una fija inmovilidad marmórea, una especie de eterna siesta clásica, en vez de comulgar con el género humano en la dinámica de lo viviente.

Y, encima, no se entiende. Porque si hoy la cruzada es contra el chat y los mensajes de texto, ¿por qué no se desató, añares antes, contra los telegramas o los avisos clasificados que, en pos de la brevedad, hacen picadillo ortografía y sintaxis juntas, creando a repetición abreviaturas completamente inconcebibles?

¿Habrá que recordar que tanto Sarmiento como García Márquez pugnaron por un español fonético, simplificado, sin nuestras sofisticadas reglas, al alcance de los más desfavorecidos en el reparto de riquezas y conocimientos?

¿O que Borges pronunciaba con una especie de arrastre profundo la ye que, entre nosotros se usa en la palabra lluvia, por ejemplo, mientras miles y miles de maestras, a lo largo y a lo ancho del territorio porteño y y del bonaerense, les hacían repetir a millones de chicos una elle que ellas, férreas custodias del idioma cervantino, se empeñaban en pronunciar contra todo uso y costumbre? (Buenos Aires/Clarín).

 

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