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diciembre de 2006


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POESÍA:
Crónica de un encuentro por Jacobo Rauskin

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El Primer Encuentro Iberoamericano de Poesía Ciudad de México 2006, se realizó del 23 al 25 de noviembre en esa ciudad. El programa, generoso e ilustrativo de algunas de las tendencias que hoy prevalecen en la poesía, contó con la participación de quienes éramos una treintena de poetas iberoamericanos invitados por la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, la organizadora del encuentro.

 

Los poetas mexicanos invitados a participar cubrían un gran abanico generacional, desde Alí Chumacero (1918) hasta Dana Gelinas (1962). El jueves 23, por la mañana, asistimos a una sesión de la Asamblea Legislativa durante la cual se nos declaró visitantes distinguidos. Luego comenzó el intenso programa de tres días que abarcó seis sesiones de lectura pública y cuatro sesiones de lectura y debate con poetas jóvenes.
 

Entre quienes leyeron el primer día, cito aquí al mexicano David Huerta, al chileno Omar Lara, al argentino Juan Gelman, al peruano Arturo Corcuera y al cubano Waldo Leyva. Los cinco eligieron poemas no muy recientes. Lara leyó páginas de Voces de Portocaliu, en las que los años de su destierro en Rumania encuentran un idioma esencial, limpio de toda contaminación, pero enfrentado a la carga de lo accesorio y sin embargo histórico, de lo contaminado y desgraciadamente inevitable. Corcuera leyó poemas nuevos y, a pedido del público, su ya famoso poema sobre Tarzán, texto en el que la nostalgia de la infancia y los amores de la primerísima juventud se mezclan con la denuncia del sistema industrial de producción cinematográfica.
 

Huerta leyó poemas que se ocupan de la dudosa perdurabilidad de la emoción y de la más noble manera de aludir a ella, que es la expresión poética. Gelman leyó páginas de Los poemas de Sydney West, un texto conocido, por cierto, pero también de interés actual, puesto que al fingir el poeta la traducción de un poema, ofrece una visión crítica, vigente también hoy, de la cultura del país del cual procede el original, que por supuesto es tan inexistente como su traducción. La noche inaugural fue también apropiada para oír una reflexión en verso sobre el azar o el destino de los versos. La poesía, creemos algunos, está hecha de instantes, y está hecha también de alusiones a la palabra que se nos perdió. Waldo Leyva lo dice de este modo:

Pudo haber sido un verso o un poema
pero ya está borrada para siempre,
ni siquiera yo mismo, aunque lo intente
podré reconstruir la frase aquella.

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Creo que esa palabra perdida para siempre es la que convierte al poeta en un buscador de imposibles. Esa palabra perdida para siempre es la Eurídice diaria del Orfeo cotidiano que es todo poeta.
 

En la mañana del viernes 24, los invitados formamos dos grupos, el primero fue a reunirse con poetas jóvenes en el Refugio Citlaltépetl; el segundo fue integrado por Ernesto Cardenal, Roberto Sosa, Rei Berrea, Hildebrando Pérez Grande, Arturo Corcuera, Omar Lara y yo, quienes fuimos a la Casa del poeta Ramón López Velarde, donde dialogamos largamente con jóvenes autores. En esa ocasión, Ernesto Cardenal preguntó a los jóvenes si la situación actual en México, particularmente, y en América Latina en general no les llevaba a ellos a escribir poesía política. Como la respuesta fue un tajante no, en un caso, y fue un “quién sabe por qué no nos lleva” en otro, Cardenal, respetuosamente, no dijo nada más.
 

Para reanudar el debate, yo pregunté a los jóvenes si, en la batalla contra el desaliento ante la política, ante las imposiciones de la vida, digamos, democrática o videocrática, ellos se sentían tan perdedores como yo y como otros poetas de mi generación ahí presentes. La respuesta fue un sí, los jóvenes confesaron sentir una generalizada decepción en términos políticos.
 

El diálogo siguió un largo rato sobre qué hacer ante el desaliento, cómo escribir, como dar paso a la esperanza sin caer en el autoengaño. Participaron los poetas invitados refiriendo sus experiencias. Un joven poeta, Oscar de Pablo, hizo una buenísima síntesis del estado de la cuestión en México.
 

Por la tarde se realizaron entrevistas filmadas, y esa noche leímos nuestros poemas Francisco Hernández, Carmen Verde Arocha, Hildebrando Pérez Grande, Pablo Armando Fernández y yo, en la tercera mesa de lectura. José Kozer, Coral Bracho, Raúl Zurita y Alí Chumacero estuvieron en la siguiente ronda.
 

Quiero ofrecer una muestra de la delicada poesía de Carmen Verde Arocha (Caracas, 1967), se trata de unos versos que nos dicen cosas como si estuvieran dibujadas en la emoción del lector :

Esta iglesia se encuentra apoyada
sobre una montaña.
Así que no hagas ruido,
debemos evitar que se caiga.

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Y citar quiero ahora unos versos del poeta cubano Pablo Armando Fernández que son una conversación de ultratumba y ultraespejo con Julio Cortázar:

Hablamos de la muerte como se habla
de cosas que se pueden aplazar:
en espera de dejarla sentada en un café
o en la cama dormida mientras nos despertamos...
Mas de todas las muertes de tu propia invención,
yo escogería, Julio, la de Rocamadour.

El sábado 25, tercero y último de los días del encuentro, leyeron en la quinta mesa de lectura el venezolano Santos López, el español Álvaro Salvador, el hondureño Roberto Sosa y el peruano Rodolfo Hinostroza. En la sexta y última mesa de lectura estuvieron los mexicanos Eduardo Langagne y Dana Gelinas, el dominicano José Mármol, la mexicana Thelma Nava, el brasileño Ledo Ivo y Ernesto Cardenal, de Nicaragua. Recuerdo en especial a Ledo Ivo, leyendo en portugués, con gran claridad, poemas cuya versión al español fue dada a conocer después en la voz del poeta mejicano Mario Bojórquez, el infatigable director general del encuentro. Cardenal cerró el acto con una lectura de sus páginas mejor conocidas, incluyendo el poema que escribió sobre la muerte de Marilyn Monroe, texto que probó ante el público de esa noche, a muchos años de haber sido publicado por primera vez, que es un clásico de la poesía de América Latina. (ABC-Asunción)

 

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