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El
escritor chileno Hernán Rivera Letelier vino a la Argentina para presentar
su octava novela, "El fantasista" que, como todas las anteriores,
tiene al áspero desierto chileno, sus salitres y a los hombres y mujeres que
vivían y trabajaban allí como protagonistas. Esta vez, la historia se centra
en un partido de fútbol que va a enfrentar a los campamentos mineros de Coya
Azul y María Elena.
Pero al
parecer ese no será un partido más: en el aire del desierto corren rumores
muy fuertes que hablan del cierre definitivo del campamento de Coya Azul y
el posterior traslado y la repartija de sus pobladores a otros campamentos.
Por eso, ese anticipatorio último partido es a todo o nada, en él está en
juego la revancha, el honor y la redención de los pobladores de Coya Azul,
campamento mucho más pequeño y de poca relevancia en comparado con el de
María Elena. "Eramos rivales en todo: en lo social, lo deportivo, hasta
en el amorío. Nosotros íbamos a María Elena a conquistar chicas, y si los
pibes de allá nos veían nos sacaban a piedrazos. Y cuando los "Cometiera
"-así los llamaban a los pobladores de María Elena- venían a Coya les tocaba
cobrar a ellos", cuenta riendo Letelier... Él sabe de lo que habla.
Desde los 15 años -debido a la crítica situación económica de su familia-
trabajó en los salitres del desierto. Cargó el pico y la pala hasta los 45
años. Pero su tenacidad, sus ganas y su amor por la escritura hicieron que
una nueva vida floreciera y, en el '94, con su primera novela, "La Reina
Isabel cantaba rancheras", ganó el primer premio del Consejo Nacional
del Libro y de la Lectura. Aquel premio fue la llave mágica que le abrió las
puertas al mundo de las letras.
Hoy, Letelier es el escritor más vendido en Chile, superando a Isabel
Allende y Paulo Coelho; sus novelas son leídas en los colegios y
universidades y un par de aulas y una biblioteca llevan su nombre. A
diferencia de muchos escritores, Letelier es leído por gente de todos los
estratos sociales. "Yo soy un tipo muy afortunado. La ambición de todo
escritor es llegar a todos los públicos, pero son muy pocos los que lo
logran. Hay quienes los lee la clase alta, pero no la baja; hay otros que
los leen las mujeres, y los hombres no; en cambio mis libros son
transversales", comenta satisfecho el escritor quien, de alguna manera,
siente ser la voz de los sin voz: "de mis amigos de la infancia, de mis
compañeros de trabajo, de mi padre que también trabajaba en los salitres y
murió de silicosis -enfermedad característica de los mineros- de tanto
tragar polvo. Entonces, que creo que estoy siendo el cronista de esa
historia".
A pesar de todas estas muestras halagadoras, de haber sido nombrado
Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura
de Francia, de estar abriéndose paso en Europa y de que sus libros hayan
sido traducidos al italiano, alemán, francés, portugués, turco y griego, los
críticos literarios y algunos escritores de su país no le tienen mucho
aprecio. ¿A qué se debe? "Creo que les debe molestar que, de pronto,
aparezca un minero sin título universitario, con sólo apenas su enseñanza
media completa, que comience a escribir libros y encima se vendan. Los
críticos en Chile son muy malos, son comentaristas de libros, ellos me tiran
mucha mierda. El día que estos tipos me traten bien voy a tener que pensar
qué está fallando. Entre conseguir un buen comentario en el suplemento del
domingo y vender veinte mil ejemplares, me quedo con mis veinte mil
lectores", dice.
El pampino aclara que él es un "contador de historias" y no un
intelectual. La diferencia entre una categoría y la otra la explica en un
tono jocoso. "Hay tres diferencias entre un intelectual y yo: al
intelectual no le gusta el fútbol y yo fui el mejor centro delantero en la
pampa; no le gusta el baile, y yo fui campeón de twist -como no me creían,
en un programa de TV me trajeron una bailarina y les di clases de twist a
todos- y lo otro, es que los intelectuales no cogen, o cogen muy poco, y yo
soy un hiperestésico sexual", dice riendo a carcajadas.
Sin
embargo, cuando se le pide una explicación un poco más seria, también la da:
"El escritor intelectual tiene confianza en lo que escribe, confianza que le
da su erudición, su master y todos los clásicos que ha leído. Yo no tengo
confianza, yo tengo fe en mi intuición, en mi imaginación, en mis sueños, en
mi experiencia de vida y...en mis cojones. Hay que tener cojones también
para sentarse a escribir una novela que sabes que vas a tener que estar uno
o varios años hasta terminarla", dice y vuelve a sonreír. En todas las
ocasiones que lo entrevistamos él esta de buen humor, con la sonrisa a flor
de piel. Es que Letelier no encuentra razón para no estarlo. Las mismas
manos que durante veinticinco años estuvieron secas, resquebrajadas y
callosas por el duro trabajo en las minas, hoy sostienen una pluma y recrean
esas vivencias y recuerdos con la habilidad, verosimilitud y gracia de quien
experimentó lo que cuenta.
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Romance del
duende que me escribe las novelas
Hernan ya no es
el joven prometedor - ya no es joven incluso - sino un escritor respaldado
por una de las principales editoriales que viaja alrededor del mundo
promocionando sus libros. Tampoco presenta ya su trabajo en salas
auxiliares: ahora lo hace en lugares con nombre como "Sala de las Artes",
ante un público que se cuenta por centenares e iluminado por un juego de
luces que no conoció la primera vez en Buenos Aires.
Sostiene
satisfecho que con su nombre ya han bautizado lugares públicos en su país,
Chile. Se jacta de no conocer los precios de los pasajes aéreos
internacionales, ni el costo de una habitación en un hotel cinco estrellas
ni una comida en un buen restaurant de París, ni el valor de un buen vino,
porque "la editorial me paga todos mis gastos".
Años atrás, en la Fería del Libro de Santiago, Hernán Rivera presentó su
"Romance del duende que me escribe las novelas" y fue recibido en la
sala con un gran aplauso. Medio en broma, medio en serio dijo: "Voten por
mí". La gente se rió tímidamente. Avanzó la presentación con muy poco de
literatura y mucho material autoreferente. Ahora Rivera Letelier no cuenta
sus libros: explica como los escribe, como si ya empezara a preparar sus
memorias. Como García Márquez, pero un poco mas al sur. Cuando promediaba la
exposición sonó su celular. Se disculpó y atendió el llamado ante el
público, en voz alta, y cortó. "Era Michelle Bachelet" (candidata a
presidente de Chile en las elecciones de este año 2005), aclaró a su
público. Muchos comprendieron finalmente: estaban siendo partícipes de un
acto político en lugar de presenciar un acto cultural, porque el escritor
ahora trabaja en su candidatura de diputado. Antes de finalizar esa hora de
"confidencias", Rivera empujó otra vez a su presentador para que le
preguntara sobre política, y nuevamente recurrió a su histrionismo para
contar un chascarrillo sobre el "sindrome de los políticos", de un
gusto muy próximo a los sketch de los cómicos de la televisión de trasnoche. |