Los
viajes del | ||
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El inglés se deslumbra por la belleza de
Acapulco M. Jesús Herrero Smith
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Robert Johnson, protagonista de tantas historias por América Latina, estaba encantado con el viaje a México que rezalizaba en compañía de su novia Lucía. Hacía pocos días que había llegado a Acapulco y ya conocía muchos sitios, como Playa Condesa, Playa del Secreto y Playa Hornos, y ésta le gustaba especialmente por su ambiente familiar. Pero además de realizar actividades acuáticas, deportivas y de tomar sol, Lucía quería conocer la ciudad y por eso le pidieron a Jacinto, uno de los empleados del hotel donde se alojaban, que los acompañara y les explicara cuáles eran los lugares más importantes. Así fue que visitaron el fuerte de San Diego, que fue construido durante el siglo XVII por orden de un marqués para proteger la bahía de los ataques de los piratas y en la actualidad es uno de los monumentos históricos más importantes del puerto y alberga al Museo Histórico de Acapulco. Cuando salían del lugar para dirigirse la Plaza del Zócalo y la Catedral, vieron cómo un niño se resbalaba y caía al lado de ellos. - ¡¡Cuidado, niño!! Gritó Johnson. - ¡¡Tremendo guamazo en la cabeza que te diste!! Exclamó Jacinto y ayudó al pequeño a levantarse. Pese al golpe fuerte que se había dado, el muchachito continuó corriendo y se reunió con su madre, que agradeció con una sonrisa el gesto de los señores. Cuando Bob se repuso del susto, no pudo con su genio y le preguntó a su guía qué era eso de guamazo. - ¡¡Ah!! Es un golpe, como el que se dio el niño. El
inglés asintió y escribió esa palabra en su cuaderno rojo. | ||
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Cuando se echa a las madres es mala señal Después de visitar el Zócalo y recorrer sus tiendas de curiosidades, artesanías y folklore, Bob, Lucía y Jacinto se dirigieron a la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad, que fue construida por Pedro Pelladine y Jorge Madrigal en 1959 para venerar a la patrona de Acapulco. Visitaron el recinto y a la salida observaron que Jacinto estaba un tanto nervioso. - ¿Pasa algo? Quiso saber Lucía. - Es que se me acercó un viejo loco y se puso a echar madres… - ¿De dónde las echó, de la plaza? Preguntó Johnson, intrigado. Jacinto lanzó una sonora carcajada y cambió su rictus serio. - ¡¡¡Qué dice!!! Echar madres es maldecir… El hombre no echó a nadie, se puso a decir obscenidades a todo el mundo… Fue un momento muy feo… El
inglés tomó del brazo a su guía y le dijo que olvidara el mal momento… Los
tres irían a tomar una cerveza bien helada con unos ricos tacos y seguirían
disfrutando de la excursión. | ||
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Los mariachis enchinan el cuero a cualquiera Johnson eligió un lugar muy típico para descansar y reponer fuerzas que estaba decorado con artesanías típicamente mexicanas. La comida era muy buena y la conversación también, porque Johnson y Lucía disfrutaban de las anécdotas de Jacinto sobre la Revolución Mexicana. En un momento de la charla, cuando estaban por terminar de comer, el guía hizo silencio porque oyó a lo lejos los sones inconfundibles de los mariachis y al rato un grupo de diez músicos se acercó a la mesa y dedicó dos o tres boleros a Lucía. - Se me enchina el cuero cada vez que oigo a los mariachis… Le dijo Jacinto al inglés, en tono de confidencia. Johnson le puso tal cara de duda a su acompañante, que éste con un gesto le explicó todo: le mostró su brazo, con los pelos de punta, y se dio cuenta de que «enchinar el cuero» era sinónimo de poner la piel de gallina.
Pero el inglés se dio cuenta de que el efecto emotivo que le causaba a
Jacinto la presencia de los mariachis era muy parecido al que le causaba a
su novia y no dudó en contratar a los músicos para que dentro de una semana
se dirigieran a su hotel para darle una serenata a Lucía. (Comunica.
12-11-03). | ||
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