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14 de abril de 2004


Los viajes del 
señor Johnson

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El inglés visita Tijuana, muy cerca del otro lado
Por M. Jesús Herrero Smith

Cuando las cosas salen mal, ultimadamente
El otro lado de México

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El inglés y Lucía estaban disfrutando de unos días en Tijuana. Visitaron la Casa de la Cultura, la Galería de Arte de la Ciudad y el Instituto de Cultura de Baja California, además de recorrer, como siempre, sus bares y restaurantes. Una tarde, mientras paseaban por las calles del lugar, se sorprendieron ante una mujer que gritaba:

- ¡El pinche perro casi me muerde!

Los dos se miraron y fueron a ver qué pasa porque la mujer parecía muy nerviosa.

- ¿Le pasa algo señora? ¿Se siente mal? Preguntó Lucía.

- ¡¡¡El pinche perro, el pinche perro!!! Gritaba la mujer, y el inglés no sabía si buscar a un galgo o a un alfiler.

- Perdone, señora, no la entiendo, ¿qué busca?

- Nada, señor, nada… Me refería a ese horrible animal que salió corriendo y casi me come un brazo… Mire, me desgarró la camisa.

Johnson observó la ropa de la señora y le pareció un poco exagerada su actitud… Pero bueno, pensó que no era cuestión de discutir e invitó a la pobre mujer a tomar un vaso de agua.

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Cuando las cosas salen mal, ultimadamente

La mujer, todavía asustada, les contó a Bob y a Lucía su terrible experiencia canina.

- Siempre me pasa lo mismo en esa calle. Hay un hombre que tiene la mala costumbre de dejar a su perro desatado… Y yo le caigo mal al pinche animal.

- ¿Qué es pinche? ¿El nombre del perro?

La mujer soltó una carcajada.

- ¿El nombre? Pero no… Qué gracia… Es una forma de decir vil, despreciable… Es un animal horrible, desagradable.

- Comprendo, pero cálmese, señora, aconsejó Lucía.

- ¿Saben qué pasa? El vecino es un sinvergüenza. Ya somos unos cuantos los que le decimos que tiene que atar al perro y no hace caso… Yo ya le dije que había que tener cuidado por los niños de la calle pero nada… Y ultimadamente, ¿saben qué va a pasar? Tendremos que ver alguna desgracia…

- No diga eso…

- Sí, señora… Al final de cuentas vamos a pasar un mal rato.

El inglés casi no escuchaba a la mujer. Se dispuso a anotar nuevas palabras en su cuaderno rojo y a pedir un tequila…

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El otro lado de México

Después de unos quince minutos, la pobre mujer que había sido atacada por el perro se calmó y agradeció a Lucía y a Bob el buen gesto de acompañarla y calmarla.

- Gracias, de verdad... Hoy me espera un día muy largo y tengo que regresar mañana al otro lado.

- ¿No vive en Tijuana?

- Sí, señor, pero viajo por trabajo una vez a la semana a Estados Unidos… Es muy cerca, ya ve, pero igual da un poco de pereza el viaje.

- Es curioso, pero cuando dijo «el otro lado» pensé que se trataba de un lugar lejano…

- Depende como se mire… Estamos muy cerca y muy lejos… Pero bueno, siempre decimos «el otro lado» por esta cuestión fronteriza que nos caracteriza.

El inglés asintió y se quedó pensando en la fuerza de las palabras y las expresiones… Una frase como «el otro lado» encerraba una distancia quizás más grande que la que se puede medir por kilómetros. (Comunica. 14-04-04).

 

 

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