Los
viajes del | ||
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El inglés visita
Tijuana, muy cerca del otro lado
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El inglés y Lucía estaban disfrutando de unos días en Tijuana. Visitaron la Casa de la Cultura, la Galería de Arte de la Ciudad y el Instituto de Cultura de Baja California, además de recorrer, como siempre, sus bares y restaurantes. Una tarde, mientras paseaban por las calles del lugar, se sorprendieron ante una mujer que gritaba: - ¡El pinche perro casi me muerde! Los dos se miraron y fueron a ver qué pasa porque la mujer parecía muy nerviosa. - ¿Le pasa algo señora? ¿Se siente mal? Preguntó Lucía. - ¡¡¡El pinche perro, el pinche perro!!! Gritaba la mujer, y el inglés no sabía si buscar a un galgo o a un alfiler. - Perdone, señora, no la entiendo, ¿qué busca? - Nada, señor, nada… Me refería a ese horrible animal que salió corriendo y casi me come un brazo… Mire, me desgarró la camisa. Johnson observó la ropa de la señora y le pareció un poco exagerada su actitud… Pero bueno, pensó que no era cuestión de discutir e invitó a la pobre mujer a tomar un vaso de agua. | ||
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Cuando las cosas salen mal, ultimadamente La mujer, todavía asustada, les contó a Bob y a Lucía su terrible experiencia canina. - Siempre me pasa lo mismo en esa calle. Hay un hombre que tiene la mala costumbre de dejar a su perro desatado… Y yo le caigo mal al pinche animal. - ¿Qué es pinche? ¿El nombre del perro? La mujer soltó una carcajada. - ¿El nombre? Pero no… Qué gracia… Es una forma de decir vil, despreciable… Es un animal horrible, desagradable. - Comprendo, pero cálmese, señora, aconsejó Lucía. - ¿Saben qué pasa? El vecino es un sinvergüenza. Ya somos unos cuantos los que le decimos que tiene que atar al perro y no hace caso… Yo ya le dije que había que tener cuidado por los niños de la calle pero nada… Y ultimadamente, ¿saben qué va a pasar? Tendremos que ver alguna desgracia… - No diga eso… - Sí, señora… Al final de cuentas vamos a pasar un mal rato. El
inglés casi no escuchaba a la mujer. Se dispuso a anotar nuevas palabras en
su cuaderno rojo y a pedir un tequila…
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El otro lado de México Después de unos quince minutos, la pobre mujer que había sido atacada por el perro se calmó y agradeció a Lucía y a Bob el buen gesto de acompañarla y calmarla. - Gracias, de verdad... Hoy me espera un día muy largo y tengo que regresar mañana al otro lado. - ¿No vive en Tijuana? - Sí, señor, pero viajo por trabajo una vez a la semana a Estados Unidos… Es muy cerca, ya ve, pero igual da un poco de pereza el viaje. - Es curioso, pero cuando dijo «el otro lado» pensé que se trataba de un lugar lejano… - Depende como se mire… Estamos muy cerca y muy lejos… Pero bueno, siempre decimos «el otro lado» por esta cuestión fronteriza que nos caracteriza. El
inglés asintió y se quedó pensando en la fuerza de las palabras y las
expresiones… Una frase como «el otro lado» encerraba una distancia quizás
más grande que la que se puede medir por kilómetros. (Comunica. 14-04-04). | ||
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