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28 de enero de 2004


Los viajes del 
señor Johnson

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El inglés y Lucía piensan en su futura boda
M. Jesús Herrero Smith

Los chamacos, si no comen, se quedan chaparros
En el changarro se venden artesanías muy bonitas

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Robert Johnson no cabía en sí de tanta alegría: después de tantos días intentando proponerle matrimonio a su novia Lucía, lo logró y obtuvo un sí como respuesta. El protagonista de tantas aventuras por América Latina estaba realmente feliz y deseaba que pronto se concretara el gran día, pero su novia prefería que fuera en su Colombia natal.

Mientras paseaban por el museo Fuerte de San Diego, discutían los pros y contras de hacerlo en uno u otro lugar.

- Me gustaría que estuvieran presentes mis amigos y parientes, Bob… ¿Y a ti no?

- Mira, lo hacemos como tú quieras… Aunque yo preferiría una ceremonia íntima, dos testigos, tú yo…

- Como dirían en México, es un agüite no compartir ese día con la gente que uno quiere…

- ¿Un agüite? ¿Y qué significa eso?

- Una pena, una tristeza… ¡¡Ay, Bob, desde que te pusiste romántico ya no haces ni caso a las palabras propias del español de México!!

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Los chamacos, si no comen, se quedan chaparros

Lucía y Bob continuaron recorriendo otros rincones de Acapulco mientras conversaban sobre su boda. Pasearon por La Roqueta, ubicada en la parte posterior de la Isla Roqueta y frente a Caleta y Caletilla. Visitaron el muelle y disfrutaron mucho este recorrido, paseando en lanchas de fondo de cristal. A través de él observaron la fauna marina y una imagen de la virgen patrona de los pescadores situada en su lecho marino.

Una familia que compartía la travesía en lancha estaba discutiendo porque los niños no querían comer el bocadillo:

- Estos chamacos nunca quieren comer… Yo no sé qué hacer con ellos, decía la madre, preocupada, a su esposo.

- Pues ya verás cómo sí que comen… replicó el padre y fue a ver dónde estaban sus niños. Al rato, los niños vinieron y comieron todo.

- ¿Pero qué les has dicho?

- Que si no comían se quedaban chaparros como su tío… y mira qué buena forma de estimular el apetito.

Lucía y el inglés se miraron sin entender qué era «chaparro», porque quedaba claro que «chamacos» eran los niños… Como no podía ser de otra forma, Bob quiso develar su duda, pero no hizo falta preguntar… Al ver al tío de los niños se dio cuenta de que chamaco era «de baja estatura».

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En el changarro se venden artesanías muy bonitas

Al finalizar el viaje, Lucía quiso comprar algún recuerdo y preguntó dónde vendían artesanías o productos típicos del lugar.

- A doscientos metros tiene unos changarros que venden cosas bonitas, le informó un peatón que caminaba por allí.

Cuando llegaron a una plaza llena de puestos callejeros, preguntaron a un artesano dónde podían encontrar un «changarro».

- ¡¡¡Tiene decenas de changarros a su alrededor, señora!!! Pero no son tan feos estos puestos callejeros, va a ver qué cosas más lindas vendemos…

Lucía se puso colorada. Pensaba que «changarro» era el nombre de un negocio y no una manera de nombrar a las tiendas modestas o a los puestos callejeros… Johnson seguía a su novia sin prestar mucha atención. En su cabeza, sólo sonaban campanas de boda. (Comunica. 28-01-04).

 

 

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