Los
viajes del | ||
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El inglés se prepara
para dar el sí en un pueblo mexicano
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- He decidido aceptar tu propuesta. Vamos a casarnos los dos solos, con la presencia de dos testigos, dijo Lucía, ante la mirada atónita del inglés. - ¿Pero todo lo que hemos visto, los salones, los invitados? - No se ha concretado nada, no te preocupes. Ya encontré un lugar muy bonito para realizar la boda, cerca de Cancún. Y quédate tranquilo, que no te hace falta corsage… Ahora voy a llamar para cancelar el hotel de la fiesta, te veo después. Y Lucía se fue, dejando al inglés en la recepción del hotel. Un pasajero que estaba escuchando la charla de la pareja le dijo, en tono risueño. - Lo felicito… dentro de poco tiempo formará parte del club… - ¿De qué club? - ¡¡El de los casados!! Y menos mal que no quiere que se ponga el corsage… a mí me dio alergia. - ¿Sabe una cosa? No tengo idea qué es eso del corsage… se sinceró Johnson. - ¡Ah! Cosas de la boda. Son unas flores que se ponen en la solapa… Yo no sabía que era alérgico a las rosas y estornudé toda la ceremonia… ¡¡¡Dije achís en lugar de sí!!! El
inglés no paraba de reírse con la ocurrencia de este hombre, porque se
imaginaba la situación y era de lo más cómica. Antes de reencontrarse con
Lucía, prefirió conversar un rato con el señor y olvidarse un poco de los
preparativos del casamiento. | ||
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Lucía busca un huipil Mientras tanto, Lucía averiguó en la agencia de viajes qué requisitos debía cumplir para poder organizar la boda a la mayor brevedad posible. Le dieron muchas opciones y a ella le pareció interesante una boda pre-hispánica, con un oficiante que hable maya. Cuando llegó Robert, le contó sus planes: - ¡¡Pero no vamos a entender nada!! ¿No te parece una cosa un poco rara? Dijo el inglés, que a estas alturas prefería una ceremonia tradicional con cientos de invitados. - Sería diferente, tú podrías vestirte de blanco y yo podría usar un huipil. Como toda respuesta, el inglés se dirigió a su maleta y buscó el cuaderno rojo. Pensaba que lo mejor, para no ponerse nervioso, era continuar con su inventario de regionalismos. - ¿Un huipil? - Sí, Bob, es una vestimenta típica. Seguramente lo has visto cientos de veces… Es un vestido hecho con una tela rectangular, doblada a la mitad. Tiene una abertura para la cabeza y está formado por uno, dos o tres lienzos unidos por costuras que lo entallan al cuerpo. Generalmente están adornados con bordados de colores, alrededor del escote y a la orilla del vestido. -
Pues mira, Lucía, yo acepto lo que tú me digas… Si quieres, yo también me
pongo un huipil. | ||
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Una boda sin bombo ni platillo pero con mucho amor La dama colombiana sonrió ante la reacción de su Johnson y decidió finalmente hacer una ceremonia civil, muy sencilla, en un pueblo costero, con la sola compañía del Caribe. - Creo que lo mejor es lo que tú me has dicho, Bob… Nos casamos en un clima íntimo, y después viajamos y festejamos en nuestros países. - Me parece genial, ¿cuándo nos vamos? - ¡¡Mañana mismo!! Ya tengo todo organizado. El inglés sonrió, pero un frío le recorrió todo el cuerpo… ¡¡Mañana!! Era un día que había esperado, estaba convencido y enamorado… ¿Pero de un día el otro? Pensó que un rico té, o mejor todavía, un gin tonic, le servirían para superar este momento. - ¿Te sientes mal, Robert? - No, Lucía, no pasa nada… - ¿Entonces lo hacemos sin bombo ni platillos, verdad? - ¿Cómo dices? Algo de música tendrá que haber, ¿no? Aunque sea un grupo de mariachis. Lucía estalló en carcajadas. - Claro, Bob, tú déjalo de mi parte. Es que «sin bombos ni platillos» quiere decir sin mucha pompa, en forma sencilla. - Perfecto, mi amor. Yo sólo quiero casarme contigo… acotó, romántico, el inglés. A la mañana siguiente, la pareja se embarcó hacia un pueblo cercano a Cancún. En pocos días, iban a convertirse en marido y mujer. (Comunica. 17-11-04). | ||
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