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16 de febrero de 2005


Los viajes del 
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Un día en una construcción bubi
Por M. Jesús Herrero Smith

 

Las casas actuales no son como las de antes
Los amuletos ahuyentan el mal

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- ¿Te gustaría conocer un típica casa de los bubis?

- Mira, Bob, no sé muy bien qué será, ¿hay algún guía que nos lleve?

- En realidad, se ofreció uno de los empleados del hotel… Me dijo que por una propina nos mostraba cómo vive este pueblo.

- Bueno, si no es muy lejos… Respondió Lucía, un poco resignada ante las excentricidades de su marido.

A la media hora, junto con Fernando, el joven empleado, salían a visitar a este grupo originario de Guinea Ecuatorial que aún conserva su lengua y que según los expertos pertenece al tronco lingüistico bantú. Para ello tenían que llegar a la isla de Bioko, en la que habitan unos 60.000 bubis.

- Espero que le guste el paseo, señora. Piense que nos quedaremos sólo una noche y podemos dormir en una típica casa de los bubis… Dijo Fernando, ante la sonrisa complaciente del inglés.

- Perdone, ¿y cómo son esas casas?

- Están hechas de nipa y calabo… Quiero decir, de hoja de palmera y árbol.

- Será muy interesante la experiencia, ¿verdad, Lucía? Preguntó Robert, mientras su mujer se preguntaba por qué no se había quedado en el hotel.

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Las casas actuales no son como las de antes

 

Las casas actuales de los bubis son de cemento y tejados de zinc, pero Fernando se las arregló para llevar a Bob y a Lucía a algunos poblados, como Moka y Ureka, donde aún se conservan las antiguas y típicas construcciones bubis.

- Los bubis conocían el fuego y asaban sobre las brasas tubérculos como el ñame, la malanga y el plátano.

- Me gustaría probar la malanga… El ñame y el plátano ya los comimos.

- Pues yo prefiero algo más occidental, si me disculpas, acotó Lucía, que tenía ganas de regresar a su habitación del hotel.

Fernando los llevó a una casa típica y allí les sirvieron delicias muy tradicionales. Los bubis originarios descubrieron el uso de la arcilla y la utilizaron para la fabricación de cazuelas; por eso comían ciertos alimentos cocidos, a los que condimentaban con aceite de palma y agua de mar, que empleaban en lugar de la sal.

Lucía escuchaba interesada, mientras el inglés anotaba en su cuaderno palabras como malanga, que acrecentaba su diccionario particular. De todas formas, la mujer de nuestro amigo inglés pensaba que la excursión debía llegar a su fin, porque no quería resignar la comodidad de su hotel con las viviendas milenarias de los bubis.

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Los amuletos ahuyentan el mal

 

Después de la comida, la pareja y Fernando, su guía turístico, se dedicaron a recorrer el poblado, formado por agrupaciones de casas. Cada poblado tiene unas 20 o 30 agrupaciones de chozas y para acceder a ellos se debe atravesar una avenida larga rodeada de árboles sagrados.

- Es curiosa esa forma que tienen los troncos, comentó Lucía.

- Son los árboles sagrados… Allí se cuelgan amuletos para proteger al poblado de los malos espíritus y hacia el final del los arcos vamos a ver una gran plaza. Allí se encuentra la casa de la palabra, donde se reúnen los hombres del poblado cuando acaban con sus tareas.

Lucía sonrió y observó la casa de la palabra… y llegó a la conclusión de que bubis, colombianos, ingleses o españoles, en todas las culturas los hombres se buscan sus espacios para conversar y divertirse.

Al atardecer, la pareja decidió alojarse en una casa cercana al poblado de los bubis, pero de tipo occidental. Bob optó por hacer un poco de caso a su esposa, ya que al fin y al cabo estaban de luna de miel. (Comunica. 16-02-05).

 

 

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