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12 de noviembre de 1999


Tribuna de opinión

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RAÚL ÁVILA
Palabras sin fronteras

La lengua de nuestra América
La generación del 98
Un largo viaje de cinco siglos
Una herencia compartida y recreada
De los americanismos a los españolismos
El castellano, una visión universal


La lengua de Nuestra América

En 1992 se conmemoró el quinto centenario del encuentro, el sojuzgamiento, el descubrimiento o el choque entre Europa y América a través de España.

Ese centenario fue celebrado sobre todo en la península. En América —y con el topónimo me refiero a Hispanoamérica, para que no se apropien de la palabra quienes insisten en llamar así al país que no tiene nombre propio— hubo muchas discusiones, de México a Argentina. En nuestro país, recuerdo, las autoridades de la ciudad de México recordaban el quinto centenario en el monumento a Colón. Al mismo tiempo, un monumento más adelante, rumbo al poniente, los grupos indígenas lo discutían alrededor de Cuauhtémoc. Durante ese año asistí a varios congresos y reuniones donde se discutieron los quinientos años. En uno de ellos, en Santiago de Chile, propuse que en 1998 celebráramos, ahora todos juntos, el primer centenario de la comunidad hispánica de naciones.

Los motivos son conocidos. En 1898 España pierde —además de Filipinas— sus dos últimas colonias americanas. Cuba y Puerto Rico. Como sabemos, hubo un tercer factor en todo esto: el país que envió al Maine a la bahía de La Habana. El hundimiento del viejo acorazado en esa bahía no tuvo una causa externa, sino interna. Como dice Tuñón de Lara: «Años después pudo comprobarse que la explosión había tenido su origen en el interior del navío. Hoy en día a nadie se le ocurre discutir el caso. Pero en 1898 el agresor había encontrado (o buscado) su pretexto.»

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La guerra contra España fue promovida, además, por las cadenas de periódicos de Hearst y Pulitzer —sí, el del premio— para aumentar su tirada —o su tiraje, como prefiero decir—, que llegó al medio millón de ejemplares de los de aquella época. Palacio Atard lo señala claramente: «En la preparación psicológica de la guerra influirán decisivamente los periódicos (...) de los dos titanes, Pulitzer y Hearst, rivales empedernidos a quienes el conflicto de Cuba ofrecía una oportunidad para dilucidar su supremacía: Hearst salió triunfador y durante muchos años diría que la guerra de Cuba había sido su guerra. Parece que su rival Pulitzer había confesado a sus amigos que una guerra de dimensiones no muy grandes aumentaría considerablemente la tirada de sus periódicos, como ocurrió en efecto.»

Cabe señalar que durante es guerra las antiguas colonias españolas —que antes de su independencia estaban dispuestas a discutir todo lo que viniera de la madre patria— ahora se solidarizaron con la hermana España frente a las ambiciones manifiestas —no sólo destinadas— del vecino del norte. Esa actitud de apoyo fue manifestada, entre otros, por José Enrique Rodó —recordemos Ariel— y por Rubén Darío, algunos de cuyos versos —los que dedica a Rodó en Cantos de vida y esperanza— no puedo dejar de citar:

Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
Formen todos un solo haz de luz ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
Muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo

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La generación del 98

El año de 1898, por otra parte, dio su nombre a la generación de escritores —Unamuno, Valle—Inclán, Azorín, Baroja, Benavente y los Machado, entre otros— que reflexionaron sobre las causas de la périda del imperio colonial. Su actitud los llevó a indagar dentro de las fronteras de España las causas del desastre. Frente a ellos, los modernistas americanos —Martí, Díaz Mirón, Darío, Gutiérrez Nájera, Lugones, Rodó, Vasconcelos— inician un movimiento de dirección contraria: expansiva, cosmopolita y sin fronteras. El modernismo, además de cubrir a América, fecunda a España y se encuentra con los escritores del 98.

Los hechos políticos y culturales de ese año marcan el inicio de la nueva comunidad lingüística hispánica, en la medida en que los países hispanoamericanos, independientes todos a partir de esa fecha, deciden mantener la herencia de la lengua, a partir de una actitud de igualdad lingüística.

La lengua española, en su largo recorrido por la historia, se fertilizó con la influencia de otras lenguas y otras realidades. Sus orígenes íberos y latinos pronto recogieron palabras del árabe que la colorearon y le dieron flexibilidad para el trabajo y el arte. En su recorrido del norte al sur de la península, además, recibió palabras del vasco, el gallego, el leonés, el aragonés y el catalán. Al partir hacia América ya estaba marcada con el acento andaluz. Los pasajeros a Indias, en su largo recorrido, fueron perdiendo la distinción entre los sonidos de la z y la s. Los viajeros más adaptables de las otras regiones españolas incluso omitieron algunas letras, como la s al final de sílaba, de acuerdo con la pronunciación de sus paisanos de origen andaluz. Y todos aprendieron, no sin dificultades, a pronunciar nuevos sonidos, necesarios para viajar por Atzcapotzalco, Tlalpenantla, Tzintzunzan, Ixtapa o Uxmal (por cierto, la x se pronunciaba como la sh inglesa, y no como la de examen, como insisten en decir los que leen al pie del fetichismo de la letra). Los colonizadores, además, aprendieron a comer mixiotes y a utilizar el ixtle. Todo esto hizo que se les flexibilizara la lengua, como se puede comprobar en la actualidad si se escucha la pronunciación de los mexicanos.

El aprendizaje de los nombres de lugares, comidas, objetos, animales y vegetales hizo que el español ampliara su léxico. A través de la lengua española se internacionalizaron palabras norteñas como tomate, aguacate, chocolate y cacao; sureñas como coca, papa, cóndor y alpaca; o tropicales como cacique, huracán y barbacoa. La influencia de las lenguas indígenas en el español, condujo asimismo al matrimonio lingüístico en los nombres de lugares como San Andrés Totoltepec o Santa Ana Xilotzingo y muchos más.

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Un largo viaje de cinco siglos

El largo viaje de Europa a América hizo que la lengua se modificara, sobre todo por los matices andaluces. Ya en este continente, el idioma español entró en contacto con las lenguas indígenas americanas. El español no sólo tuvo la necesidad de utilizar nuevas palabras para nombrar nuevas realidades: también tuvo que comprender que las otras lenguas organizaban el mundo de otra manera. Sin embargo, a pesar de las nuevas circunstancias, la política de la época colonial buscaba imponer una sola lengua, una sola religión y un pensamiento único. Desde el punto de vista lingüístico, toda divergencia de los usos peninsulares era calificada como barbarismo o solecismo. Por eso durante el siglo pasado, cuando se declaran independientes los países hispanoamericanos, hay un rechazo inicial de la lengua colonial. El argentino Alberdi, entre otros, consideraba, en 1837, que quienes invocaban la sanción española par decidir cómo hablar o escribir hacían perder soberanía a la patria e incurrían en «una especie de alta traición».

Las actitudes de independencia lingüística promovieron incluso la idea de que surgieran lenguas nacionales. Sin embargo, esa posición fue superada pronto. Resultaba evidente —entre otros hechos— que las actas de independencia habían sido escritas en español. Por eso se valoró la importancia de la lengua y de su unidad, aunque bajo otras condiciones. La nueva idea era la de una lengua emancipada de España, que se hiciera entre todos en igualdad de circunstancias. De esta manera, las palabras y las diferentes pronunciaciones americanas se legitimaron. Al lado de esto, se buscó una lengua común cuyos usos convergentes permitieran la comunicación internacional, hablada y escrita. Las divergencias, por otra parte, enriquecían el acervo idiomático de toda la comunidad hispánica.

Con la lengua se extendió por todo el continente la literatura española. En América se conoció a Cervantes y a Garcilaso; y en España se leyó a sor Juana. Por otra parte, la literatura no se limitó a los escritores y a los lectores cultos. En las regiones más apartadas de América, de México a Argentina, las coplas arraigaron en el folclore de todos los pueblos. Los cantantes —aunque no supieran leer— sabían de ritmos, medidas e improvisaciones. Los versos del «Jarabe loco»; de «La Petenera» o de «La Llorona» son ejemplos actuales de la adaptación de la lengua a las nuevs penas, a la nueva forma de entender el amor y la nueva geografía, como se muestra en estas seguidillas que extienden y limitan el mapa regional, de acuerdo con los viajes en «Flecha Roja» del que busca su «Cielito lindo»:

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Yo me fui de Pachuca
por Ixmiquilpan
y Zimpán,
Pasé por Agua Fría,
también Jacala,
Chapulhuacán
y la región:
Tamazunchale y Axtla,
Huichihuayán
y Aquismón.

México me he paseado,
la Lagunilla
me anduve a pie;
Tacuba y Tacubaya,
cielito lindo,
y La Merced,
que es muy bonito,
Jamaica y Churubusco,
cielito lindo,
y Xochimilco.

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Una herencia compartida y recreada

Los versos sin autor, las medidas y las palabras surgen en todos los lugares donde se habla español: son el bien común de la herencia compartida y recreada. Los romances, transformados en corridos, han sabido contar la historia, que no termina en 1898, a quienes no necesitan las letras para comprender las ideas:

Patria México, febrero veintitrés,
dejó Carranza pasar americanos:

Dos mil soldados, doscientos aeroplanos,
buscando a Villa, queriéndolo matar,
(...)

Los soldados que vinieron desde Texas
a Pancho Villa no podían encontrar,
muy fastidiados de ocho horas de camino,
los pobrecitos se querían regresar.

Los de a caballo ya no se podían sentar,
mas los de a pie no podían caminar;
entonces Villa les pasa en su aeroplano
y desde arriba les dice: «Good bye».

Comenzaron a lanzar sus aeroplanos,
entonces Villa un buen plan les estudió
se vistió de soldado americano
y a sus tropas también las transformó.

Qué pensarán los gringos tan patones
que con cañones nos iban a asustar;
si ellos tienen aviones de a montones,
aquí tenemos lo mero principal.

Todos los gringos pensaban en su alteza,
que combatir era un baile de carquis,
y con su cara llena de vergüenza
se regresaron en bolón a su país.

La literatura española, del nivel culto al popular, nos ha unido siempre, de la novela al cuento, de los endecasílabos a los octosílabos, del romance al corrido. Esa literatura, como nuestra comunidad de lengua, no tiene nacionalidad. Es de todos porque entre todos se hace y todos la leemos y escuchamos.

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De los americanismos a los españolismos

La voluntad de mantener la lengua común se mantiene —e incluso se refuerza— en la actualidad. La unidad lingüística es propiciada por la cada vez mayor extensión de la escuela y de los medios de comunicación masiva. La industria editorial siempre lo ha entendido así. Por eso los libros y los periódicos se pueden leer en todas partes, gracias sobre todo —y me interesa destacarlo— al trabajo de los desconocidos correctores de estilo.

Además, actualmente hay cada vez mayor comunicación por avión, teléfono, fax, correo electrónico y www —o MMM, Malla Mundial Mayor, para poner de cabeza al inglés—. Estos recursos promueven la convergencia lingüística internacional y permiten pensar que, a diferencia de lo que se creía en el siglo pasado, el español no corre el riesgo de diversificarse en varias lenguas nacionales. Los medios electrónicos orales —la radio, la TV y, más recientemente, la MMM, por donde también se escucha— han tenido un papel relevante en el mantenimiento de la lengua hablada. La gran divulgadora —por su alcance y su omnipresencia— es la TV. Sus intereses, que coincidían con los de los estados, han rebasado los límites políticos hasta cubrir toda la geografía de la lengua. El lenguaje que se utiliza en ese medio —el contenido es una cuestión aparte— es de uso general hispánico. Las investigaciones más recientes muestran que, en lo relacionado con los programas de noticias que se transmiten internacionalmente —ECO, CNN, CNI, NBC—, los ismos —mexicanismos, anglicismos, hispanoamericanismos y demás— no van más allá del 0,2 por ciento, de acuerdo con las estadísticas de palabras contadas por telegrafista que hemos obtenido.

Frente a la convergencia necesaria en el lenguaje público, como el de los medios masivos o los congresos, habría que valorar —no criticar— la riqueza de la variación lingüística. Los viajeros saben bien que cuando cambian de país hispánico necesitan a veces un traductor del español al español, no sólo para las malas palabras, sino también para las buenas. Las palomitas de maíz también se llaman pop o pop—corn, pipocas, rositas de maíz, cabritas, canchita, cotufas, maíz pira, pororó y pochoclo. Además, en países como Bolivia, donde se venden por kilos en las calles —cultura del maíz— se hace diferencia entre pipocas, que son pequeñas, y pasancallas, que son grandes. En casos como éste, los medios —por lo menos los americanos, incluido Discovery en español— discuten frecuentemente sobre el término que conviene usar para que sea comprendido por la mayor parte de su auditorio.

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En España, en cambio, no parece haber la misma actitud, quizá reforzada por el Diccionario de la Real Academia Española. En esa obra se marcan muchos ismos —colombianismos, cubanismos, venezolanismos, etcétera— pero, en cambio, no existen los españolismos. Esta actitud glosocéntrica —me permito el neologismo— hace que la obra mencionada resulte básicamente nacional, aunque tenga aspiraciones internacionales. Quizá por eso en una traducción de Milan Kundera que encontré al azar aparezcan palabras como arramplar (llevarse todo lo que hay en algún lugar), cotillear (chismorrear), piso (apartamento, departamento) o surtidor (bomba de gasolina). Ninguna de esas palabras es de uso común en América: son españolismos no reconocidos como tales en el Diccionario. En los casos de arramplar y cotillear lo único que se indica es que son de uso familiar. La pregunta es inevitable: ¿dónde? ¿En Paraguay, en Perú, en México? La respuesta: en España, sólo en España.

Si —como se planteaba desde América en el siglo pasado— deseamos mantener y preservar la lengua común entre todos, habrá que incluir también los españolismos. A partir de los usos nacionales, los medios podrían tomar decisiones basadas en la distribución de los sinónimos en los países hispanohablantes, y en el peso demográfico de cada palabra según el número de hablantes. De esta manera, el mechero de España, el yesquero de Venezuela y Uruguay, la fosforera de Cuba y el ligh—ter de Puerto Rico y Panamá tendrán que aceptar el término más general encendedor, que se utiliza en 19 países, con el 95,3 por ciento de la población hispanohablantes (por cierto, encendedor también se usa en España, y es muy probable que, al paso del tiempo, desplace a mechero). Se me olvidaba: en el caso del popcorn ganan, sin duda alguna, las palomitas

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El castellano, una visión universal

Una lengua es una visión del mundo. Si queremos compartir esa visión hacia el futuro, habrá que seguir haciendo la lengua española entre todos, como lo han hecho hasta ahora los escritores con nombre y los anónimos. Así, dentro del espacio mundial, la comunidad hispánica tendrá la cohesión necesaria para superar el mito de la lengua única y el pensamiento único, y la expansión de esa lengua que penetró en Cuba y Puerto Rico en 1898.

Por otra parte, nuestra comunidad lingüística no sólo enfrenta problemas externos. No cabe duda de que es importante mantener nuestra identidad lingüística frente a otras comunidades idiomáticas: respetamos nuestras palabras y deseamos que las respeten. De manera consecuente, si deseamos ser congruentes debemos también respetar las lenguas minoritarias de América: su cultura y su pensamiento diferente, que nos enriquece. Habrá que seguir aprendiendo sus palabras y superar la mentalidad colonial que —como dije antes— proponía una sola lengua y, dentro de ella, un solo modelo idiomático. Como han dicho en español los que hablan otras lenguas, «nuestra voz empezó a caminar desde hace siglos y no se apagará nunca más». Para acompañarlos, y no tener que pedirles perdón, es necesario, por lo menos, reiterar que las lenguas indígenas son parte de la historia y la cultura de los países americanos. Nuestros países, ya seguros de sí mismos, de sus fronteras y de su identidad, no deberían únicamente apropiarse de los valores de esos pueblos para construir sus propias historias nacionales. Más allá de eso, deberían ahora comprender que las diversas lenguas y culturas de América no nos dividen: al contrario, nos unen y nos enriquecen. El pasado compartido debería llevarnos también a compartir el futuro.

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El año de 1898 no debe ser recordado en este primer centenario como el de la catástrofe o de la pérdida del imperio español, sino como el del nacimiento —deseado por Bolívar, por cierto— de la comunidad de naciones hispánicas. Cabe señalar que desde hace un siglo se hacían advertencias sobre la entonces nueva situación internacional. Como dice J. L. Abellán, hubo «una reacción ideológica contra la filosofía que amenazaba dominar el planeta desde la más rigurosa unidimensionalidad». Estos planteamientos —vigentes hasta la actualidad— fueron también advertidos por Rubén Darío, quien rechazaba las actitudes que sólo se apoyaban en los valores de la bolsa y no en los del espíritu. A esa voz se aunaba la de José Enrique Rodó, quien, al mismo tiempo, proponía una nueva dimensión hispánica que fuera más allá de los límites nacionales y se extendiera hasta los de la magna patria, formada por las tradiciones compartidas y el idioma común. Como él señala, no se trata de repudiar el pasado, sino de hacerlo de todos nosotros, tal como lo hemos hecho con el idioma. La persistencia de la lengua española —nos dice— «asegura la del genio de la raza, la del alma de la civilización heredada, porque no son las lenguas humanas ánforas vacías donde se puede volcar indistintamente cualquier sustancia espiritual, sino formas orgánicas inseparables del espíritu que las anima y se manifiesta por ellas».

Recordemos también que antes de la independencia de las naciones hispanoamericanas todos éramos paisanos. Y seguimos siéndolo a través de la lengua y la literatura, que no reconocen fronteras. Por eso no necesitamos preguntarnos de dónde son los Machado, Cernuda o León Felipe; Azuela, Martín Luis Guzmán o Paz; Mosnterroso o Asturias; Gallegos, García Márquez, Borges o Cortázar; Vargas Llosa, Isabel Allende o Cabrera Infante. ¿Son españoles, mexicanos, guatemaltecos, venezolanos, colombianos, argentinos, peruanos, chilenos cubanos? Su nacionalidad no importa: son nuestros —de todos nosotros—, porque escribieron para todos nosotros. Eso es lo único que importa. Como dice el más traducido de todos los libros, «He aquí un solo pueblo, pues todos hablan la misma lengua.»

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Somos, como se consideraba a sí mismo Octavio Paz, ciudadanos de la lengua española y, con ella, de la comunidad hispánica que en 1998 cumplió su primer centenario. Este nuevo centenario, a diferencia del quinto que se conmemoró en 1992, nos incluye a todos. Debemos seguir fortaleciendo nuestra comunidad lingüística, esa comunidad que construimos cuando hablamos, cuando escribimos e incluso cuando soñamos —porque soñamos en español—. Dentro de ella, debemos ubicar, valorar y respetar nuestros diferentes modos de hablar para enriquecernos con ellos. Así podremos conmemorar y celebrar el primer centenario desde el optimismo. Mediante la lengua, que es de todos, es posible ponernos de acuerdo para lograr que, en el segundo centenario del 98, no haya más fronteras en la comunidad hispánica de naciones, como no las hay para nuestras palabras.

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Raúl Ávila

Es lingüista mexicano.

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