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13 de septiembre de 2000


Tribuna de opinión

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ELVIRA NARVAJA DE ARNOUX
MARÍA IMELDA BLANCO
MARIANA DI STÉFANO
Las representaciones de la lengua y de la prensa
en los manuales de prensa en Argentina

El género «manual de estilo»
¿Por qué publicar algo de uso interno?
Manuales de estilo: una intervención sobre la lengua
Los manuales y su relación con la norma
Conclusiones

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Durante el año 1997, los dos diarios de mayor tirada en la Argentina -Clarín y La Nación- hicieron públicos sus manuales de estilo. No es que por primera vez hayan producido un material de este tipo: todos los diarios se han bajado siempre pautas de escritura, plasmadas generalmente en pequeñas ediciones internas, más o menos cuidadas.

Lo novedoso es que las hayan sacado de la circulación limitada de las redacciones, para ponerlas -esta vez en ediciones comerciales- en circulación social y que hayan tenido un notable éxito de ventas. En esta decisión interviene posiblemente el deseo de imitar a los grandes diarios extranjeros que ya lo han hecho.

Pero más allá del impulso a la uniformación globalizadora, ¿por qué las empresas periodísticas argentinas han decidido hacer públicos sus respectivos manuales de estilo? Creernos que, por un lado, su publicación constituye una operación ideológica de los medios gráficos destinada a construir una representación de sí mismos como instituciones responsables de un magisterio moral y lingüístico en el momento en que, de hecho, el conjunto de los medios periodísticos asume funciones sociales ejercidas antes por otras instituciones -escuela, iglesia, justicia, fundamentalmente- y en que los grandes diarios tienden a controlar otros medios gráficos y a ubicarse como cabezas de grupos mediáticos. 

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Pero, además de esta operación, con la publicación de sus manuales suministran una representación de la lengua como espacio cuya codificación permite regular las prácticas y asegura un uso transparente del lenguaje. La objetividad asociada, más que con la adecuación al referente, con el respeto a las normas genéricas y gráficas y con la asignación de significados estables a las unidades lingüísticas, constituye el ideal declarado.

Sin embargo, como todo discurso normativo, sus límites son impuestos por las prácticas efectivas de los usuarios que trabajan con materiales no estabilizados, habitados por voces sociales y ecos heterogéneos cuyo control subjetivo es, al menos, dudoso.

Estas dos representaciones, del medio y de la lengua, buscan instaurar confianza y seguridad en los lectores. Si bien la distancia entre las producciones lingüísticas reales y la norma deja entrever su intrínseca arbitrariedad, la operación ideológica a la que nos referíamos la hace aceptable y con ello hace también aceptable la imposición de otras normas no lingüísticas.

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Por eso, más allá de las recetas que suministran, de indudable utilidad para determinadas prácticas escriturarias, su importancia social reside en el mecanismo de credibilidad y aceptabilidad que montan y que los manuales resaltan de diversas maneras.


El género «manual de estilo»

Desde cierta perspectiva, anclada en el sentido común, el sintagma «manual de estilo» es casi un oxímoron puesto que articula un primer término que puede ser leído como «compendio de indicaciones prácticas o pasos para realizar una tarea o hacer funcionar un aparato» con otro asociado con los rasgos personales de una ejecución, la creatividad, lo peculiar de una obra.

El oxímoron se resuelve cuando se operan dos restricciones. La primera con el adjetivo «periodístico», que permite concebir el estilo como «repertorio de convenciones lingüísticas supraindividuales y a disposición de los usuarios». La segunda, cuando se lo vincula con un diario en particular. Los manuales de estilo aparecen así como libros de divulgación de las normativas internas de las empresas periodísticas. Si bien los sucesivos deslizamientos hacen olvidar las connotaciones primeras, tal vez la permanencia de sus efectos explique parte del éxito editorial de estos textos.

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Los manuales se originan en la instancia de corrección de los diarios. Intentan constituirse en textos de consulta permanente; en este sentido, se presentan como auxiliares necesarios de la práctica de la escritura. Su contenido es de naturaleza heterogénea. Describen las reglas de construcción de los diversos géneros periodísticos, explican los procedimientos de diagramación y composición y presentan detalles sobre la producción de fotografías, ilustraciones, infografías y toda clase de material gráfico empleado para informar.

Además, contienen artículos de tipo enciclopédico que comprenden áreas temáticas diversas, como conflictos bélicos, sistemas de pesas y medidas, monedas. También exponen principios éticos y de conducta profesional. El manual de La Nación, además, incluye una breve historia del propio diario.

Ahora bien, la mayor parte de las páginas de los manuales de estilo de Clarín y La Nación está dedicada al tratamiento de temas normativos de la lengua castellana. Abarca aspectos ortográficos, morfosintácticos y léxicos de manera asistemática y fragmentaria, cuya selección depende de la experiencia de los autores en el medio. 

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Estos contenidos se distribuyen un tanto caprichosamente en diversas secciones. Algunos de estos capítulos presentan los temas por orden alfabético de modo de facilitar la consulta, pero la heterogeneidad de los criterios aplicados para establecer las entradas de estos artículos no asegura la eficacia de la búsqueda.

Las cuestiones gramaticales y léxicas planteadas se refieren a las dudas y dificultades más frecuentes que se les presentan a los periodistas en su práctica cotidiana de redacción.

De este modo, ambos textos son manuales que sustituyen la consulta a gramáticas, diccionarios, tratados de ortografía y enciclopedias o incluso a periodistas reconocidos en cada diario por sus conocimientos normativos.

Si bien en ocasiones se mencionan las fuentes que estos manuales reformulan -La Nación incluye la bibliografía consultada- las empresas periodísticas se autoasignan tareas de codificación lingüística:

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«ayatollah. Es la grafía adoptada, no obstante las formas ayatolá o ayatola, del DRAE y otros lexicones, conque nombran a la autoridad religiosa chiita con magisterio público. Lo mismo dígase de mullah (clérigo islamita).» La Nación, p. 121.

«BIENAL: Bienal es un acontecimiento que se produce cada dos años. Si el acontecimiento sucede dos veces por año es semestral. bianual no existe.» Clarín, p. 109.

Como instrumentos lingüísticos, estos manuales oscilan entre dos objetivos: por un lado, satisfacer necesidades prácticas de los redactores y, por otro, cumplir una función orientadora de la sociedad en su conjunto, la que se autoasignan como producto de su creciente poder económico e ideológico. Esta ambición los lleva a abordar campos temáticos muy heterogéneos, que tratan de un modo muy irregular.

Los manuales de estilo describen en las tapas, prólogos e introducciones el destinatario previsto. En ambos casos, el público de lectores esperado es amplio: periodistas, estudiantes, profesionales de la palabra, usuarios de la escritura, en general. 

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«Manual de estilo y Ética periodística resultará útil a periodistas, estudiantes, correctores, profesionales y a todos aquellos para quienes la escritura es un medio habitual de expresión. La Nación, contratapa.

«Este Manual de estilo es una herramienta de trabajo para los periodistas de Clarín, y para otros colegas que quieran usarlo corno punto de referencia. Es, también, una herramienta para los estudiantes de periodismo y para los lectores.» Clarín, p. 17.

Asimismo, se prevé un destinatario no escritor. Se trata del lector habitual del diario con quien se intenta renovar un pacto de lectura a través de la explicitación de las normas de construcción de la publicación:

«Somos conscientes de que esta íntima relación del diario con sus lectores debe renovarse y alimentarse cada mañana. Este Manual de estilo responde a ese objetivo. Sintetiza el modo en que entendemos y asumimos nuestro rol de informar, y constituye -al mismo tiempo- una guía para ayudamos a mantener vivos esos principios.» Palabras preliminares de Ernestina Herrera de Noble, Clarín, p. 13. 

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¿Por qué publicar algo de uso interno?

En primer lugar, es necesario considerar -como ya lo anticipamos- que para las empresas periodísticas la publicación del manual de estilo propio se ha convertido en una exigencia internacional del mercado. Los grandes diarios de Estados Unidos y Europa --como también los de países sudamericanos, como México, Venezuela, Colombia y Brasil- han dado a conocer al público masivo, hace ya largo tiempo, sus normas para encarar la escritura de sus notas periodísticas.

Los primeros en publicar sus manuales de estilo fueron diarios norteamericanos. The New York Times, por ejemplo, lo edita por primera vez en el año 1976. Cuando La Nación y Clarín sacan a la venta sus manuales ya existen en América latina 23 manuales de estilo de diferentes diarios.

La existencia del manual parece fortalecer la credibilidad del medio: en él, el diario se compromete públicamente ante sus lectores a hacer lo que considera «un uso correcto del lenguaje», como también a respetar una serie de pautas que exige la práctica ética del periodismo:

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«La Nación no admite discriminación alguna por razones de raza, religión, nacionalidad, nivel cultural o posición social. Esa valoración igualitaria de la dignidad personal se refleja en primer lugar en el uso del castellano, que en sus textos es llano, directo y correcto, inteligible por todos." La Nación, p. 45.

«Nuestro manual puede servirles para conocer aspectos esenciales pero poco conocidos de nuestro trabajo. Por ejemplo, las condiciones que nos fijamos para convertir un suceso en una noticia con la mayor objetividad posible; las normas que nos guían para considerar que un texto ya es apto para ser publicado; qué sistemas de trabajo tenemos para abordar informaciones donde hay conflictos de intereses. En suma cuáles son los criterios de excelencia periodística que nos fijamos.» Clarín, p. 17.

Esta explicitación de principios lingüísticos y éticos, estrecha su vinculación (recordemos que la correlación es propia de otros objetos normativos, como las gramáticas) y también la ilusión de transparencia del lenguaje y de transparencia de las intenciones periodísticas que el medio declara. 

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Los manuales de estilo son objetos característicos de las democracias occidentales de este fin de siglo, en las que se opera un desplazamiento de tareas del ámbito estatal-nacional al empresarial privado controlado por monopolios económicos.

Los editores hacen públicas sus «buenas intenciones», se comprometen con valores considerados positivos para la sociedad, corno es, entre otros, el buen uso de la lengua, y simulan abrir el juego al lector, quien estaría, entonces, en condiciones de señalar al diario el incumplimiento de los compromisos públicamente asumidos.

Sin embargo, cabe destacar que la participación del lector es limitada y está muy poco pautada en los manuales argentinos. Aspecto que, por el contrario, atienden los manuales de diarios norteamericanos al crear la figura del Defensor de los Lectores y establecer, por ejemplo, los mecanismos de su elección.

Junto con la credibilidad, los manuales buscan acrecentar el prestigio de los periódicos que los editan. Fenómeno que se suma al prestigio adquirido por los medios masivos de comunicación, tanto audiovisuales como gráficos, a partir de que cumplen una serie de funciones que -como ya señalamos- tradicionalmente correspondían a otros ámbitos, en especial, al estado.

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Los medios, por ejemplo, realizan tareas propias de la investigación judicial (y que la justicia no concreta); algunos productos periodísticos, como las grabaciones con cámaras ocultas, pueden convertirse en pruebas procesales; el público recurre a los medios para hacer confesiones y denuncias y para aportar pruebas porque los medios garantizan la puesta en debate y la condena social que en muchos casos logran desencadenar la investigación y condena judiciales. De este modo, los medios masivos construyen y difunden una imagen de sí mismos que genera en el público mayor «confianza» y «transparencia» en comparación con las instituciones del Estado.

Pero no cualquier medio se autoasigna tareas de codificación lingüística. El hecho de que sólo los diarios publiquen su manual de estilo es también un modo de reforzar la representación social de que los medios gráficos hacen un uso más controlado y correcto del lenguaje, lo que implicaría mayor seriedad y profundidad en el tratamiento de la información, en comparación con la radio y la televisión.

En este sentido, la publicación de los manuales es un modo de reforzar la representación de que el medio gráfico es prestigioso, tanto en el terreno lingüístico corno en el de la labor periodística, y a la vez de agregar un nuevo rasgo a esa representación: el que les confiere autoridad para intervenir en la fijación de normas para ambas prácticas.

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Manuales de estilo: una intervención sobre la lengua

Son muchos y diversos los procesos históricos que dan significado a la publicación de los manuales de estilo por parte de empresas periodísticas. Algunos de ellos, como acabamos de ver, están relacionados con el desarrollo del ejercicio del periodismo. Pero otros pertenecen al terreno de las políticas lingüísticas, en la medida en que la publicación del manual implica una intervención sobre la lengua que se inscribe en los complejos procesos de normativización, en este caso. del castellano.

Así, no podemos dejar de contemplar que, en los últimos años, los recientes procesos de globalización económica y de integración regional han comenzado a trastocar la relación entre lenguas y a producir oscilaciones en la selección de criterios para fijar nuevas normas para sus usos. Las crisis derivadas de estos procesos -que han producido fragmentaciones internas, el borrado de algunas fronteras y la acentuación de las migraciones hacia los núcleos urbanos se han proyectado sobre las lenguas y han dado pie a debates públicos sobre políticas lingüísticas, han convertido el tema en asuntos de estado e, incluso, han favorecido la gestación de proyectos de ley de defensa de ciertos idiomas nacionales.

Recordarnos, por ejemplo, el caso de la ley Toubon en Francia y la polémica que desató, el de oficialidad del inglés en los Estados Unidos, el de defensa del castellano frente a otras lenguas territoriales en España. 

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Y en el caso de la Argentina, el proyecto de Ley de Preservación de la Lengua Castellana presentado por el entonces secretario de Cultura de la Nación, Jorge Asís, a quien le costó el puesto el debate público que generó su propuesta.

Todos estos proyectos tienen en común proponerse la defensa del idioma, que se plantea como una forma de defensa de la identidad amenazada. Los mecanismos a los que se apuesta pasan por preservar la lengua del contacto con lenguas extranjeras, por reforzar las normas ya consolidadas y por extender su uso a todos los miembros de la comunidad. Ilusión de no contaminación e ilusión de homogeneidad en el uso del código rigen este movimiento de cierre normativo defensivo que, en el espacio de la lengua, acompaña los procesos de integración.

Pero no es el único movimiento que se está dando en la actualidad. Desde una perspectiva totalmente opuesta, el contacto lingüístico y la expansión de lenguas más allá de las fronteras tradicionales son percibidos también como la posibilidad de apertura de los límites de la propia lengua, de la integración de variedades, usos, neologismos, préstamos, y de la necesidad de simplificación normativa que facilite, al que no la habla, su aprendizaje. 

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Cierre normativo defensivo y apertura o simplificación expansivo. García Márquez -en el Congreso Internacional sobre la Lengua Española realizado en 1997 en México- expresaba esta última posición al proponer que « ... liberemos la lengua de sus fierros normativos ( ... ) humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, el dequeísmo parasitario,(...) jubilemos la ortografía ...»

Los manuales de estilo se sitúan en el otro extremo, mostrándose defensores de una norma consolidada, reguladores enérgicos de las prácticas lingüísticas no sólo para el uso periodístico sino también para otros ámbitos de escritura, como lo señala la distribución pública de este material y el éxito de la publicación.


Los manuales y su relación con la norma

Los manuales de estilo exceden los objetivos habituales de los textos normativos de divulgación. La búsqueda de un «uso disciplinado del lenguaje» los lleva no sólo a determinar los rasgos genéricos aceptables («El cuerpo de la crónica debe articularse como una unidad, con principio, desarrollo y fin»; «La cabeza debe ser directa, concisa y contundente y desarrollar un concepto, a lo sumo dos» sino a -como ya señalamos- intervenir en la fijación de la norma lingüística.  

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En esta tarea, declaran criterios, reformulan fuentes y se autoinstituyen como codificadores capaces de cuestionar los instrumentos lingüísticos a los que ellos mismos han conferido autoridad, como se desprende de la confrontación de estas citas:

«En todo diario existen guardianes del lenguaje. En general, son periodistas de gran experiencia, con años de oficio, cultores del idioma y seguidores de las ediciones de la Real Academia Española.»  La Nación, p. 10.

«acuatizaje, acuatizar. El DRAE da amerizaje, amerizar (una mala adaptación del francés amerrir, amerrissage), que se deben utilizar, en lugar de acuatizaje, acuatizar. Formas, éstas, que prefieren dramáticos y filólogos (y nosotros), junto con amarar/amaraje y amerizar, amerizaje, al tiempo que desaconsejan las incluidas en el DRAE.» La Nación, p. 113.

Con respecto a los criterios, La Nación dice respetar a la Real Academia Española y a prestigiosos lexicógrafos y gramáticos del mundo hispano (Bello, Moliner, Seco, Corominas). Sin embargo, es notoria la reiteración del uso del «nosotros» (como acabamos de ver en el ejemplo) que toma decisiones en la elección de las normas, aun cuando éstas difieran de las adoptadas por las autoridades que ellos citan. Clarín, por su parte, se muestra más partidario de una gramática que contemple los usos más extendidos, de modo tal de facilitar la comprensión de sus lectores: «Es preferible, en general, no utilizar palabras en otro idioma. 

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Existe, sin embargo, una importante cantidad de términos que por su uso generalizado o su imposibilidad de ser traducidos corresponde utilizarlos en su idioma de origen. Ej.: la city; joint-venture (asociación de empresas); ranking; gueto; matriushka (muñecas rusas); strip-tease; el green de golf, geisha; kamikaze; favela; el boom».

«Cuando las palabras en otro idioma pertenecen a campos técnicos Joint-venture, stand by, link) o no son de uso frecuente (matriushka, perestroika, etc.) conviene aclarar su significado.» Clarín, p. 77.,

Sin embargo, el seguimiento de estos criterios no se sostiene a lo largo de toda la obra. La norma que buscan construir remite erráticamente a autoridades distintas y se aplica desordenadamente a diferentes niveles del lenguaje. Así, los manuales de estilo desarrollan una hipertrofia normativa al pretender fijar las fronteras de la lengua correcta y controlar su territorio.

Como en otros instrumentos normativos, en estos manuales se produce, también, un deslizamiento de su objeto hacia la regulación del buen gusto y la elegancia:

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«Debe evitarse el uso de clisés o lugares comunes, así como expresiones que por su abuso se han vaciado de significado. Ej. nosocomio, occiso, sexagenario, espectáculo dantesco, tensa calma, golpe de timón, helarse la sangre, asumir el protagonismo, montar en cólera, salir al ruedo, estar bajo la lupa, fogonear, abroquelarse, pisotear la crisis. Clarín, p. 79.

«Hay muletillas, expresiones estereotipadas y monótonas, que restan elegancia al lenguaje, sin añadir nada a la información. Tales: en otro orden de cosas, por otra parte, de otro lado, de alguna manera, no hay que olvidar, de cara a, a nivel de, de entrada, para empezar-. Ninguna es incorrecta, pero su abuso les quita eficacia. Aunque sirven de nexo entre párrafos, nunca son imprescindibles.» La Nación, p. 215.

Un segundo desplazamiento homologa -como resultado de una vieja identificación entre norma lingüística y norma ética- los errores lingüísticos y las faltas morales. Los manuales de estilo periodístico ubican en un mismo nivel "lengua correcta" y "conducta ética":

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«Creemos que a la hora de escribir un diario no es suficiente tener hechos que contar. Es imprescindible también respetar normas gramaticales y de estilo, e imponerse los interrogantes éticos que plantea su  publicación.» La Nación, p. 10.

«El diario procura tratar con imparcialidad y respeto a las personas; las instituciones, los problemas y los acontecimientos. Ello exige una búsqueda atenta y lo más amplia posible de datos precisos; un uso disciplinado del lenguaje y de las técnicas de producción periodística, incluidos los elementos visuales, infografías y fotografías.» Clarín, p. 19.

Como acciones defensivas de las fronteras lingüísticas, los manuales de estilo de los principales diarios de la Argentina vigilan la producción de neologismos y(des)autorizan su circulación:

«dinamizar: no se emplee por desarrollar, aumentar, desenvolver, activar, reactivar, estimular, animar, vitalizar, promover, verbos que, corno se ve, en nuestro idioma precisan acciones con más riqueza y exactitud que aquel neologismo innecesario.» La Nación, p. 140. 

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«cesantear: no existe corno verbo; sí como adjetivo o sustantivo. La gente queda cesante, hay cesantes. Como verbo: echar, despedir.» Clarín, p. 110.

También denuncian filtraciones, especialmente del francés y del inglés. Al hablar de condicional de suposición, por ejemplo, se señala:                      

«... este solecismo es inadmisible, pues se trata de una mala traducción del condicional hipotético o de suposición que, en francés, sirve para señalar un hecho dudoso, eventual; en particular, cuando este hecho se presenta como rumor, como aserción que no se puede garantizar y que en castellano se expresa así: `SE DICE (SE CALCULA) QUE EN LA MARCHA HAN PARTICIPADO MÁS DE CIEN MIL DOCENTES' o con giros análogos. Pero nunca con el condicional de suposición: 'habrían participado', 'estarían dispuestos'; lo mismo que expresiones tales como posible','probable','no se descarta','al parecer' que trasuntan inseguridad informativa." La Nación, p. 237 y 238. 

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«ANGLICISMOS: los más usuales y aceptados: Living (habitación en el hogar); camping (salida al campo); destroyer (destructor); weekend (fin de semana); match (competencia deportiva); test (prueba o ensayo); soft (programas de computación); hard (computadoras y accesorios); printer (impresora). Conviene en general utilizar el equivalente en español en todos los casos que pueda evitarse la versión inglesa.» Clarín, p. 108.

Además, juzgan sobre la castellanización, o no, de algunos nombres propios:

«Es conveniente respetar la grafía de los nombres extranjeros, tanto de personas como de ciudades o países, excepto en los casos en que el uso extendido haya generalizado una determinada forma. Ej.: (...) no es Simón Peres sino Shimon Peres, no es Isaac Rabin sino Yitzjak Rabin. Pero, en cambio: no es New Delhi, sino Nueva Delhi; no es New York, sino Nueva York, no es Sáo Paulo, sino San Pablo; no es New Orleans, sino Nueva Orleans. » Clarín, p. 70.

Los manuales de estilo también distinguen significados arbitrariamente:

«disolver. Los manifestantes, las manifestaciones, las aglomeraciones, las multitudes, se dispersan, no se disuelven. Véase desconvocar.» La Nación, p. 140. 

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«disolver: Acción de diluir un cuerpo sólido. También se la utiliza cuando, por ejemplo, la policía carga contra una manifestación y la disuelve. Se disuelven marchas y se dispersa a los manifestantes. Es erróneo decir, por ejemplo: 'La policía disolvió a los manifestantes Clarín, p. 111.

Esa arbitrariedad se percibe dentro de un mismo texto. Por ejemplo, el manual de La Nación pretende fijar significados correctos:

«deshonesto. No es falto de honradez, falso, fraudulento, sino impúdico, falto de honestidad, dice el DRAE. La honestidad se refiere al sexo y la honradez, a la moral.» La Nación, p. 139. Sin embargo, el uso les juega malas pasadas. En el mismo texto se había afirmado antes:«… el ciudadano puede exigir que las noticias publicada por los medios sean veraces y las opiniones honestas y libres de presiones provenientes del sector público o del privado.» La Nación, p.45

También imponen designaciones:

«Se considera bebé a toda persona menor de un año. Niño, hasta los trece años. Adolescente, hasta los 16 años. Joven, de modo genérico, a partir de los 16 años y hombre, desde los 30 años. Anciano a partir de los 70 años.» Clarín, p. 73

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En relación con la gramática, los manuales de estilo llevan a cabo una intervención normativa fijando reglas morfológicas, sintácticas y ortográficas:

«No se debe comenzar una oración con adverbio, locución adverbial o complemento circunstancial. Los adverbios modifican al verbo de la oración, por lo tanto no es conveniente comenzar una frase con una expresión que condiciona el sentido de lo que todavía no se dijo.» Clarín, p. 66

«santafesino/santafecino. Con s lo escriben los habitantes de esa provincia –y así quieren que los medios lo hagan-, mientras nosotros decimos santafecino, hasta que no se decida lo contrario, por tradición.» La Nación, p. 167

Conclusiones

Los manuales de estilo de las empresas periodísticas constituyen un nuevo objeto de circulación social en nuestro país que se suma al complejo proceso de dramatización de nuestra lengua. Como vimos, tanto La Nación como Clarín intervienen sobre ella retornando normas ya consolidadas o imponiendo nuevas.

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Operan del mismo modo que otros instrumentos normativos: a) tienden a seguir un criterio (en el caso de La Nación, la autoridad que reconocen en las gramáticas y diccionarios de la Real Academia Española; en el caso de Clarín, lo que denominan «el uso más difundido» de un término o expresión (y que en realidad es el uso que los sectores cultos -en especial porteño- hacen de ellos), con lo cual se insertan en tradiciones gramaticales específicas y diversas: La Nación, en la de las gramáticas de Estado, y Clarín, en las gramáticas de uso; b) no siguen en todos los casos el mismo criterio, por lo que caen en una hibridación en la selección de normas, aspecto muy acentuado en estos manuales; c) se deslizan de la regulación lingüística hacia la regulación ética y estética.

Pero un aspecto resulta novedoso: sus anunciadores no son instituciones oficiales sino privadas. En sus orígenes, el proceso de gramatización que se desarrolló durante el Renacimiento, acompañando el surgimiento de los estados nacionales, tuvo como objetivo marcar las fronteras y delimitar el territorio de cada una de las lenguas, las cuales cumplieron una función identitaria decisiva. Para ello, algunos estados nacientes fueron creando instituciones oficiales a las que se asignó la tarea de codificación.

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En este fin de siglo, en el que asistimos a la desintegración de los Estados-nación, los instrumentos lingüísticos en circulación que buscan cumplir la misma función de cierre normativo que los producidos hace cinco siglos no dependen de instituciones oficiales. Por primera vez en la historia, son instituciones privadas las que se autoasignan el papel de fijar las normas del «buen uso» de la lengua. La aparición de los manuales de estilo de La Nación y Clarín -junto a la ausencia de intervenciones oficiales en este terreno- debe leerse, también, corno parte del proceso de privatización de las funciones e instituciones del Estado que se está dando en los últimos años en nuestro país.

Las políticas lingüísticas que expresan sus manuales consolidan intereses de las empresas comerciales involucradas. En la selección de criterios normativos, cada diario refuerza la relación con su público: compromiso con las normativas «castizas», supuestamente más «auténticas» y «apropiadas» del castellano para el lector tipo de élite del diario La Nación; pragmatismo normativo de Clarín, el diario que apunta «a todos» , aunque, como es obvio, el «todos» incluye sólo a los letrados.

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Como toda privatización, ha de dejar beneficios para los propietarios, pero no necesariamente para el conjunto de la comunidad. Incluso, se observa otro paralelismo entre el rumbo de los procesos de privatización de las economías y los de fijación de normas lingüísticas: la tendencia a la concentración rnonopólica. Ya en 1990, la agencia de noticias española EFE auspiciaba la unificación de las normas de escritura para todas las agencias de prensa que redactan noticias en español. 

Por último, si bien el presente trabajo no se ha propuesto estudiar el grado de acatamiento de las normas seleccionadas por los diarios en sus propias prácticas periodísticas cotidianas, es notorio el desfase entre ambos aspectos. De esta manera, cabe señalar que estos manuales de estilo contribuyen, además, a generar inseguridad lingüística en nuestra comunidad, en la medida en que el código exhibe una arbitrariedad anclada en representaciones heterogéneas de la norma y difiere del que se emplea en las prácticas lingüísticas reales. (Buenos Aires).


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Elvira Narvaja de Arnoux, María Imelda Blanco y Mariana di Stéfano.

Son profesoras y lingüistas argentinas.

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