10 de Agosto de 2001 |
| Tribuna de opinión | ||
| LEONARDO
PADURA: Cuba: Un Hemingway a la medida
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Hace unos meses tuve la ocasión de asistir a un encuentro literario que me demostró -otra vez- hasta qué punto los escritores, «según pasan los años» dejan de ser lo que fueron para convertirse en lo que creemos o deseamos que hubieran sido. Organizado
por la casa-museo Finca Vigía, el coloquio en cuestión no podía tener
otro protagonista que Ernest Hemingway, el mítico propietario de la
pequeña quinta de San Francisco de Paula, en las afueras de la capital
cubana, ese sitio predestinado por su propio creador para ser museo y
que se ha convertido, desde su muerte, en una especie de santuario
literario. Los
convocados aquella mañana, todos amantes de la obra del gran escritor
norteamericano que vivió por largos años en la isla, tenían sin
embargo un elemento más en común: se consideraban «hemingwayanos
cubanos» (sic), según oí repetir varias veces a lo largo de
ponencias, comentarios y mesas redondas dedicadas a la vida y la obra
del escritor. Lo curioso de la denominación, en este caso, es que no se trataba de un calificativo exterior -hay escritores que la crítica considera, digamos, lezamianos o carpenterianos, por su relación epigonal con esos creadores-, sino de una militancia asumida voluntariamente por los que, dedicados con una extraña fe a los estudios biográficos y literarios sobre Hemingway, declaraban abiertamente su filiación a un «partido» que como único estatuto tiene el de defender en cualquier terreno la memoria del dios de bronce de la literatura norteamericana. | ||
Una
fe tan compacta como esta, ya es rara de encontrar en un mundo donde
cada vez se cree en menos cosas o se cree sólo cuando el agua va
llegando al cuello. Pero doblemente significativo resulta que estos «hemingwayanos
cubanos», aun sabiendo la mala reputación que en los últimos tiempos
ha ido ganando su ídolo, mantienen inalterables sus posiciones, incluso
cuando algunos de ellos llegan a reconocer que el autor de «El viejo y
el mar» no era, precisamente, lo que se dice un tipo totalmente
defendible. La
cercanía entre estas personas -que van desde profesores universitarios,
críticos, museógrafos, hasta lectores comunes y trabajadores del
turismo- con el mito de Hemingway no es, en verdad, un fenómeno aislado
en Cuba. Porque
en la isla, donde la literatura ha aportado una larga lista de nombres a
lo mejor de la cultura hispánica y universal, este autor norteamericano
es considerado por el subconsciente colectivo como una especie de
personalización del escritor en sí, al punto de que su nombre
constituye valor de cambio normal cuando de literatura se habla. Más allá de esas primarias aceptaciones acendradas ya en la imaginería del cubano, el caso Hemingway es también de primera importancia como referencia literaria para muchos escritores de la isla que se reconocen -o se han reconocido- influidos o cuando menos cercanos al descarnado estilo del creador de cuentos tan inolvidables como «La breve vida feliz de Francis Macomber» o «Los asesinos», o cuando menos seguidores de ciertas teorías hemingwayanas, como la que él calificó «el iceberg» cuando se refería a la capacidad connotativa de la literatura, pero encima de los desbordamientos explicativos y didácticos. | ||
Por
caminos paralelos, pero no menos visibles, corre la fortuna «turística»
del escritor, pues su nombre y su dilatada presencia entre los cubanos
ha servido para convertirlo en la atracción principal del
bar-restaurante Floridita, donde -a precios que Hemingway jamás hubiera
pagado-, se sirven los daiquiris que en ese sitio solía beber, con
doble dosis de ron y nada de azúcar. Además,
en el oeste de la capital existe una Marina Hemingway, dedicada al
turismo internacional -y, por ende, vedada a los «nacionales»-, en la
que se emplean el nombre de escritor y los títulos de sus obras como slogans publicitarios. Por
si eso fuera poco, cada año se organiza en Cuba el Torneo Hemingway de
pesca de la aguja, mientras por los cayos del norte de Camagüey se ha
creado una villa turística con su nombre, sin contar con que el
restaurante La Terraza -una fonda de pescadores en tiempos de Hemingway-
se ufana de haberlo tenido con frecuencia entre sus comensales. Con todas esas condiciones a su favor, sazonadas con las historias míticas que el mismo Hemingway alentó a lo largo de su vida, empieza a resultar menos extraño que existan esos «hemingwayanos cubanos», cargados de orgullo por su filiación. | ||
Lo
curioso en toda esta apropiación cultural-turístico-mística del
escritor es la poca frecuencia con que salen a la luz algunas de las más
reprobables cualidades de Ernest Miller Hemingway que, como también se
sabe, no eran pocas. Lo
primero que podría llamar la atención es la limitada y selectiva
relación que con Cuba y los cubanos mantuvo el autor de Islas
en el golfo. A pesar de las largas temporadas vividas en el país
desde la década del 30 hasta unos meses antes de su muerte, Hemingway
nunca vivió como un cubano ni convivió con los cubanos, salvo contadas
costumbres y excepciones. Por
otro lado, en su propia vida Hemingway acumula mezquindades que, en otro
escritor, incluso cubano, hubieran resultado imperdonables: desde sus
ataques a quienes fueran sus primeros mentores -Sherwood Anderson y
Gertrude Stein- hasta las ofensas a los que fueran sus compañeros de
empeño literario: el «pobre» Scott Fitzgerald y, sobre todo, John Dos
Passos, lanzado por su ex compañero al fuego stalinista en plena Guerra
Civil Española. Súmese a eso la vocación por la violencia, el amor por las armas y la capacidad de mitificar y moldear su propia biografía, y se tendrá, al otro lado, un personaje no precisamente amable para la memoria. Quizás lo que provoca que muchos olviden esos lados oscuros del personaje son dos elementos imprescindibles en su vida: por un lado su literatura y, por otro, su propia muerte. | ||
De
la capacidad hemingwayana de crear belleza, personajes memorables,
gritos de rebeldía poco habría que comentar: él es, sin duda, uno de
los escritores más trascendentes del siglo XX y su obra es de las más
humanas y viscerales que jamás se hayan escrito. Su
muerte, sin embargo, ocurrida el 2 de julio de 1961, cuando se voló los
sesos de un balazo, humaniza y revaloriza al propio Hemingway, que vivió
en una dura agonía los últimos dos, tres años de su existencia: al
borde de la neurosis, sin poder beber, amar, cazar, y casi ni escribir,
el Hemingway triste, solitario y final de estos tiempos se vio al fin
cara a cara con su destino, sin que mediaran las múltiples máscaras
con que se fue adornando a través de los años: la de cazador, la de
boxeador, la de guerrillero, la del experto en tauromaquia o peleas de
gallos. Este
Hemingway, viejo, enflaquecido, desnudo ante la vida, es el más
verdadero de todos los Hemingway conocidos y, con el disparo de aquel 2
de julio, firmó uno de los actos más humanos y dramáticos que
cometiera en su no tan breve ni feliz existencia. (La Habana/IPS). | ||
| Leonardo
Padura es escritor cubano | ||
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