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31 de enero de 2001


Tribuna de opinión

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LYLIANA COLOTTO
Las estrategias comunicativas y de aprendizaje de las lenguas

El riesgo de equivocarse o lograr
Prácticas formales y funcionales
Actitudes diferentes ante la comprensión y la producción
La interlengua del aprendiz  

«¿No pone en marcha el aprendiz estrategias de aprendizaje para permitirle una mejor comunicación, ya que la propia experiencia le ha demostrado que si piensa en las reglas gramaticales cuando quiere comunicar algo, su discurso se hace vacilante e incoherente?» Selinker (1972:220)

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A manera de respuesta a esta pregunta retórica de Selinker, iniciamos el presente artículo, por considerar, como el autor, que ambas estrategias están estrechamente ligadas; ambas responden a una capacidad o competencia estratégica del individuo; ambas ponen en marcha una serie de operaciones (Fernández López 1991:51) habilidades (Nisbet-Schucksmith 1987:46) para lograr determinados fines u objeti­vos, que en el caso que nos ocupa será el de aprender la lengua extranjera (LE), estrategias de aprendizaje y de comunicación en dicha lengua, estrategias comunicativas. ­Así, podemos definir las estrategias como un conjunto de habilidades o procesos internos que pone  en marcha el que aprende una lengua extranjera, con la intención de asimilar los datos de la nueva lengua de la manera más sencilla posible y poder comunicarse con ellos: la lengua y su aplicación práctica, la comunicación.

Esta competencia estratégica es­taría más desarrollada en los adultos (Bialystok 1992:114) que en los aprendices más jóvenes, ya que en  los adultos habría  una mayor flexibilidad en cuanto a la adaptación de las estrategias para la búsqueda de conceptos específicos. Esto sería consecuencia de una mayor experiencia por parte de los adultos: un mayor conocimiento del mundo, del tema a tratar,­ de otras lenguas, etc. que les posibilita para mayores alternativas en el uso de la lengua.

De allí que se  hable del factor «experiencia en el uso de lenguas ex­tranjeras», el cual sería crítico en el momento de la puesta en marcha de las estrategias. De todas formas no es posible separar el conocimiento formal de la lengua con la habilidad comunicativa, pues sin un mínimo de competencia formal, los aprendices no disponen de las estrate­gias necesarias para seleccionar (Bialystok 1992:115)  

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Hablamos así de estrategias basadas en la L1 o primera lengua: son las utilizadas por los aprendices menos avanzados porque desconocen aún el nuevo código, y aquéllas basadas en la L2 o LE: utiliza­das por los aprendices más avanzados, quienes ya poseen un mayor conocimiento del nuevo código, por lo que tendrán a su disposición mayores opciones o posibilidades para desarrollar su competencia comunicativa, precisamente porque su interlengua se encuentra en un estadio superior.

Según los deseos y las necesidades de comunicarse que tenga el aprendiz, dentro de las  estrategias de aprendizaje y de  comunicación, podemos hablar de una actitud de expansión y de reducción frente a la lengua que se aprende (Corder 1992:17).

La primera es una actitud de «correr riesgos», de equivocarse, de hacer el ridículo, de obtener una mala nota,  podríamos decir que tiene implicancias negativas para el orgullo del aprendiz, pero positivas para su aprendizaje, pues con el comportamiento de alcanzar o logro se da el aprendizaje de una LE y no con el comportamiento de evitar (Faerch and Kasper 1992:54).

Cabe aclarar que el aprendiz que aún no domina bien el nuevo código recurre a estrategias que podríamos considerar de «reducción» desde el punto de vista del aprendizaje del nuevo código, pero de expansión desde el punto de vista de la comunicación, tales como: transferencia interlin­gual – como éstas que escuché a mis alumnos franceses: volador por ladrón derivación de la palabra francesa «voleur» (ladrón) volaron por robaron, gomar por «borrar» y a estrategias basadas en la interlengua como son: la generalización (a partir de una regla conocida aplicarla a otras situaciones equívocamente, como ocurre al regularizar los verbos irregulares -el ejemplo típico de «andó, hacido, rompido»- como lo hacen los niños pequeños en su aprendizaje del español) la paráfrasis, el circunloquio, la invención de nuevos términos (a partir de vocablos conocidos del nuevo código que está aprendiendo -como estas palabras tan originales que surgió también entre mis alumnos franceses: robador (de robar) por ladrón, cuesto (de costar) por precio, duelo (de doler) por dolor- reestructuración (a partir de estructuras ya conocidas de la nueva lengua), acudirá a su código, pedirá ayuda al profesor, a otros compañeros, a nativos de la lengua, recurrirá a gestos o mímicas.

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El riesgo de equivocarse o lograr

Estas estrategias responden a un conocimiento incompleto del nuevo código, que obliga al aprendiz a acudir a los conocimientos que ya posee tanto del código nativo como de aquel que está aprendiendo. Me gustaría hablar mejor de una actitud  de expansión o abierta hacia la comunicación, lo que llevaría al estudiante a poner en marcha las estrategias mencionadas.

En cambio una actitud de reducción o cerrada a la comunicación daría como resultado la utilización de otra clase de estrategias tales como el evitar el diálogo con el otro, o bien el uso de palabras, frases, estructuras más sencillas, aunque esto implique una reducción en el contenido del mensaje. En ambos casos estamos ante estrategias comu­nicativas, ya que ambas actitudes, la de «correr riesgos» como la de  «evitar riesgos», les permitió comunicarse: a los primeros sacrificando lo formal y a los segundos sacrificando el contenido.

Prácticas formales y funcionales

Al hablar de las estrategias de aprendizaje y comunicativas, se hace referencia también a una práctica formal, práctica funcional, uso del monitor y la inferencia: interlingual, intralingual, extralingual (Bialystok 1992:186 a 188).

Las dos primeras consisten en practicar la lengua :en el primer caso la gramática, el aspecto formal de la lengua, las llamadas también estrategias morfo-sintácticas , y en el segundo caso se trata de favorecer todas las posibilida­des de uso de la lengua, el aspecto funcional de la misma: ir al cine, leer, con­versar con nativos­, etc.

Las dos últimas son el uso del monitor, es decir el control formal sobre la lengua, es una estrate­gia principalmente de producción y más bien de producción escrita, ya que el pensar en la gramática de la lengua durante la expresión oral impediría la comunicación o la tornaría lenta y dubitativa, y la inferencia que sería su contrapartida como estrategia de comprensión. 

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Esta última operación es realizada a través de sus tres variantes: la lengua nativa, otras lenguas que el aprendiz conozca, sus conocimientos del mundo y del tema a tratar y los conocimientos que ya posea de la lengua que estudia o L.E, las que se conocen también como estrategias léxico-pragmáticas (Noizet 1980:138-139); todo esto le permitirá al aprendiz descubrir formas y significados de la LE que antes desconocía­.

Esta estrategia, la inferencia, está relacionada con otra que llaman estrategia de percepción (Tarone 1992:68), que se basa en la observación o percepción de la redundancia formal que haya en el mensaje escrito u oral, permitiéndole al lector-oyente extranjero establecer relaciones y adelantar o adivinar contenidos, es decir comprender lo que lee o escucha. Otros las llamarán estrategias semánticas (Caron 1989:33) al existir una profunda analogía entre semántico y sintác­tico. No podemos hablar de relaciones sintácticas por un lado y contenidos semánticos por otro, ya que lo semántico es también de índole relacional.

Actitudes diferentes ante la comprensión y la producción

Es interesante remarcar que, frente a varias experiencias realizadas sobre la com­pren­sión escrita en niños (Dubois y Aubret 1988:51 a 62), se ha llegado a la conclusión que éstos recurrirían a las estrategias sintácticas sólo como forma de paliar la falta de conocimientos pragmáticos sobre el tema en cuestión. Es decir que frente a textos cercanos pragmáti­camente, el aprendiz acude a sus esquemas de conocimientos del mundo, a su experiencia en relación a los referentes temáticos; mientras que cuando sucede lo contrario,­ frente a textos alejados de sus experiencias personales, acude a una ayuda morfo-sintáctica.  

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Por todo lo dicho es evidente que se adoptan actitudes diferentes frente a los dos procesos: el de comprensión y el de producción. Para comprender recurrirá a sus conocimientos léxico-semánticos-pragmáticos, deberá hacer «inferencias», mientras que para producir necesitará los conocimientos lingüísticos, el manejo morfo-sintáctico de la nueva lengua.

Por lo tanto, en su tarea de producción el aprendiz deberá poner en marcha todas aquellas estrategias que le permitan afrontar las dificultades de la interacción con el otro; por el contrario, en su tarea de comprensión, al no encontrarse el aprendiz directamente implicado en el diálogo con el otro, acudirá a estrategias más relacionadas con el contexto, con el sentido del texto.

De todas formas, como la competencia comunicativa incluye varios componentes ­entre los que se encuentra­ el elemento lingüístico, la ausencia de algunos de ellos será suplida por otro. Es lo que se ha denominado fenómenos de compensación (Moirand 1982:130-131).

La interlengua del aprendiz

En cuanto a la simplificación, ésta ha sido considerada como una estrategia de comunicación. El aprendiz «simplificaría» o «reduciría» la gramática internalizada compleja para poder llevar a cabo su competencia comunicativa. De allí que se hable de  interlengua del aprendiz, de sistema reducido, simplificado, aproximativo, porque no es ni la lengua meta ni la lengua del aprendiz. Es una lengua que está en proceso de complicación progresiva cuyo logro se verá materializado a través de las distintas estrategias a las que hemos aludido.  

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A manera de justificación de esta operación «simplificadora», algunos aluden a la existencia de universales de simplificación léxica (Blum Kulka y Levenston 1992:120). Lo llaman así porque esta simplificación del léxico se da en diversas actividades lingüísticas y no sólo en los extranjeros que desean comunicarse en un lengua nueva, se da además en los niños, en los nativos cuando se dirigen a niños o a extranjeros, o bien en los propios nativos cuyo vocabulario es más pobre.

Estas actitudes responden a principios universales. Estos universales de simplificación léxica estarían en la base de lo que se conoce como competencia semántica de todo individuo, es decir la capacidad de recurrir a sinónimos, a paráfrasis; en una palabra su capacidad léxico-semántica.

¿Hay que enseñar las estrategias a los aprendices de una LE? Si recordamos lo dicho en párrafos anteriores sobre la existencia en todo individuo de una competencia o capacidad estratégica, la tarea del profesor sería la de hacerle tomar conciencia de las mismas para recurrir a las más beneficiosas frente al uso de la lengua en una determinada situación comunicativa (Faerch and Kasper 1992:55).

A propósi­to de este conocimiento estratégico implícito que como profe­sores debiéramos impulsar a poner en marcha, sostiene Widdowson (1985:87-88) que si le damos al aprendiz todo servido frente a una lectura, como por ejemplo los glosarios de palabras con especificación del significado y del sentido de cada una en el texto, lo privamos de la oportunidad de aplicar sus propias estrategias de lectura.

Se habla entonces de la capacidad interpretativa que trae consigo el usuario de una lengua, y que estaría relacio­nada con las estrategias que desarrollan los usuarios para dar sentido al lenguaje, tanto en la producción como en la comprensión del mismo. Como profesores debiéramos comprender qué es el lenguaje y cómo éste es usado (Widdowson 1985:75), pues así podríamos llevar a cabo más acertadamente la enseñanza de una lengua. (Madrid)


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Lyliana Colotto.

Doctora en lengua española

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