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10 de octubre de 2001


Tribuna de opinión

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GUILLERMO ROJO :
El lugar de las sintaxis en las primeras gramáticas de la Academia
(Primera parte)

Breve historia de las Gramáticas de 1771 y 1796
El tratamiento de la sintaxis en las ediciones de 1771 y 1796

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Señores Académicos:

Quiero que las primeras palabras de este discurso vayan dedicadas a dejar constancia pública de mi enorme agradecimiento por la generosidad que han mostrado al haberme elegido para ocupar un puesto entre ustedes. Para alguien que, como yo,  ha hecho del estudio de la estructura y el funcionamiento de las lenguas, especialmente  del español, el núcleo de su actividad profesional, formar parte de esta Institución representa, por supuesto, un gran honor, pero es también, y sobre todo, una inmejorable ocasión de aprender al contacto con los maestros y, al tiempo, conlleva la enorme responsabilidad que supone colaborar en las tareas que la Academia ha venido llevando a cabo a lo largo de sus ya casi trescientos años de historia.

Sé muy bien que la modestia no se cuenta entre mis escasas virtudes y creo que la falsa modestia tampoco figura entre mis muchos defectos. Puedo decir por tanto con total convencimiento que soy muy consciente de que a la generosidad de todos ustedes se ha unido la afortunada actuación del componente casual que hizo que yo estuviera en el lugar oportuno en el momento adecuado. Es esa conjunción de factores la que explica que hoy me encuentre yo aquí en lugar de alguna otra persona con los mismos o mayores merecimientos que los míos. Solo puedo decir que, en justa correspondencia, pueden ustedes estar seguros de que pondré el mayor esfuerzo en aportar a las tareas colectivas todo lo que mis conocimientos puedan dar de sí y mi mejor voluntad en cumplir adecuadamente las tareas que se me encomienden. Los más que probables fallos se deberán a mi torpeza o a lo escaso de mis conocimientos, pero nunca a falta de voluntad ni de deseo de colaboración.

En ocasiones como esta, resulta inevitable hacer una revisión del contexto en que va a tener lugar la actividad que se inicia. No me refiero ahora al contexto sintagmático de las relaciones 'in praesentia' con los señores académicos que tan liberalmente me han aceptado y entre los cuales figuran muchos a los que, por haber iluminado mi actividad científica y personal en diferentes épocas de mi vida, me permito, quizá con cierto atrevimiento por mi parte, considerar entre mis maestros. No. Me refiero más bien a las relaciones paradigmáticas, relaciones 'in absentia', que se establecen en mi mente de funcionalista al repasar la relación de académicos que han ocupado el sillón N, desde la fundación de la Academia. En su historia más próxima, muestra claramente esta silla la diversidad en formación y procedencia que, unidas al interés común por la lengua, ha caracterizado siempre a esta Institución. El sentimiento de temor a la responsabilidad contraída a que he hecho alusión hace un momento se acrecienta al comprobar que, para no retroceder más allá del siglo XX, en este sillón se han sentado personajes de la importancia de don Benito Pérez Galdós, don Leonardo Torres Quevedo, don Manuel Machado, mi paisano don Francisco Javier Sánchez Cantón y, hasta hace poco más de dos años, don Torcuato Luca de Tena, a cuya figura quiero ahora dedicar unas palabras.

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Torcuato Luca de Tena Brunet nació en Madrid, en 1923. Fue nieto del fundador de Blanco y Negro y ABC e hijo de don Juan Ignacio Luca de Tena, que dirigió este periódico entre 1929 y 1936, desempeñó cargos diplomáticos después de la guerra civil, escribió numerosas obras de teatro y perteneció a la Real Academia desde 1946 hasta 1974, año de su fallecimiento. Se trata, como es bien conocido, de una familia muy destacada por su actividad política y, sobre todo, por su dedicación al periodismo, profesión y actividad que estas tres generaciones marcan a lo largo de todo el siglo XX, desde 1903 año en que Torcuato Luca de Tena, el abuelo, fundó el diario, hasta 1976, año en que mi antecesor abandona definitivamente su dirección.

Torcuato Luca de Tena, a quien no llegué a tratar personalmente, desarrolló a lo largo de su vida (1923-1999), además de su actividad política y periodística, una labor literaria excepcionalmente intensa, tanto por el número de obras publicadas como por la amplitud de géneros en los que se adentró, que fueron la mayoría, por no decir la totalidad, de los habitualmente reconocidos. Comenzando por el periodismo, dirigió el periódico familiar primero entre 1952 y 1954 y más tarde desde 1962 hasta 1975. Fue corresponsal permanente de prensa en Londres, Washington, Oriente próximo y México. Inició su carrera literaria con dos libros de poesía (Albor, publicado en Chile en 1941, a los dieciocho años, y Espuma, nube y viento, aparecido en 1945), pero, aunque nunca dejó de escribir poemas, sus publicaciones muestran un llamativo vacío en este género, puesto que no encontramos nada entre las obras que acabo de mencionar y la aparición, ya en 1990, de Poemas para después de muerto. Sin embargo, su constante dedicación a la poesía queda patente en los Poemas inéditos que la editorial Planeta publicó el año pasado.

Figuran entre sus obras también colecciones de artículos periodísticos, como El Londres de la postguerra, publicado en forma de libro en 1948, o Crónicas parlamentarias (1967) y ensayos sobre diversos temas, entre los que podemos mencionar ahora La prensa ante las masas (1952) o La literatura de testimonio en los albores de América, que fue su discurso de ingreso en la Real Academia Española el 3 de junio de 1973.

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Como resultado directo de su experiencia política podemos citar La monarquía del futuro, escrito en colaboración con José María Pemán y Gonzalo Fernández de la Mora (1960) y las dos entregas de sus memorias políticas (Papeles para la pequeña y la gran historia y Franco, sí, pero... (1993), obra por la que obtuvo el Premio Espejo de España en este mismo año). Muestran estas dos últimas obras su visión de lo que ha sido la historia de España que él pudo vivir personalmente. «Que nadie me culpe de escribir unas memorias distintas de las que están en mi memoria» dice al comienzo de ambas.

Dedicó también cierta atención al teatro, como muestra la adaptación a este género, hecha en colaboración con Juan Ignacio Luca de Tena, de su novela La otra vida del capitán Contreras, estrenada en 1954, y las comedias Hay una luz sobre la cama, estrenada en 1968, por la que la Academia le otorgó el premio Fastenrath en 1971, o El triunfador, estrenada en 1971 y publicada ese mismo año. Sin que ello suponga minusvalorar su dedicación y sus logros en los demás géneros, es preciso reconocer que la novelística fue, sin duda, su preferido, aquel en que el propio autor confesaba sentirse más cómodo. Publicó un considerable número de novelas, entre las que destacan Embajador en el infierno, obra que le valió el Premio Nacional de Literatura en 1956, Edad prohibida, publicada en 1958 y con la que obtuvo el premio de la Sociedad cervantina en 1960, La mujer del otro (1961), con la que consiguió el Planeta de este año, La brújula loca (1964), Pepa Niebla (1970), Señor ex ministro (1976), Los renglones torcidos de Dios (1979), Escrito en las olas (1983), Los hijos de la lluvia (1985), La llamada (1994), Primer y último amor (1997)  o Mercedes, Mercedes (1999).

Dos de esas novelas, Edad prohibida y Los renglones torcidos de Dios constituyeron y constituyen todavía enormes éxitos de venta. Es de destacar el interés de nuestro autor por los problemas psicológicos y psiquiátricos, por lo que no resulta extraño que los prólogos de estas dos novelas estén firmados, respectivamente, por López Ibor y Vallejo-Nágera. Cuenta este último la discusión que mantuvo con Luca de Tena cuando le comunicó su decisión de conseguir ser internado en un sanatorio psiquiátrico, un manicomio como se decía antes, para conseguir documentación de primera mano que pudiera luego elaborar literariamente. Lo consiguió a pesar de la falta de colaboración del psiquiatra y, según he oído, aunque carezco de apoyo documental serio para este dato, el Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, próximo a Zamora, en que se ambienta la acción de la novela, tiene como referente real el de Conxo, en Santiago de Compostela, sanatorio en el que Luca de Tena «convivió, como un loco más, entre los locos», para usar sus propias palabras.

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Como he ido mencionando al hilo de la indicación de las diferentes obras a que me he referido, Torcuato Luca de Tena recibió numerosos premios por su actividad literaria en los diversos géneros: el Nacional de Literatura, el de la Sociedad Cervantina, el Planeta, el Ateneo de Sevilla, el Fastenrath, el Premio Nacional de Teatro, el Espejo de España, el Julio Camba de periodismo  y muchos otros que no cito. Como muestra del éxito y la difusión que alcanzaron sus obras debe añadirse a la cantidad de ediciones y el volumen de las tiradas de algunas de ellas, así como los galardones recibidos, el no pequeño número de adaptaciones y versiones. Por no citar ahora más que las novelas llevadas al cine, he podido encontrar referencias a La otra vida del Capitán Contreras (1955), dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Fernando Fernán Gómez, Embajadores en el infierno (1956), dirigida por José María Forqué, La mujer del  otro, dirigida también por Rafael Gil y, en México, Los renglones torcidos de Dios, dirigida por Tulio Demicheli. Además, según noticias de prensa, Antonio Giménez Rico comenzó el pasado mes de agosto el rodaje de la adaptación cinematográfica de Primer y último amor.

El tema que voy a desarrollar a continuación constituye un capítulo más, con toda seguridad no de los más importantes, de la historia de la Sintaxis en la Gramática española, esto es, del largo y complejo proceso a través del cual el estudio de los fenómenos sintácticos, relegados casi siempre a un lugar marginal en los tratados gramaticales, ha ido creciendo en importancia hasta alcanzar el lugar central de la Gramática que ocupa en la actualidad. Era mi intención inicial estudiar la conformación de la parte dedicada a Sintaxis de la que siempre me ha parecido la Gramática académica mejor construida, la más adaptada a su tiempo, que es la de 1931 y que, como es bien sabido, supone el final de una fuerte reestructuración que comienza precisamente por la realizada en los capítulos dedicados a Sintaxis en la publicada en 1917. Pensé que sería un buen complemento para ese estudio revisar las líneas generales de lo que se encuentra en las primeras Gramáticas de la Academia, pero lo que iba a ser un apartado inicial de pura contextualización histórica creció hasta convertirse en la totalidad del trabajo. Hay tantas y tan importantes diferencias entre las ediciones de 1771 y 1796 que he tenido que tomar la decisión de suspender temporalmente el estudio para no incumplir los plazos fijados en los Estatutos y no aumentar todavía más las ya excesivas dimensiones del discurso.

He tenido ocasión al hacerlo de sumergirme de nuevo en un tema que me interesó profundamente hace ya algunos años: la historia de la Gramática. Y, dejando a un lado la angustia de los plazos y de la necesidad de combinar esta apasionante tarea con el resto de las actividades cotidianas, ha constituido una continua fuente de satisfacciones. La unión de viejas aficiones, como son la historia de la Gramática, en particular la española, y el proceso de conversión de los fenómenos sintácticos en objeto autónomo y específico de estudio, con la historia de la Academia, ha creado un marco de trabajo en el que me he recreado durante varios meses. Probablemente no habrá nada de interés en él ni para los especialistas, que ya conocían todo lo que voy a contarles, ni para los legos, que no verán en estas minucias de que me ocupo nada que contribuya de modo importante a la mejor comprensión de la historia de la ciencia en España. Sin embargo, queda en estos temas mucho por estudiar todavía y espero ser capaz de, cuando menos, hacer ver la importancia que tienen, de modo que otros, con más y mejores conocimientos, puedan ocuparse de ellos.

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Este trabajo ha supuesto para mí, además, una experiencia nueva con la que confieso haber disfrutado enormemente. Para estudiar la génesis de las obras y los cambios realizados en ellas he leído y releído las actas de las sesiones académicas celebradas entre 1740 y 1800. Muchas de ellas, por supuesto, se limitan a decir quiénes asisten y que, entre antífona y antífona, se ocupan de discutir papeletas del suplemento del diccionario o de lo que iba a ser la segunda edición del llamado Diccionario de Autoridades. Pero algunas contienen datos relevantes para la historia de la Gramática y la Lexicografía españolas y otras, finalmente, muestran, siempre con contención y mesura, las grandezas y las miserias de la vida de la Academia y los académicos. Durante las muchas tardes dedicadas a la lectura y análisis de las actas en el archivo de la Academia, fueron innumerables las ocasiones en que surgieron en mi mente las palabras con que Álvaro Cunqueiro tituló uno de los artículos que escribió para las páginas literarias de El Noticiero Universal en 1974 al hacer la reseña de un inventario de documentos notariales de la época medieval y que da título a la selección publicada por Xesús González en 1994: Papeles que fueron vidas. Efectivamente, papeles envejecidos que ahora examinamos como estudiosos de la evolución de las ciencias, de los cambios políticos, sociales o culturales, pero que antes fueron auténticos fragmentos de la vida de las personas que protagonizaron esos pequeños acontecimientos que hoy, gracias a la afortunada conservación de todos estos materiales, nos permiten a nosotros comprender mejor quiénes somos y, sobre todo, de qué modo hemos hecho el camino(1).

Breve historia de las Gramáticas de 1771 y 1796

Como es bien sabido, los objetivos que la Real Academia Española se fijó a sí misma en el momento de su creación alcanzaron su cumplimiento a muy diferentes distancias, tanto de la fecha de constitución de la corporación como de la prevista por los propios académicos. Siempre se ha considerado especialmente significativa –y poco habitual en la historia de la Academia- la celeridad con que se elaboró y publicó el llamado Diccionario de Autoridades en contraste con el retraso que experimentaron otros proyectos, como la Gramática, o la anulación de obras previstas inicialmente como la Poética o la Historia de la lengua. En efecto, trece años –de 1713 a 1726- para la aparición del primer tomo del Diccionario y otros trece –de 1726 a 1739- para la finalización de la obra constituyen un período realmente corto(2), especialmente si se tiene en cuenta la enorme cantidad de trabajo que los primeros académicos tuvieron que hacer desde cero o con muy escasos antecedentes aprovechables y, sobre todo, la gran calidad alcanzada, ya que resultó una obra que, además de un hito fundamental en la historia de la Lexicografía, sigue siendo todavía hoy punto inevitable de referencia en la práctica cotidiana de esta disciplina(3). Es la de su confección una historia bien conocida gracias sobre todo al estudio que hizo don Fernando Lázaro Carreter en su discurso de ingreso en la Academia (cf. Lázaro, 1972 y 1980), lo cual nos permite evitar ahora toda referencia a esta parte de la historia de la Academia anterior a la que aquí nos interesa(4).

También conocemos suficientemente las líneas generales del proceso de elaboración de las primeras ediciones de la Gramática a partir del trabajo que con las actas de la Academia y los textos han hecho Domínguez Caparrós (1976), Sarmiento (especialmente 1978a y 1978b, 1981 y 1984), Taboada (1981) y Fries (1989). Quedan, sin embargo, bastantes cuestiones por investigar con mayor profundidad en lo referente a las fuentes del texto(5), a las causas de las diferencias entre las ediciones de 1771 y 1796 e incluso en la historia externa de la obra. En los párrafos que siguen resumiré los hechos cronológicos y metodológicos fundamentales, entre los que puede haber lugar para algunas puntualizaciones con respecto a lo que se ha dicho hasta ahora.

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Según indican los libros de actas, las sesiones de los primeros meses de 1740, impreso ya el último tomo del diccionario, se dedican a la lectura y discusión de papeletas del Suplemento y a dar los toques finales a la primera edición de la Ortografía(6). Es director en esta época don Andrés Fernández Pacheco, marqués de Villena y nieto del fundador de la Academia. Los días 11 y 12 de julio, los académicos, presididos por su director, entregan a Felipe V y a las demás «personas reales» el último tomo del Diccionario (vid. actas de las sesiones correspondientes; cf. también Lázaro, 1972: 99). El 9 de agosto(7), tres semanas después de la finalización «oficial» de la primera tarea fijada por los Estatutos, José Casani, que es quien preside habitualmente las sesiones durante todos estos meses por inasistencia del director(8), probablemente preocupado por el tiempo que iba a ser necesario para terminar la revisión del Suplemento, propone a la Corporación que emprenda también la tarea de redactar simultáneamente «algunos particulares diccionarios que diesen lustre a la nación»(9). La propuesta de Casani no tiene éxito, ya que en la sesión siguiente, la del 11 de agosto, tras la discusión correspondiente, se acuerda seguir considerando la redacción del Suplemento como la tarea fundamental, aunque complementándola con «una Gramatica y Poetica españolas por ser estas las obras ya ofrecidas»(10). En la primera sesión de la semana siguiente (16 de agosto) acuerdan el método que se va a seguir en la confección de estas dos obras, consistente en designar a un académico que se encargue del trabajo inicial, ayudado por otros dos con los que pueda discutir y consultar(17). Casani pide unos días para designar a las personas que se van a encargar de estas tareas y el jueves siguiente, 18 de agosto, nombra las dos comisiones: la correspondiente a la Gramática está formada por los señores Francisco Antonio de Angulo, Carlos de la Reguera e Ignacio de Ceballos(18).

En el contexto optimista derivado de la reciente finalización del Diccionario y la inminente aparición de la Ortografía –ya en imprenta en aquel momento-, la perspectiva de publicar a continuación una Gramática debió de resultar muy atrayente para los académicos(19): en septiembre, según el acuerdo adoptado el mes anterior, Ceballos lee una disertación sobre algunos puntos de la gramática(20) y muy pocos meses después, en marzo de 1741, presenta Angulo su Proyecto, que somete a la aprobación del pleno (cf. Angulo, 1741)(21). Sobre ese documento y las breves notas que redactó Carlos de la Reguera(22) trabajó Ignacio de Ceballos, que preparó un proyecto que ha sido publicado también por Sarmiento (Ceballos, 1741). Según Sarmiento (1978a: 444-5), en febrero de 1742 se encargó a Casani que trabajase sobre estos tres textos, de los que extrajo una lista de treinta y una cuestiones que sirvieron de base para articular las disertaciones posteriores.

Sin embargo, el proceso resultó bastante más lento de lo que estos veloces comienzos hacían esperar. Los años transcurridos entre 1741 y 1747 fueron de gran actividad en la Academia. Además de publicar la primera edición de la Ortografía (1741), los académicos elaboran y discuten una considerable cantidad de ponencias y disertaciones sobre muchos de los puntos, tanto generales como específicos, que iban a entrar en la Gramática. La mayor parte de las disertaciones comprendidas en los seis tomos de documentos gramaticales de los siglos XVIII y XIX localizados en el archivo de la RAE hace algo menos de veinticinco años(23) corresponden precisamente a este período y muestran la riqueza temática y la consistencia teórica que permite a Sarmiento (1984: 30) considerar que aquí están «las verdaderas fuentes de la Gramática» de 1771. El 22 de junio de 1747 finaliza la discusión individual de las diversas partes preparadas para la obra y se acuerda «que los Sres. a quienes está cometida su ordenación se juntasen para proceder a formarla estableciendo entre si el motivo que tengan por mas adaptado a la conclusión de este asunto» (apud Sarmiento, 1984: 13).

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Curiosamente, a partir de ese momento, la dedicación de los académicos a la elaboración de la Gramática experimenta un descenso notable. Hay algunas disertaciones sobre temas gramaticales, pero el trabajo no parece progresar a pesar de los esfuerzos de Angulo, que elabora listas de temas pendientes para que los académicos elijan los que les interesen (cf. Taboada, 1981: 83; Sarmiento, 1984: 13). Según Taboada (1981: 83), las actas no reflejan nada relacionado con esta actividad entre 1758 y 1766. Probablemente, los académicos estaban dedicados a trabajos que consideraban prioritarios, puesto que en 1753 decidieron no continuar elaborando el suplemento que habían proyectado (cf. Lázaro, 1972: 100) para emprender en cambio la preparación de la segunda edición del Diccionario de Autoridades. Además, en 1754 y 1763 publican dos nuevas ediciones de la Ortografía[i].

Por fin, a mediados de 1767, Fernando de Silva Álvarez de Toledo, duque de Huéscar y también de Alba a la muerte de su madre (cf. Zamora, 1999: 83), director de la Academia desde 1754, decide impulsar de nuevo el proyecto, probablemente como consecuencia de su compromiso personal con la política de renovación de la enseñanza que estaban desarrollando Carlos III y sus ministros (cf. Sarmiento, 1984: 14-17)(24). En la sesión del siete de julio de 1767(25), a la cual asiste el Director, se adopta el acuerdo de retomar los trabajos de redacción de la Gramática y el duque de Alba nombra para ello a Juan Trigueros y Juan de Aravaca, a quienes se da el encargo explícito de que revisen todos los materiales producidos con anterioridad(26).  En esta época, fuera de las escasas ocasiones, como la que acabo de reseñar, en que asiste el duque de Alba, las sesiones son presididas por Angulo, que era Secretario de la Academia desde 1747, y actúa como Secretario precisamente Trigueros. Solo dos días después Trigueros recibe de Angulo «los dos Legajos de Disertaciones pertenecientes a la Gramatica Castellana» (cf. Taboada, 1981: 84). A pesar de sus múltiples ocupaciones(27), Trigueros actúa con bastante rapidez y cuando, un año después, el duque de Alba pregunta por la marcha de los trabajos de la Gramática, Trigueros ha leído ya todos los documentos, los ha pasado a Aravaca, los ha recibido de nuevo y ha concluido el capítulo correspondiente al nombre(28). Una semana después, Trigueros lee en la junta «todo lo perteneciente al nombre». Se acuerda que lo pase a Aravaca y que continúe trabajando con el mismo método(29), que parece adecuado.

En agosto de 1770(30), el mismo año en que aparece el primer y único volumen de la segunda edición del Diccionario de Autoridades,  Juan Trigueros ha terminado la Gramática y desde entonces hasta octubre va leyendo al pleno la totalidad de los capítulos, a los que se han incorporado ya las observaciones de Aravaca(31). En diciembre se solicita el permiso real para la edición y la Academia aprueba  en enero de 1771 el prólogo de la obra, preparado también por Trigueros(32). Finalmente, en la sesión del 7 de marzo, Trigueros presenta un ejemplar impreso de la obra(33), que unos días después es presentada al Rey (cf. Taboada, 1981: 88). Curiosamente, Trigueros, que es sin duda la persona que ha tenido a su cargo la responsabilidad fundamental de la redacción del texto, no figura en la comisión designada a tal efecto(34). Han transcurrido casi sesenta años desde la fundación de la Academia y treinta desde la adopción del acuerdo formal de elaborar y publicar la Gramática.

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La primera edición(35) se agota rápidamente y solo un año después Trigueros presenta una lista de correcciones y modificaciones, que son incorporadas a la reedición de 1772(36). Transcurren después unos años llenos de acontecimientos de importancia que inciden sobre la Academia y sus obras. Francisco de Angulo, autor del primer proyecto de Gramática, muere en 1775 y, como era de esperar por su larga labor en el desempeño real de este puesto, es sustituido en la secretaría de la Academia por Juan Trigueros, redactor inicial del texto que finalmente fue aprobado y publicado treinta años después. De otra parte, el duque de Alba, de nuevo en la corte, hace constar en septiembre de 1776 los deseos del marqués de Santa Cruz, José Bazán de Silva y Sarmiento, de ingresar en la Academia, ante lo que «fue admitido en la [clase] de Supernumerario por aclamación» (acta de 19 de septiembre de 1776) . En la sesión siguiente, en la que el marqués de Santa Cruz toma posesión de la plaza, el Director propone emprender los trabajos de confección de una Poética y una Retórica(36). Apenas dos meses después muere el duque de Alba. Los académicos prescinden de algunos requisitos formales, hacen miembro numerario al recién incorporado marqués de Santa Cruz(37) y a los dos días, lo eligen director(38). Es precisamente Bazán de Silva y Sarmiento quien decide complementar la labor de publicación de la nueva edición del Diccionario (había salido ya un tomo en 1770 y se estaba corrigiendo el segundo en este momento) con la publicación de un diccionario más reducido y manejable(39). Poco después, en octubre de 1777, muere Juan Trigueros.

Todo ello explica la falta de atención a la Gramática durante estos años. En 1780, ante la constancia de que quedan ya muy pocos ejemplares de la obra, se acuerda proceder a su reimpresión(40), que sale a la luz en 1781(41). Es necesario tener en cuenta que en 1780 se publicó el decreto de Carlos III por el que la Gramática de la Academia fue declarada de uso obligatorio (cf. Lázaro, 1949: 189).

Los años que siguen se dedican fundamentalmente a la corrección de papeletas de los nunca publicados volúmenes segundo y tercero de la segunda edición del Diccionario. En 1786, quizá preocupados por algunas críticas, los académicos deciden corregir el texto de la Gramática antes de reeditarla, aprovechando para ello la existencia de la segunda sala, creada unos años antes(42). Algo más de un año después, en abril de 1787, comienzan a discutir en sesión conjunta las propuestas de los académicos encargados de la revisión(43). Las propuestas debían de ser de bastante importancia, puesto que las actas de las sesiones celebradas entre abril de 1787 y mayo de 1788 contienen indicaciones sistemáticas de los puntos discutidos en cada reunión(44). Por fin, en mayo de 1788 deciden abandonar temporalmente la revisión conjunta de la Gramática y dedicar todos los esfuerzos de la primera sala a la nueva edición del Diccionario(45).

Como era de esperar, pronto surge la necesidad de disponer de más ejemplares de la obra y, ante la evidencia de que el tiempo necesario para ultimar la revisión que estaban llevando a cabo –temporalmente suspendida- era excesivo, la Academia decide «que desde luego se haga una reimpresion sin alterar nada y se tiren mil y quinientos exemplares»(46). Se tata, pues, de una reimpresión exacta de la tercera edición, la de 1781, y probablemente se hizo sin alterar siquiera el año, puesto que no hay referencias a ella ni en la relación de Cotarelo (1928: 39) ni en los demás catálogos citados habitualmente(47).

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Bastante tiempo después, en julio de 1793, vuelven a ocuparse de las correcciones de la Gramática(48) y siguen haciéndolo con regularidad hasta septiembre del año siguiente, momento en que finalizan la revisión(49) y vuelven a dedicarse exclusivamente al Diccionario. Por fin, en enero de 1796, Alamanzón(50), que actúa regularmente en esta época en función de secretario cuando no puede asistir Manuel de Lardizábal, elegido en sustitución de Trigueros, da cuenta a la Junta de la publicación de la obra(51), reiteradamente mencionada como 'cuarta edición, corregida y aumentada'(52).

Como hemos visto ya en otras ocasiones, el final de un proceso da paso automáticamente al inicio de otro. Ya en marzo de 1796, Alamanzón lee unas observaciones sobre dos capítulos de la Gramática, que se pasan a estudio(53). En febrero de 1800 se hace patente la necesidad de reeditar la obra –solo quedan 1.300 ejemplares en ese momento- y de nuevo Alamanzón recuerda que se había acordado corregir ciertos defectos(54). Se acuerda entonces proceder a la reedición, corrigiendo lo que sea necesario y emprendiendo al tiempo una nueva revisión de mayor profundidad, por lo cual designan una junta formada por los señores Cabrera, Flórez Canseco, Valbuena, Berguizas, Álvarez Cienfuegos y, para suplir ausencias, el propio Ramírez Alamanzón(55).

Por muy diversas circunstancias, entre las cuales ocupa sin duda un lugar destacado la azarosa y compleja situación política que vive el país durante todos estos años, nada o muy poco de lo acordado llegó a ser realidad. En los años siguientes se hicieron varias reimpresiones de la Gramática, pero sin siquiera modificación de la fecha de portada(56). La de 1852, donde sí consta ese año, que es, según Cotarelo (1928: 39), reproducción «a plana y renglón de la anterior», contiene una advertencia en la que se justifica el retraso en la aparición de la nueva Gramática por la larga enfermedad de Juan Nicasio Gallego, Secretario de la Academia en esa época y persona especialmente encargada de preparar el texto(57). Hay que esperar a 1854 para encontrar un texto realmente diferente del de 1796.

Este rapidísimo repaso cronológico a los hitos fundamentales de la elaboración y publicación de la primeras ediciones de la Gramática, muestra que estamos ante un proceso largo y complicado, sometido a numerosos avatares de toda índole, procedentes tanto del mundo exterior como del propio funcionamiento de la Academia y el modo de pensar de quienes la componían en aquella época. Los treinta años que transcurren desde la adopción del acuerdo hasta que se publica la primera edición de la obra están formados por dos períodos, relativamente cortos, de gran actividad, situados en los extremos y separados por veinte años de abandono del trabajo en esta obra. Veinticinco años después aparece un texto que, como espero poder mostrar a continuación, es bastante diferente del primero. Este texto permanece luego invariable durante algo más de medio siglo, precisamente en los años en que, por no citar más que dos autores de especial relieve, se publican las obras de Vicente Salvá y Andrés Bello, que no tienen sobre el texto académico la incidencia que cabría esperar por la importancia que poseen en la historia de la Gramática española.

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Las ediciones de 1771, 1772, 1781 (y, si existe, la de 1788) presentan diferencias de escasa entidad, como han mostrado los estudios de Uruburu (1975), Domínguez Caparrós (1976) y Taboada (1981). No es eso lo que sucede con la publicada en 1796, que difiere en bastantes aspectos de las tres primeras, como ha puesto de relieve también Domínguez Caparrós (1976). Sin embargo, en su estudio no presta demasiada atención a un tema que creo de la mayor importancia en la historia de la teoría gramatical: la concepción de la sintaxis, el papel que juega en el conjunto de la gramática, las herramientas de análisis utilizadas en cada caso. En mi opinión, las ediciones de 1771 y 1796 muestran fuertes e interesantes divergencias en estas cuestiones. Ponerlas de relieve y estudiar sus implicaciones es el objetivo que me he fijado para esta ocasión(58).

El tratamiento de la sintaxis en las ediciones de 1771 y 1796

Las partes de la Gramática y sus denominaciones

De acuerdo con el panorama general trazado por Gómez Asencio (1981) para los textos gramaticales pertenecientes al período comprendido entre 1771 y 1847, hay tres posibilidades principales de consideración de las partes en que se divide la Gramática. En primer lugar, la más frecuente  y mejor enraizada en la tradición, que es la representada por aquellos autores para los que la Gramática se divide en cuatro apartados (o bien estiman que los tratados gramaticales deben estar estructurados en cuatro bloques): Ortografía, Prosodia, Analogía (o Etimología) y Sintaxis(59). En segundo término se encuentran los que consideran la existencia de únicamente dos partes en la Gramática (o bien, como antes, de dos apartados en los tratados de Gramática): Analogía (o Etimología) y Sintaxis. Por fin, aquellos para quienes la Gramática no es susceptible de divisiones, tendencia representada en esta época únicamente por Andrés Bello.

Valorar de forma correcta el alcance de las opciones que se ofrecen en este punto no resulta casi nunca tarea fácil debido a los muchos problemas que normalmente trae consigo la comparación de terminologías distintas, originadas a partir de presupuestos teóricos diferentes o formuladas en épocas distanciadas entre sí. Conviene tener en cuenta, además, que lo que nos es presentado habitualmente como «el problema de las partes de la Gramática» oculta en los autores clásicos dos aspectos distintos que, aunque suelen aparecer entremezclados, conviene diferenciar adecuadamente.

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El primero de ellos, sin duda el de mayor importancia, tiene que ver con el ámbito de la Gramática, con lo que se considera en cada caso su zona de competencia. Dado que no hay dudas acerca de que las que hoy llamamos Morfología y Sintaxis forman parte de la Gramática –o, sencillamente, son la Gramática- y la Lingüística de esta época, que apenas se refiere a la oración, no considera la existencia de unidades superiores, el problema del ámbito de la Gramática se concreta en las discrepancias en torno a si la Ortografía y la Prosodia forman parte o no de los estudios gramaticales. Entender correctamente esta cuestión requiere tener en cuenta que, en la época que estamos examinando, los estudios fonéticos se encuentran bastante atrasados y, sobre todo, no han alcanzado todavía el grado de autonomía necesario para convertirse en una auténtica disciplina lingüística nuclear. En la medida –más bien escasa- en que los gramáticos se ocupan de estas cuestiones, lo que hoy atribuimos a la Fonética y a la Fonología se distribuye en esta época entre la Ortografía y la Prosodia. La Ortografía, centrada en la «letra», se conecta con aquello que la letra representa, con el sonido(60). La Prosodia, por su parte, se ocupa de la sílaba, pero le son atribuidos también aspectos que hoy consideramos propios de la Métrica y ajenos, por tanto, a la Gramática(61).

Con independencia de la distribución exacta de competencias entre las cuatro partes, es importante recordar que, en su formulación inicial, la organización cuatripartita pretende lograr el paralelismo total, la correlación explícita entre las unidades lingüísticas que considera y las partes de la Gramática que han de ocuparse de cada una de ellas: la letra (es decir, tanto el sonido como su representación gráfica), la sílaba, la palabra y las agrupaciones de palabras (oraciones) son estudiadas por, respectivamente, la Ortografía, la Prosodia, la Analogía (o Etimología) y la Sintaxis(62). Esa distribución evoluciona posteriormente en el sentido de ir reduciendo la Ortografía al estudio de los aspectos puramente gráficos, dejando a la Prosodia todo lo relacionado con la cara fónica.

Por tanto, plantear la cuestión de si Ortografía y Prosodia deben formar parte de la Gramática es también, al menos en parte, preguntarse acerca de si la Gramática debe ocuparse del estudio de los elementos del componente fónico, con lo que llegamos a un problema no excesivamente alejado de nuestras discusiones actuales, ya que nos sitúa ante el doble sentido de «Gramática», que provoca que algunos tratados que llevan este nombre en el título comprendan el estudio de los aspectos fónicos, mientras que otros los excluyen. De acuerdo con los datos proporcionados por Gómez Asencio (1981), en la época estudiada por este autor, la postura mayoritaria es la que utiliza la división cuatripartita, mientras que la exclusión de Ortografía y Prosodia está reducida a la GRAE-1771, Saqueniza y Martínez López (cf. Gómez Asencio, 1981: 38-39).

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El segundo aspecto se relaciona no ya con el ámbito de competencia de la Gramática, sino con la estructuración de sus contenidos, incluyendo su organización por razones pedagógicas. Desde esta perspectiva, los gramáticos -tras haber decidido en cada caso cuáles son los fenómenos de que van a ocuparse- tienen que decidir cuál es la forma más adecuada de exponerlos. Han de resolver si, por ejemplo, deben tratar lo relacionado con la forma del sustantivo en un apartado de la Gramática próximo o totalmente alejado del dedicado al estudio de las funciones (los oficios) que puede desempeñar esta clase de palabras. Esto es, no se trata de decidir si el estudio de los aspectos que hoy llamamos morfológicos –o sintácticos- de, por ejemplo, los sustantivos pertenece o no a la Gramática, sino de saber en qué secuencia hay que estudiarlos: con los fenómenos morfológicos de las demás clases de palabras o, por el contrario, con los demás aspectos de los sustantivos. El caso de Bello, considerado por Gómez Asencio como autor partidario de la inexistencia de divisiones en la Gramática (con Sánchez de las Brozas como antecedente en la tradición española(62)) me parece ilustrativo. Como es bien sabido, la organización de la Gramática de Bello resulta bastante diferente de la habitual en su época y también en los años posteriores, pero su visión de los fenómenos de que deben ocuparse los gramáticos no parece muy distinta de la general:

«El bien hablar comprende la estructura material de las palabras, su derivación y composición, la concordancia o armonía que entre varias clases de ellas ha establecido el uso y su régimen o dependencia mutua.

La concordancia y el régimen forman la construcción o sintaxis» (Bello, 1847: § 6)(63).

No se trata, por tanto, de si un determinado fenómeno está comprendido o no dentro del ámbito que corresponde a la Gramática(64), sino de la estrategia más aconsejable para el estudio de las lenguas. Este enfoque queda perfectamente claro, a mi modo de ver, en la nota que seguía a este apartado en la primera edición de la obra y que desapareció en las siguientes:

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«He omitido la división de la Gramática en Analogía y Sintaxis, porque la separación es imposible. ¿Quién no ve, por ejemplo, que si ha de darse idea de lo que significa la palabra declinación, es preciso dar a conocer lo que es complemento directo y lo que es dativo? ¿Quién no ve que el género supone el conocimiento de la concordancia» (cf. Bello, 1847: 785).

Como se ha señalado repetidamente, en la primera edición de su Gramática, la Academia adopta la división bipartita:

«La Gramática es arte de hablar bien. Divídese en dos partes: la primera trata del número, propiedad y oficio de las palabras: la segunda del órden y concierto que deben tener entre si, para expresar con claridad los pensamientos» (GRAE 1771:1-2)(65).

No entran, pues, ni la Ortografía ni la Prosodia, con lo que, de acuerdo con Gómez Asencio (1981: 38), esta obra

«es, dentro de la tradición española, la primera en adoptar esta estructuración bimembre de la gramática y en rechazar, aunque implícitamente, la Ortografía y la Prosodia como partes integrantes del estudio gramatical del lenguaje, exponiendo, así, una concepción de la Gramática mucho más cercana a la de nuestros días».

Resulta, en efecto, realmente inesperada la adopción de una perspectiva tan apartada de la tradicional y no menos sorprendente es el hecho de que la solución adoptada no sea ni siquiera mencionada en el prólogo, donde, como muestra Gómez Asencio (2000a), están destacados precisamente aquellos aspectos que los académicos consideraban que podían justificar tanto la publicación de la obra como las soluciones adoptadas (el número de clases de palabras, por ejemplo) y la organización del texto.

Por supuesto, la división bipartita tiene antecedentes en la tradición. Gómez Asencio (1981: 38) alude a Pierre de la Ramée (Petrus Ramus) [1515-1572] (cf. Kukenheim, 1932: 154-155(66); Padley, 1976: 84) y Sarmiento (1981: 47-48) destaca a  Bilstein (Bilstenius) [1543-1583], que aparece citado entre los autores manejados en algunas de las disertaciones preparadas en el curso del proceso de elaboración de la Gramática(67). A estos ilustres antecedentes se han añadido factores de diferente entidad  como, por ejemplo, la posibilidad de que, llevados de una definición de la Gramática como 'arte de bien hablar', la Academia «haya cedido [...] a la creencia de que la lengua escrita no es más que la mera transcripción de la hablada y que, por consiguiente, haya considerado innecesario ocuparse en ella de la ortografía y prosodia» (Sarmiento, 1981: 61) o bien «la concepción teórica de la gramática y el método sintético de elaboración adoptados» (Sarmiento, 1981: 62-64;1984: 47).

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No parece que razones de este tipo puedan explicar lo que sucede en el texto académico, sobre todo si tenemos en cuenta que, como es bien sabido, la edición de 1796 defiende con toda claridad la división de la Gramática en cuatro partes, aunque la obra solo trata dos de ellas. En cualquier caso, la conciencia de la novedad y lo escasamente habitual de esa postura debería llevar más bien al interés en justificarla, como se hace, por ejemplo, con el problema de las diferentes partes de la oración (es decir, de las clases de palabras). No sucede eso en el texto de 1771, sino que, por el contrario, no hay alusión alguna a este tema. Parece que estamos no ante un problema teórico, sino más bien ante una cuestión de estrategia. Considero más probable, por tanto, que la postura adoptada tenga su justificación en el hecho, apuntado igualmente por Sarmiento (1984: 48), de que la Academia había publicado ya una Ortografía y tenía además el compromiso, presente en los Estatutos y renovado en 1740 (cf. supra), de elaborar una Poética, a la que sin duda corresponderían también al menos algunos de los  contenidos propios de la Prosodia. Se trataba, por tanto, de no interferir en los planes trazados inicialmente por la Institución y manifestados ya en la existencia de la Ortografía desde hacía treinta años(68).  En 1771 los académicos ocultan esta cuestión moviéndose (aparentemente) en la línea de una división bipartita de la Gramática.

Igualmente sorprendente resulta el hecho de que la primera parte de la Gramática, la dedicada al estudio «del número, propiedad y oficio de las palabras» (GRAE-1771: 1) no reciba denominación en el texto académico, mientras que de la segunda se dice que es aquella «en que se trata de la sintáxîs ó construcción» (GRAE, 1771: 231). Como es bien sabido, la parte que coincide a grandes rasgos con lo que hoy llamamos Morfología recibió tradicionalmente los nombres de Analogía primero, Etimología después y comenzaba a denominarse de nuevo Analogía precisamente por los años en que se gestaba la primera Gramática de la Academia(69). Dado lo que sabemos acerca del largo período de gestación de la obra y la existencia de un gran número de disertaciones de orientación diversa, la primera hipótesis que surge es, naturalmente, la de considerar que no se da nombre a esa parte precisamente para evitar tomar decisiones en un tema con respecto al cual probablemente había divisiones entre los académicos, línea en la que parece moverse Sarmiento (1984: 48-49). Sin embargo, en los casos de conflicto, conceptual o simplemente terminológico, el texto académico tiende habitualmente a extenderse en la exposición del problema y la justificación de la solución adoptada, como sucede con el número de partes de la oración, aludido en el prólogo, o en lo que puede verse acerca de los verbos llamados reflexivos o recíprocos(70). No parece congruente, por tanto, pensar en que se ha optado por eliminar el nombre de esta parte como un simple recurso –escasamente justificable en una obra de este carácter- para obviar el problema de la falta de acuerdo o el deseo de no tomar decisiones en un punto conflictivo, aunque, por supuesto, no hay argumentos definitivos para excluir definitivamente esa hipótesis de trabajo.

Existe, además, otro factor que, en lo que yo conozco, no ha sido tenido en cuenta. Según la presentación habitual, la primera edición del texto divide la Gramática en dos partes: a la primera no le da nombre alguno y a la segunda la llama, de acuerdo con el término establecido generalmente, 'Sintaxis'. Sin embargo, el análisis detenido del texto no parece autorizar esta interpretación. En realidad, ninguna de las dos partes recibe nombre. La presentación general del contenido de la obra indica que la Gramática es «arte de hablar bien» y se divide en dos partes:

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«la primera trata del número, propiedad, y oficio de las palabras: la segunda del órden y concierto que deben tener entre si, para expresar con claridad los pensamientos» (GRAE-1771: 1-2).

La discrepancia aparente reside en que el título general de la primera parte dice «del número, propiedad, y oficio de las palabras» (GRAE-1771: 1), mientras que de la parte segunda se dice que es aquella «en que se trata de la sintáxîs, ó construccion» y su capítulo primero se titula «de la sintáxîs, ó construccion en general» (GRAE-1771: 231). El paralelismo es claro: el número, propiedad y oficio de las palabras por un lado y la sintaxis o construcción por otro son los objetos de que se ocupan las dos partes en que –según los académicos- se divide la Gramática. 'Sintaxis' no está utilizado aquí, por tanto, como una parte de la Gramática, sino que es el nombre de un fenómeno gramatical (también llamado 'construcción') del que trata la Gramática (en una disciplina que recibe habitualmente ese mismo nombre). Por razones que no soy capaz de entender todavía, parece existir interés deliberado en evitar dar nombre a estas subdisciplinas lingüísticas, lo cual obliga a utilizar reiteradamente las denominaciones «primera parte» y «segunda parte»:

«En la primera parte se ha tratado separadamente de cada una de las partes de la oración. En esta segunda se ha de tratar del modo de unirlas, trabarlas, ó enlazarlas entre sí de manera que formen la misma oración de que son partes. Esta union, trabazon, ó enlace, se llama entre los gramáticos sintaxîs, ó construccion, y su reglas se reducen á declarar el  órden con que deben juntarse las palabras para expresar con claridad los pensamientos» (GRAE-1771: 231-232).

En clarísimo contraste con los problemas e indecisiones que acabamos de observar en la primera edición, la que publica la Academia veinticinco años después presenta soluciones muy claras y, al menos en apariencia, diferentes de las adoptadas inicialmente, aunque, como vamos a ver, la organización de la obra no sufre grandes cambios. Consideran cuatro partes en la Gramática, bien delimitadas entre sí y con las denominaciones más habituales en la tradición gramatical española(71):

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«La Gramática es el arte de hablar bien. Consta de quatro partes, que son Ortografía, Analogía, Sintáxis y Prosodia. La Ortografía enseña el número y valor de las letras de que se forman las sílabas y palabras: la Analogía el conocimiento de las palabras, que son partes de la oración, con todos sus accidentes y propiedades: la Sintáxîs el órden y dependencia de estas palabras en las oraciones, con que explicamos nuestros pensamientos: la Prosodia el sonido propio y verdadera pronunciacion de las letras, sílabas y palabras, de que se compone el lenguage. Al presente solo se trata de la Analogía y Sintáxis, omitiendo la Ortografía, porque anda en tratado separado, y la Prosodia, por no haber fixado todavía la Academia las reglas de la verdadera pronunciacion de las voces castellanas» (GRAE-1796: 1-2).

Frente a lo que ocurría en la primera edición, «Sintaxis» es ahora, como veremos con más detalle en el apartado siguiente, tanto la denominación del fenómeno como la que corresponde a la disciplina que se ocupa de su estudio. Al primer sentido corresponden, por ejemplo, el título de la segunda parte («de la sintáxis») o su primer párrafo, en el que se afirma que «sintáxis es el orden y dependencia que deben tener las palabras entre sí para formar oración» (GRAE-1796: 273). Muestra el segundo valor, en cambio, el párrafo siguiente, que se puede contrastar con el equivalente de la primera edición:

«Explicada ya en la Analogía la naturaleza, propiedades y accidentes de las palabras, [...] lo primero que enseña la Sintáxîs es a concertar unas palabras con otras [...]» (GRAE-1796: 275-276).

El uso de la minúscula para el fenómeno (sintaxis) y de la mayúscula para la disciplina (Sintaxis) parece consistente en la edición de 1796 y proporciona, con toda la inseguridad asociada a la falta de fijeza en este punto, un argumento que refuerza la argumentación anterior acerca de que sintaxis se usa en la edición de 1771 sistemáticamente como denominación del fenómeno ('sintaxis o construcción') y no de la disciplina que se ocupa de su estudio.


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Guillermo Rojo, es catedrático de Lengua Española en la Universidad de Santiago de Compostela y experto en Lingüística Informática, y miembro de la RAE.

Discurso pronunciado el 7 de octubre con motivo de su ingreso en la Real Academia Española.

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Notas :

1. En la preparación de este trabajo he recibido la ayuda inestimable del personal de la Biblioteca, el Archivo y el Servicio de reprografía de la Real Academia Española. Quiero expresar aquí mi agradecimiento a las personas que componen estos servicios y hacerlo extensivo a todas las que, en los más diversos departamentos técnicos y administrativos de la Academia me han ofrecido su colaboración generosa a lo largo de los últimos siete años. Mi gratitud también a Francisco García Gondar y Domingo Ynduráin, que han librado una versión anterior de este texto de no pocos errores y descuidos. Los que hayan podido permanecer son, por supuesto, de mi exclusiva responsabilidad.

2. El tiempo necesario para la terminación de la obra contrasta notablemente no ya con los años empleados por la Academia francesa (desde su creación en 1634 hasta la aparición de la primera edición de la obra, en 1694) para publicar un diccionario de alcance considerablemente menor, sino también –y quizá sobre todo- con la historia posterior del propio Diccionario de Autoridades: después de muchos años de trabajar en el suplemento, en 1753 se abandona la idea y se opta por emprender los trabajos de una nueva edición, de la que solo llegó a aparecer, en 1770, el primer tomo. Con palabras de Lázaro Carreter (1972: 100),  «desde 1753, en que se decide reeditar la obra, hasta la aparición de su tomo inicial, transcurren diecisiete años, es decir, cuatro más que los empleados por los primeros Académicos. Si llamo la atención sobre el hecho, es sólo para que resplandezca el mérito de estos últimos».

3. Para Álvarez de Miranda (1995: 192), su publicación supuso una «asombrosa proeza que de nuevo colocó por unos años a la lengua española a la vanguardia de la lexicografía europea».

4. De la abundante  bibliografía dedicada a diferentes aspectos del Diccionario de Autoridades, me limito a mencionar, por su interés para lo que aquí nos ocupa, el estudio de Val Álvaro (1992) sobre los términos gramaticales definidos en la obra.

5. Como acaba de señalar Gómez Asencio (2000a: 39), «nadie ha rastreado [...] cuánto debe exactamente la GRAE-1771 a cada uno de esos tres conocidos gramáticos, ni en el apartado teórico, ni en el aspecto descriptivo, ni en la faceta normativa». Alude, naturalmente, a Nebrija, Jiménez Patón y Correas, que el prólogo menciona explícitamente entre los autores de obras «de que se ha valido la Academia para componer esta Gramática» (GRAE-1771: vi).

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6. En enero están leyendo la Ortografía. En marzo reciben la propuesta de correcciones que hace la Academia de la Historia. Deciden aceptar algunas de ellas y ordenan la impresión de la obra (cf. libros de actas de estos meses).

7. No he logrado documentar en las actas el protagonismo que Sarmiento (1978a: 440; 1979: 63) y Taboada parecen atribuir a Fernández Pacheco en la decisión de emprender los trabajos de redacción de la Gramática. Tampoco le corresponde a Casani, miembro de la Academia desde sus inicios, que es el  académico más antiguo en esta época y, en consecuencia, quien preside las sesiones cuando no asiste a ellas el Director. Como indico a continuación, la decisión surge del conjunto de los académicos, y supone el rechazo, respetuoso pero firme, de una propuesta de Casani.

8. En efecto, el marqués de Villena apenas asiste a las sesiones. En la mayor parte de los casos, las actas dicen que «se juntó la Acad.a en la Posada del Ex.mo S.r Marq.es de Villena, nr)o Director, y por ausencia de S. Ex.a presidió el R. P. M. Jph Casani y asistieron (...)» (acta del 19 de julio de 1740). Las dos sesiones de julio mencionadas parecen ser, en un análisis no exhaustivo de este punto, la excepción a lo largo de todos estos meses.

9. «El R. P. M. Joseph Casani propuso q.e aunq.e conoce lo indispensable q.e es la formaz.on del suplem.to q.e se esta trabajando se hace cargo dela lentitud precisa desta obra, y cree q.e en este tpo. seria mui proprio de la estudiosa condición (?) delos señores q.e componen esta Junta la aplicasen en disponer algunos particulares diccionarios q.e diessen lustre a la nacion en veneficio del p.co. Y habiendose conferido digeron algunos S.res Academ.os necesitaban algun tpo. para meditar esta proposicion, y discurrir con la posible madurez los medios de su execz.n reflexionando si acaso esta resoluz.n incluye algunos incomben.tes q.e sean dignos de algun prudente reparo, a cuyo fin se difirio la resoluz.n de este asunto para el primer dia de Acad.a q.e sera el juebes proximo» (acta del 9 de agosto de 1740).

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10. El acuerdo consiste en «q.e por ahora solo entienda la Acad.a en completar el Suplem.to proyectado del Diccionario y que para q.e no sea este solo el intento dela Acad.a se trabaje al mismo tpo. una Gramatica y Poetica españolas por ser estas las obras ya ofrecidas, reserbando para la Acad.a inmediata nombrar los señores que han de ocuparse en estos trabajos los que se han de reveer y corregir en una de las dos Academias de cada semana, ocupando la otra en los q.e correspondan a la formacion del Suplem.to» (acta del 11 de agosto de 1740).

Nótese, al tiempo, que la adopción de este acuerdo supone dejar en el olvido la tarea de preparar la 'Historia de la lengua española' a que se alude en el capítulo quinto de los Estatutos de la Academia, que, como es bien sabido, figuran en la 'Historia de la Academia Española' que aparece en el volumen primero del Diccionario de Autoridades (págs. xxiv-xxx):

«Fenecido el Diccionario (que como va expressado en el Capítulo priméro, debe ser el primer objéto de la Académia), se trabajará en una Grammatica, y una Poética Españólas, è Historia de la léngua, por la falta que hacen en España. Y en quanto á la Rhetorica, podrá excusarse de trabajar de nuevo, porque hai bastante escrito» (Dic. Aut.1: I, xxix).

Al tiempo, parece indicar cierta falta de atención a la Ortografía, cuya primera edición estaba en imprenta en el momento en que adoptan este acuerdo.

11. «Se trato sobre la materia pend.te de cómo se habia de trabajar la Gramatica, y Poetica española, y haviéndose conferido por todos los S.res Académicos se passó a votar y resolvió por mayor parte de votos q.e para cada una de d)h)as obras se nombre uno q.e la trabaje señalando otros dos para que con ellos confiera las dudas que se le ofrecieren en su formaz.n y que antes se traiga a la Junta un Proyecto del método q.e en cada una de d)h)as obras han de seguir los señores que las hayan de trabajar para q.e visto se apruebe o enmiende según parezca» (acta del 16 de agosto de 1740).

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12. «El R. P. M. Joseph Casani en conseq.a de lo resuelto en 16 del presente nombró p.a q.e trabajassen la Gramatica a los S.res D. Fran.co de Angulo, R. P. M. Carlos de la Reguera y D.n Ignacio de Ceballos, y para la Poetica a los S.res D. Diego Suarez de Figueroa y el R. P. M. fr. (?) Anton.o Ventura de Prado [y D. Antonio de Pinedo –añadido-] (acta del 18 de agosto de 1740). Todos ellos aceptan el encargo. El señor de la Reguera no está presente, pero se deja constancia de que ha sido puesto en antecedentes y ha dado su conformidad a la designación. En su transcripción del acta, Sarmiento (1984: 10, nota 5) escribe erróneamente «Francisco de Ceballos» y con este mismo nombre alude en el texto a este personaje.

De las tres personas a las que Casani encarga inicialmente la Gramática únicamente Carlos de la Reguera era académico de número en 1740. Angulo era supernumerario y Ceballos, honorario. No pueden ser correctas las fechas que Molins (1870: 39) da en su «Lista general de los académicos» para estos dos últimos. En esa lista indica que Angulo fue honorario desde el 12 de agosto de 1745, pero en la relación por sillones afirma que «era ya supernumerario desde abril de 1739» (Molins, 1870: 75). Esta es la fecha que da Zamora (1999: 66) y la que encaja con la historia que podemos reconstruir a través de las actas. Tampoco vale la que da Molins (1870: 39) para la aceptación de Ceballos como honorario: 13 de noviembre de 1742. Difícilmente podría entonces haber recibido este encargo en agosto de 1740. Desde, al menos, junio de 1740, las actas aluden a la asistencia ocasional del «S.r D.n Ig.o de Zeballos, Acad.o hon.o» (acta del 9 de junio de 1740). Angulo y Ceballos pasaron a ser académicos de número en junio de 1746 y noviembre de 1747, respectivamente.

13. En la introducción de su Proyecto de Gramática, editado por Ramón Sarmiento, Angulo lo sitúa perfectamente: «En el año próximo pasado completó V.E. la grande obra del Diccionario de la Lengua Castellana con el último 6.º tomo (...); y apenas lo logró V.E. quando su infatigable zelo puso inmediatamente la mira en las utilísimas obras de la Gram.ca y la Poética Españolas, que para este caso se hallan ordenadas en el Cap.º 5.º de los estatutos de V.E., sin desviarse por esto del Suplemen.to del Diccionario, en que está entendiendo, como primero, y principal objeto de sus tareas» (Angulo, 1741: 497).

14. Según las actas, Ceballos «en Cumplim.to del estatuto que manda se lea en una Junta de cada mes un discurso Academico, leyo una disertazion en que se propuso las dificultades de escribir la Gramatica española, haziendo presentes algunas reglas que juzga conbenientes para su formazion por cuio trabajo le dio la Academia las debidas grazias, y se mando guardar en la S.ria para que se tenga presente para quando combenga» (acta del 27 de septiembre de 1740). Aunque no he podido contrastar el dato, quizá sea este el discurso de Ceballos al que se refiere Lázaro (1949: 192) con valoración claramente negativa. La descripción del manuscrito citado por Lázaro (Discurso sobre la importancia y dificultad de la Gramática Española) puede verse también en Aguilar Piñol (1981, ref. 2998).

15. No muy expresiva en esta ocasión, la Junta acuerda, sin más indicaciones, que se pase una «copia a los señores que estan entendiendo en ella» [la Gramática] (acta del 28 de marzo de 1741).

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16. El P. de la Reguera falleció en octubre de 1742.

17. Domínguez Caparros (1976: 82), que encontró continuas referencias a ellos en las actas académicas, confesaba no haber podido localizar estos documentos «que arrojarían bastante luz sobre el método empleado en la formación del cuerpo gramatical académico». Muy poco tiempo después, Sarmiento (1977b) da noticia de ellos y publica su inventario; Taboada (1981: 85-87) hace la transcripción del índice de los dos legajos; Sarmiento (1984: 32-38) da el índice, enumera los documentos consistentes en disertaciones preparadas para la primera edición de la Gramática y añade un index auctorum realmente valioso para poder juzgar los antecedentes y materiales manejados por los académicos, pero que, desgraciamente, no contiene más que el nombre de los autores citados (con los datos biográficos añadidos), sin indicación de cuántas veces son mencionados y en qué documentos figuran.

18. El prólogo a la segunda edición del primer volumen del Diccionario de Autoridades, al que no se ha prestado atención a este respecto, presenta el proceso con toda claridad, aunque probablemente de forma un tanto sesgada por el interés en dar relieve a esta obra, publicada en 1770, cuando la Gramática todavía no ha aparecido:

«Hecho y presentado el plan, tuvo por conveniente la Academia para el mayor acierto tratar en sus juntas de todas las partes de la Gramática y de sus muchas y espinosas qüestiones, señalando para el exâmen de cada una el competente término á los Académicos, lo que empezó en 13 de Febrero de 1742, y prosiguió con pequeñas interrupciones hasta 22 de Junio de 1747. Este trabajo produxo un copioso número de disertaciones, pero al mismo tiempo dió á conocer que eran menester muchos años mas para concluir esta obra, con la extension que se habia propuesto: por lo que pareció á la Academia que no debia divertirse tanto tiempo de la correccion y aumento del Diccionario que habia ofrecido en el último tomo y era su principal obra, y así suspendió tratar de la Gramática, reservando para adelante los trabajos hechos en ella» (Dic. Aut.2: xxix-xxx).

19. Más tarde, sin embargo, cayó en desgracia y tuvo que alejarse de la corte (cf. Zamora, 1999: 84), lo cual explica su ausencia física de las sesiones y los actos protocolarios de entrega de los primeros ejemplares de la Gramática.

20. El prólogo al primer volumen de la segunda edición del Diccionario de Autoridades alude erróneamente a la sesión celebrada el 17 de julio de 1767:

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«En cuyo estado el zelo de su actual Director el Excelentísimo Señor Duque de Alba promovió en Junta de 17 de Julio de 1767 la continuación de la Gramática, como obra en que se interesa al Público, y el crédito de la Academia»  (Dic. Aut.2: xxx).

21. Según indican las actas, «hizo presente el S.r Director la mucha falta q.e hace una Gramatica completa en nr)a lengua para aprenderla con metodo y sobre principios y reglas seguras: que esta obra no solo sera de utilidad publica, sino de gran credito ala Academia saliendo con la perfeccion que se debe esperar de ella; y que habiendola emprendido tiempo ha, y hecho sus individuos muchas y muy utiles observaciones, seria lastima que queden sin fruto y en olvido. Y hecho cargo S.E. de que hoy està ocupada la Academia y ha de estarlo largo tiempo en la correccion y aumento del Diccionario, propuso que se podia encargar el trabajo de la Gramatica a dos S.res para que aprovechandose delas observaciones hechas y delas suyas formen y llenen su Plan presentandole para su reconocimiento y aprobacion ala Academia. Y habiendose aprobado por ella elpensamiento y la propuesta del S.r Director como propios de su notorio zelo por el bien publico y honor dela Academia, nombró S.E. en conseqüencia de ello para el referido encargo a los S.res D.n Juan Trigueros y D.n Juan de Aravaca, a quienes se mandaron pasar (sic) los papeles que hay en la Secretaria pertenecientes a la Gramatica» (acta del 7 de julio de 1767; cit. también en Taboada (1981: 84)).

22. Según consta en la relación de académicos que figura en la segunda edición del Diccionario de Autoridades, en 1770 Juan Trigueros era «del Consejo de S.M. su Secretario y Oficial mayor de la Secretaría de la Cámara por lo tocante á los Reynos de la Corona de Aragon» (Dic. Aut.2: xxxvii); cf. también Aguilar Piñol, 1981, VIII: 195). Ingresó como supernumerario en 1755, «en la abundante hornada que acarreó la dirección del duque de Alba» (Zamora, 1999: 64). Las actas muestran que fue un hombre muy activo en la vida de la Academia y colaboró estrechamente con Angulo, a quien sucedió en la secretaría a la muerte de este en 1775. Trigueros falleció en octubre de 1777.

Juan de Aravaca pasó a ser académico numerario en abril de 1767 (al tiempo que Tomás Antonio Sánchez) como consecuencia de la vacante producida al ser expulsado de España, con toda su orden, el jesuita José Velasco. No consta que su participación en la redacción de la Gramática fuera realmente importante.

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23. En la sesión del 21 de julio de 1768, el Director pide información sobre «el estado de la correccion del Diccionario, en que está trabajando la Academia, y el de la Gramatica castellana que se encargó a los S.res Trigueros y Aravaca en la Junta de 7 de Julio de 1767. De la Correccion se informò a S. E. se estaban leyendo los ultimos legajos de cedulas de la A: y en quanto ala Gramatica expuso el S.r Trigueros que despues de haber visto los dos legajos de Disertaciones que sele entregaron hechos por diferentes S.res Academicos, los paso al P.e Aravaca y que habiendolos vuelto a su poder, empezo a trabajar, y tenia ya evaquado lo perteneciente al Nombre que presentaria ala Academia antes de proseguir, por si en quanto al metodo tenia que corregir o alterar».

24. Trigueros, que, como es habitual cuando no asiste el Director y, por tanto, ha de presidir Angulo, actúa de Secretario, indica: «Entreguè y lei lo que tenia trabajado de la Gramatica que es todo lo perteneciente al nombre; y en su vista mandò la Academia que pasase al P.e Aravaca Comisionado conmigo para esta obra, como se hizo en esta Junta, para que reconocido lo vuelva a mi poder con las notas y advertencias que se le ofrecieren: y asi mesmo acordo la Academia que yo prosiga esta obra siguiendo el metodo que lleba la parte que tengo trabajada» (acta del 28 de julio de 1768; cf. también Taboada, 1981: 87). De aquí el comprensible error de Domínguez Caparrós (1976: 82) que indica que «habla en primera persona por ser Trigueros entonces Secretario».

25. Trigueros, actuando de Secretario como casi siempre, indica que «en cumplimiento del encargo que se me hizo en Junta de 7 de Julio de 1767 presentè en la de hoy la Gramatica que he formado dela Lengua Castellana, y he hecho ver antes al P.e Aravaca, a quien se me dio por compañero en esta Comision: devolviendo los dos Legajos de disertaciones que a este fin seme entregaron. Y en su conseqüencia empezè a leer este tratado, que se prosiguio hasta fin del Cap.o 1º que trata del pronombre» (acta del 30 de agosto de 1770; cf. también Taboada, 1981: 87).

26. En el acta del 23 de octubre de 1770 dice Trigueros: «Se acabo de leer la Gramatica, y la Academia acordo se imprima solicitando para ello la licencia del Rey en viniendo la Corte».

27. En la sesión del 15 de enero de 1771, Trigueros señala que «lei el Prologo y la Dedicatoria para la Gramatica, y lo aprobó la Academia, poniendo ami cuidado el encargo de corregir la impresión de esta obra y lo demas que pertenezca a ella». Unos días antes, una comisión de académicos (Angulo, Abreu, Montoya y Hermosilla) ha presentado al Rey el primer tomo de la nueva edición del Diccionario. Como el Director «se mantiene» en Andalucía (acta del 20 de diciembre de 1770), son acompañados por el marqués de Villafranca (cf. acta del 8 de enero de 1771). En la sesión del 15 de enero, Angulo da cuenta de una carta del duque de Alba en la que dice que queda enterado «y con mucha satisfaccion» de que se ha presentado al Rey el Diccionario y del permiso para imprimir la Gramática.

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28. «Hice presente un exemplar impreso dela Gramatica Castellana, y la Academia acordó se enquadernasen desde luego los exemplares de ella que fuesen necesarios».

29. Dado que el Director no puede asistir por estar apartado de la corte, forman esta comisión Angulo, Secretario de la Academia y académico más antiguo, Abreu, Montoya y Aravaca (cf. actas del 21 y 26 de marzo de 1771; cf. también Taboada, 1981: 88)

30. Vid. detalles sobre costes y algunos otros aspectos de la impresión en Taboada (1981: 88-89).

31. En el acta del 2 de julio de 1772 dice Trigueros: «Habiendo manifestado el S.r Tesorero en la Junta Anterior que se iba acabando la primera impresión dela Gramatica traxe un exemplar con algunas leves correcciones y adicciones, y leidas en la Academia acordo loque tuvo por conveniente, y que con ellas se procediese a la reimpresion, y se sirvio encargarme de cuidarse de ella». En realidad, del control del proceso de impresión tuvo que encargarse Angulo por enfermedad de Trigueros, según consta en el acta de 28 de julio de 1772: «El S.r Trigueros con motivo de su enfermedad se ha escusado del cuidado dela reimpresion dela Gramatica Castellana que la Academia le habia encargado: el S.r Angulo se ofrecio a correr con la reimpresion, y la Academia lo tuvo a bien».

32. «El S.r Director, considerando de quanta importancia será una buena Poética, y una buena Retorica Castellana, propuso su formacion en la Junta de hoy, y habiendo parecido bien esta proposicion, encargó S.E. la formacion dela Poetica a los S.res Pedro de Silva y Marques de S.ta Cruz: y la dela Retorica a los S.res D.n Joseph Vela y D. Man.l de Lardizabal para que vayan trabajando estas obras, y den cuenta a su tiempo a la Academia. Estos S.res aceptaron el encargo» (acta del 24 de septiembre de 1776).

33. Según indica el acta del 19 de septiembre de 1776, en la que se da cuenta del fallecimiento del duque de Alba el día 15, el paso del marqués de Santa Cruz a numerario tiene lugar «dispensando la antiguedad y requisitos que previene el Acuerdo de 25 de febrero de 1755 (?)». Se convoca la elección de director para la sesión siguiente.

34. Según Zamora (1999: 101), todo este proceso fue diseñado por Pedro de Silva, hermano del marqués de Santa Cruz y académico desde 1771, ya que «viendo próximo su propio nombramiento como director (...) a la muerte de Alba, hizo entrar en la Corporación a su hermano José Joaquín, marqués de Santa Cruz, y hacerle director antes de que se plantease el dilema».

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35. En la sesión de 10 de abril de 1777, Trigueros deja constancia de que «atendiendo a la necesidad que tiene el Publico del Diccionario dela Lengua Castellana por la escasez que hay de juegos completos, y a lo que se dilatara la correccion y aumento en que la Academia está trabajando, acordó a proposición del S.r Director se reimprima en menor numero de tomos, tamaño y letra, haciendose la reimpresion del tomo primero por la segunda edicion: la del segundo por el manuscrito corregido por la Academia, y la de los quatro restantes segun los tomos ya impresos, poniendo la voz y su calificacion, su definicion y correspondencia latina; pero sin etimologias ni autoridades: en cuya forma aunque no pueda ir por ahora corregido y aumentado el Diccionario como se desea, se lograra que el Publico le tenga con facilidad y a poca costa, y que no carezca de él mientras se acaba y publica la correccion y aumento con toda su extension y en tomos grandes. Que de todo se de razon en el Prologo, y a su tiempo se pida licencia a S.M. por la via reservada si se considerase necesario».

Silva, Lardizábal, Murillo y Guevara, que están ya también a cargo de la edición del Quijote, más Magallón y Sánchez, quedan encargados de «arreglar la impresion de este compendio». En la sesión anterior la revisión había llegado hasta corazonada.  Para más detalles sobre la que se considera habitualmente primera edición del DRAE, vid. Seco (1991).

36. «El S.r Tesorero hizo presente que han quedado ya muy pocos exemplares de la Gramatica castellana. La Academia acordó que se reimprima y tiren dos jornadas y para la correccion nombró al S.r Huerta» (acta del 10 de octubre de 1780).

37. Para el análisis de las diferencias entre las tres ediciones, cf. Uruburu (1975) y Taboada (1981), así como las indicaciones ocasionales de Domínguez Caparrós (1976).

38. «Habiendose tratado sobre si se había de corregir la Gramatica antes de hacer otra impresión, acordo la Academia que los S.res de la segunda Sala exâminen los puntos que necesiten de correccion, y dén cuenta en Academia plena para resolver sobre ello» (acta del 9 de febrero de 1786). La segunda sala había sido creada a propuesta del Director en la sesión del 11 de julio de 1777. En la del 22 de ese mes, el acta indica que «se dividieron las Salas; presidio el S.r She)z) la segunda; y el S.r Director nombró para que la formasen a los S.res Sanchez, Vela, Silva, Murillo y Lardizaval».

39. «Los señores encargados de la revision y correccion de la Gramatica presentaron las correcciones y adiciones que les ha parecido conven.te hacer, las quales se acordó que se exâminen por la Academia, suspendiendo entre tanto el trabajo del Diccionario, lo que se empezó a hacer desde esta Junta y se leyó hasta el Artículo 3, pág. 8. y habiendose acordado lo que parecio conveniente se dixo la oracion ....» (acta del 19 de abril de 1787).

Según Sarmiento (1979: 71, nota 19) y Taboada (1981: 96), los encargados de elaborar la propuesta de correcciones y adiciones fueron Bernardo Iriarte y Baltasar Porcel, pero no he podido confirmar este dato en las actas. Podría tratarse de un error de interpretación, puesto que el acta de la sesión celebrada el 17 de abril de 1787, a la que alude directamente Sarmiento para establecer esa vinculación, dice, en el margen del párrafo en que se indica que comienza el trabajo de análisis de las propuestas de correcciones de la Gramática, que «leyeron los S.res Uriarte y Porcél». No se trata, pues, de los encargados de hacer el trabajo previo de examinar los aspectos de la obra necesitados de revisión, sino de las personas que, como en todas las sesiones, leen para los demás el trabajo preparado previamente. De otra parte, no se trata de Bernardo Iriarte, sino de Manuel Uriarte de la Hoz, académico de número entre 1780 y 1812. He podido comprobar que Antonio Porcel, que fue elegido académico numerario en la sesión del 7 de marzo de 1787, para la vacante producida por el fallecimiento de Martín de Ulloa (cf. acta de la sesión de 8/3/1787), asistió con bastante regularidad a las sesiones de esta época.  Bernardo Iriarte, en cambio, no está presente ni en una sola de las sesiones celebradas a lo largo del proceso de revisión de las propuestas de adiciones y correcciones. Según Zamora (1999: 147), Iriarte era en 1787 director de la Compañía de Filipinas, lo cual puede explicar su inasistencia a las sesiones académicas durante todo este período.

40. El 8 de mayo de 1787 llegan hasta el capítulo cuarto del pronombre. El 31 de julio están en la página 207. El 17 de enero de 1788 comienzan la lista de palabras y el 29 de abril dicen haber terminado la «lista de los verbos, participios, adjetivos y adverbios que rigen preposición». Cf. libros de actas.

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41. «Se separaron las salas, y suspendido por ahora el exâmen de la Gramatica, se continuo en la primera el trabajo del tomo 3.º del Diccionario hasta Famosisimo» (acta del 8 de mayo de 1788).

42. «Habiendose tratado de reimprimir la Gramatica, teniendo presente la Academia, que si se aguarda a q.e se concluyan las correcciones q.e se están haciendo, según el corto numero que hay de exemplares, llegarian a faltar enteram.te acordó que desde luego se haga una reimpresion sin alterar nada y se tiren mil y quinientos exemplares» (acta del primero de julio de 1788).

43. Cf. Taboada (1981: 97, nota 38). Este autor indica que «a pesar de las gestiones realizadas no he podido ver ningún ejemplar de la edición de 1788» (Taboada, 1981, 96, nota 34). Basándose en Sarmiento (1977a: I, 89), Fries (1989: 189) la considera «reedición sin alteraciones» de la edición de 1781). A pesar de lo que indica Sarmiento (1979: 72, nota 21), parece claro que, si llegó a realizarse, fue una reimpresión en el sentido estricto del término. Buena prueba de ello es, precisamente, que la propia Academia considera la de 1796 como la cuarta edición de la Gramática, según consta en la portada. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la existencia de un ejemplar de la obra mencionado por Uruburu (1975: xiv), cuyo texto «coincide con los ejemplares de C [esto es, la edición de 1781, G.R.], pero contiene abundantes erratas. Su principal peculiaridad es que mantiene el grupo culto latino –bs- en palabras como 'substancia' y 'substantivo' y sus derivados. Difiere también en distribución de las páginas». Todo ello lo lleva a indicar en el 'resumen' que acompaña a la edición en microficha que «el ejemplar que denomino D es posible que pertenezca a la supuesta edición de 1788» (Uruburu, 1989: 4).

44. «En conformidad de lo acordado anteriormente se empezaron a leer las correcciones de la Gramatica, y se leyó hasta la regla 6, de los generos y preteritos» (acta del 4 de julio de 1793).

45. Es la sesión del nueve de septiembre, a la que asisten muy pocos académicos: únicamente Vela, Silva, Canseco, Valbuena –que leyó- y Villanueva, de modo que «no se formó la Academia por no haber asistido mas que los Señores del margen, y se concluyó la lectura de la Gramatica» (subrayado en el original; acta del 9 de septiembre de 1793).

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46. Así es mencionado habitualmente en las actas. Se trata de Juan Crisóstomo Ramírez Alamanzón, miembro de número desde 1794 y fallecido en 1814. Para más detalles sobre este laborioso académico, cf. Zamora (1999: 80).

47. «Dí cuenta que de la casa é imprenta de la viuda de Ybarra se habian trahido á estos almacenes 150 exemplares marquilla de la quarta edicion de la Gramatica española, y la Academia teniendo presente lo que anteriorm.te habia conferenciado con el S.r Director de que convendria regalar un exemplar a las personas Reales, y los cuerpos y sujetos a quienes es regular, por haberse aumentado y corregido notablem.te, acordó que inmediatam.te se enquadernen en la forma que corresponden (sic) los exemplares que se necesitaren y se distribuyan á los Academicos los que se acostumbran» (acta del 7 de enero de 1796).

48. Vid., por ejemplo, acta del cuatro de febrero de 1796, en que presentan las cuentas de la impresión y toman la decisión de vender «cada exemplar á 8. rs en papel».

49. «Lei un papel con unas muy ligeras observaciones sobre dos capitulos de nuestra gramática, y la Academia determinó que se pasasen al S.r Valbuena, y encargó á los demas Academicos hiciesen lo mismo con las que encontrasen, y les ofreciere su lectura y reflexion» (acta del 22 de marzo de 1796).

50. Con sus propias palabras, «haciendo presente que anteriorm.te estaba mandado, entre otras cosas, que se corrigiesen ciertos defectos que se habian notado» (acta del 4 de febrero de 1800).

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51. Según el acta de esta sesión (4 de febrero de 1800), los acuerdos son los siguientes:

1. «Que se haga la impresión desta gramática con toda la economia posible, con arreglo al fin y objeto que se tiene en la publicacion desta obra, y atendiendo á la mayor comodidad del público, conferenciando a su tiempo con el Académico encargado de la impresión.»

2. «Que se pongan las adiciones, correcciones y observaciones que parecieren oportunas y que permitiese la estrechez del tiempo.»

3. «Que se propongan las qüestiones ó materias que piden mayor exâmen para trabajar sobre ellas disertaciones, y encargarlas a los individuos, y juntas con otras que hay en el archivo de la Acad.a se publiquen las que se creyesen convenientes.»

4. «Que para todo esto se forme una Junta compuesta de los S.res Cabrera, Canseco, Valbuena, Berguizas, y Cienfuegos, y que yo asista á ella quando faltase alguno de los expresados S.res; y que si alg.e no tuviese de estos S.res el libro intitulado: fundam.tos de la eloqüencia española, se le dé de nr)a librería si le hubiese ó se le compre».

5. «Que tambien se encarguen á Paris las obras de gramática y literatura publicadas ultimam.te y se compren las que parecieren conducentes para el adelantm.to y perfeccion de nuestras obras.»  

Sarmiento (1979: 74) reproduce estos acuerdos en forma no literal y con algún error en los nombres de los miembros de la comisión ('Berguises' por Berguizas).

52. Según Fries (1989: 189), que se basa en Sarmiento (1977a: 89 y sigs.), hay reimpresiones en los años 1800, 1802, 1817, 1822 y 1831.

53. «La Academia se prometía publicar ya en este año la nueva edición de su Gramática; pero la grave y larga enfermedad de su digno Secretario, encargado muy especialmente de la redacción, ha impedido que pueda verificarlo al tiempo en que mas falta hace en las escuelas públicas, como libro de texto designado por el Gobierno. Para atender a este servicio tan urgente ha acordado reimprimir el número de ejemplares que ha creído necesario, en la misma forma y carácter de letra que se empleó en la edición precedente» (GRAE-1852, advertencia preliminar). Téngase en cuenta que, en este momento, han transcurrido ya cincuenta y seis años desde la última edición modificada.

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54. Aunque no es probable que existan variantes textuales de importancia para los aspectos estudiados aquí, dejo constancia de los ejemplares con que he trabajado. Para la Gramática de 1771 he utilizado, como es lógico, el facsímil publicado por Editora Nacional en 1984, que reproduce el ejemplar de la Biblioteca Nacional con referencia 3/60029 (cf. Sarmiento, 1984: 77, nota), que es también uno de los tres ejemplares de esta edición utilizados por Uruburu (1975: ix). Para la Gramática de 1796, he trabajado sobre una fotocopia del ejemplar existente en la Biblioteca de la Real Academia Española que lleva el registro 50.334 y la signatura 35-G-1-D y cuya descripción es la siguiente:

                Portada:      GRAMÁTICA / DE LA LENGUA / CASTELLANA / COMPUESTA / POR / LA 
                             REAL ACADEMIA / ESPAÑOLA / QUARTA EDICION / CORREGIDA Y
                                    AUMENTADA. / (Dibujo con el lema LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR) / CON
    
                                SUPERIOR PERMISO / POR LA VIUDA DE DON JOAQUIN IBARRA, /  
                                   
IMPRESORA DE LA REAL ACADEMIA. / MADRID MDCCXCVI.
                Tamaño:     

                Paginación:  5 + XXV + 479 págs.
                Distribución: Dedicatoria:             * 1 rto. - * 3 rto.
                Tabla:           * 3 vto. - * 4 rto.
                Prólogo:        * 4 vto. - ** 8 vto.
                Texto:          A 1 rto. – Ee 7 vto.
                Índice:          Ee 8 rto. – GG 8 rto.

55. Naturalmente, reflejo únicamente el contenido general de esta propuesta de organización. Para detalles sobre variantes, autores que las defienden, etc., cf. Gómez Asencio (1981: 34 y sigs.).

56. Su punto de arranque en la Gramática española es, por supuesto, Nebrija, para quien la «gramática doctrinal» «en cuatro consideraciones se parte: la primera los griegos llamaron Orthografía, que nos otros podemos nombrar en lengua romana, sciencia de bien & derecha mente, escribir. A ésta esso mesmo pertenece conocer el número & fuerça de las letras, & por qué figuras se an de representar las palabras & partes de la oración» (Nebrija, 1492: 105).

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57. «La segunda los griegos llaman Prosodia; nos otros podemos la interpretar acento, o más verdadera mente, quasi canto. Ésta es arte para alçar & abaxar cada una de las sílabas de las diciones o partes de la oración. A ésta se reduze esso mesmo el arte de contar, pesar & medir los pies de los versos e las coplas» (Nebrija, 1492: 105).

58. Es la organización utilizada por Nebrija (1492: 105-106), que Angulo, partidario de mantenerla en la Gramática de la Academia, reproduce del modo siguiente (1741: 500):

«Ortographia, aque dice corresponde letra: Prosodia, aque corresponde sílaba: Etymologia: a que corresponde diccion; y Syntaxis, a que corresponde la construcción de las partes de la oración»

59. El caso del Brocense resulta, sin duda, un tanto más complicado, puesto que no se trata de una simple cuestión de organización, sino de jerarquía y también terminología: en su opinión, la Gramática tiene como fin la oración o sintaxis, de modo que la sintaxis no puede ser parte de la Gramática. Puesto que la oración se compone de palabras, las palabras de sílabas y las sílabas de letras, tampoco pueden ser partes de la Gramática las disciplinas que se ocupan de estas unidades:

Alii uero diuidunt grammaticam in litteram, syllabam, dictionem et orationem, siue, quod idem est, in ortographiam, prosodiam, etymologiam et syntaxim. Sed oratio siue syntaxis est finis grammaticae, ergo igitur non pars illius […]. Tum deinde littera pars est syllabae, syllaba dictionis, et dictiones ipsae partes orationis, non igitur partes grammaticae. Et cuiscumque rei pars alius rei pars esse non potest (Sánchez de las Brozas, 1587: 46).

60. Este párrafo no aparece hasta la cuarta edición de la Gramática. Por otro lado, las notas manuscritas de Bello a un ejemplar de la segunda edición muestran con bastante claridad las vacilaciones que tuvo el maestro venezolano en este punto, tanto en lo correspondiente a la terminología como a la organización de la división (cf. Trujillo, 1988: 166).

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61. «La gramática de una lengua es el arte de hablarla correctamente, esto es, conforme al buen uso, que es el de la gente educada» (Bello, 1847, § 1).

62. No cabe decir, por tanto, que «la primera gramática de la Academia omite toda referencia a su configuración y división» (Sarmiento, 1984: 47), afirmación que Sarmiento utiliza incluso como título de un epígrafe. Se habla de dos partes y se hace explícito el contenido de cada una de ellas, como muestra la cita.

63. Según Kukenheim, «Avant Ramus aucun grammarien ne fait de la syntaxe une partie spéciale de son ouvrage; les grammaires de Palsgrave, de Meigret, de Pillot et de Garnier n'en contiennent pas moins d'excellentes observations de détail sur cette partie de la grammaire, mais elles son éparpillées par-ci par-là dans le livre. La grammaire de Ramus est divisée en deux parties, 'Etymologie & Syntaxe'.» (Kukenheim, 1932: 154-155).

64. También aparece Ramus; cf. Sarmiento (1984: 36-38).

65. Ya Angulo, al presentar su Proyecto en 1741, parece perfectamente consciente del posible conflicto:

[...] mi dictamen es, que una perfecta Gram.ca (como se pretende sea la española) debe constar de las quatro partes, que estos Autores la consideran, esto es, de Ortographia, Prosodia, Etymologia, y Syntaxis [...]. Esto supuesto debo hazerme cargo que la Orthographia Castellana ha sido por mucho tiempo, y aun es oy empleo de la erudicion, estudio, y observacion de V.E., y sera norte de la enseñanza publica en el especialisimo tratado de ella, que esta para dar a luz; por lo que seria temeridad que me introduxese en el examen de lo que es, y debe comprehender la Orthographia; pero como V.E. esta haciendo este tratado, como Arte por libre, ê independiente de otro, y no con relacion ala Gram.ca no debo dexar de hazer prn.te que es principal y esencialissima parte de ella la Ortographia, por que siendo sufin el de enseñar a escribir rectam.te, esto lo abraza tambien la Gram.ca como parte suya [...] (Angulo, 1741, 500).

66. Según Padley (1976: 121; cf. también Gómez Asencio, 1981: 36, nota 52), fue Vossius (1635) el primero en recuperar el término clásico, precisamente por su creencia de que «the whole of this part of grammar, the particulae excepted, is explicable in terms of analogy and anomaly». De acuerdo con Lázaro (1968: s.v.), la denominación «Analogía» fue utilizada por vez primera en la tradición gramatical española por Benito de San Pedro en su Arte de romance castellano (1769), inmediatamente antes, por tanto, de la publicación de la Gramática de la Academia. En línea con lo insinuado por Padley, el análisis de esta cuestión que realiza Lliteras (1996) muestra con toda claridad que el cambio de denominación se debe a un cambio en lo que constituye el centro de interés de esta disciplina: la Etimología ('busqueda de lo verdadero en la palabra') tiene que ver fundamentalmente con lo que 'significan' las clases de palabras y las categorías gramaticales; la Analogía, en cambio, se relaciona con los modelos de flexión de las palabras variables. Aunque no de forma exclusiva, puesto que hay que tener en cuenta siempre el peso de la tradición en lo que al empleo de los términos se refiere, el paso de Analogía a  Etimología primero, de Etimología a Analogía después y de Analogía a Morfología más tarde tiene su origen en un desplazamiento del centro de interés de la disciplina.

67. Tras señalar que «el verbo se divide en activo, neutro, y recíproco», el texto de 1771 se introduce en una interesante discusión acerca de las implicaciones del uso de cada término en la que, salvo en la solución final, muestra una postura muy acorde con lo que podríamos decir en la actualidad:

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«Recíprocos, o reflexîvos llaman á los verbos, cuya significacion no solo no pasa á otra cosa, sino que retrocede por medio de algun pronombre personal, á la que dá accion ó movimiento al verbo, como: amañarse, arrepentirse, abroquelarse [...]. Estos verbos que nunca se usan sin pronombres personales, no debieran llamarse recíprocos, ni reflexîvos, sino pronominales.

Recíprocos serían los que por sí solos expresasen la accion reciproca entre dos, ó mas personas, como si en esta oracion: ámanse los hombres, se pudiese entender sin ambigüedad de sentido, que los hombres se aman unos á otros [...]. Reflexîvos serian aquellos verbos que significasen la accion de dos agentes, de los quales el uno fuese solamente movil de ella, y el otro la recibiese, y al punto la rechazase, ó despidiese de sí [...]. No siendo, pues, estos verbos ni recíprocos, ni reflexîvos, debiera aplicárseles otra denominacion, y ninguna les convendria mas que la de pronominales, porque no pueden usarse sin pronombres.

No obstante estas razones ha prevalecido el uso de llamarlos recíprocos; y entendido así no hay inconveniente en usar de esta denominacion, pues por verbos recíprocos entenderémos lo mismo que por verbos pronominales» (GRAE-1771: 58-61).

68. Tanto la división como las caracterizaciones de cada una de las partes son las que ha mantenido la Academia en sus Gramáticas hasta la edición de 1931:

«Gramática es el arte de hablar y escribir correctamente. Propónese, por tanto, enseñar a conocer el valor y oficio de las palabras, el modo de formar con ellas oraciones y el de pronunciarlas o escribirlas; y se divide en cuatro partes, llamadas Analogía, Sintaxis, Prosodia y Ortografía, las cuales corresponden a los cuatro indicados finales de conocer (Analogía), ordenar (Sintaxis), pronunciar (Prosodia) y escribir correctamente (Ortografía)» (GRAE-1931: 7).

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