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26 de septiembre de 2001


Tribuna de opinión

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA:
Un diccionario de economía para ilustrados

Cosas que a todos interesan y casi nadie comprende
Hay términos inmanejables y dogmáticos
Enturbian el agua para que parezca profunda
Estefanía, Un autor progresista en el siglo XXI

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Parece ser que fue hacia el siglo XIII, en un monasterio francés, cuando un monje abrumado por la cantidad y el desorden de los manuscritos que debía manejar en la biblioteca tuvo la ocurrencia de organizarlos alfabéticamente. Así, cada vez que fuera preciso consultar alguno, se podría saber con exactitud dónde estaba, buscándolo por la inicial del autor o de la materia. La idea a nosotros nos parece obvia, y el orden alfabético el orden natural de las palabras, y hasta de las cosas, pero es tan útil y estamos tan acostumbrados a él que no reparamos en que también es perfectamente arbitrario.

Lo que el monje francés no sabía es que no sólo estaba inventando una forma de clasificación, sino también uno de los géneros más gustosos y extravagantes de la literatura, género que posiblemente, como tantas otras cosas, alcanzó su plenitud en el siglo XVIII, con esas tres obras maestros que son el Diccionario filosófico de Voltaire, la Enciclopedia Francesa y la Enciclopedia Británica: el orden de los saberes, y hasta el orden del mundo y del universo, se confundía con el orden alfabético, y era guiado además por un propósito de ilustración y de irreverencia corrosiva hacia los viejos saberes y los viejos poderes caducos.

También el primer diccionario enciclopédico Larousse, el que dirigió el propio Pierre Larousse entre los soliviantos de la revolución del 48 y la pesada pompa carcundia del II Imperio, tenía una intención progresista, de conocimiento científico y educación emancipatoria de los trabajadores.

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Se puede acudir a un diccionario en busca de una palabra concreta, de una cierta información necesaria, pero el aficionado verdadero se complace en las posibilidades de azar que trae consigo el orden, o más bien el desorden, alfabético, y muchas veces va buscando una cosa y encuentra otra, y se deja llevar por ella, y acaba recorriendo el diccionario como si fuese un laberinto o un almacén o el casillero sinuoso del juego de la oca.

Cosas que a todos interesan y casi nadie comprende

Para esas dos formas de lectura es muy útil este Diccionario de la nueva economía, que tiene además la particularidad nada irrisoria de tratar de asuntos que casi nadie comprende, pero que a todos nos afectan, y a muchos nos intrigan, y hasta nos alarman, no sin motivo. Joaquín Estefanía se educó en una época en la que a muchos nos parecía que teníamos que participar en la transformación justiciera del mundo, y que esa transformación no sólo era imprescindible, sino también inevitable.

Aceptamos con fervor muchas mentiras y veneramos a muchos ídolos, procurando no ver de cerca las resquebrajaduras de sus máscaras y de sus estatuas: con el paso del tiempo, descubrimos que las ideologías y los regímenes que más liberadores nos habían parecido encubrían formas brutales de opresión, pero ese descubrimiento, por fortuna, no nos cegó los ojos ante las injusticias y las desigualdades contra las que habíamos querido rebelarnos, y que han seguido existiendo y agravándose aunque ya no se crea casi nadie aquellas consignas y recetas mágicas que en otra época prometieron remediarlas.

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En la época en que se formó Joaquín, la economía era el saber supremo, la infraestructura verdadera y sólida de todas las cosas, la explicación última de los procesos históricos. Pero la tarea de la economía no sólo era la de interpretar el mundo: según el dictamen de Marx, lo que hacía falta era transformarlo.

Yo creo que de entonces le viene a Joaquín Estefanía una vocación que se nota en sus libros y en cada uno de sus artículos, la de buscar la explicación de lo que está ocurriendo en la economía y el modo en que eso afecta a la política y a la vida cotidiana de la gente, y también la de subrayar que las cosas, los hechos económicos, no son sagrados e inevitables por el simple hecho de que hayan sucedido, no responden a leyes tan indiscutibles como las de la física o las matemáticas.

Hay términos inmanejables y dogmáticos

Hay términos, como «pensamiento único», que se han vuelto inmanejables desde que gente como Julio Anguita los han convertido en armas arrojadizas contra cualquiera que disienta de su arterioesclerosis ideológica, pero no por eso dejan de contener una verdad, y Joaquín Estefanía la explica claramente en una entrada de este diccionario, después de haber dedicado al asunto un libro entero.

El pensamiento único parece una novedad, pero en el fondo es una de las posiciones ideológicas más antiguas y arraigadas que existen: si las cosas son como son, es que tenían que ser así, y que no puede ser de otro modo. En la llamada nueva economía hay una especie de coacción de conformidad, según la cual los desequilibrios entre Norte y Sur, entre pobres y ricos, entre las recompensas mezquinas del trabajo y los botines fabulosos de la especulación financiera, deben ser aceptados porque son así.

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También hay algunos dogmas, entre ellos que las innovaciones tecnológicas y la globalización de los mercados son beneficiosos per se, o que cualquier forma de protección social, de fortalecimiento de lo público, es un empeño retrógrado cuyo único resultado es la pérdida de competitividad.

Estos imperativos se vuelven más indiscutibles porque suelen venir arropados con el lenguaje autoritario y hermético de los expertos, y porque se envuelven en el aura doble, aunque contradictoria, del saber científico y de la brujería.

Enturbian el agua para que parezca profunda

La jerga de los economistas puede ser tan incomprensible como la de quienes se dedican a la física de las partículas –y a veces, casi como la de los pedagogos--, pero siempre cabe la duda sobre si esa oscuridad será el resultado de la competencia técnica o sólo una receta para alejar a la gente común de la comprensión de sus propios intereses.

«Enturbian el agua para que parezca profunda», dice un aforismo de Nietzsche. En este sentido, cuando Joaquín Estefanía escribe de asuntos económicos se le nota mucho que su intención de comprender es inseparable de la de explicar: y vuelvo a Nietzsche, que decía de alguien que tenía la rara virtud de explicar lo que había comprendido.

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Cada domingo, desde hace años, leo en el periódico la columna económica que escribe Joaquín Estefanía, y en ella lo que era turbio se me vuelve claro, y lo impenetrable no exactamente fácil, pero sí accesible a una inteligencia interesada y alerta.

Al fin y al cabo, el periodismo es hijo de la misma época iluminista de los grandes diccionarios, y su propósito es muy semejante: dar cuenta de las cosas, explicarlas en su complejidad, arrebatar la primacía sobre el conocimiento del mundo a los privilegiados de siempre.

Comprender, explicar, para alguien de herencia ilustrada, son actos políticos, lo cual, desde luego, no tiene nada que ver con la tergiversación panfletaria a la que fue tan proclive la izquierda en otros tiempos, y que algunos de sus santones más momificados no saben o no quieren abandonar.

Predicar contra la globalización o confundir el nacionalismo cerril o el terrorismo callejero con rebeliones contra el pensamiento único son actitudes que todavía merecen cierto respeto en los sectores más desorientados o más tontos de la izquierda, pero un empeño de verdad progresista sólo puede construirse con lucidez, con conocimiento, con la humildad necesaria para no desdeñar ningún matiz de la realidad y también con la claridad política que hace falta para saber que sigue habiendo explotadores y explotados, injusticias criminales y desigualdades que han de ser urgentemente corregidas.

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Estefanía, Un autor progresista en el siglo XXI

En este diccionario de Joaquín Estefanía se aprenden muchas cosas, y es tan placentero recorrerlo al azar como buscar en él la explicación satisfactoria de un concepto, o de unas siglas, pero yo creo que lo que se aprende sobre todo, lo que se acaba contagiando al lector, es una cierta actitud: el interés hacia lo nuevo, las ganas de entender lo que está sucediendo ahora mismo, el asombro ante los cambios que el progreso técnico, sobre todo los avances en las telecomunicaciones, están trayendo al mundo, la maravilla de la instantaneidad de las comunicaciones por Internet, esa nueva enciclopedia de todas las enciclopedias, ese laberinto en el que se pueden encontrar todas las agujas perdidas en todos los pajares.

Joaquín Estefanía, a la manera de los progresistas del siglo XIX, celebra las proezas científicas y las posibilidades de emancipación que traen consigo, pero también sabe, y lo explica con datos abrumadores, que el desarrollo tecnológico o económico no traen beneficios universales y automáticos, y que pueden ahondar las diferencias y agravar las injusticias en la misma medida en que ofrecen mayores posibilidades que nunca para corregirlas.

Joaquín Estefanía no es, en los términos perdurablemente acuñados por Umberto Eco, un apocalíptico, pero tampoco es un integrado, y si ya no cree, como sin duda creía en su juventud que la Historia conduzca inevitablemente al paraíso terrenal para la Humanidad, tampoco se cree la otra falacia simétrica del Fin de la Historia: se ha acabado el paradigma del comunismo soviético, pero sigue siendo urgente un modelo de desarrollo y organización social que cure la atroces heridas de la desigualdad humana.

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Los adalides de la nueva economía aseguran que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que han quedado atrás, igual que las ideologías, las crisis destructoras del sistema capitalista, pero es posible que los mercados no sean ahora menos frágiles que en octubre de 1929, ni se puede descartar un cataclismo súbito que derribe esas construcciones especulativas que son fantásticos castillos de naipes.

En el orden hay villanos, héroes y rebeldes

Borges, gran aficionado a los diccionarios, aseguraba que la teología era una rama de la literatura fantástica: leyendo este diccionario de Joaquín Estefanía uno sospecha que la economía puede ser también algo así, un espejismo vertiginoso de números, de transacciones electrónicas, de fortunas que viajan de un lado a otro del planeta a la velocidad de la luz, sin detenerse en ninguna parte, sin concretarse en nada material, tan impalpables como una carta enviada por e-mail.

Da vértigo, y da miedo, imaginarse a los más ricos y a los más poderosos calculando la escala inconcebible de sus fusiones de empresas, preguntarse cómo será la sensación de poseer uno en su cuenta personal más millones y millones de dólares que un país entero.

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Y sin embargo esas fantasmagorías rigen las vidas de los seres humanos, y hacen posible que unos pocos tengan más de lo que ha acumulado nunca nadie en toda la historia de la riqueza del mundo y al mismo tiempo miles de millones de personas pululen sobre la tierra buscando con avidez de insectos un poco de alimento o un sorbo de agua limpia.

Como en una epopeya descomunal, que abarca el mundo entero, el porvenir y el pasado, la opulencia y la miseria, en este diccionario hay villanos sombríos, hay verdugos y hay víctimas, y también algún héroe, sobre todo uno, porque es un diccionario que también contiene una galería de retratos.

Joaquín Estefanía, igual que muchos de nosotros, se formó en una época en la que no era infrecuente divinizar a algunos tiranos, pero si se curó de la tentación de reverenciarlos, ha conservado vigorosamente la capacidad de admirar a ciertas personas que tienen algo de heroico, por su inteligencia, o por su rebeldía, o por su calidad humana y escéptica de sabios.

El héroe de la historia que se contiene y se ramifica por las páginas de este diccionario es un caballero muy alto y muy anciano, civilizado e iconoclasta, economista y novelista, diplomático y profesor, partidario de la justicia y del sentido común, de la libertad y del bienestar de todos, irónico como un ilustrado del siglo XVIII, clarividente en su extrema vejez como un profeta que ve al mismo tiempo el porvenir y el pasado: el maestro y el héroe de Joaquín Estefanía es John Kenneth Galbraith. (Madrid/Prólogo al Diccionario de la Nueva Economía, Ed. Planeta).


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Antonio Muñoz Molina es escritor y ensayista español.

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