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27 de marzo de 2002 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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JOSÉ ANTONIO PASCUAL RODRÍGUEZ (segunda parte) La historia como pretexto La etimología al revés: los nombres propios | ||
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3. La etimología al revés: los nombres propios Pero los seres humanos, más que indagar el origen de las palabras, solemos actuar con esa forma de etimologizar al revés que consiste en crearlas. Cuando esto acontece, buscamos que su aspecto se deduzca del referente al que apuntan, aunque no se suele llegar a excesos como los que cometía el padre de Tristram Shandy: Sobre la elección de los nombres de pila mi padre se paraba a pensar mucho más de lo que las mentes superficiales puedan concebir. Su opinión al respecto era que existía una mágica correlación entre los nombres buenos y malos —como él decía— y los temperamentos y la conducta de las personas a las que se les imponían tales nombres (L. Sterne, Tristram Shandy: 106). Estoy refiriéndome, como se habrá visto, a los nombres propios. Algunos nos parecen eufónicos, como me lo parecen a mí Epifanía en español o Francesc en catalán; pero la eufonía no es
el único criterio que solemos tomar en consideración para elegirlos, pues se pretende absorber, ocultos en los entresijos de la palabra, los atributos de un héroe apreciado, ya fuera Rolando u Oliveros, ya se trate de Kevin o de Jonathan. Lo cual,
además, hace que obtengamos el aplauso de un grupo social donde tal elección se tomará como elegante. Actuar de bautistas —o de baptizadores— nos acerca un poco más a los dioses, pues, como ellos, podemos convertir la vida de los demás en un
infierno. Nos lo daba a entender alguien cuya ausencia nos duele cada vez más a sus amigos, Francisco Tomás y Valiente: Cuando naces, sin quererlo, y te bautizan, sin contar contigo, pueden ponerte en la pila Canuto o Mamerto, pongo por caso, y con tan discretos nombres te quedas para toda la vida (F. Tomás y Valiente 1996: 273). Te quedas para toda la vida con ellos. Por eso no exageraba demasiado yo, al referirme al infierno, cuando he visto a alguien muy querido resignarse a diario con la carga de su nombre, Crescenciano, como se soporta un castigo inmerecido, frente a quienes pueden exhibir el suyo a diario, sin problema, por llamarse Eugenia o Marina; y no digamos nada cuando uno puede pasar desapercibido bajo un Carmen o un Miguel. | ||
En la literatura, el nombre de los personajes adquiere sentido en el azaroso vivir que tienen éstos en una obra: don Juan Tenorio aparece en la escena literaria universal respondiendo a la pregunta de la duquesa Isabela: «¿Quién eres, hombre?»; y lo hace con: «Un hombre sin nombre»; nombre —e incluso apellido— que luego se convertirá en común, como ha ocurrido con muchos otros —un quijote, un otelo, una celestina, un hamlet, un romeo, un tarzán, un supermán, y hasta un sherlock holmes—. Pero puede ocurrir también que, como el paisaje, la designación de los personajes adquiera una clara función significativa, según acontece en el pasado con muchos de los del Asno de oro (Apuleyo, El asno de oro: 122, n. 43) y en el presente con los apellidos de Los pilares de la tierra de Ken Follett, que hacen referencia a la profesión de los personajes. Entre uno y otro extremo, don Quijote hubo de dedicar cuatro días para dar con el nombre que le pudiera corresponder a su caballo: Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque -según se decía él a sí mesmo- no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces […]; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo (M. de Cervantes, Don Quijote, I,1: 24). | ||
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada y no Quesada como otros quisieron decir (id., I, 1: 42-43). Tras lo que bautizó a su dama: Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos, y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (id., I, 1: 44). Nombre músico y significativo, como corresponde a la entrañable realidad construida por Alonso Quijano el Bueno.
3.1. La dependencia del género literario Dotar de nombre a un personaje literario no es, sin embargo, tarea sencilla, debido, sobre todo, a la necesidad de que se adapte al género en que ha de aparecer. Lo sabía muy bien don Quijote cuando, decidido a seguir la vida pastoril, confiesa al cura y al bachiller: ... que él se había de llamar el pastor Quijótiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curiambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino (M. de Cervantes, Don Quijote, II, 73: 1213). | ||
Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de Anarda; y si Francisca, la llamaré yo Francenia; y si Lucía, Lucinda, que todo se sale allá; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofradía, podrá celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina (id., ibid.). Era normal que el Caballero de la Triste Figura se riera de este Teresaina, que entraba claramente en el dominio de la parodia. Se había llegado demasiado lejos en este cambio de género en el que para transformar un romance morisco en pastoril bastaba, como decía Wolf: Cambiar la marlota por el pellico, y cambiar Adulce y Gazul por Belardo y Lisardo, los cuales dirigían las frases amorosas que antes habían sido para Zelindaja y Jarifa, a la querida Belisa o a la ingrata Filis (apud A. Castro y H. Rennert 1969: 537). Disfraz y nombre juntamente hacen que quien se llama Zaide en un romance morisco se convierta en Belardo en uno pastoril, que es el universo de Diana, Galatea, Timbrio, Tirsi, Damón; mientras que el de las novelas picarescas es el de Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, y el de Pablos de Segovia, hijo de Clemente Pablo y de Aldonza de San Pedro, hija a su vez de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Hemos visto que este Aldonza era el nombre real de la amada de don Alonso Quijano —hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales—, como también el de la Lozana andaluza, la cual, cuando se retira a la isla de Lípari, lo sustituye por Vellida, por huir del marchamo campesino de Aldonza (F. Delicado, La Lozana: 250). |
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Están bien delimitados, por tanto, los nombres rurales y los del idealizado mundo campesino de los relatos pastoriles. De este último pasaron al teatro: en él proliferó el de Diana, para designar a quienes estaban caracterizadas como desamoradas, en tanto que imitadoras de la diosa casta y desdeñosa: así Lope llama Diana a la condesa de Belflor en El perro del hortelano y a la protagonista en La boba para los otros y discreta para sí; del mismo modo que en El desdén, con el desdén, de Agustín Moreto, deudor de El perro del hortelano (R. Navarro Durán 2001: 22), aparece de nuevo Diana, de manera que Marc Vitse (1998: 542) ha podido referirse al «complexe de Diane» en el teatro español del Siglo de Oro. Pero también del campo saltaron a la escena en una de las piezas más importantes de Lope de Vega nombres como el del labrador Pedro Peribáñez, que se tomó, según indica don Marcelino Menéndez Pelayo, de la Crónica del rey don Enrique Tercero de Castilla e de León (Crónicas de los reyes de Castilla: II, 259), relación que adaptó así, poniéndola en boca de Leonardo, el criado del Comendador: ... y el mayor Adelantado |
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Llegado aquí, el Comendador lo para, diciendo: Detente. Ese nombre a secas, que aparece así ya en la crónica citada, perdido entre los Gómez Manrique, Pero Sánchez del Castillo o Rodríguez de Salamanca, le permite al dramaturgo crear un labrador, en franco contraste con el comendador don Fadrique. Por el nombre podemos saber si un personaje de una obra dramática es criado o señor, como ocurre con opciones como las de Segismundo o Clarín, Don Manuel o Cosme. Incluso en El sí de las niñas, Rita, Simón y Calamocha son criados, mientras don Diego, doña Irene, doña Francisca y don Carlos son señores. Tampoco se ha de equivocar nadie con las etiquetas tan marcadas por medio de las que Calderón designa a los graciosos: Chato, Juanete, Pasquín, Morlaco, Chichón, Sabañón, Luquete… Cervantes, por su parte, elige nombres cómicos, del tipo de Chanfalla, la Chirinos, Benito Repollo (alcalde), Juan Castrado (regidor), Pedro Capacho (escribano), en el Entremés del retablo de las maravillas; pero incluso en el Persiles se funden la comicidad con la rusticidad cuando salen dos alcaldes campesinos, Pedro Cobeño y Tozuelo. Se cumple, así, por una parte, la igualación entre rústico y torpe o vulgar, y se hace paralelamente una alabanza implícita a la educación como remedio contra la rusticidad. El mismo procedimiento se sigue para la construcción del mundo de los rufianes: Trampagos, Vademecum, Chiquiznaque, Repulida, Pizpita, Mostrenca, que aparecen en el Entremés del rufián viudo, llamado Trampagos, y son tan aclaradores de la situación social en que se encuentran como lo hubiera sido que mostraran un chirlo en el rostro. |
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Incluso el ámbito de ficción de las novelas de caballerías, ya desfasado, al que se acerca Cervantes, mantiene, con respecto a los nombres, unos fueros que don Quijote conoce bien: en un momento en que iban a chocar dos grandes ejércitos —dos rebaños de carneros en la realidad— ve una serie de personajes que son designados de una forma que no deja ningún lugar a dudas, ni del género épico en que se inscriben ni de la ironía de quien es capaz de crearlos: Laurcalco, señor de la Puente de Plata; Micocolembo, gran duque de Quirocia; Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias; Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya —que lleva en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice Miau por Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe—; Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; Espartafilardo del Bosque que trae por empresa en el escudo una esparraguerra, con una letra en castellano que dice así: «Rastrea mi suerte» (M. de Cervantes, Don Quijote, I: 190-191).
3.2. Permanencia, cambio y despersonalización en los nombres propios Por diversos caminos va confeccionando la literatura su propio santoral, con estos peculiares signos lingüísticos que son los personajes de ficción. Si éstos adquieren un sentido en el contexto, luego la historia destaca unos cuantos de ellos, convirtiéndolos en verdaderos conceptos generalizados —es decir, en significados— dentro del proceso de exteriorización que acaece en la creación artística. Cuando esto sucede, el nombre de un personaje libresco —don Quijote, por ejemplo, significativo en principio sólo en la trama concebida por un autor— llega a condensar el sentido de la obra en que aparece, al pasar a ser un hecho literario (Vygotsky, apud A. Kozulin: 27). |
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De los demás, unos permanecen fijados tal y como habían sido concebidos en su primer momento, pero sin adquirir el carácter de arquetipos, como sucede con esa Preciosilla, que tiene el mismo nombre que la Gitanilla de Cervantes y está en el aguaducho del tío Paco templando una guitarra, en el Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas; o con la Preciosa con que Lorca designa a la gitana que aparece en el segundo romance del Romancero gitano. Otros no resisten el paso del tiempo, ni siquiera el que se sucede en el acto mismo de la creación literaria, como le pasa a quien es objeto de la siguiente broma de Calderón:
Yo conocí un tal por cual, (P. Calderón, El ingrato, apud B. J. Gallardo 1835: 69). |
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Pero el cambio puede serlo sólo de registro, como el que se da en el juego tan sencillo y expresivo a que se dedica Lope, trastocando los usos en las Rimas de Tomé de Burguillos, llamando al cantor Tomé y Juana a su amada, en burla con los nombres «literarios» de los poemas amorosos que utiliza él mismo, aunque en ese caso lo hubiera hecho con la intención de encubrir bajo ellos los reales:
Celebró de Amarilis la hermosura (L. de Vega, Obras poéticas: 1338). |
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Cervantes no reduce al Quijote la caracterización de sus personajes por medio de la etimología de sus nombres; también actúa así en el Persiles y de una manera consciente, como lo prueba que en esta última novela el ayo del protagonista, Serafido, al referirse a él diga: Persiles, que este nombre le adquirió la crianza que en él hice (M. de Cervantes, Persiles: 716). Los nombres parecen en esta obra un disfraz de la vida de sus protagonistas. De hecho, Persiles se llama Periandro —personaje de la Historia de los amores de Clareo y Florisea, de Alonso Núñez de Reinoso— a lo largo del relato, y sólo tras su peculiar peregrinación a Roma recobra su papel —cambiándose de hermano en enamorado— y con él su nombre Persiles, a la vez que Auristela recobra el suyo, Sigismunda. Al recurrir a Periandro, posiblemente Cervantes pensara en una cierta relación —con la de Andrenio o Andrés— con ‘hombre’ (cf. B. Gracián, Agudeza: 44), mientras que en su sustituto Persiles debía estar patente sileo ‘callar’. Igual que en Sigismunda (cf. sigillum), añadía además el recuerdo de munda ‘limpia’; ésta, cuando era aún Auristela, podía ser interpretada siguiendo las pistas de auris ‘oído’ y posiblemente de telum, i, ‘espada, flecha, arma arrojadiza’, quizá porque podía seducir con su hermosura y desengañar hablando, siguiendo los pasos de la pastora Marcela, quien al referirse a su propia belleza y a sus palabras, afirmaba: Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras (M. de Cervantes, Don Quijote, I, 14: 154). |
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Es como si todo sirviese para la exaltación del silencio en una obra en la que precisamente al final se hace un elogio de él, cuando Auristela se lamenta de haber hablado y dice: Mientras callé, en sosiego estuvo mi alma; hablé y perdile (M. de Cervantes, Persiles: 709). Los dramaturgos han de defenderse del cambio, buscando que las designaciones dadas a las personas se adapten a distintas situaciones, como hace Lope en El perro del hortelano, al bautizar al secretario, criado por el momento, pero que al final ha de casarlo con la condesa; de ahí que diera con la solución de Teodoro, el mismo de su fuente boccaccesca, con el que llama así también al hijo raptado del conde Ludovico, a quien convence el gracioso Tristán de que aquel no es otro que el secretario de la condesa. Lope, que se inventa una anagnórisis, juega con la coincidencia de los nombres que está a su disposición, adaptándolos al desarrollo que le conviene de la trama. Logra así solucionar el conflicto, manteniendo genialmente esa falsedad, para que, siendo noble Teodoro, pueda casarse con él la condesa. Pero por encima de la permanencia o cambio de los nombres está el desapego de la persona que los lleva, capaz de sustituirlos por otros. Aquí surge el comienzo de un recorrido hacia la despersonalización, connatural con la literatura. Pero tal proceso de «desrealización» se logra también, como hace Gracián, construyendo «falsos» nombres, con los que unos personajes a los que se ha hecho renunciar a vivir y a ser personas pasan a ser arquetipos, como Falsirena, Felisinda o Hipocrinda. Algo recuerda esto al Persiles, por el que está influido el escritor aragonés, también en bautizar con nombres «significativos» a los protagonistas de la peregrinación alegórica de El Criticón: Andrenio y Critilo (el hombre natural, el juicioso), puntos de vista más que seres auténticos, que, mientras se vacían de existencia, van reforzando su valor simbólico, hasta quedarse en meros conceptos. Aparecen en el Persiles un padre e hijo, llamados ambos Antonio y complicando así la tarea a Cervantes, que se ve obligado a precisar en cada caso si se trata del mozo o del padre; el jesuita lo soluciona llamándolos de forma distinta, aunque luego, como necesitaba que los dos fueran de la misma edad para que entraran a la vez en la vejez —Vejecia— y muerte, hubo de recurrir a decir que eran más o menos uno mismo: «otro yo» le llama Critilo a Andrenio. |
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Hay, ya lejos del Barroco, otra manera de despersonalización de los papeles que representan los personajes, particularmente en las obras teatrales, que no conducen a los conceptos, sino que se quedan en los «tipos»: García Lorca da a la protagonista de una de sus obras el nombre inexistente de Yerma; con él hace convivir a otros personajes, que lo son por antonomasia de su función, como María, la madre, o Juan, el marido; éstos y muchos más, como las cuñadas, muchacha primera, etc., ahuyentan la vida propia que pudiera existir fuera de su papel teatral. Del mismo modo Mihura, con fines muy distintos, busca sobre todo tipos, alternando en Tres sombreros de copa «el guapo muchacho», «el anciano militar» o «la mujer barbuda» con personas como Dionisio, Paula, o los que en gran parte de España sorprenden, aplicados a hombres, como don Sacramento o don Rosario. Aunque ya Quiñones de Benavente, en el Entremés del Gorigori, había inventado a «don Estupendo» o a «don Melidoto», junto a «un criado», «tres mujeres» y «unos sacristanes» y en el de Las civilidades, al doctor Alfarnaque, al que viste «con anteojos, sombrero de halda grande, ropa negra y guantes doblados» (Q. de Benavente, Entremeses: 503-504).
3.3. El nombre como motor de la acción novelesca: Galdós. La insulsa, apasionante o triste vida de muchos de los personajes de las obras de ficción se desenvuelve en un mundo peculiar de la literatura presidido por la fatalidad. Como una consecuencia de ésta, muchos nacen con un significado previo que condicionará el sentido de su vida a lo largo de una obra, aunque a veces los signos pueden hacernos equivocar, como ocurre cuando la madre de Tristana bautiza a su hija llevada por la pasión que sentía por el Tristán de las comedias. El narrador habla en el capítulo tercero de Josefina, la viuda de Reluz y madre de Tristana: |
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La madre actúa con la convicción de que sus deseos se han de convertir en realidad, sin reparar en que por encima de ella está la decisión del demiurgo que ha concebido la novela relacionando el nombre de la protagonista con su triste vida. La propia Tristana se lo explica a Horacio, su amante: A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más a la idea de conquistar mi independencia y de arreglármelas con mi ingenio como pueda (id.: 118). Y vuelve a repetírselo cuando Galdós, para cumplir la fatalidad contenida en la etimología de Tristana, decide cortarle las alas dejándola coja. Se entrevé en las palabras que la triste mujer comunica por carta a Horacio: Es que estoy muy triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, yo no quiero ser coja. Antes… (íd.: 152). |
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Con los nombres propios añade Galdós una capa significativa más a sus novelas, orientando al lector sobre el destino que aguarda a quienes los llevan. ¿Qué podían hacer contra su estrella etimológica los huéspedes que don Juan Crisóstomo recibió en la playa de Castro, tras el naufragio del Britannicus? Esto ocurre en una novela que Galdós no llegó a rematar: Rosalía, y esos huéspedes se llaman Miss Sherrywine «solterona y marimacho de cincuenta años […] inteligente en vinos y toda clase de licores» (id.: 54 y ss.), cuyo exquisito gusto en esta espiritosa materia sería probado más adelante (id.: 57-58); Mister Trifles: «anticuario, rebuscador de vasijas, trozos de mosaicos, manuscritos, objetos prehistóricos, retazos de sepulcros, relicarios y demás preciosos objetos…», cuyo significado aclara el propio novelista en una nota en el manuscrito: «Baratijas» (id.: 55); Mister Pimp y su esposa Mistress Pimp, «ambos tan pequeños que parecían enanos» (id.: 55). ¿Se sorprenderá el lector de que se presente más adelante a Pedro Picio como «un joven [...] de extrema fealdad» (id.: 237)? Pocas dudas pueden quedar sobre la dureza de una novela cuyo título es Torquemada en la hoguera, que además empieza: «Voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumió en llamas...», por más que la hoguera y el inquisidor lo sean en esta obra en sentido figurado. Del mismo modo quien lea La desheredada y se tope allí con don José de Relimpio no pensará que se llama así por casualidad: A la mano se viene ahora, reclamando su puesto, una de las principales figuras de esta historia de verdad y análisis. Reconoced al punto el original del retrato exacto y breve trazado con tanta destreza por Isidora. El bigotito de cabello de ángel, de un dorado claro y húmedo; los ojos como dos uvas, blandos y amorosos; la cara arrebolada, fresca y risueña, con dos pómulos teñidos de color rosa, marchita; el mirar complaciente, la actitud complaciente, y todo él labrado en la pasta misma de la complacencia (barro humano, del cual no hace ya mucho uso el Creador), formaban aquel conjunto de inutilidad y dulzura, aquel ramillete de confitería, que llevaba entre los hombres el letrero de José de Relimpio y Sastre, natural de Muchamiel, provincia de Alicante (B. Pérez Galdós, La desheredada: 177). |
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Uno de los más siniestros personajes galdosianos lleva el apellido de «Pez»; es uno de los miserables que contribuyen a la destrucción de La de Bringas. En el capítulo duodécimo de la primera parte de La desheredada —«los peces (sermón)» (219-231)— se remonta el novelista irónicamente hasta el Génesis, para situar en el momento de la creación de las aguas, la aparición de esta especie corrupta con la que entroncaba don Ramón del Pez, que se había hecho: Indispensable en las comisiones, necesario en las juntas, la primera cabeza del orbe para acelerar o detener un asunto, la mejor mano para trazar el plan de un empréstito, la nariz más fina para olfatear un negocio, servidor de sí mismo y de los demás, enciclopedia de chistes políticos, apóstol nunca fatigado de esas venerandas rutinas sobre que descansa el noble edificio de nuestra gloriosa apatía nacional, maquinilla de hacer leyes, cortar reglamentos, picar ordenanzas y vaciar instrucciones, ordeñador mayor por juro de heredad de las ubres del presupuesto […], más que un hombre es una generación, y más que una persona es una era, y más que un personaje es una casta, una tribu, un medio Madrid, cifra y compendio de una media España (id.: 219-220). Virtudes a las que se añade el mantenimiento de uno de los peores defectos de los españoles, el despecho: Todos los Peces, confirmando la antigua idea de que en España el despecho es una idea política, se alegran de las ventajas de los carlistas (id.: 299). |
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Es éste un mundo obsesivo conformado por una red tupidísima de parientes, que da lugar a «una infinita familia de los Peces» (id.: 221), en esta especie de arca de Noé a la inversa, donde caben funcionarios, militares, magistrados, promotores fiscales, obispos, capataces, recaudadores de contribuciones, empleados de Sanidad, vistas de Aduanas, inspectores de Consumo, jefes de Fomento, oficiales cuartos, séptimos y quincuagésimos de Gobiernos de provincia. Especie de depredadores que cada vez se extiende más: ... el número era tal que ya no se podía contar. Invoquemos el texto divino: Crescite et multiplicamini, et replete aguas [sic] maris (id., ibid.). A la que Augusto Miquis llega a situar así en el orden zoológico: Sacó la clasificación siguiente: Orden de los malacopterigios abdominales. Familia, barbus voracissimus. Especie, remora vastatrix (id.: 222). Voraces con los demás, ciertamente, pero bien dispuestos a ayudar a los miembros de la tribu: Introduzcámonos en el hogar Pez; nademos un momento en el agua de esta redoma de felicidad, donde brillan las escamas de plata y oro de este matrimonio dichoso y de esta prole dichosísima (id.: 223). |
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El apellido llega en este caso a condicionar el aspecto de la persona que lo lleva: Algunos tenían con él parentesco, es decir, que eran algo Peces. En el Gobierno provisional tampoco le faltaban amistades y parentescos y dondequiera que volvía mi amigo sus ojos, veía caras pisciformes (B. Pérez Galdós, La de Bringas: 304). A la vez que se convierte en nombre común, referido a unos seres cuya voracidad hace que les resulte estrecho el medio en que viven: España, que no es más que una pecera. Somos aquí muchos peces para tan poca agua (B. Pérez Galdós, El caballero encantado: 85). Y crea una nueva acepción con el significado de ‘ganancia’: ... mientras en el agua corrompida no vean los Gaitanes peces, quiero decir negocio (id.: 248). Se entiende que con este vigor significativo de la palabra pez en el léxico de Galdós, se llegue a contaminar el propio adjetivo ictíneo de una connotación negativa: ... donde fácilmente se limpiarían de aquella piel ictínea, pues no era decente presentarse en el mundo como escapados de un acuarium (id: 337). No es, sin embargo, Pez el único personaje pluriempleado en distintas novelas galdosianas; Senén se pasea también con su aire siniestro en El abuelo y en Misericordia (B. Pérez Galdós, Misericordia: 78); y nos topamos con un médico, importante en la trama de Marianela, que actúa en varias obras más. Se presenta a sí mismo con lo que podríamos llamar ironía «etimológica», al buscar un origen inglés a su apellido Golfín, tan fácil de explicar desde el castellano; aunque se justifica esta huida a otra lengua por el deseo de sentirse lo más ajeno posible al duro terruño en que se encuentra: |
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Del terruño es, en cambio, la pobre Canela, a la que los lugareños la llaman con la forma truncada, Nela. Y no sabemos si ella se queja o se resigna cuando, con la mayor naturalidad, le espeta al médico: «Dicen que éste es nombre de perra» (B. Pérez Galdós, Marianela: 30). El recurso a la etimología no termina en la elección de nombres de persona, sino que sirve también para explicar los lugares en que se desarrolla la acción de una novela: Ficóbriga, villa que no ha de buscarse en la geografía [...]. Silvestres zarzas cercan una y otra heredad, y madreselvas llenas de aromáticas manos blancas, árgomas espinosas, enormes pandillas de helechos que se abaniquean a sí mismos, algunos pinos de verde copa y multitud de higueras, a quienes sin duda debe su nombre Ficóbriga (B. Pérez Galdós, Gloria: 515 a y b). No le costó mucho a Teodoro Golfín colaborar con el novelista para bautizar Villafangosa: allá detrás de mí, queda esa apreciable villa a quien yo llamaría Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y caminos (B. Pérez Galdós, Marianela: 8). |
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Y no es preciso esforzarse demasiado para suponer cómo debía ser el apeadero de Villahorrenda, donde baja del tren don José de Rey, cuando va a visitar a su tía (B. Pérez Galdós, Doña Perfecta: 69), «que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura» (id.: 74). Sin embargo, el novelista puede mantener una distancia irónica con la realidad, haciendo entonces que las cosas sean aún peores de lo que parecen: ¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio, que se distingue por su árido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valleameno. Tal villorrio de adobes, que miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villarrica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que, sin embargo, se llama Valdeflores (id.: 73). Aunque la fuerza que adquiere la realidad construida por el novelista origina que lo irónico termine convirtiéndose en dramático, como en el caso de Orbajosa, donde sucede la acción de Doña Perfecta. Este nombre explicado en broma, como «corrupción de Urbs augusta [aunque] parece un gran muladar» (id.: 83), «si bien algunos eruditos modernos, examinando el ajosa, opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo» (id.: 194), al ser la tenebrosa guarida de unas peligrosas alimañas con apariencia de personas, termina convirtiéndose en el paradigma de la villa incapaz de dar el menor paso hacia el futuro. No es una casualidad que Clarín eligiera el nombre de Vetusta para la heroica ciudad que dormía la siesta. |
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Hay una novela de Pérez Galdós construida sobre cimientos etimológicos, El caballero encantado, donde se presenta una visión noventayochista de la historia de España, si bien aderezada con algunas bromas históricas, para hacerla más digerible. El intermediario en que se apoya el novelista es un estudioso de los libros de becerro: Becerro, cuyo «apellido era una predestinación» (id.: 83) y cuya vida «toma jugo de la pura erudición» (id.: 321). También debía estar predestinado alguien que «alegra la vida», aunque por antífrasis, llamándose Bálsamo (id.: 94) o José Mantecón, que «ponía gran empeño en mostrar un genio absolutamente contrario a su apellido» (id.: 161). Con estos y otros muchos nombres de persona y lugar organiza don Benito Pérez Galdós una red de etimologías en las que acierta, cuando le conviene, como con «Clunia, la ciudad romana que está soterrada en un poblacho que llaman Coruña del Conde» (id.: 191) o con Hispalis o Gades (id.: 201); pero cuando no le interesa acertar, enlaza con el tipo de pensamiento etimológico del Siglo de Oro y explica Suárez a partir de Asur (id.: 83), Osma de Hotzema (id.: 138), «Graecuris, nombre que pasando como canto rodado por bocas de godos, árabes y cristianos, vino a ser Ágreda» (id.: 160), se burla de «los pelendones, donde hicieron asiento [unas hetairas], vulgarizando el nombre de pilindongas» (id.: 201), y atribuyendo la culpa a Becerro, explica que «la ciudad que yace debajo de Numancia es una de las que Gerión, natural de Caldea, fundó en esta comarca, ocupada siglos después por los arévacos... Y aquí fue donde los hijos de Gerión mataron, como ustedes saben, a Trifón, hermano de Osiris» (id.: 202) y continúa con Atlas o Hespero, Gárgoris, rey de los Curetos (id.: 204).
4. Otra forma de etimología al revés: la creación de apelativos Junto a estos actos creativos que llevan a los escritores a dotar a un nombre propio de contenido, lo normal es que, ya fuera del marco de la literatura, los apelativos nos inviten a desafiar la arbitrariedad de los signos lingüísticos, no siempre con fortuna. |
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4.1. El momento de la creación Cada tiempo tiene su afán y éste condiciona el modo como se crean tecnicismos: en la actualidad intentamos facilitar la comprensión de una misma realidad desde distintas lenguas, lo que origina que aterricen en la nuestra —como en muchas otras— palabras como meme, modem, moletrónica, nimby, quiral, robótica, start-up y hasta logoteta; mientras que antes se pretendía hacer inteligibles los neologismos, recurriendo a construcciones —por poner ejemplos de la medicina— del tipo de «cuello de búfalo», «olor a paja mojada» o «diarrea en agua de arroz». Aunque los tiempos estén muy revueltos, no se encuentran demasiadas justificaciones para que en las creaciones menos técnicas se calquen obsesivamente las formaciones creadas en otras lenguas; pero eso no significa que uno pueda hacerse ilusiones sobre la posibilidad del triunfo de lo razonable. Arturo Capdevila no logró impedir que prendiera fuerzas de choque en nuestra lengua, a pesar de que: Procedían de la pura y simple versión literal [...], de la forma inglesa shock-troops, que si ha de traducirse a buen castellano se hará poniendo tropas escogidas, y no de choque, ya que para nuestro idioma todas lo son (A. Capdevila 1967: 133), Sus prevenciones no impidieron que entraran estas fuerzas en el Diccionario académico poco después, en el apéndice a la edición de 1970. Y supongo que terminarán colándose, si Dios no lo remedia, formaciones que resultan mucho más imprudentes que ésta. Una que nos ha venido no ya de una lengua determinada, sino impuesta por la jerga comunitaria, que en nuestra lengua va contra los dictados de la lógica, tal y como muestra Rafael Sánchez Ferlosio: |
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Otras formaciones se justifican menos aún, como el calco de señores de la guerra, salvo que queramos dotar de aire más épico a los que son meros funcionarios contra la paz, en forma de comandantes o caudillos, o esa otra barbaridad tanques de pensamiento, a los que hay que reconocerle mucha más fuerza que la que puedan tener los insípidos comités asesores. Estas creaciones disparatadas se explican por la precipitación con que nos apropiamos de los términos ajenos, mostrando en ello unos cánones estéticos más cercanos al Pokémon —ya no me atrevo a referirme a «Hazañas Bélicas»— que a los del Ariosto. ¿Nos va a sorprender que esto suceda en una sociedad en la que el prestigio no emana del rigor con que se conciben las cosas, ni amengua por el apresuramiento con que se montan? Una sociedad que además se permite el lujo de vivir de espaldas al magisterio de los escritores, que han de rivalizar con quienes escribieron en el pasado, para enseñarnos a innovar en los usos, pero conservando, como en un palimpsesto, un diálogo con las palabras que inventaron sus predecesores (G. Steiner 1996: 149-150; 120,-121). Nunca ha sido tan necesaria como hoy la mediación de los poetas, dramaturgos y novelistas, porque nunca como hoy han tenido tanto poder los magos del pensamiento apresurado. Para innovar deberíamos fijarnos en los experimentos de los buenos escritores. Son los que pueden enseñarnos a evitar las falsas monedas puestas apresuradamente en circulación, a las que le damos el valor que nos conviene, tan distinto al que realmente tienen. El remedio suele estar en gustar de las cosas, no en adherirse precipitadamente a una novedad, por el hecho de serlo. Exactamente lo contrario de lo que ha ocurrido entre nosotros, por ejemplo, con el éxito de estructura profunda en nuestra sociedad, totalmente ajeno al uso técnico con que se empleaba en un determinado modelo lingüístico: |
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Muchas creaciones léxicas actúan como si de paracaidistas que se hubieran arrojado sobre nuestra lengua se tratase, para adaptarse luego a las condiciones de existencia de los demás elementos, lejos ya del momento mágico de su adopción. Si bien en la convivencia con ellos pueden darse algunos problemas de integración. son los que dan lugar a la etimología popular, a la que me referiré sirviéndome de un par de ejemplos cultos.
El primero de ellos tiene una larga historia, por otro lado fácil de comprender, en la que se ha trastocado el significado de dos palabras complementarias: dintel y umbral; y todo porque se ha llegado a creer erróneamente que esta última voz tenía algo que ver con el latín umbra. De ahí se ha inducido que si umbral hacía referencia a la parte de la entrada de una casa donde da la sombra, que es el significado de dintel, éste debería de ocupar el de umbral. Se ha señalado tal confusión en varios lugares de Aragón (R. M. Castañer Martín 1990: 94-96), Ricardo Senabre la ha criticado en escritores, como Ramón Serrano, Ignacio Vidal-Folch y Ángela Vallvey (Abc cultural, 26.3.93: 10; 1.3.96: 10; El cultural [de El mundo], 13.2.2002: 13) y han tropezado en esta misma piedra algunos traductores. Entre ellos don Matías de Velasco y Rojas, Marqués de Dos Hermanas, quien en el acto I, escena 5ª de su traducción de Julieta y Romeo —este exquisito caballero rompió con el que, dejándonos llevar por la pereza, podríamos denominar «binomio irreversible», en que Romeo va delante de Julieta— hace que la joven pregunte si el hijo de Tiberio es «el que pasa ahora el dintel de la puerta»; el propio don Rufino José Cuervo se arrepentía de haber cometido esta misma equivocación al traducir un texto de Lord Byron (1987: § 621: 637-639); y he encontrado en una novela recién traducida, que he citado antes: «Ella cruzó los brazos y se apoyó en el dintel» (Ph. Kerr 2001: 135). |
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No es éste, de todas formas, un hecho grave o, al menos, no tiene la gravedad de aquellos disparates que se toman como un mal del siglo, cuando comprobamos que ya don José Zorrilla explicaba por boca de la abadesa una difícil postura de doña Inés:
Dichosa mil veces vos! (J. Zorrilla, Don Juan: vv. 1446-1453). Un anotador del autógrafo del Don Juan Tenorio que se conserva en la Real Academia Española hace el siguiente comentario irónico al verso 1451: «muy alto y en muy mala posición pisó». No es éste, sin embargo, un error pasajero, sino abundante en sus obras suyas. Así se repite en «El desafío del diablo»: Jamás de su parte (J. Zorrilla, «El desafío del diablo»: 847). |
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Y en la leyenda «La pasionaria»: Nacida en el dintel de su ventana, (J. Zorrilla, «La Pasionaria»: 649). Más adelante, en esa misma leyenda, los médicos han de realizar una verdadera proeza para lograr apoyarse en un dintel: Abriose al fin la puerta (id.: 658). |
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La misma dificultad para distinguir el dintel del umbral la tiene un seguidor de Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer (vid. la edición de P. Izquierdo 1986: 173, 231): Mi primer movimiento fue arrojarme a la puerta para cerrar el paso; pero al asir sus hojas sentí sobre mis hombros una mano formidable, cubierta con un guantelete, que después de sacudirme con violencia, me derribó sobre el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido (G. A. Bécquer, «La cruz del diablo»: 173). En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora…, no sé cuál…, pero las campanadas eran tristísimas y muchas…, muchas..., estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí clavado en el dintel y aquel tiempo me pareció un siglo (G. A. Bécquer, «Maese Pérez el Organista»: 231). Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero apareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, estregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo (G. A. Bécquer, «El rayo de luna»: 242). Con ese mismo sentido emplea dintel en sus poemas: Las ropas desceñidas, (G. A. Bécquer, Rimas, § 74, vv. 1-4: 346). Incluso en un espacio tan reducido como el que ocupa una puerta, no resulta fácil situar con precisión todos sus elementos; de ahí que se pueda confundir umbral con dintel o que, ayudándose de lo que se conoce como sentido figurado, haya quien se atreva a estar «apoyado en el quicio de la mancebía» o, lo que resultaba más difícil aún, dispuesto a sentarse en el quicio de la puerta, que es lo que solía hacer, cuando salía del trabajo, un «picador en la mina», abuelo de un maduro cantante de nuestros días. |
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4.2.2. Apalancarse Si los escritores pueden cometer equivocaciones al interpretar el significado de una palabra, a causa de la interferencia de una falsa etimología, los propios lexicógrafos estamos sometidos a estos mismos riesgos. No tengo absoluta seguridad sobre la validez de la hipótesis que presento a continuación, pero creo que es una interpretación atendible y merecedora, al menos, de ser discutida. Se trata de la segunda acepción del verbo apalancar. La primera, la tradicional que traía el diccionario académico, era: «tr. Levantar, mover alguna cosa con palanca», cuya relación con la voz de que procede está expresada en la propia definición. En la vigésima primera edición del Diccionario (de 1992) se introduce una segunda acepción para esta voz: «prnl. fam. Acomodarse en un sitio, permanecer inactivo en él». Debe de ser un uso bastante reciente en una parte de España, según la información que nos brinda un novelista: Ya estaban instalados, o apalancados, como se dice ahora en España (A. Muñoz Molina, Carlota Fainberg: 25). Al aparecer en el Diccionario estas dos acepciones de apalancar se da por supuesto, siguiendo el modo normal de proceder en lexicografía, que ambas coinciden en su etimología y son, por tanto, derivadas de palanca. Sin embargo, el significado de la segunda acepción resulta más fácil de entender si la suponemos una variante fonética del verbo apalencarse, derivado del sustantivo palenque ‘empalizada en que se celebra una justa’. Los mexicanos conocían bien el significado de este palenque, al que Jorge Negrete solía llevar «un gallo retador»; mientras que muchos españoles tuvieron que esperar hasta la «Expo’92» de la inolvidable ciudad sevillana, para descubrir allí palabra y referente. Dado que una gran parte de los hablantes que oía emplear apalencar no era consciente de la relación que mantenía con palenque, se explica este pequeño cambio fonético, propiciado por la atracción que la voz palanca ejerció sobre el verbo. Apalencar había existido en el siglo XIX, en algunos lugares de América, con un sentido particular, a partir del cual se entiende bien la segunda acepción de apalancar que estoy comentando: |
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La historia del trabajo en Cuba fue hasta el último tercio del siglo XIX casi totalmente la historia de la esclavitud rural. Contra la opinión, aún muy generalizada, de que el negro aceptaba pasivamente su servidumbre, están en cada siglo las reiteradísimas noticias de los alzamientos y palenques de negros cimarrones y hasta de los suicidios colectivos a que acudían los infelices esclavos en su desesperación. Tuvieron fama los mandingas por suicidarse en grupo, libertándose así del trabajo y burlando al amo con su huelga eterna y su inacabable cimarronería por el otro mundo. Aquellos infelices, apalencados bajo tierra en las tumbas, creían que resucitaban en carne y espíritu allá en sus pueblos nativos del Africa (F. Ortiz 1987: 87). Al alterar apalencarse en apalancarse nos hemos olvidado del palenque para sujetarnos -¡y ya es difícil hacerlo!- a una palanca. Aunque hemos de reconocer también que no por ello se ha hundido el mundo.
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Un ejemplo más, relacionado también con el español americano, servirá para dejar claro cómo muchas veces los etimólogos aportamos al conocimiento del pasado de las palabras más dudas y problemas que soluciones. En el DECH, s. v. tecla, se señala el empleo de tecle ‘viejo temblón y caduco’ y teclear ‘estar moribundo’ en Chile, Río de la Plata y Colombia. G. Haensch y R. Werner (1993) registran estar tecleando ‘encontrarse en una situación crítica o insegura, especialmente en lo económico’ y ‘estar muy débil o muy delicado de salud’, en un uso marcado como coloquial: en la Argentina (t. II) y en el Uruguay (t. III ). M. A. Morínigo (1993) daba teclear como argentino, colombiano, chileno, paraguayo y uruguayo; y el propio diccionario académico en su vigésima segunda edición (de 2001) ha introducido teclo ‘anciano’ como del Perú. Orientados autor y colaborador del DECH por la relación que pudieran tener estos tecle y teclear con la palabra tecla, común a todo el dominio del español, llegamos a explicar su origen por el uso metafórico de teclearle a uno los dientes ‘temblar, tiritar’ y se nos pasó, en cambio, por alto un ejemplo antiguo que nos hubiera podido conducir por otros caminos explicativos: la palabra tecle, empleada por Bernal Díaz del Castillo: Y quando el cacique las presentó dixo a Cortés: tecle, que quiere dezir en su lengua ‘señor’ (B. Díaz del Castillo: Historia verdadera, t. I: f.º 41 v.º [facsímile del manuscrito autógrafo]). He encontrado esta voz en documentos inquisitoriales mexicanos del siglo XVI, referida a ancianos revestidos de una dignidad casi sacerdotal entre los indígenas; Manuel Alvar Ezquerra (1997: 341 b) cita más casos del propio Bernal Díaz del Castillo y de Gonzalo Fernández de Oviedo, y formas emparentadas, como tecuitli (tecuhtli ‘señor’ lo cita M. Lucena Salmoral 1987: 371), tecuitlatoque ‘juez’. |
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En el texto de Bernal Díaz del Castillo se atribuye a un hablante totonaco, pero Manuel Alvar (1990: 98) le da origen náhuatl. El hecho es que tecle ‘señor’, ‘anciano’, podría ser la base de estos usos suramericanos de tecle, -o ’viejo’, teclear ‘estar moribundo’, estar tecleando ‘estar en mala situación económica o débil’, a que me he referido, mejor que el castellano teclear ‘mover las teclas’, cuyo cambio de significado no resulta fácil de entender, ni tampoco la formación del derivado tecle. Pero para esto se ha de suponer que algunas voces totonacas, aunque no tuvieron la difusión de las taínas, se expandirían por América del Sur en boca de los colonizadores, igual que ocurrió con un pequeño número de palabras del náhuatl (vid. DECH, s. v. tiza y cf. H. A. Mejías 1980: 30, 31, 37); suposición que deberá confirmar un especialista. Los tres ejemplos anteriores sirven para comprobar cómo una mala interpretación etimológica de una palabra puede crear distintos tipos de problemas. La falsa relación de umbral con umbra ‘sombra’ lleva a algunas personas a cambiar el referente de esta voz y consiguientemente el de su complementario dintel; la creencia según la cual apalencar tiene que ver con palanca es responsable de la pequeña alteración de la palabra y su acercamiento al significado de aquel sustantivo; en teclear ‘estar moribundo’, simplemente se da una mala orientación etimológica, a pesar de que se busca una justificación de su significado en una explicación semántica que no se sostiene bien. El hecho es más importante de lo que parece a simple vista, pues no se reduce a tropiezos en los planos del significante o del significado. Don Valentín García Yebra ha estudiado la peculiar forma con que se ha incorporado un número importante de voces al español, tomada la mayor parte de ellas de las lenguas clásicas, en las que el francés ha servido de intermediario. Es, por tanto, esta lengua la responsable de la acentuación de que se ha dotado a voces como a acmé, agonía, anodino, ateo, crisantemo, diatriba, esqueleto, filosofía, hemostasis, hidropesía, manía, patena, sidecar, transistor, vermú, yogur y muchas más. Como a muchas otras las ha condicionado en su forma: boletín, botica, capellán, capitán, ciprés, cristal, eclipse, jaspe, ocre, pasquín, poesía, teoría, viril ‘vidrio’ (V. García Yebra 1999: s. vv.). Estas cosas ocurren cuando las palabras no han salido aún del campo en que las cultivan escritores y filólogos. Cuando saltan al palenque del uso normal y se quedan allí a disposición de los hablantes, se dan más motivos para la equivocación, porque el desconocimiento de su origen propicia que se empleen mal voces como asequible o adolecer (F. Lázaro 1997: 48; 383, 490). Por eso es imprescindible implicar a los hablantes para que traten de hacer a su lengua menos opaca, llegando a comprender la motivación histórica de usos como en pelotas (id.: 67), panfleto (id.: 453), emérito (id.: 466), esquirol (id.: 482, 484), lindo (id.: 515), chiste verde (id.: 526), para que una persona no llegue a creer que los pasos de la Semana Santa se llaman así, «porque en ellos se representa la pasión de Cristo» (id.: 494). |
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Ni el pueblo llano ni los escritores ni los lexicógrafos nos libramos de errores que tiene su origen en el desconocimiento de la historia de las palabras. Sé que no es pequeña la tarea que tenemos por delante los etimólogos, cuando además podemos actuar con la misma torpeza con que he actuado yo en un caso como el de tecle, que acabo de citar. Pero he de añadir en nuestro descargo que, ante cualquier equivocación, no siempre disponemos en el momento oportuno de la información necesaria para dar con el origen de algunas palabras; sobre todo las que pertenecen a ese ámbito alejado del léxico más común. Sin esa información no resulta fácil encontrar la explicación de palabras como cursi, magdalena, sicalíptico (Unamuno 1958: 1030), chirucas o loro ‘aparato reproductor de música’, pues con este tipo de términos fallan las técnicas de reconstrucción y sobran tantas leyendas etimológicas tan fáciles de inventar como difíciles de aquilatar por los etimólogos. Precisamente los etimólogos nos diferenciamos del resto de los mortales en la desconfianza que mantenemos ante historias, aparentemente tan sencillas y evidentes, como la que le sirve a Cabrera Infante para justificar la formación de Cantinflas: Guillermo Cabrera Infante [...] escribió que [a Cantinflas] su nombre se lo dio un espectador «más amigo del mezcal que del agua bautismal», del circo en el que el cómico hacía sus primeros pinitos como payaso, con más pena que gloria, y que, tratando de insultarle, le gritó: «¡Que te inflas, mano, quetinflas» (R. Franco, El país, 23.12.95, «Babelia»: 5). ¿Qué medio tenemos para aceptar esta explicación y no otra parecida? De la pregunta que acabo de hacerme quizá se pueda inferir por qué algunos historiadores resultamos tan aburridos; pero la insatisfacción que muestro da la razón, por otro lado, del porqué del avance imparable que ha experimentado esta parcela de la lingüística histórica que estudia la evolución del léxico de una lengua. |
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José Antonio Pascual Rodríguez. Es miembro de la Real Academia Española. | ||
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