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20 de marzo de 2002 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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JOSÉ ANTONIO PASCUAL RODRÍGUEZ La historia como pretexto
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A la memoria se la representa
en el Renacimiento como una mujer de dos caras, una de las cuales mira al
pasado, mientras la otra vuelve sus ojos hacia el presente: Dans l'iconologie de la Renaissance, on représentait la mémoire comme une femme à deux visages, tourné l'un vers le passé, l'autre vers le présent; tenant dans une main un livre (où elle peut puiser ses informations), dans l'autre une plume (probablement, pour pouvoir écrire de nouveaux livres) (T. Todorov 2000: 216-217). Tzvetan Todorov nos previene con este ejemplo del conflicto que se produce entre la fidelidad que tenemos los seres humanos a la historia y la comprensión con la que solemos justificar nuestro presente. ¿Cómo evitar en estos casos caminar por las cómodas roderas de los mitos, cuando los signos de la realidad no resultan fácilmente descifrables? En teoría, es posible dar por medio de ellos con el sentido de la realidad, según explica Alejo Venegas: Dio Dios al hombre el rostro alto, para que mirasse hacia el cielo y considerasse el movimiento de las estrellas […]. Esto es lo que dixo David, que Dios extiende el libro de pargamino (A. Venegas 1546: f.º 34 v.º). Y lo recuerda un escritor de nuestro tiempo, Pascal Quignard: Les stellae sont les premières litterae. Aussi les constellations sidérantes sont-elles les premiers mots (P. Quignard, Vie secrète: 177). La naturaleza está ahí, abierta a nuestras capacidades interpretativas, aunque no estemos dotados de la sagacidad de Basilio, el rey calderoniano, para descorrer los velos que dificultan la comprensión del libro del universo:
Esos círculos de nieve, | ||
Más cercanos y fáciles de interpretar resultan otros signos: las palabras. Mientras los caminos de las estrellas conducen al universo, donde se esconde el destino de los hombres, estas últimas permiten reconstruir las pequeñas historias culturales del pasado de la vida y de la naturaleza humana. Pero para lograrlo se requiere no sólo una gran erudición, sino conocer y saber aplicar con rigor una serie de reglas evolutivas. Y, algo que me parece más importante aún, tener la prudencia de dejar de lado, para cuando vengan tiempos mejores, la etimología de unos cuantos vocablos cuya interpretación se nos resiste; actitud nada fácil cuando todos sabemos hacernos las preguntas sobre el pasado de las palabras, pero sólo los especialistas nos resignamos a no encontrar respuesta a todas. El hecho es que hoy sabemos mucho del pasado del léxico español, mucho más de cuanto nos resulta desconocido. No es esto producto de la casualidad, sino el resultado de un denodado esfuerzo que realizaron a lo largo del siglo XX tantas personas, don Rafael Lapesa entre ellas. Por ello tengo por un gran honor sucederle en esta institución donde dejó una parte de su vida, de su inteligencia, de su imaginación y de sus afectos. Los resultados a que llegó en la investigación me permiten aplicarle las palabras con que Juan Marichal quiso situar el pensamiento y la acción de don José Ortega y Gasset: Uno de los conceptos más universalmente valiosos del pensamiento de mi maestro, Américo Castro, en sus años de exilio, fue el de lo historiable. Observó Américo Castro (frente al afán nivelador y estadístico de muchos historiadores contemporáneos, sobre todo norteamericanos) que no todo lo sucedido en el pretérito de un país es merecedor de ser recordado, merecedor de ser considerado historiable. Mas ¿qué es lo historiable? Aquello que todavía subsiste en la vida de un pueblo como constante incitación a adelantar en el proceso secular de humanización de la vida humana. Y sin duda la acción intelectual de Ortega (y la de su generación entera) es un episodio historiable de las tres décadas 1906-1936 (J. Marichal 2001: 419). La vida científica y la acción intelectual del profesor Lapesa reúnen esta cualidad de lo historiable, porque sin la existencia de su obra las condiciones del estudio histórico del español no serían las mismas, tanto por la cantidad y variedad de trabajos que dejó como por el refinamiento metodológico con que los llevó a cabo. Uno pasa por sus libros —¡tantas veces hay que recorrerlos!— con esa sensación de sosiego que produce no encontrar en ellos concesión alguna al apresuramiento. El cuidado con los datos, la solidez de los argumentos y el rigor con que se encadenan las ideas dotan de coherencia a una obra en la que su autor llega a deducir de las propias contradicciones nuevas posibilidades de interpretación de los hechos; lo que sólo se puede lograr con la originalidad que distingue a los espíritus generosos. Los resultados de su trabajo no le llevaron al sabio filólogo a faltar a la prudencia deslumbrándose con las hipótesis más arriesgadas; y ello tiene como consecuencia que los demás filólogos, ante cualquier duda, acudamos a sus publicaciones para confirmar en ellas la hipótesis más segura, bien se trate del voseo, del seseo, del artículo, de la distribución de los dialectos hispánicos, del español en América, de la caracterización de los fueros medievales o de la lengua de un escritor renacentista. | ||
Lo sorprendente es que don Rafael Lapesa tuviera la misma exigencia en las obras de juventud que en las de madurez; se comprende por ello que sus discípulos decidieran publicar su tesis doctoral, leída en junio de 1931 (R. Lapesa 1998a, completada con R. Lapesa 1976), donde, al estudiar la documentación medieval leonesa, había enfocado los hechos gráfico-fonéticos del asturiano occidental dentro de la lucha de normas que se da entre los dialectos hispánicos a lo largo de la Edad Media; a la vez que siguió un proceder que caracteriza su obra entera (muchos de ellos en Lapesa 1985): contar con la historia externa para explicar los procesos del cambio. De sus aportaciones sobre la historia del léxico me conformaré con señalar cómo la detección de los cultismos semánticos en Fray Luis de León (R. Lapesa 1972a) y aun en Garcilaso (R. Lapesa 1972b), antes inadvertidos, son una pista de la «penetración interior de bien asimilados recuerdos clásicos» (R. Lapesa 1972a: 45), con lo que descubre una importante vía interpretativa, desde una perspectiva meramente léxica para esa lengua del Siglo de Oro en que los escritores vanguardistas «escriben en lengua vulgar, no en una tradición vulgar» (A. Blecua 1981: 99; F. Rico 1981: 246); por no poderme adentrar ahora por los cauces que ha abierto para la comprensión del influjo que ha tenido la ideología en el léxico de nuestra lengua en tiempos modernos (R. Lapesa 1996). Les consta a ustedes la esforzada manera como el eminente filólogo afrontó sus deberes académicos, aportando sus conocimientos filológicos y lingüísticos, y participando decididamente en todos los trabajos lexicográficos de la Academia: no sólo como director e impulsor del diccionario histórico (R. Lapesa 1992:107), sino también como redactor de artículos de esa magna obra y trabajador infatigable en las tareas del diccionario usual. Sus estudios literarios, que es la parte de su obra que me resulta más distante, me muestran al profesor Lapesa como un lector con una comprensión nada común de los textos, unida a una gran sensibilidad para entenderlos y establecer relaciones entre ellos, gracias a su inteligencia, a la asimilación que hizo de tantas lecturas y a sus profundos conocimientos filológicos. Su artículo sobre «Poesía de cancionero y poesía italianizante» (R. Lapesa 1967: 145-171), que fue decisivo para encauzar alguno de mis trabajos, me parece todavía hoy esencial para entender las corrientes poéticas del siglo XVI: con una aparente sencillez da una lección magistral sobre la cualidad de ser «brazos de un mismo río» que tienen esas dos formas poéticas del Siglo de Oro; situación que no se contradice con las claras divergencias que se perciben en aquella poesía. Su recorrido por la fortuna del mote «Yo sin vos, sin mí, sin Dios», glosado desde los tiempos de Enrique IV y recreado por Lope de Vega en El castigo sin venganza, es un ejemplo revelador de cómo el digno discípulo de Menéndez Pidal fue capaz de aplicar a la erudición esa fusión de inteligencia y sensibilidad que caracteriza su labor crítica. El conocimiento que tiene de la poesía de Villasandino o de la de Santillana, de la evolución de la poesía garcilasiana, de la lengua de Santa Teresa, de Fray Luis o de Cervantes le permite embarcarse en una aventura apasionada para la mejor comprensión de nuestra literatura, dando con no pocas claves interpretativas de ella. | ||
En sus clases universitarias anticipaba los resultados de sus investigaciones sobre la sintaxis histórica del español y sobre algunos aspectos de la morfología, a las que hoy podemos acceder cómodamente gracias a la recopilación que de ellas han hecho sus discípulos (R. Lapesa 2000: 896-927). No resulta así difícil comprobar con qué cuidado supo el sabio profesor completar este aspecto fundamental del estudio histórico del español que había dejado abierto su maestro Menéndez Pidal. Dámaso Alonso le reservó el honroso título de «héroe de la inteligencia». Y fue, en efecto, un héroe para sus alumnos, leal colaborador con sus maestros y amigo de sus amigos. Para con todos ellos mantuvo a lo largo de su vida una fidelidad ejemplar: empezando por don Ramón Menéndez Pidal, de cuya obra fue la suya la mejor continuación, pues no sólo supo recorrer los senderos por los que se había adentrado el fundador de la Filología Hispánica, sino que abrió a su vez muchos caminos que el maestro no había tenido tiempo o interés en transitar. En momentos nada fáciles, la sacrificada lealtad que tuvo con don Tomás Navarro, don Américo Castro o don Amado Alonso (vid. una admirable prueba de su sentido de la amistad en R. Lapesa 1998b) sirvió no sólo para que la barbarie no se atreviera a desmembrar del todo la Escuela Española de Filología, sino también para contribuir a mantener en ella la calidad, el refinamiento y la pasión por la manera de trabajar que había impuesto su fundador, desde sus mismos comienzos. Por desgracia, tuve pocas veces el privilegio de hablar demoradamente con don Rafael Lapesa, con excepción de un largo e inolvidable diálogo que mantuvimos en Sevilla, en el año 1980, y unas pocas ocasiones en las que compartimos, junto a varios filólogos más, mesa y conversación. Mis recuerdos del maestro Lapesa son, por ello, fundamentalmente librescos, de modo que el magisterio que ha ejercido sobre mí ha sido fundamentalmente a través de sus libros; pero sus enseñanzas no se quedaron en una presentación rigurosa de los hechos o de las teorías, pues me contagió, a través de la palabra escrita, su apasionada forma de vivir para las disciplinas filológicas. Me cupo el honor de contribuir a la difusión de su pensamiento publicando —responsabilidad que compartí con don José Polo, don Gregorio Salvador y don Ramón Santiago— una importante recopilación de sus trabajos (R. Lapesa 1985). |
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Que mis deudas con muchas personas sean tan grandes —y no he reconocido sino una pequeña parte de ellas— no significa que no acepte enteramente, y con profunda gratitud, la responsabilidad que me corresponde en la Academia, en un momento apasionante, iniciado hace unos cuantos años, en que, sin dejar de lado la tradición, se perciben claros los aires de la modernidad. Sé que mis deseos más firmes no pueden ya compensar la fuerza de la juventud, ni siquiera con el elixir que destila la voluntad; pero ustedes han contribuido decisivamente a reforzar el placer que nunca he perdido en la búsqueda del conocimiento, así como la pasión de trabajar por mi lengua, por nuestras lenguas. Por todo ello, sencillamente, gracias. 1. El triunfo de nuestros deseos Con estos afectos que se cruzan en mi corazón y en mi mente, he de soñar por unos momentos con lejanías del pasado, con la intención de mostrar cómo solemos los seres humanos explicarnos a nosotros mismos y cuanto nos rodea, recurriendo a la etimología; aunque para llegar a ella confiemos en que la intuición puede seleccionar, de entre todos los sentidos de una palabra, esa parte esencial del significado que explica la razón profunda del contenido. Sin embargo, a menudo esa intuición nos lleva a forzar la realidad bajo la coacción de nuestros deseos, cuando creyendo saciar nuestra curiosidad pretendemos, de hecho, justificar las propias ideas de cómo deben ser las cosas. La misma voz deseo puede servirnos de ejemplo de nuestra disposición para adaptar el contenido de una palabra a lo que nos conviene, con el pretexto de extraerlo de una etimología. Lo mismo da que sea ésta falsa, como la que inventa Pascal Quignard para relacionar el deseo con el caos: «Le désir c’est le désastre» (Vie secrète, 173), o que, siendo correcta, pensemos que es posible reducirla al significado que tiene desidia: «Desidia procede de desideria, vocablo latino que significa ‘deseos’. Es pues la pereza del que se abandona a los deseos» (J. A. Marina, Abc cultural, 2.1.98, p. 63). Con el acicate de nuestros deseos, que ni desembocan en un desastre ni nos inducen a la desidia, solemos dirigirnos los universitarios a la etimología para encontrar en ella la justificación de que la uniuersitas ha de responder a su vocación de universalismo. No seré yo quien trate de quitar un ápice de razón a quienes consideran imprescindible que la universidad abra sus puertas al universo mundo y a la cohesión y universalidad del conocimiento, pero sí me guardaré mucho de darle la razón en esta interpretación histórica del vocablo, cuando uniuersitas era en la Edad Media algo que correspondería a los actuales sindicatos, corporaciones o hermandades: En la Edad Media se llamó Estudio (Studium) lo que hoy denominamos universidad, mientras que la palabra universidad (uniuersitas) era sinónimo de ‘corporación’, que podía ser de cualquier naturaleza, universitaria o no. De ahí que dicha palabra suele ir acompañada de un genitivo que determina la naturaleza de tal corporación. Así, la uniuersitas magistrorum era la corporación de los maestros, y de la misma forma había universidades de los innumerables gremios laborales del medievo (A. García y García 1989: 17). |
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Nació la universidad —recordemos— en los siglos XII y XIII, en ciudades como Salerno, Bolonia, París o Salamanca, con el objetivo de formar profesionales (médicos, abogados, teólogos) capaces de atender a las necesidades de la época. El nombre universitas se refería a la totalidad, a la corporación de maestros y estudiantes que defendían sus privilegios con vistas a cultivarse en su profesión y recibir la facultas para ejercerla, previniendo así intrusismos y garantizando calidad. ¿Qué permanece de aquella época para lo que aquí nos importa? Según Durkheim, un valor positivo, la idea de universalidad, al que podríamos añadir otros dos: la formación de profesionales atentos a las necesidades de la época y la búsqueda de la verdad. Esta última siguió siendo la gran meta de aquella universidad liberal que nació a comienzos del siglo XIX en Berlín, bajo el impulso de Humboldt. Por uniuersitas se vino a entender entonces el conjunto de los distintos saberes, entre los que existe una unidad innegable. Para acceder a ella era preciso forjarse un carácter universitario, es decir, entrenarse en la búsqueda de la verdad, adquiriendo hábitos de investigación, transmitir el saber a las generaciones más jóvenes y aprender el arte de la discusión abierta y crítica en la comunidad de quienes aspiran a la verdad (A. Cortina, El país, 18.12.2001). Claro que en defensa de nuestros deseos está el hecho de que, a menudo, ni el origen de una voz es aquél al que nos inducen las apariencias ni, frente a lo que se suele pensar, en ese acto creativo se contiene lo fundamental del significado de una palabra. En el caso de universidad, por encima de su sentido prístino de 'corporación', ha terminado adquiriendo un halo connotativo que la relaciona con la universalidad de los saberes. Como en los seres humanos, las palabras no contienen escrito su destino, pues éste se va creando a lo largo de toda su historia. Lo mismo ha ocurrido con el parto tardío de términos como humanismo o humanista (F. Rico 1993: 38). En este último, acuñado sobre la base de jurista, se cruzan diferentes sentidos, designando en principio a quienes se ocupaban de las letras humanas, por contraste con las divinas (D. Ynduráin 1994: 59); en ello puede verse un eco de la humanitas ciceroniana, que supone «tanto un comportamiento correcto en las relaciones sociales como un cierto tipo de formación intelectual», correspondiente a la del «orator, pues la cualidad específica del hombre es la palabra» (id.: 60). Y, sin embargo, humanismo se emplea preferentemente en la actualidad, como la actitud de quien se preocupa por los seres humanos y por sus asuntos. Igual que a lo largo del tiempo van contaminándose los sentidos de las palabras por los roces de la historia, éstas se cruzan entre sí, dando lugar a eso que para un etimólogo resulta un mal inevitable: la contaminación entre sus sentidos que puede dar lugar a cambios importantes en las familias de palabras. ¿Quién puede darse cuenta de que heredar y herencia no tienen una misma base etimológica, salvo un etimólogo? Y, sin embargo, se han ensamblado de tal manera los significados de la una y la otra que han terminado convirtiéndose en voces emparentadas. |
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Con los deseos ocurre como con las inhibiciones. Un columnista de un periódico, buen degustador del pasado de nuestras palabras, en una hora de desaliento nos atribuyó a los españoles, por vía etimológica, una culpa que ni fuimos los primeros en contraer ni la realizamos de una manera más brutal que otros pueblos mucho más interesados que nosotros en librar de tinieblas el corazón de los demás: Cuando dejamos de importar esclavos, entramos allí a colonizar -pobre Colón, qué palabra dejó al mundo—. No es mi intención criticar a nadie por un mero despiste, justificable además por el razonable apresuramiento con que se ha de escribir a diario en la prensa, y que se explica además por la facilidad con que podemos deslizarnos hasta ese doloroso espacio en que nos colocamos a veces los españoles, para arrepentirnos en público por perversiones que no son exclusivas nuestras. Esto último es lo que me preocupa; da igual que la queja programática se base en Colón o se encauce por esa nueva versión del idealismo vossleriano que supone aplicar la peligrosa metáfora del ADN a nuestra lengua —todas las metáforas son peligrosas cuando se emplean en los llamados asuntos «identitarios»—, pues cualquiera puede llegar a tomar como una realidad la existencia de genes perversos de los pueblos, entre ellos ése que justifica nuestra imposibilidad de industrializarnos: Por debajo de muchas palabras hay ideas muy profundas que, como el ADN, no dan la cara, pero lo determinan todo. Un ejemplo: ¿Cómo iba a ser España un país industrial si una palabra como «maquinar» significa en nuestra lengua nada menos que tramar auténticas felonías? Eso es genética lingüística. Nada hay ahí de genética, sino de pura y simple historia, que por otro lado no nos atañe en exclusividad, pues el verbo machinor contaba en el propio latín no sólo con la acepción de ‘combinar, imaginar algo ingenioso’, sino también de ‘urdir, preparar un complot’. Y es razonable que así fuera, cuando las máquinas, los ingenios y los aparatos se utilizaron en el pasado —¡y qué decir del presente!— como artefactos para la poliorcética, o arte —término al que haríamos mal en buscarle una explicación recurriendo a esta genética particular para uso de lingüistas— de atacar y defender las plazas fuertes. No se requiere contar con un gen lingüístico para explicar que en los documentos medievales catalanes quienes pactan algo hayan de actuar «sen mal engien» (P. Russell-Gebbett 1965: 71), es decir, sin servirse del ingenio con malos fines; ni con otro gen para que «escoler» significara en gallego, si hacemos caso al Padre Sarmiento, «al que creen ser nubero y nigromántico, o que es muy feo» (J. L. Pensado 1973: 268). |
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Le langage est étourdi —oublieux—. Les significations succesives d’un mot s’ignorent. Elles dérivent par des associations sans mémoire et la troisième ignore la première (P. Valéry, «Tel quel»: 621). Voy a fijarme sólo en unas cuantas huellas del pasado, para mostrar de qué forma se interponen las prevenciones y conveniencias entre nosotros y la realidad cuando pretendemos interpretarla. Lo hago con la perplejidad además del técnico que suele acceder al pasado de la misma forma como Walter Benjamin (1971: 316, apud M. de Certeau 1975: 330, n. 34) se acercó a la obra de Proust, sabiendo que «le souvenir est l’emballage, et l’oubli, le contenu», una forma más desengañada aún de ver las cosas de como las veía aquel gran desengañado que fue Mateo Alemán, para quien «lo uno vemos, lo otro se nos olvida» (M. Alemán, Guzmán: 355). De hecho, organizamos nuestros engañosos recuerdos con el apoyo de los olvidos y el refuerzo de las invenciones, pues creemos que basta con la intuición para llegar, sorteando las apariencias, a la verdad desnuda de las cosas. Así, a lo largo de la historia, distintos escritores se han referido al origen de la voz mundus, sin resignarse, como nos resignamos los lingüistas, a optar prudentemente por un non licet. Isidoro explicó esta voz fijándose en un rasgo suyo que le conduce hasta motus ‘movimiento’, sustantivo al que nada le une: Mundus est is qui constat ex caelo, et terra et mare cunctisque sideribus. Qui ideo mundus est apellatus, quia semper in motu est; nulla enim requies eius elementis concessa est (Isidoro de Sevilla, Etimologías, I: 456). [1] Al santo etimólogo le interesaba el movimiento del universo, como clave de su interpretación. A otros, en cambio, les parecía significativa la posible relación con el adjetivo mundus ‘limpio’, ‘exquisito’; se entiende así que Sá de Miranda se fijara en el limpio río Mondego y que Luis Vives se atreviera a relacionar esta palabra con el adjetivo latino homónimo: Non inmerito vocatur opus hoc mundus, et a Graecis cosmos, quasi ornatus, et elegans (L. Vives 1780: 148). [2] Se trata de una idea que venía ya de los clásicos, según mostró Herrera: Pitágoras, según Plutarco [...], fue el primero que a toda la complexión de todas las cosas universales llamó mundo por aquella elegante digestión de cosas que se ve en él; porque los griegos lo nombraron cosmos por el ornato, y los latinos mundo por su limpieza (A. Gallego Morell 1972: 449). Tampoco parece disentir de ellos Gracián, quien al comienzo de la crisi VI de El Criticón, dedicada al «estado del siglo», explica: Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado, muy concertado y perfecto, y con razón, pues toma el nombre de su misma belleza: que quiere decir lindo y limpio (B. Gracián, El Criticón: 562 a). |
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—¡Que a éste llamen mundo! —ponderaba Andrenio—. Hasta el nombre miente, calzóselo al revés: llámese inmundo y de todas maneras disparatado. —Algún día —replicó Quirón— bien le convenía su nombre, en verdad que era definición cuando Dios quería y lo dejó tan concertado (B. Gracián, El Criticón:574 a). Es el mismo vuelco a la realidad que dio Cervantes en el Persiles, al justificar también por antífrasis el nombre de Rosamunda, sirviéndose de las palabras del maldiciente Clodio: —¡Oh Rosamunda o, por mejor decir, Rosa inmunda, porque munda, ni lo fuiste, ni lo eres, ni lo serás en tu vida, si vivieses más años que los mismos tiempos! Y así no me maravillo de que te parezca mal la honestidad ni el buen recato a que están obligadas las honradas doncellas. Sabed, señores —mirando a todos los circunstantes, prosiguió—, que esta mujer que aquí veis, atada como loca y libre como atrevida, es aquella famosa Rosamunda, dama que ha sido concubina y amiga del rey de Inglaterra, de cuyas impúdicas costumbres hay largas historias… (M. de Cervantes, Persiles: 215). Y es que el autor del Persiles no tenía más remedio que definir por los contrarios el nombre de una mujer que es la representación de la lascivia y que ha de terminar muriendo avergonzada. Gracián no tiene inconveniente en contradecirse dentro de la propia contradicción, al deslizarse por el campo de la agudeza, para orientar la explicación de mundo por otros derroteros, pues necesitaba aceptar la comparación que el Tasso había hecho entre Cosme de Florencia y el mundo: Que eso significa el nombre de Cosme:
Cuesta è vita di Cosmo, ançi del mondo, (B. Gracián, Agudeza, II: 43). En nuestra época, Jorge Guillén rizó el rizo de la etimología que acerca el mundo al cosmos, igualándolos en un «mundo terso», que lleva hasta la «mente monda», en un choque con la realidad que es para el poeta el acto de conocimiento (J. Guillén, «Rama de otoño», v. 4: 306). 1.4. Amor y conocimiento, una misma pasión Claro está que los jirones de la realidad pueden quedar prendidos en las palabras. Si hubo una persona que por primera vez tuvo la ocurrencia de decir «tengo la impresión de que», lo hacía porque participaba de la idea de que cualquier acto de conocimiento deja su huella impresa, como deja, por su parte, las suyas el amor, tras saltar la aduana de los ojos y llegar al alma o a sus potencias:
Desde la mi eterna edad (Cancioneiro de Évora, § 47). |
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... enprentaste Y esta impresión imborrable que deja, por ejemplo, la cara de la dama en el alma del poeta, puede compararse a la escritura, como se compara en el garcilasiano «escrito ’sta en mi alma vuestro gesto» del soneto V, procedente, según Bienvenido Morros, de Bembo (G. de la Vega, Obra: 17; cf. R. Lapesa 1968: 67) o en Francisco de Sá e Meneses, que adapta así el verso garcilasiano: «escrita bibirás en mi memoria» (Cancioneiro de Évora, § 70, cf. pp. 126-128). Mientras que el Comendador Escrivá considera estas huellas imágenes esculpidas:
En aquel punto que os vi, Al igual que en La vita nuova de Dante o en las poesías de Petrarca, encontramos en Jorge Manrique la clave de cómo pueden penetrar las flechas del amor por las ventanas del conocimiento: venciendo a la voluntad y tomando por cómplices a los sentidos —los ojos de una manera particular—. De ahí la irremediable situación del poeta, que permanece indefenso ante las asechanzas del amor :
Estando triste, seguro,
Después que ovieron entrado (J. Manrique, Poesía, § 6: 64 y 65, vv. 1-20: 25-32). Es ése el proceso del amor y, según he dicho antes, del conocimiento (cf., sin embargo, las precisiones de V. G. de la Concha 1978: 68-69, a propósito de la mística). Nuestro léxico permite comprobar así de qué forma permanece latente la idea de que el mundo exterior se impone a esa mente monda ya citada de Jorge Guillén, poeta para el que conocer supone una invasión de la realidad que deja sobre el sujeto su huella impresa. Si comparamos estas impresiones con la posibilidad de captar aquello que se nos dice, es decir, de asir desde nuestra mente la realidad (para comprender y concepto en Ortega y Gasset, vid. L. Gabriel-Stheeman 2000: 42, 45, 51), veremos, en efecto, que la lengua proporciona pequeñas pistas de la manera de ver y entender las cosas de quienes se han servido de ella antes de nosotros. Es la sencilla aspiración del quehacer etimológico. |
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Los seres humanos somos capaces de desprendernos del pasado inventándolo a nuestro gusto y convirtiéndolo en mito; se entiende así bien que en la Primera crónica general de Alfonso X (6) o en las Sumas de historia troyana de Leomarte (339) o en El victorial de Gutierre Díez de Games (160 y ss.; cf. xxxiii, xxxiv), se decidieran sus autores a seguir una tradición que hacía venir Britania de Bruto; o que se haya puesto un toro en el escudo de la villa de Toro, aun cuando ese nombre nada tenga que ver con los toros, sino con los Campi Gothorum; o que, no habiendo existido leones por aquí, tengamos en el escudo de mi comunidad castellano-leonesa rampando un león, en lugar de contemplar descansando en él a toda una legión romana, a la que León debe su nombre. De todas formas, qué se nos da de que las cosas no sean así, cuando ni resulta fácil acceder al pasado de las lenguas ni se ve que lograrlo pueda reportar beneficio alguno, tal y como explica don Juan Valera, en un artículo de 1905: [No] se considere como agravio que hago a la gramática histórica el que yo la tenga [...] por poco útil. Por su inutilidad la venero y por su novedad me atrae, me seduce y me encanta (J. Valera, Obras, II: 1176). Máxime cuando el fanatismo ha incitado a otros a justificar toda clase de barbaridades con el recurso al pasado. Por eso hay gente que comparte la idea de un detective privado alemán, protagonista de una novela de la serie negra: No me interesa mucho el pasado y, si quieren saberlo, es la obsesión de este país por la historia lo que, en parte, nos ha metido donde estamos ahora (Ph. Kerr 2001: 77). Palabras que parecerán razonables a quienes hubieron de soportar la miseria intelectual de una serie de orates fascinados por determinados mitos que les abocaban a dirigir su mente a una memoria clarividente ancestral. Por desgracia, la barbarie se cuela también, imperceptiblemente, por algunos resquicios de las construcciones científicas, incluso después de que los ilustrados creyeran poder arrinconar las creencias en el almacén de las fábulas; pues estas últimas han llegado después a ocupar a menudo el lugar del razonamiento. Hace unos años O. Szemerényi encontró que en ugarítico existe la forma 'ary- con el significado de ‘pariente, miembro de la propia familia, compañero’, relacionado a su vez con la forma egipcia 'iry ‘compañero’ (F. Villar 1996: 16). De donde resulta, si no es un espejismo esta relación, que el término ario, utilizado en su momento como bandera con que justificar el exterminio de la raza judía, se trata precisamente de un préstamo de procedencia semita en las lenguas indoeuropeas. |
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Claro está que son muchas más las situaciones en que uno se inventa el pasado con otros fines más confesables, como dotar de cartas de hidalguía a la propia ciudad. Empezaré por la que me resulta más cercana en mis afectos, por Salamanca, cuya etimología nos la presenta así uno de sus historiadores: Fue fundada, conforme a lo que dize Justino, por Teucro, capitán griego, hijo de Telamón, rey de la isla Salamina en el mar Eubeo, que después de la pérdida de Troya, no siendo admitido del padre de la isla, navegando mares, tomó puerto en España en el mar de Galicia y metiéndose tierra adentro, en memoria de su patria Salamina, fundó esta ciudad, dándola nombre de Salamanca. La gente que traía consigo (dizen algunos) que eran salaminos y áticos, y que de estas dos naciones tomó el apellido y se llamasse Salamática, engañándose los que atribuyen la fundación desta ciudad a Hércules, como no acertaron los que le dieron nombre de Selium y Séntica (G. González Dávila 1606: 5). Sin pretenderlo, Troya resultó ser una excelente cantera de fundadores de ciudades: de ahí salió este Teucro que, tras erigir Pontevedra, vino a Salamanca jugando a ser Eneas; por Troya había estado de paso el rey Rotas de Nubia, antes de fundar Toledo (E. de Villena, Glosas a la Eneyda, II: 140); y de allí procede incluso un triunfador como Ulises, si hemos de hacer caso a Lucas de Tuy, que le atribuyó la fundación de Lisboa: Hac etate Vlysses nauigio in Hispaniam uenit et ciuitatem Vlisbonam condidit, (Lucas de Tuy: Chronicon, Lib. I, cap. 42; p. 13 de la edición de Mariana).[3] El Tudense era capaz de todo, incluso de hacer hispano a Aristóteles (F. Rico 1967). Alfonso X se mostró más comedido, al resignarse a contar con un nieto y una biznieta del Odiseo para la empresa de la creación de Lisboa (Primera crónica, I: 9). Pero aunque no todos fueron tan prudentes como él, al menos se preguntaron si esto que «dizen las estorias» ocurriría «ante que fuese a Troya o después» (Leomarte, Sumas: 281). Gracián parece menos cauto en lo referente a esta historia, al dar por hecha la acción del capitán griego, pero precisamente porque le venía bien para elogiar a nuestros buenos vecinos portugueses: «jamás se halló portugués necio, en prueba de que fue su fundador el sagaz Ulises» (El Criticón: 611 b). Pero continuemos hacia el norte, para llegar a otra ciudad en la que me siento como en casa, Zamora, que nos permite comprobar que por los cauces de la imaginación cabe cualquier disparate, por grande que sea. Jiménez de Rada lo había explicado con los pies puestos —demasiado puestos— en tierra: Cum rex ipse locum ascenderet ad uidendum, satelles quidem, qui inter ceteros regem cum spiculo precedebat, uacam nigram dicitur inuenisse, quam uolens rusticani aplausus uocabulo delinire, feertur dixise: «ce mora»; uacas enim eius coloris Hispani armentarii moras uocant; unde et rex Zemoram nomen indidit ciuitati (Roderici Ximenii de Rada: Historia de rebus: 139). [4] |
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Zara, hija del mismo Pompeyo, al advertir [en la lucha contra Numancia, que era el nombre antiguo de Zamora] la valentía de tan escasos ciudadanos [...], obtuvo la autorización de Pompeyo para dialogar con los habitantes de la ciudad asediada [...]. En cuanto Zara, la hija de Pompeyo, entró en la ciudad y habló a los ciudadanos, persuadiéndolos con sus razonamientos, éstos volvieron a hacer las paces [...]. La ciudad numantina se llamaría Zamora: esto es, de Zara y Roma, cambiando las letras de Roma en testimonio evidentemente de que la propia Zara, hija de Pompeyo, había reducido a los numantinos a la paz con su padre y en señal de que el cónsul romano había obtenido alguna victoria sobre los numantinos. Así pues, de Zara y Roma, que cambiando las letras se dice mora, por la hija de Pompeyo, Numancia fue llamada Zamora (J. Gil de Zamora, De preconiis: 149-150). Algo más al norte encontramos a don Pedro de Junco superando a todos en imaginación, para dotar a Astorga de unos antecedentes ilustres: Asty (o astv, por la version de y en v que sienpre hizieron los latinos) es palabra griega; significa lo mismo que urbs vel ciuitas, ciudad en nuestro Castellano [...]. Asty, o astv, llamaron a Athenas por antonomasia, como urbs a Roma, y assí començaron Astyr, y los astyros, el nombre de su fundacion con esta palabra: Astv, llamandola «ciudad» [...]. Y de las fundaciones griegas, aun suenan en España algunas con esta palabra: Asta, Asty, Astv. Sea la primera nuestra Astorga en vulgar, y en latín Asturica [...]. Ya la tenemos Astv, que es averla dado titulo de ciudad, y virtualmente incluye el nombre de Astyr, y los Astyros fundadores. Pues como los griegos fueron tan inclinados a las supersticiones, ritos y ceremonias de sus dioses, y las celebravan en su tierra en tiempos y días señalados, y en muchas de sus ciudades, en particular las fiestas de el dios Baco, juntaron al nombre de ciudad, que es Astv, la palabra orgia, que significa en griego «ritos, ceremonias sacras»; y compuesto un nonbre de entrambas palabras, llamaron su fundacion Astorgia, que fue dezir, ‘ciudad para celebración y culto de los Dioses’ [...]. Y no es pequeño indicio dezir Estrabón (y refierelo Morales) que las bodas de gente asturiana se celebravan al uso de los griegos... (P. de Junco 1635: 25-27). |
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... Aunque obscura [...] el mayor blasón e indicio de su nobleza, porque es una de las setenta que en la confusión de la torre de Babilonia por voluntad divina se inspiró; y es tan compendiosa, sentenciosa, significante, que casi en cada vocablo declara un grande concepto, lo que sólo se halla en la hebrea, cimbria y esclavónica; y véese que es la misma lengua sin que se haya mudado ni corrompido ni en un vocablo, porque los mismos con que se significaban cosas permanecentes, como son ríos, montes, ciudades y pueblos, duran agora desde antes de las guerras y monarquías de los romanos y cartaginenses, como se vee por historias graves (M. Luján de Sayavedra, Segunda parte, II, cap. 8: 178). Con el pasado vale todo, incluso caer en el absurdo, como hemos visto que le ocurrió a un arzobispo toledano, que ocupado en defender los derechos de su sede, se había despreocupado de buscarle a Zamora un origen más decoroso que el que suponía recurrir a una vaca morucha que pasaba por allí. Tampoco Francisco Delicado debía tener ningún interés en ennoblecer Lípari, pues la justificación que le encontró casi parece un chiste: Porque antiguamente aquella ínsula fue poblada de personas que no había sus pares, d’adonde se dijeron li pari ‘los pares’; y dicen en italiano: li pari loro non si trovano, que quiere decir ‘no se hallan sus pares’. Y era que, cuando un hombre hacía un insigne delito, no le daban la muerte, mas condenabanlo a la ínsula de Lípari (F. Delicado, La Lozana: 250). En cambio, para una ciudad que no pudo —ni puede— resultar ajena a casi nadie, bien se justifica una etimología de campanillas, como la que le dio Fray Luis Escobar a la que:
...se llama París la real. (Fr. L. de Escobar, Las quatrocientas: f.ºs 161v.º-162r.º). |
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«Porque es regla cierta y muy aprovada
Antes que España fuesse agenada, (Fr. L. de Escobar, Las quatrocientas: f.ºs167 r.º-167 v.º). |
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La explicación etimológica de los apelativos suele adolecer de la misma falta de rigor que los topónimos, pero, además, en la mayor parte de los casos, los escritores son más libres de imaginar por su propia cuenta y riesgo una etimología. Lucas de Tuy explica magi por magni, tratándose de los Reyes Magos: Sapientes enim dicebantur magi quasi maiores uel magni (Lucas de Tuy, Chronicon mundi: 29). [5] Habrá que reconocerle, al menos, que pone en relación formas que mantienen una pequeñísima —si bien decisiva— discrepancia fonética. Porque hay excesos mayores, como el de Juan Arce de Otálora cuando da —no sin una pizca de ironía— con la razón por la que los longobardos se llaman así: «por las largas barbas que tenían» (Coloquios: 157) o la que anima a Juan de Valdés a hacer una pirueta, tanto del lado semántico como del etimológico, para explicar sage: Sage por cruel he visto usar, pero yo no lo usaría, aunque al parecer muestra un poco más de crueldad el sage que el cruel y debe ser derivado de sagax latino (J. de Valdés, Diálogo: 207). Sorprende menos que la pirueta la haga un estudiante, para explicar la voz almástiga: ... a muchos mandan los médicos mascarla para desflemar [...] por eso se llama almástica, porque masticar es mascar (Viaje de Turquía: 312). Aunque Mateo Luján de Sayavedra supera a todos en imaginación al dar con el porqué de la palabra infanzón, si bien sirviéndose de nuevo de Jáuregui, el lacayo vizcaíno: ... la palabra infanzón significa en lengua tudesca y de los godos «la profesión, gajes y honra militar», porque vaen fan significa ‘la bandera’ y zone ‘el hijo’, y ein ‘uno’, y todos estos tres vocablos juntos hacen infanzones, con el cual nos muestran «el hijo o prohijado de la bandera»; y en la frasis de aquella lengua significa el soldado; no así cualquiera, sino el aventajado. Y de aquí vino que los infanzones siempre han sido más aventajados que los otros hidalgos ordinarios (M. Luján de Sayavedra, Segunda parte, II, cap. X: 186). Comparada con esta explicación, no va a conmovernos Pedro Mexía con la suya para el «rey de la selva»: ¿Qué animal puede ser más poderoso y fuerte que el león, príncipe de todas las bestias y que por esso tiene este nombre? Porque, según algunos dizen, leo, en griego, quiere dezir rey; aunque, según otros, este nombre leo quiere dezir ver y, por ser este animal de excelente vista, tiene tal nombre (P. Mexía, Silva, I: 541) |
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Usávase también en Roma otra manera de rescebimiento solemne, que era menos que triumpho, a quien llamavan ovación; el qual se dava por las victorias, según dize Aulo Gelio, quando faltava alguna de las calidades que tenemos dicho que se requerían por el triumpho. […] Llamávase ovación este rescibimiento, según Plutarcho, porque el sacrificio que aquel día el capitán hazía era oveja, y no toro, como el que triumphava; y de oveja, se decía ovación. Otros dizen que por la boz y aplauso ohe del pueblo tomó este nombre. En esto poco va; ello se llamava ovación, o sea por la oveja o por las bozes ohe o ove (id.: 209-210). El propio Gracián explica, a medio camino entre su tendencia etimologizante y su capacidad para hacer juegos de palabras, las razones de voces como sol o tirano: «Llámase sol porque en su presencia todas las demás lumbreras se retiran; él solo campea»; «tal es el tiempo con propiedad, de tirano, pues que de todo tira» (J. M. Enguita 2001: 133); y de otras muchas más: «corazón [...] llámase así de la palabra latina cura, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fue centro dellos» (B. Gracián, El Criticón, 608 a); «Y añadió que con razón se llamó el rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que haces y facies en latín, lo que facíes» (id.: 592 a). No pretendo hacer una antología del disparate etimológico, por lo que presentaré un par de ejemplos más del Dioscórides de Laguna, sólo para mostrar por medio de ellos que también se disparata sobre el origen de las palabras en campos ajenos a la literatura: Como la relativa a la genciana [...] que habría recibido el nombre de Gentio, Rey de los esclavones, o la del polemonio, cuyo étimo se pone en relación con el griego polemos y se justifica de manera tan curiosa como inverosímil. Divertida es la que recuerda lo indigestos que resultan los madroños, como manifestaría su nombre latino, unedo (arbutus unedo), que Laguna lee como una recomendación de «comer solo uno». Hilarante verdaderamente es el étimo de ese parásito vegetal que es la hierba tora u orbanca, llamada de ese modo «porque luego que la vaca le come, va bramando y ardiendo a presentarse al toro» (A. Gómez Moreno 2000: 120). |
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Todo es posible cuando las condiciones de la realidad «font du langage la trace toujours rémanente d’un commencement aussi impossible à retrouver qu’à oublier». Esta afirmación de Michel de Certeau (1975: 61), escrita con otro propósito, podríamos aplicarla a la etimología, al menos hasta el nacimiento de la lingüística como disciplina científica, en la segunda mitad del siglo XIX. Porque antes faltaban las condiciones metodológicas que permitieran romper con este tipo de explicaciones; por ello, todo era posible en materia etimológica: buscar las cartas de nobleza de una ciudad, de un apellido o de un idioma o simplemente tratar de sorprender al lector, según la capacidad imaginativa de cada uno. Y hasta tomarse las cosas a broma, a la manera como Quevedo hace de los vizcondes «unos condes bizcos» o como Pérez Galdós se atreve a jugar con alguien que pretende ser conde, recurriendo a una broma que ya había hecho don Francesillo de Zúñiga y está en los cuentos de Juan de Arguijo: «¿Conque dice que es conde? Querrá decir que esconde algo...» (B. Pérez Galdós, El caballero encantado: 320). Son bromas parecidas a las de Juan Timoneda que se atreve a ilustrar el significado de novela de la siguiente manera: Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana rondalles, y la toscana, novelas, que quiere decir: «Tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento ilustre y gracia con que fueron compuestos» (J. Timoneda, El Patrañuelo, «Epístola al amantísimo lector»: 41). Tales juegos han tenido éxito en la literatura, en última instancia, por la convicción de que el recurso etimológico se aleja de lo racional, para apoyarse exageradamente en los fueros de la imaginación. Esto explica que Sterne pensara que: La inestabilidad en los significados de las palabras [...] ha ofuscado a las mentes más preclaras y exaltadas (L. Sterne, Tristram Shandy: 138). ¿Cómo no iba a pensar esto, cuando muchas de las etimologías construidas en serio parece que se hubieran hecho en broma? Por ejemplo, en una gramática bilingüe se explica que: «Boticario se llama en castellano por los botes, que tiene en la botica» o que «Máscara se dio en castellano destas dos palabras, más, y cara», (L. Franciosini 1769: 434). ¿En qué se diferencia este calambur, de la siguiente broma sobre el origen de la voz gramática?: Se compone de grama, gramae, y ago, agis: y agere grammam quiere decir sacar grama: y como ésta sea una raíz ó yerba inagotable, y que se esparce mucho; de aquí se ha acomodado con toda propiedad este nombre á este arte ó ciencia (M. I. Vegas y Quintano 1790: 29). Y lo que es más grave, no podemos decidir si basta para aceptar una etimología con que parezca razonable, como ocurre con las que cita Baroja. Unas no pueden pasar la aduana de la ciencia etimológica; es el caso de golfo ‘pillo’: Es curioso que, al cabo de miles de años, en España se haya comenzado a usar la palabra golfo con un sentido de merodeador y de bárbaro, palabra que puede proceder del alemán wolf (lobo) (P. Baroja, «Pequeños ensayos»: 1011). |
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Este gabán largo, que aseguran que primitivamente se llamaba hungarino, por proceder de Hungría, no tenía cuello ni señal de talle... (id.: 1079). De ahí que la broma etimológica, en cuanto procedimiento estilístico, sea tanto más eficaz cuanto más increíble resulte, como increíble es la relación que se atribuye al oro y orificio en la boca de un médico, cuya oscuridad en la expresión se corresponde bien con sus opacos conocimientos: Prosiguió el médico: «Dízenme que su Señoría está malo del orificio». El conde, que tenía estremado gusto de bueno, conociole luego y preguntole: «¿Qué quiere dezir orificio? ¿Platero de oro o qué?». «Señor —dixo el doctor—, orificio es aquella parte por donde se inundan, exoneran y expelen las inmundicias interiores, que restan de la decoctión del mantenimiento». «Declaraos más, doctor, que no os entiendo», dixo el conde; y el médico: «Señor, orificio se dice de os, oris y facio, facis, quasi os faciens, porque como tenemos una boca general, por donde entra el mantenimiento, tenemos otra, por donde sale el residuo». El conde, aunque enfermo, pereciendo de risa, le dixo: «Pues esse deste modo se llama en castellano —nombrándolo—, andad, que no soys buen médico, pues lo echáis todo en retórica vana [...]». Y yo creo cierto que es alivio para los enfermos que el médico hable en lenguage que le entiendan, para no poner en cuidado al pobre paciente (V. Espinel, Marcos de Obregón: f.º 15 r.º y 27 r.º). Los artilugios que nos rodean o, si se prefiere, que nos amenazan, propician, más aún que nuestro cuerpo, una versión irónica de la realidad; lo que sabe aprovechar Mairena: El automóvil es un coche semoviente; el ómnibus, un coche para todos, sin distinción de clases. Se sobreentiende la palabra coche, sin gran esfuerzo por nuestra parte. Un autobús pretende ser un coche semoviente para uso de todos. Reparad en la economía del lenguaje y del sentido común en relación con los avances de la democracia. ¿Qué opina el oyente? —Que la palabra autobús no parece etimológicamente bien formada. Pero las palabras significan siempre lo que se quiere significar con ellas. Por lo demás, nosotros podemos emplearlas en su acepción erudita, de acuerdo con las etimologías más sabias. Por ejemplo: Autobús (de auto y obús, del gr. autós: uno mismo, y del al. haubitze, de aube: casco), el obús que se dispara a sí mismo, sin necesidad de artillero (A. Machado, Obras: 555). La broma puede conducir, en fin, a un novelista a montar una interpretación del mundo sobre bases etimológicas, como ocurre con aquel zapatero filósofo de Pérez de Ayala, Belarmino, cuya capacidad deductiva nadie le negará: Después de una revelación no poco difícil de interpretar, Belarmino había definido así aquellos tres términos: metempsícosis es lo mismo que intríngulis indescifrable, lo incognoscible, das ding an sich de Kant, y viene de psicosis, o sea intríngulis, y mete, introduce, esconde; meter intríngulis en las apariencias sencillas. Escolástico es el que sigue irracionalmente opiniones ajenas, como la cola de los irracionales sigue el cuerpo. Escorbútico vale tanto como pesimismo, y viene de cuervo, pájaro sombrío y de mal agüero. ¡Era mucho hombre aquel Belarmino! (R. Pérez de Ayala, Belarmino: 172-173). ¡Cierto que era mucho hombre! (RAE/10-03-2002) |
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José Antonio Pascual Rodríguez. Es miembro de la Real Academia Española. | ||
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