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23 de julio de 2003


Tribuna de opinión

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ALICIA MARÍA ZORRILLA
El error, el humor y la norma lingüística
(Primera parte)

Un claro y documentado análisis de la actualidad del idioma español, con numerosos ejemplos, en especial en los medios de comunicación, expuesto en su discurso de ingreso a la Academia Argentina de Letras.

 

La lengua refleja los valores de la sociedad
Conocer es saber cabalmente
La lengua importa, es la identidad
Delitos perpetrados por la lluvia
No se cree en el significado de las palabras
Tres maneras de morir curiosamente
Entre la desmesura y el engaño
Se yerra porque no se sabe

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Ingresar en la Academia Argentina de Letras y ocupar justamente el sillón N.° 8, «José Manuel Estrada», es, para mí, un don de Nuestro Señor, una de las respuestas de la felicidad, porque significa gozar y compartir la difícil y fructífera labor que se lleva a cabo entre estas paredes sólo por amor a nuestra lengua y por respeto a lo que implica asumir un compromiso en el que se cree. Y dije «justamente el sillón “José Manuel Estrada”», no sólo para elogiar al historiador, católico combativo, periodista y político destacado del siglo XIX, sino también porque buena parte de mi actividad profesional estuvo ligada a esa casa editora mediante la publicación de obras, y hoy sigue unida a ella por el afecto y los recuerdos. Nada es casual en nuestras vidas. La Providencia me señaló este camino, y lo emprendo con la misma alegría y la misma pasión que, desde muy pequeña, siento por las palabras.

Juan XXIII enseñaba que para no enemistarnos con nuestro hermano debíamos ver en él al niño que un día fue. Lo mismo pasa con ellas. Para amarlas y no destruirlas sólo debemos recordar el primer día de la Creación cuando Dios dijo «”Haya luz”, y hubo luz», porque ellas son la luz de nuestra cotidiana oscuridad. Agradezco, pues, entrañablemente a los señores académicos que hayan confiado en mí para acompañarlos en sus trabajos y para participar de cada deslumbramiento en esta querida casa.

Este sillón que me honra desde su nombre fue ocupado sucesivamente por Juan Benjamín Terán, fundador y primer rector de la Universidad Nacional de Tucumán; Arturo Capdevila, poeta, novelista, cuentista, ensayista, historiador y autor dramático; Ricardo Eufemio Molinari, el poeta de los transparentes caminos interiores y de la patria alada, y Gerardo Horacio Pagés, profesor y doctor en Filosofía y Letras, eminente latinista que analizó la influencia de las letras clásicas en nuestra literatura. Sus trayectorias ejemplares serán mi guía.

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La lengua refleja los valores de la sociedad

Los valores de una sociedad también se reflejan en la lengua que hablan sus componentes, en el modo de decir las palabras, de elegirlas, en la entonación y hasta en los gestos que las acompañan. Lengua es el periódico, la revista de moda, el mensaje electrónico, la publicidad, la receta de cocina, el coloquio callejero o empresarial; lengua es la labor del aula, la investigación científica, el ensayo filosófico, la novela premiada y el poema que crece serenamente desde la sangre que se deja florecer. Todos somos palabras, pues nacimos de ellas, vivimos de ellas y sentimos con ellas y por ellas. Hablando y escribiendo proclamamos, casi sin notarlo, nuestra existencia y buscamos un lugar para instalarnos en este refugio pequeño y fugaz, que llamamos mundo y que imaginamos infinito, y hasta veneramos. Un mundo que se llena de palabras sin sueños porque no creemos ya en esos sueños, surtidores de nuestros lejanos silencios. 

El hombre de nuestros días parece espiritualmente solo, con las raíces en el aire, y esa soledad, fruto de tantas carencias y de tantas penumbras, lo obliga a salir de sí y a atraer hacia sí un ídolo material que se disfraza con las mil máscaras del oportunismo para encantarlo con la frivolidad y con la ignorancia, para vaciarlo de principios y de convicciones, para arrancarle, uno a uno, sus valores; para despojarlo del orden y de su dignidad en el decir. Se aleja de la verdad —ésta ya no es un bien, sino un mito— y, desnudo de fe, se refugia en el vacío de su incertidumbre, donde no encuentra demasiados espacios para crear ni para depurar su creación imprescindible. Y esa ausencia de verdad, que es olvido de Dios, se transforma en espejo de su expresión rota, enviciada de muletillas, de verbos descarriados que responden a la desintegración de los tiempos, de sustantivos a medias, de adjetivos débiles, descoloridos, y de preposiciones perturbadas, cuya omisión es también metáfora de tantas ausencias. En esa sintaxis del desasosiego, un vocablo devora a otro, y los que permanecen confunden sus arquitecturas y desangran sus significados. Todo pesa. No podemos decir con Octavio Paz: «Un espacio hecho de aire y en el que todas las formas poseen la consistencia del aire: nada pesa»[1].

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Conocer es saber cabalmente

Cuando nos referimos, sin pretensión de ser solemnes, a la dignidad en el decir, no apuntamos a un ideal de lengua, sino a actos de habla y de escritura ordenados, prolijos, entendibles, límpidos; a lo que se sabe o debería saberse, pero no se practica. La lengua, que «en su núcleo formal estructural-funcional es un entramado de sistemas fonológicos, morfológicos, sintácticos, semánticos»[2] —como bien decía la recordada doctora Ofelia Kovacci—, debe usarse para el conocimiento, y conocer es ‘saber cabalmente’, y querer conocer es liberar la libertad imaginada y poner en rebelión la voluntad de la sangre que nos dice para entender el universo que nos nombra.  

El hombre nace hombre día por día mediante las palabras, pero se proyecta en ellas sin pasión, ignora sus honduras, no se involucra en su juego cósmico. Una palabra es un círculo que responde al orden natural y contiene la perfecta armonía. Es epifanía de la belleza, su esplendor. Todo el saber, en cada palabra, en cada letra; tantas veces arrumbado en cada palabra, en cada letra. Día por día, una vida nueva sin la convicción de una nueva vida, sin la decisión valiente, perseverante, de una conducta fundada en palabras veraces para poder dar, otra vez, la palabra y creer en la de los demás. Debería imitarse la obstinación de algunos árboles centenarios que, desgajados por el viento, no se desarraigan de su tierra, porque creen en sus raíces y las defienden y las fecundan con su esperanza vegetal. Ése es su lenguaje; ése es su compromiso con la naturaleza.   

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La lengua importa, es la identidad

¿Por qué muchas personas habrán perdido el afán de hablar bien y de escribir mejor? ¿Por qué no corrigen lo que escriben? ¿Cuánto les importa su lengua, es decir, su identidad? ¿Por qué participan, hasta con aplausos, de la mediocridad lingüística que, a veces, ofrecen los medios de comunicación? El desposeimiento de la palabra es intolerable; el exceso de palabras también, sobre todo, cuando se apartan de lo justo y de lo sensato. La economía de vocablos puede traer sus inconvenientes, pero, a pesar de ello, escuchamos que un calificado profesional le decía a un periodista: No voy a hablar verbalmente. Nos preguntamos entonces: ¿cómo hablará?, ¿por señas? A veces, la pobreza verbal conduce al exiguo dato histórico: Desde allí exploraremos antiguos senderos utilizados en la época del Perú...[3]  ¿acaso, no sigue existiendo el Perú?; ¿qué entiende por «época»? De acuerdo con la segunda acepción del Diccionario académico, como ‘período que se distingue por los hechos históricos en él acaecidos y por sus formas de vida’, el Perú tuvo varias épocas. ¿A cuál se refiere? Nosotros lo suponemos, pero el texto no lo comunica.

El poco explorado lenguaje meteorológico nos da también algunas sorpresas: Por la noche: nubes y sol; probabilidad de un chaparrón[4] o El tiempo comenzará a tornarse más caluroso, bajo abundante sol. La mayor parte de la misma, e incluso algunas playas, registrarán máximas de 30 grados o más. Hacia última hora, es probable que haya uno o dos chaparrones solitarios, acompañados de relámpagos, sobre Córdoba y Santa Fe[5]. Al mal uso deíctico del vocablo «misma», se une un enigma, porque no sabemos a qué se refiere «la mayor parte de la misma». Tampoco es muy adecuado el uso del adjetivo «solitarios» junto al adjetivo «acompañados». Con «dos chaparrones» bastaba.

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Delitos perpetrados por la lluvia

A veces, se desconoce la verdadera función de los fenómenos atmosféricos y se escribe con descuido: ...y la lluvia que perpetra el verde de la selva austral[6]. La lluvia no tiene armas para cometer o consumar ningún delito. Ese trágico «perpetra» pudo ser reemplazado poéticamente con un delicado «perpetúa». ¿Fue, quizá, una errata (plural del sustantivo neutro latino erratum, ‘errores, faltas’), un error de impresión o tipográfico, pero error al fin, como el que se cometió en un diario al decir que «Los Reyes Católicos despidieron a Colón a Palos» por «en Palos»[7]? Alfonso Reyes la definió como «especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección»[8], como «la lepra connatural del plomo» y el peor enemigo de los escritores. Cayó en cama después de la aparición de su libro Huellas (1922) porque eran tantos los errores que contenía que Ventura García Calderón no tuvo mejor idea que decir: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañadas de algunos versos»[9]. Y Ramón Gómez de la Serna las definió como microbios «de origen desconocido y de picadura irreparable»[10]. Las erratas son, para algunos, como los «duelos y quebrantos» que comía don Quijote: aquellos eran compatibles con la abstinencia parcial que por precepto eclesiástico se guardaba los sábados en los reinos de Castilla, es decir, eran comida, pero no tanta, y las erratas son errores, pero no tan graves como otros. A pesar de esa desacertada minimización, el vocablo «errata» contiene la voz «aterra», cuyo significado puede ser ‘derribar, echar por tierra’ o ‘aterrorizar’. Como eufemismos del error,  las erratas aterrorizan a todos los que escriben porque pueden echar por tierra sin malicia sus más cuerdas reflexiones. Así las padeció el que quiso agradecer los «infinitos servicios» de una dama y nunca lo hizo porque en el texto, se agradecieron los «ínfimos servicios», los «infames servicios» y aun los «íntimos servicios»[11], y el periodista que perdió el empleo —como cuenta el escritor argentino Manuel Ugarte— porque al dedicar un cumplido a la hija del dueño del diario, quiso decir «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta», pero se publicó «la tonta». También se encuentran erratas de erratas: un conocido diario aclaró que en una de sus páginas había aparecido *Petttoruri en lugar de *Pettoruti, pero la segunda sílaba del vocablo corregido se escribió con tres tes[12].   

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No se cree en el significado de las palabras

El hombre de hoy no sabe definir las palabras, porque no cree en el valor de sus significados; se aferra al cuerpo y desconoce el alma; no está empeñado en saber, sino en ganar, reinar, avasallar y disfrutar, y, sobre todo, en celebrar alegremente la idolatría de las innovaciones: cambia de opinión, de gusto, de costumbres, de vestido y, si puede, hasta de nombre. Lo que vale es estar a la altura del minuto, no ya de los tiempos, como decía José Ortega y Gasset. Desconocer los significados es, pues, un buen ejercicio para construir, sin límites, su andamiaje de poder, deseo e inercia. Lo advertimos en mensajes como éstos:

La policía ultimó a los manifestantes a que se retiren del lugar[13]. Si los mató, no cabe duda de que no podían retirarse del lugar, pero el periodista quiso decir «intimó», «exigió» y dijo mal «a que se retiren», porque la correspondencia verbal indica «a que se retiraran» (pretérito imperfecto del modo subjuntivo).

Estamos en Tribunales por el asesinato del crimen del vasco[14]: si se asesina también un crimen, ¿a quién juzgar? 

El jefe de inspectores [...] aclaró que hay muchas respuestas sin contestar, y que Bagdad no ha hecho ningún esfuerzo para responderlas[15]. Si hay «respuestas sin contestar», ¿habrá preguntas sin interrogar?

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Tres maneras de morir curiosamente

El esnobismo, voz españolizada que proviene de snob, acrónimo que nace de la abreviatura sine nob, es decir, sine nobilitate, ‘sin nobleza’, también da sus frutos: Los cadáveres de un matrimonio, que murió curiosamente el mismo día en diversos lugares [...], fueron exhumados ayer en el cementerio de la Chacarita[16]. Sin duda, no podemos negar la maestría del redactor para modificar la forma verbal «murió» con tres circunstancias seguidas: de modo, de tiempo y de lugar, pero si el pobre matrimonio murió «en diversos lugares» como indica la proposición subordinada adjetiva explicativa, ¿cuántas veces murió «curiosamente el mismo día»? El adverbio «curiosamente» tampoco es digno de elogios, pues no aparece entrecomado, hecho que destruye la intención maliciosa del que escribe, y si el matrimonio «murió curiosamente», lo hizo —según el Diccionario académico— ‘con curiosidad’, ‘con aseo o limpieza’ y hasta ‘cuidadosamente’.

Un actor cómico dijo de buen ánimo: ¡Hay que hacer reír más a la gente! ¡La gente está ávida de problemas! Pues si es así, suponemos que no tendrá muchos deseos de reír. Lamentablemente, el uso indebido del adjetivo «ávida» no formaba parte de su chiste.

Un reconocido modisto promocionaba su desfile de modas y, con entonación de chisme artístico, deshilachó su discurso: Eso es lo que yo me llegaron a mis oídos, un ejemplo para corroborar casos de confusión mental y para reflexionar acerca de cuál es la distancia que separa la incorrección de la agramaticalidad. Si lo hubiera escuchado, Fernando Lázaro Carreter habría dicho: «Si se empobrece la lengua se empobrece el pensamiento»[17].  

Algunos ejemplos más para demostrar cuán lejos estamos, a veces, de los significados y de esa sintaxis de precisión espartana, como tan admirablemente definió Alicia Jurado la de Borges: Problemas de cadera a domicilio $ 20; Buen Aliento. Lo podemos ayudar; Si pudiera abrir los ojos, pudiera ver bien; fue disparado con el mismo arma. Nos queda a los lectores la sublime misión de corregir, completar y hasta de imaginar el contenido de estos desnutridos mensajes.

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Entre la desmesura y el engaño

No hay en nuestro análisis añoranza de purismo, sino vocación de respeto, pues hablar y escribir mal la propia lengua es una forma de la desmesura y del engaño, que demerita la condición de persona. En nuestros días, no están en crisis las lenguas, sino los hombres, quienes carecen de serenidad para pensar y para decir, también con serenidad, lo que piensan. Ese desequilibrio entre lo que piensan y lo que dicen es una de las fuentes de lo que llamaba el historiador romano Publio Cornelio Tácito error veri, ‘ignorancia de la verdad’, y nosotros, errores, equivocaciones, yerros, faltas, incorrecciones, dislates, disparates, defectos, descuidos, galimatías, desaciertos, pifias, gazapos, gazapatones, lapsus y —¿por qué no?— algunos lapsus cálami y lapsus linguae. Es significativo que existan tantas palabras para señalar nuestras caídas lingüísticas —hecho que revela nuestra imperfección— , y, más significativo aún, que muchas de esas caídas nos causen risa. ¿Por qué, risa? Podemos conjeturar, parafraseando a Henri Bergson, que esta risa se erige en juez, castiga las malas costumbres, los «vicios trágicos», y nos impulsa a que «nos esforcemos» por decir lo que debemos decir[18]. Pero no estamos convencidos de que sea real ese esfuerzo.

¿Puede definirse ese error que provoca a risa y a lástima? Es una palabra como otras, breve como tantas, sin embargo, carga sobre sí la negación, la falta de luz; casi podría decirse que no tiene un lugar en el paraíso, pues es un triste simulacro de la verdad. Errar es también vagar, andar por doquier a la aventura. Pero en ese diario viaje inconsciente, no siempre hallamos el camino recto para llegar a la meta deseada. Y como bien decía Joseph Campbell, recordando al prestigioso sociólogo francés Émile Dürckheim[19] (1858-1917), cuando la meta se aleja, la verdadera meta es el camino. Entonces —agregamos—, hay que saber caminarlo. Los problemas lingüísticos no deben resolverse; deben evitarse.

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En las entrañas de la voz «error», late la frase de nuestros días: la cultura ocupa tiempo, y no hay tiempo para la cultura, que siempre ha sido la pariente pobre. El error trasciende, incursiona en todos los ámbitos, distorsiona su arte. Si hay una metáfora para el error, ésta se encuentra en Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños (1626), de don Francisco de Quevedo y Villegas. La hallamos en la descripción del caballo que montó Pablos cuando fue elegido rey de gallos, es decir, rey de otros niños, en tiempo de carnaval: «...salí en un caballo hético y mustio, el cual, más de manco que de bien criado, iba haciendo reverencias. Las ancas eran de mona, muy sin cola; el pescuezo, de camello y más largo; la cara no tenía sino un ojo, aunque overo. Él era rucio, y rodado el que iba encima, por lo que caía en todo. En cuanto a la edad, no hay que tratar; biznietos tenía en las tahonas. Al fin él más parecía caballete de tejado que caballo, pues a tener una guadaña, pareciera la muerte de los rocines. Demostraba abstinencia, entre espectro. Echábansele de ver las penitencias, ayunos y fullerías del que le tenía a cargo en el ganarle la ración. Y sin duda ninguna no había llegado a su noticia la cebada ni la paja; lo que más le hacía digno de risa eran las muchas calvas que tenía en el pellejo; pues a tener una cerradura, pareciera un cofre vivo...»[20]. Las «muchas calvas» que tiene nuestra cultura lingüística son la causa de nuestros desaciertos y de que éstos causen risa. Como el caballo de Pablos, que no era caballo, nuestras equivocaciones, que deforman mensajes como éste: «Un gigantesco Arca de Noé se está preparando en Yacyretá para salvar a buena parte de la fauna de la región...»[21]. Quizá, creyeron que el cambio de género del sustantivo «arca» podía aumentar su tamaño e impresionar más a los lectores. Tal vez, «una», por pertenecer al género femenino, la minimizara. Otro modelo de yerro: «”Entre las nuevas tendencias que no necesitan peinarse en peluquería —dice el conocido coiffeur— figura el carré degradé, rebajado arriba y cortado en capas con la tijera japonesa, cuyo filo total permite dar gran volumen”. [...], para obtener mejores efectos es imprescindible una base de permanente suave a base de miel cristalizada que se le agrega al líquido para quitarle agresividad. Este corte ofrece más alternativas, ya que puede subir o bajar de acuerdo con la edad, tipo físico y largo del cuello. [...]. También, [...], aconseja el corte carré que se prolonga alrededor de los hombros en una caída muy dulce que se extienda alrededor de los hombros»[22]. Dejemos a un lado el galicismo coiffeur, que sigue usándose, porque cuesta más decir «peluquero», sustantivo desclasado, acaso, por su relación con «peluca» —otro galicismo ya españolizado— o con el desinhibido «peluquín» y —¿por qué no?— por su connotación barrial. También perdonemos, pero no olvidemos la «agresividad» del líquido que, según parece, es base para una base, pues se usa para lograr la permanente. Sin pretensiones literarias, las protagonistas son «las nuevas tendencias». Sin duda, éstas no necesitarán peinarse ni en la peluquería ni fuera de ella, porque carecen de pelo. Luego, suponemos que el cabello ha sido rebajado y cortado en capas, no, «el carré degradé». Además, no es «el filo total» ni parcial de una «tijera japonesa» el que puede dar más volumen, sino el tipo de corte, y cómo lo realiza el profesional. Finalmente, ese corte «puede subir o bajar», «se prolonga alrededor de los hombros», tiene «una caída muy dulce», y esa caída del corte que sube o baja, y que se prolonga, se extiende «alrededor de los hombros». Y así está el mundo... Decía el filósofo inglés Jeremy Bentham que «nunca es tan difícil destruir el error como cuando tiene sus raíces en el lenguaje», pero nos reconforta Johann Wolfgang von Goethe cuando escribe: «El hombre yerra en tanto busca algo». ¿Qué buscarán los que descuartizan la lengua con osadía de prohombres?

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Se yerra porque no se sabe

Errar es, entonces, desviarse, desertar de la belleza en estado inconsciente de melancolía; es una suerte de silencio desnudo; es la libertad partida. Si escudriñamos el sustantivo «error», advertimos que contiene el verbo «roer», que denota, en una de sus acepciones, ‘gastar’: el error roe los vocablos hasta dejarlos sin la carne que los sustenta y sin el alma que los espiritualiza. Es la esclerosis de la lengua. Se yerra, porque no se sabe —entonces escuchamos que *faltan guardar diez cajas (por «falta guardar...); No beba ese agua (por «esa»), porque es salubre (por «salobre»); Está defendiendo la mala reputación de su familia; El presidente pretende apoyarse como un trampolín para saltar hacia adelante; ¿Ésta es una crítica al complot que hiciesen?—; se yerra, porque no se quiere saber —un traductor, según nos cuenta Javier Marías, intentó llevar al español las palabras inglesas de un párroco en el momento de persignarse, y éstas aparecieron así en los subtítulos de una película: «En el nombre del Padre y del Hijo, y del Santo Fantasma (the Holy Ghost)»[23]—; se yerra por ultracorrección, entonces, en un restaurante muy sencillo, aparece un mozo docto que atiende a los clientes de esta manera: Buenos días. ¿En qué rubro desean incursionar?; y, muchas veces, se yerra voluntariamente, porque se siente vergüenza de saber y de ser distintos de los demás —reconocemos aquí, por ejemplo, a quienes prefieren decir [caset], [disquet] o [elit], porque temen que el prójimo los tilde de plebeyos o de ignorantes de otras lenguas si se atreven a pedir «un casete», «un disquete» o a hablar de la «élite o elite». Si los tres primeros casos son lamentables, el último —la vergüenza de saber— es de una inmoralidad suprema, de falta de coraje ético.  (Segunda parte la próxima semana).

 



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[1] El mono gramático, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1998, pág. 32.

[2] Tribuna de opinión, «Desafíos actuales y responsabilidades de los hablantes en español» [en línea]. URL: http://www.unidadenladiversidad.com/opinion/opinion_ant/2000/j.../opinion280600.ht [Consulta: 4-2-2003].

[3] Lugares. English Translation, N.° 82, Buenos Aires, octubre de 2002.

[4] La Nación, Buenos Aires, domingo 19 de enero de 2003.

[5] Ibídem.

[6] «De Chiloé a Bahía Mala», Lugares. English Translation, ed. cit., pág. 55.

[7] Citada por José ESTEBAN, Vituperio (y algún elogio) de la errata, 2.ª edición, Madrid, Renacimiento, 2003, pág. 71.

[8] Ibídem, pág. 11.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem, pág. 109.

[11] José ESTEBAN, op. cit., pág. 94.

[12] «Fe de erratas», La Nación, Buenos Aires, domingo 1 de junio de 2003.

[13] «Piqueteros inician huelga de hambre en Educación», Ámbito Financiero, Edición N.° 851 [en línea]. Dirección URL: http://www.ambitoweb.com.ar [Consulta: 28 de febrero de 2003].

[14] Programa periodístico, Canal 9, Buenos Aires, 17 de marzo de 2003.

[15] Clarín, Buenos Aires, viernes 10 de enero de 2003.

[16] La Nación, Buenos Aires, sábado 4 de enero de 2003.

[17] Fernando LÁZARO CARRETER, El español, una lengua diversa, BABELIA-EL PAÍS. ES, 13 de octubre de 2001.

[18] La risa. Ensayo sobre el significado de lo cómico. Traducción de  Amalia Haydée Raggio, 5. ª edición, Buenos Aires, Losada, 2002, pág. 22.

[19] «Máscaras de eternidad», El poder del mito, Barcelona, EMECÉ, 1991, pág. 311.

[20] «Libro I», «Capítulo II», La novela picaresca española, Sexta edición, Madrid, Aguilar, 1968, pág. 1095.

[21] La Nación, Buenos Aires, 26 de mayo de 1993.

[22] «Peinados en libertad», Clarín, Buenos Aires, miércoles 27 de junio de 1984.

[23] «¿Es usted el Santo Fantasma?», Forums. Languages [en línea]. URL: http://forums.iagora.com/posts.html::message_id=94287 [Consulta: 6-2-03].


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Alicia María Zorrilla es miembro de número de la Academia Argentina de Letras

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