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30 de julio de 2003 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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ALICIA MARÍA ZORRILLA El error, el humor y la norma lingüística (Segunda y última parte) Un claro y documentado análisis de la actualidad del idioma español, con numerosos ejemplos, en especial en los medios de comunicación, expuesto en su discurso de ingreso a la Academia Argentina de Letras
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Como algunas personas descreen de modelos ejemplares, eluden las normas lingüísticas, es decir, el conjunto de criterios que regulan el uso considerado correcto o las variantes que se consideran preferibles por ser más cultas. Sin duda, niegan un sistema de valores y hasta quieren destruirlo aduciendo que corrompe la espontaneidad de su escritura y pone vallas a su libertad como hablantes, libertad mal entendida, porque raya, tantas veces, en lo vulgar y lo grosero. Nadie pretende —como escribía nuestro Roberto Arlt—«enchalecar en una gramática canónica» las ideas, ni los gramáticos componen una «pandilla polvorienta y malhumorada de ratones de biblioteca» que obligan a reemplazar «te voy a dar un puntazo en la persiana» con «voy a ubicar mi daga en su esternón»[1]. Advertimos rebeldía contra lo normativo y, al mismo tiempo —he ahí la paradoja—, la sincera convicción de que se necesitan reglas que actúen como guía concreta para hablar y escribir mejor. Bien dice Violeta Demonte: «...la noción de norma y corrección tiene un papel más decisivo en nuestra cultura social, nos guste o no nos guste. Los hablantes aspiran a tener modelos lingüísticos, y los enseñantes tienen conciencia implícita o explícita de esa norma»[2]. De ahí, las consultas diarias que recibe la Real Academia Española desde cualquier lugar del mundo, y también, nuestra Academia. Esa rebeldía está injustificada, porque todos creamos las normas. La norma social —en el sentido que le da Eugenio Coseriu— o conjunto de usos lingüísticos que caracterizan a una comunidad puede considerarse el paso anterior a la norma como precepto académico. Ésta adquiere aparente estatismo dentro de un diccionario o de una gramática de usos correctos, pero ese seudoestatismo es temporal, pues el hablante continúa creando palabras, expresiones o estructuras sintácticas, y hasta modificando las que existen, y las obras de carácter preceptivo deben remozarse constantemente para estar actualizadas. Por ejemplo, un hispanohablante culto dice había pocos jubilados en la plaza, pero, al mismo tiempo, escucha que el locutor de televisión, día por día, incansablemente, repite *habían cuatro periodistas extranjeros en Ezeiza; *hubieron desajustes de tiempo en el programa; *habrán piquetes en el puente Pueyrredón; *hoy hacen dos meses de su muerte; *van a haber inconvenientes. Luego, abre el diario y lee: «”No me sorprende que haya casos graves, me sorprende gratamente que hayan pocos”...»[3]. Si no es un ser pasivo, se preguntará: ¿cuál es la construcción verdadera: la que digo, la que dicen, la que leo u otra que desconozco? Sin duda, la que él dice es la normal, la que sirve de norma, pues las citadas son oraciones impersonales que exigen los verbos «haber», «hacer» y la perífrasis verbal «ir a haber» en tercera persona del singular y no, del plural. A pesar de ello, esas construcciones coexisten en el español de la Argentina, y algunos lingüistas consideran que no deben infamarse. Esta variación sintáctica prueba la libertad que tiene el hablante, quien hace concordar el verbo con el presunto sujeto —en realidad, un objeto directo— y no advierte ningún cambio de significado, ninguna falta de armonía. | ||
Por eso, desde el punto de vista de la gramática normativa, la existencia de esa norma morfosintáctica es útil para saber usar bien estos verbos. En la oración *Se produce variantes lingüísticas, hay error de concordancia entre el sujeto y el verbo en voz pasiva; de acuerdo con la norma, si el sujeto está en plural, la forma verbal debe aparecer en plural (Se producen variantes lingüísticas; Variantes lingüísticas son producidas). Escribe el eminente y tan recordado Manuel Alvar López: «El respeto al patrimonio cultural es un motivo para salvaguardar los valores de la norma por cuanto ésta no es sino la repetición de hechos que se consideran, o se han considerado, válidos. La ruptura con una tradición significa el rompimiento con unos determinados modelos de cultura, entre los cuales están los lingüísticos; porque si el lenguaje muestra cuán estrechamente depende el hombre de su cultura, no es menos cierto que una determinada cultura vive porque el individuo la preserva; más aún, porque busca en los antepasados ilustres una manera de su propio prestigio»[4]. Y Jorge Luis Borges, como saliendo de un hondo pensamiento, agrega que «la tradición está hecha de una trama secular de aventuras»[5]. Hablar y escribir son, en cada instante, una asombrosa aventura, pero no para imponer errores y oponerse, de esta manera, al saber, sino para comunicar aciertos, para expresar sencillamente bien nuestros pensamientos, para iluminar tanta oscuridad en este mundo, para lograr el tan deseado objetivo de entender y ser entendido. Por eso, poetiza nuestro Carlos Mastronardi: «yo me voy despojando en las palabras»[6]. A pesar de eso, reconocemos que el milagro de la inerrancia o cualidad de estar exento de errores no corresponde a los textos humanos. El tiempo dirá si los que hoy llamamos dislates, mañana tendrán —por la difusión de su empleo— un reconocimiento académico. | ||
Según el doctor Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, «la norma lingüística se establece sobre la base de lo que es el “uso normal que de ella hacen los hispanohablantes de formación media culta”. [...]. Cuando un hecho gramatical se convierte en un hecho de costumbre de ese conjunto de personas, la Real Academia Española y las hispanoamericanas consagran lo que es normal como norma lingüística»[7]. La normativa lingüística es, entonces, el conjunto de reglas gráficas, fónicas, morfosintácticas y léxico-semánticas que legitiman los usos que los hispanohablantes han considerado dignos de preferencia respecto de otros y que nos permiten diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Es una impostura que, con las voces «norma» y «correcto», quiera ejercerse una suerte de autoritarismo, pues todos somos tan libres que hasta podemos hablar y escribir mal voluntariamente, como aquel «andaluz muy guasón / que, hablando de ortografía, / quiso dar una lección / y dijo que se escribía / con hache melocotón. / Dispense usted que la tache / —replicó un hombre de seso—, / pues ¿cómo puede ser eso?, / ¿dónde se pone la hache? / ¿En dónde...? En el mismo hueso»[8]. | ||
Para Juan M. Lope Blanch[9], valioso investigador ya fallecido, no existe una única norma lingüística hispánica, norma ideal, que, tal vez, nunca llegue a definirse ni a delimitarse, pues el español es lengua muy extendida y diversificada; por eso, cada país que lo habla, cada dialecto hispánico, tiene su norma culta, tan valiosa como la de Madrid, que ya no es la modalidad superior de prestigio universal. Por eso, agrega Lope Blanch: «...ciudades tan importantes —histórica y culturalmente— como México, Lima, Bogotá, Buenos Aires, Santiago, etc., fueron estableciéndose como focos de irradiación lingüística de primera magnitud, al menos en los amplios territorios sometidos a su rección política y cultural. La norma lingüística hispánica, única hasta entonces, se fragmentó y dio paso a la aparición de múltiples normas nacionales o regionales»[10]. La norma gráfica endereza no pocas comas descarriadas, reitera que los puntos y comas también existen, que las mayúsculas deben tildarse, y nos indica, además, que los verbos adecuar, evacuar y licuar se conjugan, en cuanto al acento, de acuerdo con el modelo de averiguar (adecuo, evacuo, licuo) o de actuar (adecúo, evacúo, licúo). Según la norma léxico-semántica, en España, cuando dicen Aparte nos sentimos mejor, el adverbio «aparte» puede denotar modo (‘separadamente’) o lugar (‘en otro lugar’, ‘a distancia, desde lejos’); también funciona como adjetivo (‘diferente’: Laura es una niña aparte) y como locución prepositiva (‘con omisión de’): Aparte de diccionarios, leo todo lo que llega a mis manos. En la Argentina, se usa como adjetivo —...yo no hubiera creído que los veraneantes pertenecían a una raza aparte...[11], escribe Silvina Bullrich—; como adverbio de modo y de lugar, con las significaciones especificadas, y como sinónimo del adverbio de cantidad «además»: Aparte ellos saben qué deben hacer en estas circunstancias: la entonación que le damos a este «aparte» explicita aún más ese significado. Incluso usamos «aparte de»[12] como ‘además de’: Aparte de mis primos, vinieron mis sobrinos. Sin duda, la Real Academia Española, respetuosa de esas «múltiples normas nacionales o regionales» de las que hablábamos, evaluará estos dos últimos usos tan difundidos en nuestro país para incorporarlos en su Diccionario, que es muy nuestro también. |
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La norma léxico-semántica nos enseña, entonces, a emplear las palabras con su justo significado. En el registro coloquial de la Argentina y del Uruguay, es frecuente el uso de las locuciones adverbiales capaz que y es capaz que con la denotación de ‘a lo mejor, quizá, es posible que, puede ser que’: Capaz que lo sabe y no lo dice; Es capaz que me lo oculta. La norma léxico-semántica no considera su uso como vulgarismos, sino como coloquialismos, fruto de la conversación informal y distendida. Estas locuciones ya están registradas en el Diccionario académico, pues las ha impuesto la difusión de su empleo. También nos permite saber que el sintagma punto de vista es sinónimo de los vocablos perspectiva y óptica. Por lo tanto, es correcto decir: Desde mi punto de vista {mi perspectiva, mi óptica}, no será fácil firmar ese contrato. La norma sintáctica indica que cuando los sustantivos cantidad, conjunto, grupo, montón o puñado son núcleos de sintagmas nominales indefinidos, el verbo puede concordar con ellos en singular o en plural (Una cantidad de cartas se acumuló/se acumularon en la oficina; Un grupo de profesores convocó/convocaron al célebre disertante), pero cuando son núcleos de sintagmas nominales definidos, el verbo concuerda con ellos sólo en singular (Esa cantidad de cartas se acumuló en la oficina; Aquel grupo de profesores convocó al célebre disertante). Los adjetivos demostrativos «esa» y «aquel» seleccionan el verbo en tercera persona del singular. |
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La norma fónica indicaba la pronunciación estratosfera como voz grave, pero la comunicación vertiginosa y grandilocuente comenzó a difundir estratósfera como voz esdrújula, quizá, por analogía con atmósfera (también atmosfera, voz grave), o porque el esdrujulizar enaltece la forma y el significado de los vocablos. Entonces, hoy son válidas ambas acentuaciones: estratosfera y estratósfera. Las normas son unificadoras. Su seguimiento permite que el que dice o escribe palabras, que son arte cuando están bien dichas o bien escritas, ejerza una actividad docente; que pueda educar, sin proponérselo, a través de su conducta lingüística. La lengua se hace desde los hablantes y entre ellos para que la comunicación sea vínculo y no, desmembración; las normas, también. Por eso, dentro de la palabra «norma», hallamos la palabra «amor», y como bien dijo Cervantes a través de su personaje Marcela, «el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso»[13]. Borges escribió: «Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten...»[14]. Y en ese constante y, a veces, fatigoso compartir, las palabras buscan su espacio recoleto para alcanzar su altura poética en un amanecer único e irrepetible. Y así nos lo dice nuestro Ricardo Eufemio Molinari: «He llenado mi corazón con las sombras de las palabras; / con el sueño de algunas voces. / Y suenan en mí, sin consuelo, desprendidas: tú, nadie, mañana, / espacio, soledad, ternura, aire, vacío, ola, / y nunca. Con ellas entretengo mi ser, la angustia del cielo y la / soledad durísima / de la sangre. / Lavo mi boca con sus ausencias y me llamo de día y de noche, / y las pongo en mi cabeza, descubiertas, para nombrarlas al olvido, / delante y debajo del cenit de las llanuras. / Sus dioses y cuerpos he asentado entre mis labios para siempre, enaltecidos; / delante de mí soportan el aire, ay, y la impenetrable altura de la muerte; / nadie las ve como no se ve el hálito que las muda y las gobierna duramente».[15] |
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La cotidiana crucifixión de lo normativo en aras de la libertad absoluta, ese contraste entre lo que son las palabras y lo que nosotros hacemos de ellas, hace reír a no pocas personas. La risa, uno de los más complejos comportamientos humanos, es protagonista cuando leemos, por ejemplo: El tema vino se refuerza con gran presencia de botellas...[16]; Ella tiene que hacer examen de autoconciencia; No hagas nada hasta que yo no llegue; A mí nadie me ofreció un acto de corrupción; Por la presente, le informo que se ha generado una bacante (con b) en el hotel. Esta última oración, impecable en lo que respecta a su estructura gramatical, nos comunica que han procreado a una mujer que celebraba las fiestas del dios Baco. ¿Un clon, acaso? Sin duda, el gerente del hotel no quiso decir eso cuando envió el mensaje a un posible cliente. Los errores de traducción en las recetas de cocina son desvaríos léxicos, sintácticos y morfológicos cuando para preparar una gallina «al caldo cristal» —sustantivo muy apegado a «la platería de los cultos», según Quevedo—, antes de los ingredientes, leemos: «Difícil*Caro. Por 4 personas», y cuando llegamos al aderezo, nos quedamos estupefactos con «4 pequeños coles verdes, 8 bebés-hinojos, 8 bebés-nabos alargados, 15 g d’ajo apurado y un manojo de perejil llano». Reírnos de los errores que liberan la lengua de «sus fierros normativos» —como llama García Márquez a las reglas— es un raro fenómeno que nos desconcierta. ¿Por qué nos reímos de lo que otros dicen o escriben mal? ¿Cuál es el chiste que genera nuestra risa? ¿Qué extraña distorsión se produce entre lo que dicen y lo que escuchamos, entre lo que escriben y lo que leemos? ¿Causa nuestra risa la mentira que significa la alteración de un signo con otro, de una denotación con otra? Cabe otra cuestión: si nos reímos de los errores lingüísticos ajenos, ¿significa que sabemos corregirlos, que podemos quitarles la máscara a las palabras para que vuelvan a ser en su plenitud? Algunos psicoanalistas consideran que «la risa está de moda como terapia natural»[17]; otros creen que es deseo de dominio, que expresa superioridad sobre el objeto al que se refiere[18], sobre los absurdos que otros cometen. Se produce por contraste entre lo que significan las palabras realmente, y lo que nosotros logramos que signifiquen con nuestros voraces desaciertos. Hay ejemplos conmovedores: Quevedo era cojo, pero de un solo pie; Fumar mata. Si te matan, has perdido una parte muy importante de tu vida; En Holanda, de cada cuatro habitantes, uno es vaca[19]; Doy mis condolencias a los cuatro soldados muertos; El asesinado fue disparado a primeras horas del día; Ese vestido te hace una figura esterilizada; Ésta es la mejor leche que tomará en su vida de vaca; Atraviesa el puente con su coche sobre el río; El delincuente se encuentra en estado profugaz; desde su profuguez, no se sabe nada de él. El que yerra no siempre lo hace adrede, y la risa, un acto de comunicación no verbal, conmemora la sorpresa que causa a otros ese modo incongruente de expresarse, ese desastre escénico que ocurre «cuando algo desentona con la máscara social de un personaje en el teatro de la vida cotidiana»[20]. La transposición de las letras de la palabra «risa», su anagrama, es «asir»; el que ríe de errores ajenos logra asirse de nuevas denotaciones; las mismas palabras ya son otras. Por lo tanto, la risa celebra lo imperfecto, lo inusitado, los disfraces bufonescos de la ignorancia, los traspiés de la inteligencia y, a veces, la degradación de lo sublime; en síntesis, la ruptura con la realidad. La misma aparente irrelevancia de la risa nos habla de su seriedad y hasta de su valor correctivo. |
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He ahí la paradoja: el error engendra el humor como si esculpiéramos alguna brillante agudeza y, en realidad, nada hacemos para afilar el ingenio. Y el mundo se transforma con nuestro decir de muchas maneras. Hemos traído como ejemplo unas ágiles y sustanciosas instrucciones para instalar cortinas: 1? PASO Quite el envoltorio y presente la cortina frente al marco donde va a colocarse marcando con ayuda de un elemento fino los lugares exactos de colocación que correspondan a los sistemas de sujeción de la cortina. En primer lugar, la ausencia de comas —ni una, ni siquiera las seudocomas o comas respiratorias, también llamadas antifatiga o anticarismáticas— atestigua la vehemencia con que ha sido escrito el texto. El signo de interrogación de cierre después del número uno, anómalo en español, porque tenemos dos, explica la duda vertiginosa: ¿Será éste, realmente, el primer paso? O querrá decir: ¿uno?, «paso», es decir, ‘no lo tengo en cuenta’. El error se duplica al comunicarle la vacilación a la persona que ha comprado con alegría esa cortina; en lugar de darle seguridad para colocarla, le enciende la duda y por qué no, la ira. La intrepidez de espíritu se sobrentiende cuando comienza la explicación: «Quite el envoltorio», expresión sesuda, autoritaria, que subestima el coeficiente intelectual del cliente, pues no ha de colgar el paquete o la caja que contiene la preciada compra, sino, por supuesto, su contenido; «...y presente la cortina frente al marco donde va a colocarse...». Parece un gesto de cortesía inusual, para que se conozcan dos elementos que han de convivir por un tiempo, pero no lo es, pues según la séptima acepción académica del verbo «presentar», en este caso, denota ‘colocar provisionalmente una cosa para ver el efecto que produciría colocada definitivamente’. Enseguida, mal usado, el infaltable gerundio, que refleja la actitud desinhibida del redactor: «...presente la cortina [...] marcando con ayuda de un elemento fino los lugares exactos de colocación...»; si presenta marcando, el que ha escrito estas instrucciones supone que el cliente tiene más de dos manos para sostener la cortina y, al mismo tiempo, el críptico «elemento fino»: ¿una aguja, un estilete, un buril, un punzón, un lápiz, acaso? No lo sabemos. | ||
A pesar de ello, nuestra valentía reside en que nos equivocamos en estado de cordura para que se cumpla el dicho español: «Goza de la compañía de los locos, pues, de cuerdos, alegría dan muy pocos». Gran verdad, porque muy pocos cuerdos hablan para que se los entienda. La risa también se deleita con esta traducción magistralmente trágica del contenido de un «folleto de entrenamiento» para usar un pulverizador como arma de defensa: «Planiando para defensa personal. Quizas el aspecto más importante para el plan de defensa personal es aprender a confiar en sus presentimientos-si las cosas no parecen correctas, seguro que no están. Salgase inmediatamente de donde estás. FIRST DEFENSE ni cualquier otro producto puede garantizar su seguridad personal. [...]. Posesión de los productos de FIRST DEFENSE no es substitución para sentido común. [...]. Nunca usa FIRST DEFENSE como una arma ofensiva. Una técnica importante para usar si eres amenazado por un atacante es poder, dominar con aseveración. Muchos atacantes se desaniman cuando la víctima muestra fuerza y confidencia. Con el rostro hacia el atacante, levante la mano que no es dominante (usualmente la izquierda) con la palma señale al atacante ALTO, después grite lo más fuerte y agresivo que puedas “ALTO... Mantengase Atrás!”. Estudios han muestrado que personas que tienen tensión o ansiedad aumentado no oyen lo que se dice. Armonice la intensidad de lo que diga y como lo dices. Haga SU demanda fuerte y recio, no pasivo como “no me hagas daño” o “que quieres?”. [...] NO, siempre, significa NO! Practique gritar regularmente estas palabras poderosas. Si el atacante continúa, esté preparado a usar FIRST DEFENSE. [...]. Agarre firme su unidad personal de FIRST DEFENSE con cuatro dedos y pulgar. [...]. Tambien si el chorro está más corto de cuando era nueva es tiempo para reemplazarlo. [...]. Cuando estés confrontado con un atacador tenga y tome una posicion con los pies seguros y que sea facil de mover. Acuerdas... que si no encuentras el producto no puedes usarlo». Después de leer este manifiesto contra la ortografía y la sintaxis españolas, este paradigma del absurdo, creemos que ante un ladrón armado, la facultad intelectiva de raciocinar desaparece, es decir, no se puede pensar demasiado, menos aún como lo hace este traductor prehistórico. ¿Esto han hecho de nuestra lengua? La risa que provocan algunos de los ejemplos leídos es una metáfora del error, o mejor, la traducción física, sin dolor, de nuestros yerros. Aristóteles, en su Poética, expresa que lo risible es «un defecto y una fealdad»[21]. Reímos por alegría; para que otros sean felices; para liberar nuestras tensiones; para demostrar —como dijimos— superioridad, porque lo que se dice no excede nuestro conocimiento o nuestra imaginación; y como Galeno propiciaba los ataques de risa para que sus pacientes se sintieran mejor, reímos ante los errores lingüísticos, no, para atenuarlos ni justificarlos, sino para empezar a curarnos, para tomar la decisión de estar sanos. Bien decía el aforista alemán Georg Christoph Lichtenberg: «¿De qué sirven todas las salidas del Sol si no nos levantamos?»[22]. Las palabras de nuestra lengua se guardan de los silencios, pero viven en silencio. Mientras esperan al hombre, recuerdan la eternidad.Y cuando nacen, son nuevas cada día, estrenan su página blanca, y son un poema, una elegía del pasado, que es tradición y realidad, y un vaticinio de ese futuro que sólo sueña mediante palabras. Escribe Carlos Fuentes: «Escuchemos las voces. Desterremos los vicios»[23]. El error y la risa logran una sociedad benéfica, casi terapéutica, cuando conciencian a los hablantes sobre la dimensión de las dudas, y éstos recurren —sabemos que no siempre— a las normas lingüísticas. El error, el humor y la norma lingüística trazan un camino que recorremos todos. Detrás de cada error hay una persona, y cuando esa persona habla, se convierte en espectáculo para los demás. ¿Será la risa, acaso, el aliciente para que cada hombre aspire a convertirse, mediante el uso decoroso de sus palabras, en obra de arte? El error lingüístico, rígido disfraz de la verdad, cosificación del espíritu de la palabra, y la risa, castigo involuntario de ese error, metáfora de la desproporción, crean el provechoso hábito de la búsqueda, y ésta propicia el alumbramiento. Dice el poeta español Gerardo Diego que «también la piedra, si hay estrellas, vuela»[24]. Entonces, nada es imposible, y la palabra, que tantas veces convertimos en piedra, porque parece expresar solamente el sinsentido de la vida en una pobre y desganada sintaxis de puntos suspensivos, debe buscar sus estrellas y volver a volar, ser aire para que haya alas, ser luz para que haya luz como en el alba de la Creación, cuando era principio de todos los sueños. Que nada pese. Que los hombres nos dignifiquemos por la palabra. Que su larga penumbra sea fruto deslumbrado, y raíz, y canto, y llama. Nuestras pobres voces tienen sed de alturas y nos reclaman. Arranquémonos las máscaras que las desvirtúan, desenterremos las bienaventuranzas y remontemos con pasión los horizontes del espíritu para entregar despojados el alma en sus almas.
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[1] Aguafuertes porteñas, Obra Completa, Tomo II, Buenos Aires, Planeta-Carlos Lohlé-Biblioteca del Sur, 1991, pág. 487. [2] «El español estándar (ab)suelto. Algunos ejemplos del léxico y la gramática», II Congreso Internacional de la Lengua Española, Valladolid, 16 a 19 de octubre de 2001. [3] La Nueva Provincia, Bahía Blanca, domingo 24 de septiembre de 2000. [4] La lengua como libertad y otros estudios, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1982, pág. 48. [5] II, 431. [6] «Reconstrucción», Poesías completas, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1982, pág. 47. [7] «Las academias hispanoamericanas se unen para crear un diccionario de dudas», Boletín Stand@rte [en línea]. Dirección URL: http://www.estandarte.com/boletin/estandarte%20000721.htm [Consulta: 21 de diciembre de 2002]. [8] «Lenguaje y humor» [en línea]. Dirección URL: http://www.nacion.co.cr/tribuna/lenguaje.html [Consulta: 30 de enero de 2003]. [9] «El español de América y la norma lingüística hispánica», en C. HERNÁNDEZ y otros, El español de América. Actas del III Congreso Internacional de El Español de América, Valadolid, 3 a 9 de julio de 1989, Salamanca, Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, 1991, pág. 1179. [10] Ibídem, pág. 1181. [11] Silvina BULLRICH, Mal don, Buenos Aires, EMECÉ, 1973, pág. 19. [12] «El caso del español es singular, pues, aparte de en España, se habla en más de la mitad del continente americano, con inclusión de los enclaves cada vez más dilatados de ese idioma en los Estados Unidos», Jorge CRUZ, «Comunicación y unidad idiomática», La Nación, Buenos Aires, domingo 7 de julio de 1996. [13] El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, Primera Parte, Cap. XIV, 5.ª edición, Madrid, Ediciones Ibéricas, 1965, pág. 98. [14] I, 624. [15] «Oda», Páginas de Ricardo E. Molinari seleccionadas por el autor, Buenos Aires, Celtia, 1983, pág. 77. [16] La Nación Revista, Buenos Aires, domingo 12 de enero de 2003, pág. 6. [17] Eduardo SALVADOR, «El valor terapéutico de las carcajadas», Madrid, El Mundo, martes 1 de julio de 2003. [18] Alfonso FERNÁNDEZ TRESGUERRES, «De la risa», El catoblepas. Revista crítica del presente, N.° 8, octubre de 2002, pág. 2 [en línea]. Dirección URL: http://www.nodulo.org/ec/2002/n008p03.htm [Consulta: 23 de enero de 2003]. [19] http:// www.elalmanaque.com/humor/humor17/hum7.htm [20] Eduardo JÁUREGUI, «El valor terapéutico de las carcajadas», op. cit. [21] «Sobre la comedia», Obras. Traducción del griego por Francisco de P. Samaranch, Madrid, Aguilar, 1967, pág. 81. [22] Aforismos. Traducción de Juan del Solar, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pág. 288. [23] La evolución de la lengua española, «El lenguaje a pesar de la censura» [en línea]. URL: http://www.dat.etsit.upm.es/~mmonjas/mirror_elpais/p/d/debates/fuentes.htm [Consulta: 7-2-2003]. [24] «Ante las torres de Compostela», Primera antología de sus versos, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1941, págs. 158-159. |
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Alicia María Zorrilla es miembro de número de la Academia Argentina de Letras | ||
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