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3 de septiembre de 2003


Tribuna de opinión

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SILVIA RAQUEL RIVAS
Sobre libros y sobre textos

La denominación

La escuela

Los destinatarios

Fragmentación

Aceptación y rechazo

Conclusión

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La autora analiza el papel de los libros de textos en las escuelas y en especial para la enseñanza y el aprendizaje del idioma, desde su formación y experiencia como profesora de lengua en su país natal, la Argentina.

 

                                                  “Están todos de regreso en esas estancias
                                                          alineadas que se ocultan en el extremo más
                                                            angosto de la noche, y yo permanezco
indefenso en este lugar desértico,
 examinando los libros
”.
                                                                         De “Submundo”, de Don DeLillo

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La denominación 

¿Qué son los libros de texto? Los  concebimos ligados desde siempre a la institución escolar y sabemos que confiesan  una finalidad exclusivamente pedagógica, y estas dos particularidades ya los vuelven únicos e interesantes. Desde el nombre mismo, desde su denominación,  los libros de texto no son simples.    Con el núcleo  “libros” no hay mayor problema, con la salvedad de que  cuando los editamos  como “electrónicos” evitamos  lo de  “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”, para  abrazar la segunda acepción, que amplía: “que puede aparecer impresa   o en  otro soporte” (DRAE,2001). Con el agregado  “de texto”, en cambio, no es tan sencillo. El de Lengua, en todo caso, sería un libro “de textos”, pero la denominación vale para todos, y son libros de texto el de Biología, el de Historia y el de Química, también. El nombre (en  inglés  no se elude la tautología, “textbook”, pero los franceses, más precisos, lo llaman “manuel”) podría confundir a algún desprevenido, sin embargo    no nos  sorprende a nosotros, a los que  alguna vez los usamos, los elegimos, los compramos y los olvidamos. Nosotros sabemos de qué se trata, sabemos que los libros de texto, por ejemplo, tal como Internet y los libros de hadas, han anticipado la “muerte del autor” (R. Barthes) porque no los identificamos por sus autores, a veces ni siquiera por sus títulos, sino por las editoriales, por las asignaturas y por los niveles, y el librero nos entiende cuando le pedimos “Castellano de tercero, de Kapelusz”.

El libro de texto de Lengua, como dijimos, tiene su propia especificidad. No sólo porque recoge textos de otros libros, esto lo podría hacer también un libro de texto de Historia, sino porque la lengua en la que están escritos esos textos es en sí la materia  de estudio. Claro que  el libro  de texto de Lengua se ocupa muy bien de diferenciar  los textos  que hay que analizar de los textos explicativos,  aquellos con los que   nos acercan la “verdad” acerca de la lengua que usamos. En parte, entonces, estos libros de texto son medio y fin al mismo tiempo.

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La escuela

Muchos han juzgado que la escuela es una institución cerrada en sí misma. Para algunos esto es  valioso porque permite ofrecer conocimiento  “sin contaminar”. Es decir,   identifican  aislamiento con autonomía. Para otros, en cambio, ese aislamiento es sólo eso, aislamiento, un obstáculo para aprehender una “realidad” que circularía   fuera de los muros escolares. El libro de texto derriba en parte esos muros ya que con ellos se entrometen en la escuela el Estado y el mercado. El Estado introduce el currículo que ha diseñado,   y  las empresas editoriales, la interpretación que han hecho de ese currículo.   El libro de texto es un producto del mercado sobre el que el Estado ejerce un control más o menos estricto.

No podríamos concebir al libro de texto sin la escuela, pero sí podemos imaginar una escuela sin libros de texto.

Los destinatarios

Por otra parte, todo discurso tiene un receptor, todo libro supone un lector. En el caso de los libros de texto, ¿quiénes son  sus receptores? ¿a quiénes van dirigidos? ¿para quiénes se escriben? ¿quiénes son los destinatarios  “reales”?. Este libro es aprobado por el Estado, seleccionado por los profesores  y comprado (consumido) por los padres. A los jóvenes se les exige que lo lean, mejor, que lo estudien, y a través de  sus páginas se les ordena: “escribe”, “reemplaza”, “completa”, “busca”. Por otro lado, si toda enunciación  supone una imagen del destinatario, una hipótesis de sus intereses y expectativas, ¿cuál es la imagen del destinatario “ideal” que el libro de texto refleja?

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Fragmentación

La fragmentación espacial que surge a simple vista en cualquier libro de texto  reproduce la periodicidad que impregna la vida  en las escuelas, regida por horas, cuatrimestres, años y  recreos de minutos contados. Si durante el día escolar los estudiantes dejan cada tanto tiempo de atender a una clase de Matemáticas para sumergirse en una clase de Historia y, a veces sin solución de continuidad, en una de Biología, en el libro de Lengua  pueden  pasar  de  un fragmento de  las Coplas de Jorge Manrique, a un relato de Camilo José Cela, de allí  a las Características generales de las encuestas, para desembocar en los Tipos de oración según la actitud del hablante. Y todo esto en cinco páginas.

El libro de texto no exige una lectura secuencial, más bien diríamos que la dificulta, casi la hace imposible, ¿quién ha leído un libro de texto “de cabo a rabo”?  En este sentido se aproxima  a las nuevas tecnologías, con bloques de textos que se conectan entre sí  y permiten recorrer diferentes campos, y con información verbal   y no verbal. Cada vez más, en un precipitado “aggiornamento”, el libro de texto, aun el de Lengua, incorpora imágenes y recursos gráficos cuya eficacia educativa está por demostrarse, pero que lo singularizan aun más dentro del conjunto de los libros y  acusan el impacto  de la competencia en las sociedades de la imagen contemporáneas. 

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Aceptación y rechazo

¿Para qué sirve el libro de texto? A pesar de que su uso está muy extendido y es difícil nombrar un país donde  no se utilice,  su aceptación no es unánime y, cuando existe, dista mucho de ser calurosa. No encontramos trabajos serios que recojan el parecer de los alumnos, que tal vez sea el que realmente importa, aunque sabemos que hay resistencias. Algunas de ellas se manifiestan en los libros “usados”, donde los jóvenes, como los lectores medievales, “glosan” los textos o,  como  participan de un mundo “multimedia”, los dibujan. Un análisis de esos “comentarios” otorgadores de sentido podría arrojar bastante luz sobre los libros de texto.

Las opiniones de los  profesores, por su parte, van desde su defensa como el auxiliar del docente que “brinda información pública, explícita y por ende criticable, pero sistemática, organizada y gradual”, hasta denostarlo como  un “obstáculo a la búsqueda, exploración y descubrimiento del saber”, o como “una simple  expresión de los valores e intereses hegemónicos en la sociedad, mero instrumento para la reproducción y la legitimación de la cultura dominante”. Sin embargo, pocos prescinden de él. En  algunos casos lo usan  y lo  “hacen usar” a sus alumnos abiertamente; en otros, no lo recomiendan, pero lo consultan y extraen de él vergonzosamente el material que luego fotocopian  para la clase.

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Conclusión

¿Cómo se relaciona el Estado con el libro de texto? El Estado controla. En muchos casos, en  una actitud anacrónica que no parece conmover a nadie, lo censura. Es decir, con el libro de texto retrocedemos a un Estado anterior, de censura previa y de    libros “autorizados”, o no. El libro de texto es un producto del mercado, sobre el que el Estado ejerce un control más o menos estricto.

Eliseo Verón (“Esto no es un libro”, Gedisa editorial, 1999) dice que el libro de texto es un libro “estereotipado”. Compartimos esa calificación en los dos sentidos: porque “se repite sin variaciones”, y como derivado de “estereotipo”, “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”.

Estas líneas son sólo una muestra de algunos de los puntos de vista desde los que podemos abordar  a los libros de texto como objeto de estudio. Esos libros  que nos pertenecen porque han sobrevivido durante varios siglos, que reflejan aspectos culturales que a veces preferimos que permanezcan ocultos y que,  debemos reconocerlo, resisten  incólumes a las reformas educativas que cada tanto perpetramos.


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Silvia Raquel Rivas es profesora y lingüista argentina

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