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14 de abril de 2004 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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CARLOS CASTILLA DEL PINO: (cuarta
parte) (partes
uno,
dos y tres)
Teoría del otro. Identificación | ||
En psicología cognitiva el término teoría se utiliza en una acepción especial, que ha resultado sumamente útil. Teoría no es el proceso de la reflexión, sino lo reflexionado. Vemos un perro que nos mira atento. A partir de su imagen construimos una teoría acerca de él, la de que puede venir a hacernos fiestas o a mordernos, o incluso algo imposible, que simule venir alegre para atacarnos a traición. En este contexto, teoría es un conjunto de presuposiciones, implicaciones e inferencias no demostrativas surgidas tras la percepción y representación del objeto, aquí, nuestro perro. Lo que hemos hecho es "ponernos en el lugar del perro". En pocas palabras, la teoría concierne a las intenciones de las probables y futuras actuaciones del animal. Otro ejemplo podría ser el de un artilugio desconocido y del que habría de inferir para qué sirve, cómo se usa, qué riesgos puede ofrecer su manejo, etcétera. Anticipemos algo: la formulación lingüística de estas teorías se vale del subjuntivo, aunque en ocasiones se recurra también al potencial. Desde Franz Brentano, el filósofo de finales del XIX que en unas cuantas frases precisó el estatuto de la psicología actual, sabemos que lo que caracteriza a lo psíquico, a lo mental, es el hecho de ser un acto dirigido a, esto es, un acto intencional. Para Brentano, todo acto mental hace —son sus palabras— "referencia a un contenido, [a] la dirección hacia un objeto (por el cual no hay que entender aquí una realidad [exterior])". Y continúa: "Con lo cual podemos definir los fenómenos psíquicos diciendo que son aquellos fenómenos que contienen, en sí, intencionalmente, un objeto" 22 . José Luis Pinillos, en un trabajo de hace años en el que se ocupó de epistemología de la psicología, subrayó que todo acto de conducta es propositivo, esto es, se hace para algo. Pinillos dice concretamente lo siguiente: "Se ha producido una crisis evidente del paradigma psicológico que reducía el objeto de la psicología a conexiones asociativas de estímulos y respuestas, a favor de un paradigma cognitivo que concibe el comportamiento en términos de operaciones de un sujeto sobre un objeto" (subrayados míos) 23 . Por eso se formula sintácticamente mediante un verbo que en términos gramaticales denominamos transitivo, en el que el sujeto y el complemento directo no son idénticos o, lo que es lo mismo, aluden a referentes distintos. Percibir, recordar, desear, imaginar, etcétera, es percibir, recordar, desear o imaginar algo por parte de alguien, en donde el alguien que percibe o imagina, etcétera, es distinto al algo percibido o imaginado por él. Pero —y esto es lo interesante— ¿y si esta transitividad no es externa al sujeto? Tal cosa ocurre en el reflexivo, en donde sujeto y complemento directo tienen como referente al mismo objeto, en este caso uno mismo. De aquí que, como ha sido habitual en los gramáticos, Alcina y Blecua traten esta forma pronominal del verbo como si fuera un transitivo 24 , o que otros autores, como Terracini 25 , consideraran el modo reflexivo como un problema semántico más que gramatical; o como una cuestión tocante a los valores y funciones del llamado pronombre /se/ 26 . Se trata de lo que Alcina y Blecua llaman una "construcción reflexiva", en la que el sujeto y el complemento directo o indirecto son idénticos. Eso ocurre muy gráficamente en aquellas expresiones en las que uno se dirige a sí mismo en segunda persona, e incluso autoparlamenta, como, por ejemplo, cuando me digo: "Si te encuentras con Amelia, no le digas nada, que será peor". No en el plano de la gramática, sino en el de la psicología cognitiva, la reflexividad es una actuación que, por decirlo así, no sale del mundo de lo mental, como ha resaltado Mercedes Belinchón 27 . Cuando pensamos en algo, por ejemplo, "Saludaría a Jacinto si me lo encontrase" o "3+7 son 10", ni el saludo a Jacinto ni la suma de los dos dígitos se han salido (permítanme la expresión) del sujeto pensante, como no emerge al exterior el recuerdo de mi padre cuando yo era niño. Por eso, aunque desde el punto de vista estrictamente gramatical es idéntica la estructura "veo la mesa que tengo ante mí" y esta otra, "imagino la mesa ante mí", en una perspectiva semántica los rasgos de los verbos transforman la referencia de los objetos, en el primero, en un objeto exterior y, en el segundo, en un objeto interior, una representación, lo que Karl Bühler calificó como deixis am phantasma 28 . Me importa precisar, antes de seguir adelante, que el punto de vista que aquí expongo no es el del gramático, al que estoy lejos de adscribirme, dada mi carencia absoluta de autoridad en la materia, sino el del psiquiatra interesado ante todo por el usuario del lenguaje. Si el objeto del gramático es el análisis del habla, el del psiquiatra es el del hablante. Es cierto que en algún momento el gramático se remite al sujeto del habla, se ve obligado a pensar en él, pero se trata de una pasajera intromisión, que además les molesta. Los gramáticos preferirían no tener que imaginarse al hablante, sino quedarse solo en lo hablado. Los psiquiatras, sin embargo, en nuestra práctica diaria, incluso para el diagnóstico, solo contamos con el discurso verbal. ¿Qué podemos hacer ante alguien que permanece en mutismo ante nosotros? ¿Alucina?, ¿delira? Imposible saberlo 29 . | ||
Si nuestra relación con el otro procede de la teoría que inicialmente construimos sobre él, teoría que iremos modificando al compás de sucesivas actuaciones, de las actuaciones que el otro hace para mí infiero, a la vez, qué teoría se ha podido formar él de mí. Y si ambas teorías las considero análogas como para serme plausible la interacción ulterior es porque ha tenido lugar entre ambos una identificación, proceso que fue detectado mucho antes de que la psicología cognitiva hubiese sido parida 33 . La identificación afecta ante todo, aunque no solo, al plano moral. Me identifico con Juan porque supongo que Juan piensa de mí lo mismo que yo pienso de él. Pero la teoría de la identificación no advierte entonces el importante detalle de que esta identificación, para usar una expresión coloquial, "está siempre por ver", es imaginaria, inverificable, porque ¿cómo se prueba que Juan me dice verdad y cómo sabe Juan que yo le digo verdad cuando interactuamos? Si las identificaciones entre Juan y yo pudieran probarse, no habría lugar para la confianza, porque no habría posibilidad de engaño. El riesgo de equivocarnos nos acompaña siempre que confiamos. Y si nos engañan, conviene reflexionar sobre ello: ¿nos han engañado o nos hemos equivocado? Tal vez las dos cosas, en proporciones diferentes según la situación concreta. A veces nos conviene dejarnos engañar; otras veces negamos la evidencia; otras veces, en fin, somos traicionados alevosamente y sin defensa posible. El mundo de las relaciones humanas funciona sobre la base de pactos morales implícitos de extrema complejidad y sutileza. VII Identificación versus proyección En situaciones como la que acabamos de describir, lo ocurrido es exactamente lo opuesto a la identificación: en lugar de ponerme en el lugar del otro, coloco al otro en el lugar imaginario que me interesa. A este proceso lo denominó Freud proyección 34 . La proyección consiste en atribuir al otro las intenciones que yo creo que posee, en vez de colocarme en su lugar e intentar pensar desde donde el otro está. Un ejemplo aclarará este complicado proceso: el suspicaz, sea pasajeramente o sostenidamente, como patrón de conducta y, por tanto, como rasgo en el perfil de su personalidad, no se despoja de su teoría de la sospecha: el supuesto de que los demás se dedican exclusivamente a observarle, a sonreír despectivamente, a hablar mal de él. El suspicaz, valga la expresión, "coloca" su mente en la mente del otro y la hace idéntica a la suya: "Pienso que tu te ríes de mí, luego te ríes de mí". Es una forma lógicamente perversa del modus ponendo ponens. Al suspicaz no le es posible imaginar que los demás pueden tener otra ocupación que pensar en él. El suspicaz, no se olvide, se siente un hombre tan importante como para ser objetivo único de todos, aunque sea para vituperarle. A diferencia de la identificación, que puede ser acertada, la proyección es errónea por definición, por el modo en que se produce. Por eso toda proyección es, en esbozo, un delirio, aunque todavía reversible. Pero nos pone sobre aviso ante la posibilidad de que deje de serlo y el sujeto se instale en el delirio a perpetuidad. | ||
VIII LA pregunta sobre el cómo de la reflexión puede tener una respuesta atendiendo a los usos del lenguaje. En el lenguaje se formulan implícitamente los diferentes procesos de la reflexión (la anticipada, la actualizada y la retrospectiva) y los del reflexionar. El lenguaje es un instrumento para la actuación y el habla, una actuación privilegiada. De acuerdo con la tesis de Brentano de que todo acto mental, por su carácter intencional, requiere un predicado, reflexionar es un verbo transitivo. Se reflexiona sobre algo, un objeto exterior o un objeto mental, previamente reflejados. Los gramáticos, como decía anteriormente, tratan el reflexivo como un verbo transitivo. Digo tratan porque de hecho no lo consideran así, dado que el objeto sobre el que recae la acción del sujeto es constitutivo del propio sujeto, es decir, es, a su vez, un objeto mental, tal es un sentimiento suscitado por un objeto, o el pensar en algo, o la evocación de lo vivido ayer o hace un año. Ahora bien, el transitivo stricto sensu, es decir, aquel en el que la acción del verbo recae sobre un objeto exterior, implica una clara partición, una disociación: "aquí" el sujeto, "allí" el objeto. "El niño rompe el jarrón". La transitividad es la expresión verbal de la relación sujeto/objeto y de que esta relación implica una distancia entre ambos. El verbo desempeña —hablo desde el punto de vista psicológico— una función copulativa, nunca de identidad. La relación sujeto/objeto se expresa con la barra separadora que intercalamos entre la palabra sujeto y la palabra objeto. Este esquema de la relación sujeto/objeto es válido cuando el objeto es externo, pero la perspectiva es diferente cuando el objeto con el que se relaciona es interno, o sea, perteneciente al propio sujeto, como en la siguiente evocación: "El niño rompió el jarrón". Porque ese objeto (la evocación del niño y el jarrón) es del sujeto, y la relación, en última instancia, es del sujeto con una parte de sí mismo, sus recuerdos. Lo reflejado ahora en y por el sujeto es, pues, una parte de sí mismo que ha tenido que ser virtualmente separada, como si se independizara del sujeto, para, de esa forma, también virtualmente ser vista 36 . Esto solo es posible si partimos de una teoría del sujeto que, según pienso, la investigación neuropsiquiátrica actual apoya, aunque la psicología fisicalista y la cognitivista, aún tan dominante en nuestros días, huyen de ella como de la peste. Los psiquiatras, no obstante, por razones comprensibles, no podemos eludirla. ¿Cuál es este modelo de sujeto que pueda dar cuenta de que sus actuaciones, externas o internas, se le reflejen y además le inciten a reflexionar? | ||
Desde hace algunos años vengo trabajando en la elaboración de una teoría del sujeto que explique el proceso de desdoblamiento virtual que se produce en la reflexión: por un lado, el sujeto como ejecutor de sus actuaciones; por otro, como reflector de sus actuaciones sobre sí mismo, para su control y eventual rectificación 37 . Es decir, la disociación virtual entre el sujeto de la acción y la acción que indudablemente le pertenece. Lo que llamamos sujeto es un sistema del organismo de enorme versatilidad, que le permite anticipar el contexto y la actuación que en él podría tener lugar y, una vez exteriorizada, conservar su control para ulteriores modificaciones, que corrijan las eventuales inadecuaciones surgidas en la praxis. El sujeto dispone, pues, de habilidades cognitivas mediante las cuales adquiere un anticipado, actual y luego rememorado juicio de realidad (el "sentido de realidad" de que se habla habitualmente). Cuando me digo "qué mal lo estoy haciendo", parecen existir dos yoes, uno que hace y otro que juzga al que hace, en este caso mal. Ocurre, sin embargo, que yo me reconozco el mismo en el actor y en el juez. Se puede inferir, pues, que aunque pertenezcan al mismo conjunto, uno, el ejecutor o constructor del yo que actúa, define el sistema de yoes, mientras que el otro es solo un yo concreto y perecedero, circunstancial, hecho para resolver el problema del momento. Porque, evidentemente, el mismo yo juzgador puede decir "qué bien lo estoy haciendo" refiriéndose al yo actor que sucede al anterior. En trabajos míos he tratado esta cuestión con detalle, abundando en las complicaciones que, sin embargo, pueden ser lingüísticamente formuladas. Pero quiero traer a colación un ejemplo muy expresivo a este respecto. En la página 137 de los llamados Diarios robados de don Manuel Azaña, y que han sido publicados hace algunos años tras haber sido devueltos, Azaña refiere la pelotera que Fernando de los Ríos tuvo con Indalecio Prieto en su presencia, y cómo, unos días después, De los Ríos se presentó ante él y le dijo lo siguiente: "Discúlpeme usted si la otra tarde no supe contenerme. Ese hombre [por Prieto] me hace parecer como no soy". Azaña deja ver un cierto regusto irónico al respecto 38 . Porque don Fernando de los Ríos parece presentar, con carácter reversible, desde luego, ese síndrome que los psiquiatras conocemos como "extrañamiento de sí mismo". ¿Qué es eso de "me hace parecer como no soy"? Imaginen que uno de ustedes me sorprendiera en el momento de extraerle la cartera del bolsillo trasero del pantalón, y yo argumentara: "Discúlpeme usted: su cartera me ha hecho parecer lo que no soy". No es el momento para una exposición pormenorizada de la teoría del sujeto, cuyo esbozo se debe a dos grandes, William James 39 y George Herbert Mead 40 . Baste decir, por ahora, que el sujeto es un sistema constructor, ejecutor y regulador de las actuaciones mediante las cuales establece relaciones adecuadas con la realidad y consigo mismo. Las actuaciones, pues, son solo parte del sistema del sujeto, se usan en una situación concreta, se retraen una vez que carecen de aplicación y se almacenan entonces en la memoria para un eventual uso en el futuro. Este es el yo que el sujeto exhibe ante los demás, ese yo que el etnometodólogo Garfinkel 41 denomina "yo ad hoc", del que Mead decía: "El yo es la acción del sujeto frente a la situación". Por eso he dicho alguna vez que el sujeto esculpe el yo en y con su cuerpo, como con anterioridad apuntó Ortega cuando decía: "La carne se nos presenta como la exteriorización de algo esencialmente interno [...]. Lo interno de la carne no llega nunca por sí mismo a hacerse externo: es radical, absolutamente interno. Es, por esencia, intimidad" 42. Porque, de hecho, nadie sabe cómo es el sujeto; sabe de algunas de sus actuaciones, las que pueden observarse. Pero el conjunto de las actuaciones públicas —los yoes públicos— solo muestra una mínima parte del sujeto, porque aún quedan las actuaciones íntimas que, como he dicho, son de suyo inobservables. Cada actuación cara al exterior se presenta como si fuera el sujeto en su totalidad, cuando no es más que una representación ad hoc para un contexto determinado. Yo estoy actuando muy en serio en este momento y aparentemente entregado con todo mi ser a lo que hago: no lo duden; pero a nadie se le ocurriría pensar que no tengo mucho más en mi trastienda. Como todo actor, uno parece volcarse en su totalidad en el escenario, pero no es así. Toda actuación implica un desdoblamiento entre el sujeto que queda como rector y regulador y el que se mantiene embridado y se ostenta en la actuación. | ||
En tanto, pues, que las actuaciones son nuestras, es preciso que, como sujetos, poseamos la capacidad de desdoblarnos en el que decide la actuación y en el que actúa, desdoblamiento que, de acuerdo con la tesis de Vaihinger, es de carácter figurado, es decir, mental y, por tanto, se es consciente de que se trata de una figuración. Para aclararlo, y aunque sea adelantando lo que ha de venir después, compárese este desdoblamiento figurado con el del alucinado, en el que el desdoblamiento —como señaló Eugen Bleuler por primera vez en 1911 44— es real. El alucinado afirma oír voces que le insultan. Las voces no existen en el mundo exterior. Las voces se generan, pues, en su mente, en su cerebro. El alucinado, sin embargo, las sitúa fuera de sí, en el mundo exterior, y hasta —delirando — se las atribuye a alguien concreto a quien precisamente dice no ver. La alucinación no es percibir lo que no hay, como se ha dicho insistentemente a lo largo de la historia de la psicopatología; la alucinación, como demostré en 1984 en mi Teoría de la alucinación 45 , es percibir fuera, como algo empírico, una representación, un objeto interior, de naturaleza, pues, exclusivamente mental. El alucinado sufre un desdoblamiento real, en el sentido en que lo enunciaba Bleuler: una parte de él, lo alucinado, se escinde, se separa de ese sistema que constituye él como sujeto y que le permitía construir un yo sin que en momento alguno se le escapara a su dueño. El alucinado no imagina que oye voces; las oye como tales; es incapaz de separar mundo interior y mundo exterior. La barrera entre uno y otro, la barrera diacrítica, como la he llamado desde hace treinta años en diversos trabajos míos, y que constituye el predicado cognitivo fundamental de cualquier percepción o representación, se vuelve, por decirlo así, permeable por la psicosis, el tóxico, o por el descenso del nivel de conciencia que tiene lugar cuando dormimos y soñamos. A diferencia del desdoblamiento como si, reversible porque es figurado, del mentalmente sano, el del alucinado o el del soñante es un desdoblamiento real, una disociación fáctica 46 . Esta propiedad del como si de los sistemas cognitivos del sistema que llamamos sujeto es la que vemos, antes de su formulación verbal, en el juego del niño de poco más de un año, como ha sido minuciosamente estudiado por Jean Piaget y sus colaboradores, a los cuales me referiré más adelante, pero a los que quiero aludir de momento. Dos niños, de entre cuatro a siete años, juegan: uno hace de sherif ; el otro, de pistolero. Hacer-de es hacer como si, esto es, como si se fuera quien, por parte de ambos, se sabe que no se es. Si al niño-sheriff alguien le llama por su nombre en ese momento, contestará. Sale inmediatamente de hacer de sheriff (juego) para volver a su identidad real, social. Hacer como si no es mentir. Ni el niño ni el actor mienten en esta tarea, pues en todo se han ajustado a las reglas convenidas 47. Tampoco el novelista miente cuando nos narra su historia, porque los lectores aceptamos de antemano el pacto de ficción que nos propone. Como el ilusionista en el escenario, el novelista debe lograr que lo que cuenta parezca verdad, provocarnos la "ilusión de realidad". En ello consiste su virtuosismo: en que nos haga suspender la incredulidad mientras le leemos 48 . La paradoja del comediante de Diderot 49 estriba en hacernos creer que el que hace de Hamlet es Hamlet, a sabiendas de que no lo es. El
modelo del desdoblamiento como si que los seres humanos llevamos a
cabo y que, entre otras cosas, permite la reflexión de nuestras actuaciones,
me parece sumamente fecundo. Pensemos ahora en una situación opuesta a la
que acabo de describir, la que nos ofrece un impostor. El impostor juega a
ser como si, pero solo para sí mismo, procurando que no se descubra
el juego. Finge ser el que no es, trata de engañar al hacerse pasar por
aquel en quien se desdobla. El coste de la impostura es enorme; el impostor
se ve obligado a mantener su mentira a veces hasta en su vida privada, ante
la mujer, los hijos y allegados. He conocido a dos personas que durante
muchos años se hicieron pasar por médicos, incluso ante la esposa. Hacer de
médico sin serlo, no durante las horas de consulta, sino las veinticuatro
horas del día, llegó a ser insostenible para ambos. Se dice, de manera
impropia pero gráfica, que la vida social exige que nos mostremos en
ocasiones de manera contraria a nuestras convicciones. Pero eso no nos
convierte necesariamente en hipócritas ni en insinceros: la vida social
obedece a unas reglas, y una de ellas es la licencia para mentir; si todos
la cumplimos, nadie miente, del mismo modo que no miente ninguno de los
actores que en un momento dado representan la totalidad del Hamlet.
El castellano viejo, como lo describió Mariano José de Larra, no era ni tan
sincero ni tan veraz como presumía. Era sencillamente un bruto
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Cuarta parte del discurso pronunciado por el académico Carlos Castilla del Pino al ingresar en la Real Academia Española, el siete de marzo de 2004). | ||
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