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21 de abril de 2004 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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CARLOS CASTILLA DEL PINO: (quinta
parte) (partes
1,
2, 3 y
4) Tres formas de reflexión
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Cuando se ha perdido la conciencia de sí mismo y el sujeto es incapaz de jugar a ser como si fuera P o Q, y cree, errónea pero verazmente, ser el que no es, decimos que el sujeto delira. Delirar no es solo una interpretación errónea de la realidad exterior con un grado de certeza tal como para que se torne evidencia; antes de eso es una alteración de la conciencia de sí mismo, porque el delirio es una alteración del que delira, y con ella se acerca a la realidad para verla e interpretarla. Si mentir no implica ser siempre mentiroso, porque, a renglón seguido, el mismo sujeto puede decir verdad, delirar implica ser delirante: delirar es ser delirante. Un delirio de persecución requiere la identidad de perseguido; un delirio de salvación del mundo, la de mesías, y así sucesivamente. De Alonso Quijano, Cervantes, por boca del narrador, nos dice que "se creía don Quijote". Alonso Quijano, en efecto, no hacía de don Quijote, porque ni era actor ni impostor, ni jugaba, como podría jugar algún niño de su tiempo, a caballero andante o, como los de hoy, a sheriff o pistolero. Alonso Quijano dejó de ser tal para ser don Quijote. A diferencia del niño que se desinstala de su representación de sheriff cuando le reclaman para comer o estudiar, el delirante no se desinstala de ser aquel en el que lo ha transformado su delirio. El delirante se ha proyectado de manera irreversible en ese otro, el delirado, y así seguirá hasta que recupere —si la recupera— su anterior identidad. Don Quijote consigue esa recuperación: vuelve a ser Alonso Quijano poco antes de morir. Así se cuenta en ese último y patético capítulo final de la novela: "Acabose la confesión, y salió el cura, diciendo: Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento" 51 . Porque solo entonces pudo testar y su testamento ser válido ante el escribano y, por extensión, para los que, entre gozosos por la herencia y apenados por su muerte inminente, esperaban ante el dormitorio del ya ex caballero andante. Nada de eso hubiera sido factible de firmar como "don Quijote". No se precisa ser notario para advertir que un testamento firmado hoy día por un Napoleón debe estar entre nuestros historiales clínicos de psiquiatra, no en el archivo de protocolos 52 . |
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Esta idea del delirio como transformación de sí mismo —una metamorfosis, en el sentido implícito en la conocida narración de Kafka 55 — y, de inmediato, de los demás, que desde mi punto de vista es tan fecunda para la teoría del sujeto, no ha sido suficientemente considerada hasta ahora. Pero es de enorme valor heurístico. El delirante precisa que los otros confirmen su delirio. Si no lo hacen es porque mienten, y mienten porque le envidian, porque le odian. ¿No negaron a Cristo ser hijo de Dios? Su identidad delirada se consolida tanto cuando le niegan como cuando le confirman. Los psiquiatras tenemos experiencia de una forma de delirio que describieron psiquiatras franceses de la segunda mitad del XIX: la folie à deux, la mal llamada locura inducida. En tales casos, el delirante ha conseguido que alguien —a veces algunos— comparta su delirio y lo considere de verdad mesías o perseguido u objeto de injusticias. Hoy, al disponer de fármacos que, o hacen desaparecer el delirio, o impiden su progresión, los psiquiatras tienen menos ocasiones de observar estas formas expansivas del delirio, pero nuestros archivos contienen historiales clínicos de delirantes estrafalarios, alejados hasta el límite en el que la fantasía parece no contener componente alguno de la realidad. No es el lugar para extenderme en esta cuestión, pero sí puedo poner un ejemplo que ilustra cuanto acabo de decir. Un paciente de hace muchos años, una persona muy correcta, seria, en absoluto violenta, tenía el delirio de estar muerto, pero comprendía que los demás no le creyeran, puesto que se movía, hablaba, comía, dormía, incluso dirigía la banda municipal. Había decidido, por tanto, no hablar más del asunto y no tratar de persuadir a nadie. Pero —y ese fue su error desde el punto de vista pragmático—, de vez en vez, en la habitación de la planta baja de su casa, se hacía el muerto: extendía una sábana en el suelo, en cada una de las esquinas colocaba una vela encendida, se enredaba un rosario entre las manos y se tendía, rígido como un cadáver, y así se exhibía ante los niños de la vecindad que se subían a la reja para verlo (dejaba a propósito la ventana entreabierta). "Yo lo que trato de que se convenzan de que estoy muerto, porque para ellos un muerto es solo el que no se mueve, el que está tieso en el suelo con cuatro cirios, a la espera de que le metan en el ataúd... 10 . No entienden que, aunque me mueva, estoy muerto, y tengo que ponerme como ellos ven que están los muertos para que me crean" 56 . Adviértase que la incapacidad de realizar procesos de identificación y reducirse solo a los de proyección, como le ocurre al delirante, empobrece al sujeto. Al considerar a todos bajo el único prisma del delirio, e incapacitado para asumir la enorme pluralidad de identidades de sus interlocutores, su mundo pierde complejidad, se simplifica, se empobrece. Más dramáticamente sucede en el alucinado: cada parte de sí mismo que expulsa y sitúa en el mundo exterior y reconoce ajena a él, le vacía. En su estado final, el esquizofrénico ha sido comparado con un huevo de cáscara intacta pero vacío por dentro. XI Dos experimentos naturales: Juego, lenguaje Volvamos finalmente a los comportamiento como si. Contamos en este sentido con dos experimentos, por llamarlo así, naturales, que nos ilustran de manera fundamental: el primero de ellos es el lenguaje; el segundo, el juego. La experiencia del como si aparece muy prematuramente en el desarrollo humano. El lenguaje mismo es ya un comportamiento como si, cuando menos en el uso del sustantivo. Un sustantivo es referente de algo si y solo si puede sustituir a lo referido, y hablamos así de la mesa o la estufa con palabras que sustituyen a los objetos que designan, aunque no los tengamos delante. Con el sustantivo ejercemos una función referencial, señaladora, aunque más precisa que con el pronombre demostrativo "eso", "aquello", etcétera. Cuando el niño comienza a usar del lenguaje y sustituye la deixis extraverbal, el señalamiento con el dedo o con la mirada, su mente ha elaborado un instrumento capaz para el uso simbólico y, por tanto, para una forma de abstracción. Volveré luego sobre esta cuestión. |
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No cabe duda de que en todos estos casos el niño ha sido capaz de operar con el reflejo de sus actuaciones mentales y pasar a convertirlas, sin abandonar el tipo de comportamiento como si, en actuaciones exteriores (el dedo que pasea, la tarjeta-automóvil, etcétera). Más tarde, entre los 4 y los 7 años, aparecen los juegos sociales. Piaget, siguiendo en esto a Ch. Bühler, sostiene que son juegos con reglas, y la regla es un elemento nuevo cuya violación representa una falta. En estos juegos sociales es el niño, y no un objeto externo a él, el que se comporta como si. Piaget habla del "socio imaginario" de que se vale el niño, pero hay que advertir que cada uno de los protagonistas es para sí mismo un ser imaginario 57. Quien propone a otro que haga de caballo parte de que él hará de jinete: ambos imaginan sobre el otro e imaginan sobre sí mismos. En un juego de esta índole, en tanto uno sabe que hace, pongamos por caso, de jinete, el verbo es reflexivo; pero al saber que el otro hace de caballo, el verbo es recíproco, de manera que en el juego no se trata de una alternativa, como señalan Alcina y Blecua que ocurre en la gramática, sino de ambas cosas a la vez y de modo síncrono 58 . Desde el punto de vista lingüístico, el como si es el subjuntivo. "Si yo trabajara más, sería feliz". El subjuntivo, dicen los gramáticos, expresa una acción de carácter eventual. Eventual es sinónimo de posible, "dependiente de cualquier evento o contingencia". Pero los eventos o contingencias a que se refieren los gramáticos son externos al sujeto, los que le han de facilitar u obstaculizar la actuación. Sin embargo, en este ejemplo que acabo de poner —y como este, innumerables —, no hay evento alguno: es una fantasía en la que me veo con una laboriosidad y una felicidad incrementadas. Lo eventual, pues, no es la acción (trabajar) sino la representación (me veo como si trabajara) de una acción (que no hago) y experimentando una felicidad (que no tengo). Es obvio que al decir "si yo trabajara" no me refiero a una acción que podría hacer, sino que puedo hacer, si trabajar fuera una de mis cualidades. Por esta razón, el subjuntivo se aproxima en ocasiones al potencial. Desde el punto de vista en que sitúo mi exposición —que, como dije anteriormente, no es la del gramático, sino la del psicolingüista—, el subjuntivo es ante todo la expresión de una actuación, o no realizada, pero que podría serlo, o no realizada por irrealizable. En ambos casos se trata de una actuación imaginaria. "Si yo volara, me posaría en el Mulhacén" no es eventual porque no es posible; "si yo hubiera ido a Nueva York en su momento, quizá hubiera visto a Greta Garbo" es eventual porque podría haber sido realizable. Las formulaciones en subjuntivo son todas imaginadas, y una de dos: o son fantásticas y no pueden, por definición, convertirse en empíricas, o son proyectos que pueden o hubieran podido convertirse en actuaciones empíricas. Por eso, Navas Ruiz, en la compilación que sobre indicativo y subjuntivo ha coordinado Ignacio Bosque 59 , nos recuerda que "indicativo y subjuntivo se oponen" y que "la marca modal del subjuntivo es la irrealidad", idea ya recogida por esta Real Academia en su Esbozo de una nueva gramática de la lengua española 60 , y por Alarcos Llorach, cuando escribe que indicativo y subjuntivo se oponen, y estima el subjuntivo como una de las formas verbales que indican irrealidad 61 . El subjuntivo, pues, se beneficia del hecho de que las actuaciones puramente mentales, al no estar, por una u otra circunstancia, en la realidad exterior, se reflejan también sobre el sujeto, y de aquí que impliquen el pronombre personal /se/, es decir, el reflexivo, que tan meticulosamente estudió también Alarcos Llorach 62 . |
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Juego y lenguaje son dos modelos idóneos, porque ellos mismos son resultado de nuestras propias actuaciones mentales. En otro pasaje del mismo texto, Pinillos añade: "El lenguaje de hechos internos dice referencias a experiencias privadas que se supone que son semejantes en todos los sujetos, en la medida en que son expresadas por frases o palabras semejantes, que pronuncian personas de la misma especie y que hablan el mismo idioma". A conclusión análoga llega Hilary Putnam al afirmar que nuestro pensamiento se hace siempre dentro de un lenguaje posible para el ser humano 65 . Para usar de una metáfora, juego y lenguaje son como filiales de nuestra mente o, si se quiere, como delegaciones de ella. Las investigaciones de Piaget sobre la formación del símbolo en los niños 66 muestran que con algo más de un año pueden hacer de algo informe lo que quieran (la fantasía, repito, es omnipotente). La niña no necesita ni siquiera de una muñeca para reñirle o ponerle el chupete; le basta un bulto; o ni eso, como advierte el propio Piaget: simplemente acercar sus brazos al regazo en donde puede hacer como que la niña está, y a la cual habla, canta, riñe, alimenta o duerme. ¿Qué significa esto? Significa que es capaz de construir realidades fantásticas que anticipan en muchos años realidades empíricas que acontecerán (si es que acontecen). No se trata, pues, de anticipar tan solo realidades inmediatas, como aquellas de las que antes he hablado, sino a largo plazo, y eso tiene su importancia, por cuanto, hasta que lleguen (repito: si es que llegan), las anticipamos en la realidad de nuestra vida mental e introducimos modificaciones en ese borrador, en esa plantilla de que puede llegar a ser en el futuro una realidad empírica, pero que de momento es tan solo una fantasía reiterada un día tras otro. Los psicólogos del lenguaje saben que el niño usa muy precoz y competentemente del subjuntivo y del reflexivo, y debo mucho a las precisas e inteligentes consideraciones que a este respecto desarrolla Mercedes Belinchón 67 . Desde un punto de vista psicológico o, si se quiere, pragmático, indicativo, potencial y subjuntivo se usan, si es el caso, con el modo reflexivo. Esa imitación mental de la realidad es tan solo un préstamo de la realidad empírica para que en la estrategia de anticipación no tengamos que poner todo de nuestra parte. Con otras palabras, imitamos la realidad para aprender de ella. Ya no necesitamos del escarmiento, sino de la imaginación. La novela, el cine, las figuras ejemplares —en el sentido que sea— nos regalan un material que incorporamos a nuestro mundo interior, del que aprendemos sin necesidad de escarmentar, porque aprendemos ahora de otro modo: imitándolos. De esta forma, no solo anticipamos realidades por venir, sino algo de suma importancia, la realidad que como objeto de nuestra reflexión quisiéramos ser, el ideal del Yo de que hablaba Sigmund Freud 68 . Se fantasea imitando a Cajal o a Einstein, a Iñigo de Loyola o a Hernán Cortés, a Shakespeare o a Miguel de Cervantes... No hemos tropezado con la realidad, sino que la hemos conformado de antemano in mente. Con esta realidad mental vamos ahora a la realidad exterior para tratar de hacer en esta aquello que imaginábamos. Nada menos que el proyecto de nosotros mismos. | ||
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Señoras y Señores: Anoche yo también imaginaba cómo se iniciaría, transcurriría y concluiría este acto. No les voy a contar las posibilidades que barajé; sería una indiscreción. Al aparecer en mi mente las preveía y me prevenía. De esta manera, llegué aquí adiestrado para salir al paso de imprevistos. A partir de ahora vendrán mis reflexiones retrospectivas acerca de cómo ha ido la cosa. Para terminar quiero decir que tengo dudas sobre la validez del modelo que he expuesto sobre la reflexión y el reflexionar. Un modelo es una construcción mental, que se mantiene mientras es útil. René Descartes inauguró esta forma de raciocinio, al considerar que a los procesos mentales se les pueden aplicar las mismas reglas y preceptos que a los procesos geométricos. He aquí sus palabras: "Esas largas cadenas de razones, completamente simples y fáciles, de que los geómetras suelen servirse para llegar a sus demostraciones más difíciles, me habían dado ocasión de pensar que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se encadenan de igual forma y que, con tal de abstenerme de admitir por verdadera una que no lo sea y de mantener siempre el orden preciso para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por más lejos que se halle situadas, a la que no se llegue en última instancia, ni tan oculta que no se descubra" 69 . Hoy día, aunque por otros conceptos no seamos cartesianos, somos metodológicamente deudores de él, y su modelo geométrico lo seguimos todos, desde Baruch Spinoza hasta nuestros días. Las palabras que acabo de citar constituyen, pues, un imperativo epistemológico: se puede saber más y se puede saber todo. Frente al ignoramus, ignorabimus —"ignoramos, ignoraremos"— del gran fisiólogo alemán Du Bois-Reymond, el matemático David Hilbert —lo ha recordado hace poco Sánchez Ron 70 en su lección inaugural de este curso en su Universidad— ofreció un imperativo y una profecía, ambos grabados en su tumba en el cementerio de Göttingen: Wir müssen wissen —"Debemos saber"—; Wir werden wissen —"Sabremos"—. Pero al mismo tiempo, en el plano personal, a uno le asaltan las dudas; el propio Hilbert, pese a su genialidad, dejó sin resolver problemas que él mismo planteó. En el plano personal, repito, no puedo sustraerme a toda suerte de indecisiones y, en ocasiones como la presente, se me vienen a la memoria las palabras de una mujer, precartesiana desde luego, que se llamó Teresa de Cepeda y Ahumada, conocida también como Teresa de Ávila, aún más como Teresa de Jesús. Escribió mucho sobre cuestiones mentales, las suyas, claro está, y las puso sobre el papel para que los demás las leyéramos. Teresa de Ávila, dicho sea de paso, es una de las descubridoras de ese continente que llamamos intimidad, y sus Moradas son modelos de descripción del espacio íntimo. Con su límpida sencillez calificaba esas cuestiones mentales como "cosas interiores". A poco de iniciar el capítulo segundo de Moradas primeras escribió lo que sigue: "Son tan escuras de entender estas cosas interiores, que quien tan poco sabe como yo forzado habrá de decir muchas cosas superfluas y aun desatinadas, para decir alguna que acierte". Y continúa: "Es menester tenga paciencia quien lo leyere" 71 . Dos advertencias. Una para mí: decir alguna que acierte; otra, señoras y señores académicos, para ustedes: es menester tengan paciencia conmigo. Muchas gracias. |
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1 He
desarrollado la tesis de que hay tres escenarios de la vida humana: el público,
de actuaciones observables y hechas para ser observadas; el privado, de
actuaciones observables pero "marcadas" con el implícito "prohibido observar";
el íntimo, de actuaciones inobservables porque son estricta y únicamente
mentales. Cf. CASTILLA DEL PINO, C.: Temas: Hombre, Cultura, Sociedad.
2.ª ed., Barcelona: Península, 2002. También "Teoría de la intimidad".
Revista de Occidente, julio-agosto 1996, págs. 182-183. |
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Quinta y última parte del discurso pronunciado por el académico Carlos Castilla del Pino al ingresar en la Real Academia Española, el siete de marzo de 2004). | ||
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