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11 de febrero de 2004 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON | ||
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Recuerdo, yo que tan mala memoria tengo para tantas cosas, haber leído, siendo un muchacho, una entrevista que algún periódico realizó a José Martínez Ruiz, miembro que fue de esta Corporación (la RAE). Por entonces, el inolvidable Azorín era un hombre muy mayor y no podía salir de su casa. Una de las preguntas del periodista que le entrevistaba –la única que yo recuerdo– fue la de a qué dedicaba sus días, cuestión a la que el anciano maestro contestó diciendo que leía el diccionario de la Real Academia Española, palabra por palabra, y meditaba acerca de lo que representaba cada una de ellas. Que un hombre que encaraba irremediablemente el final de sus días, que se encontraba incapacitado, de puro viejo, para casi todo, salvo para pensar y para leer; que un hombre así se sirviese de su cerebro, del pensamiento, y de un diccionario para vivir, para, mejor dicho, revivir, me pareció tan hermoso, tan digno de encomio, que no lo he olvidado. Supongo que desde entonces me viene esa idea tan arraigada en mí, de que un diccionario, un buen diccionario, no es sino vida en su esencia más pura; vida depurada, estilizada, vida al alcance de todos, independientemente de cuales sean las circunstancias en las que uno se halle. Y ahora me encuentro en un lugar, que, como señaló hace poco, en una ocasión similar a la presente, Gregorio Salvador, “concentra sus tareas en el registro y descripción de los empleos de cada palabra de hoy o de ayer”; en el lugar cuya tarea preferente es precisamente la de cuidar, revisar y actualizar el diccionario más respetado de la lengua española. Me dais, queridos compañeros, la oportunidad no sólo de compartir vuestro prestigio y el de todos aquellos que pronto hará tres siglos se han esforzado por servir a nuestro idioma, sino también algo más valioso que el prestigio: el poder servir, de la forma más distinguida y eficaz que imaginarse uno pueda, a la Vida, a la vida de todos y de todos los días, porque la Casa de la Palabra, la Real Academia Española, es también la Casa de la Vida, vida que se expresa y condensa en palabras. Gracias os debo por este honor y esta oportunidad. Públicamente declaro que me esforzaré en corresponder con mi trabajo. Hasta ahora he sido una persona egoísta con su tiempo, no demasiado predispuesta a ofrecer mucho de él a la comunidad, más que de esa forma indirecta que es el propio trabajo, que puede, tal vez, encontrar eco en otros. Hora va siendo ya de contribuir de manera más directa al bien público, y no puedo imaginar mejor forma que hacerlo a través de las tareas de esta Casa. Aun cuando mi agradecimiento primero vaya dedicado, muy sinceramente, a todos los miembros de la Real Academia Española, no puedo, ni quiero, dejar pasar esta oportunidad para agradecer de una forma especial a su Director, Víctor García de la Concha, que con tanto afecto me ha recibido, y a los tres académicos que tuvieron la generosidad de proponer mi nombre: Antonio Colino, Emilio Lledó y Juan Luis Cebrián. Sólo aquellos que laboran cotidianamente en esta Corporación saben lo mucho que Antonio Colino, protagonista él mismo de instituciones cuya historia yo me he esforzado en reconstruir, ha aportado durante décadas a que la terminología científica y técnica se encuentre recogida en nuestro Diccionario. Que Emilio Lledó, en quien el saber y la palabra se reúnen con una precisión, gracia, sutilidad y profundidad incomparables, fuese uno de los firmantes de mi candidatura, es algo que me enorgullece. De Juan Luis Cebrián podría decir muchas cosas, y buenas, como periodista, ensayista o novelista que es, pero no se me ocurre ninguna que yo aprecie más que el manifestar cuánto valoro haber tenido el apoyo –y hoy también su voz para ser recibido en esta Casa– de quien hizo que el periódico (otra Casa de la Palabra) que entonces dirigía saliese a la calle una tarde-noche de un 23 de febrero de infame recuerdo, ayudando de esta forma no en pequeña medida a que mis hijas hayan crecido en un país muy diferente a aquel en el que crecieron su madre y su padre. No conozco de mejor servicio a una lengua que el de utilizarla en defensa de la libertad. |
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La Real Academia Española conoce bien la relación entre la ciencia, la tecnología y el mundo. Y no es un conocimiento de ahora, sino que viene de antiguo. Entre sus fundadores se encontraba uno con no pequeñas artes científicas: el padre José Cassani, S. J. (1673-1750), matemático y profesor del Colegio Imperial, autor, entre otras obras, de un Tratado de los cometas, escrito en 1703 y publicado en 1737.[i] Me llena de satisfacción que el sillón que ocupó este hombre fuese el correspondiente a la letra G, la misma que me ha tocado en suerte a mí. De hecho, al pasar revista a la lista de antiguos miembros de esta Real Academia me he encontrado en ella con un número importante de personajes que aparecen con frecuencia en las obras que he dedicado a la historia de la ciencia española. He hallado al matemático Benito Bails (1730-1797), al ingeniero de Caminos y arabista Eduardo Saavedra (1829-1912), al ingeniero de Caminos, matemático, físico-matemático, político y dramaturgo José Echegaray (1833-1916), al gran histólogo, gloria de la ciencia universal, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), aunque es cierto que nunca llegó a tomar posesión del sillón I para el que fue elegido, al químico y farmacéutico José Rodríguez Carracido (1856-1928), al ingeniero de Caminos Leonardo Torres Quevedo (1852-1936), al entomólogo Ignacio Bolívar (1850-1944), a los físicos Blas Cabrera (1878-1945) y Julio Palacios (1891-1970), al ingeniero, matemático y físico Esteban Terradas (1883-1950) y al matemático Julio Rey Pastor (1888-1962). Precisamente por estar familiarizado con sus vidas y obras, por saber lo mucho que aportaron a la ciencia y tecnología españolas, valoro aún más el honor que me habéis hecho eligiéndome para esta Casa. No quiero ocultar que me siento todavía más honrado por pasar a formar parte de una institución que tan noblemente se comportó con un científico al que he dedicado no pocos esfuerzos y escritos, y con el que tengo, desde hace más tiempo del que quiero recordar, la cuenta pendiente de dedicar un libro al estudio de su vida, su obra y su mundo: Blas Cabrera, el físico canario, especialista en magnetismo, que tanto hizo por que la física española abandonase el oscuro nicho en el que se encontraba a comienzos del siglo XX. Quiero recordar hoy, en esta ocasión tan solemne para mí, que la Real Academia Española, que recibió a Cabrera el 26 de enero de 1936, en esta misma sala en la que ahora me encuentro, en este mismo lugar (me emociona pensarlo), desoyó el oficio que recibió del Ministerio de Educación Nacional el 5 de junio de 1941, en el que se ordenaba la destitución, por razones políticas, de seis de sus miembros: Ignacio Bolívar, Niceto Alcalá Zamora, Tomás Navarro Tomás, Enrique Díez Canedo, Salvador de Madariaga y Blas Cabrera. Un Cabrera que había abandonado España en fecha tan temprana como septiembre de 1936 y que nunca pudo regresar a su patria, aunque lo intentó después del término de aquella incivil contienda que nos obstinamos en continuar llamando Guerra Civil. Falleció, transterrado de su país, en la ciudad de México el 1 de agosto de 1945, sabiendo, debió ser una de sus pocas alegrías, que, al contrario que otras corporaciones a las que también perteneció, la Real Academia Española, la institución más prestigiosa de su patria, no le había abandonado ni repudiado. |
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Es tradición venerable en esta Casa que los nuevos académicos recuerden en sus discursos de entrada a quienes les precedieron en el sillón del que van a tomar posesión. Este deber, de tan agridulce sabor, en el que el desconsuelo al recordar al compañero ausente se ve atenuado al rememorar el ejemplo que nos dejó, constituye en mi caso doble y muy honrosa tarea. Doble porque debo referirme a dos personas: al último que tomó posesión de este sillón G, José María de Areilza, y al que elegido para sucederle no pudo llegar a pronunciar el preceptivo discurso de entrada porque la muerte se lo llevó, José Hierro. José María de Areilza y Martínez Rodas nació en Portugalete en 1909. Estudió ingeniería industrial en Bilbao y Derecho en Salamanca. Alcalde de Bilbao entre 1937 y 1938, y Director General de Industria en el primer Gobierno del general Franco (hasta 1939), fue ejerciendo la carrera diplomática cuando encontró un campo de acción especialmente adecuado para desarrollar algunas de sus habilidades, como fueron la perspectiva histórica, el don de gentes, la previsión, la constancia y la paciencia. Fue primero embajador de España en Buenos Aires (1947-1950), después en Washington (1954-1960) y finalmente en París entre 1960 y 1964, año en el que dimitió y que marcó un punto de inflexión en su relación con la política española. Embajadas todas ellas cruciales, tanto en cuanto a lugar como a momento. Efectivamente, sus años en Argentina coincidieron con los de las ayudas del Gobierno del general Perón a España; en Estados Unidos, Areilza fue uno de los principales responsables, probablemente el principal, en las iniciativas y actuaciones que condujeron a que España entrase oficialmente en la Organización de Naciones Unidas en diciembre de 1955. Por último, en Francia fue él quien entregó al ministro galo de Asuntos Exteriores, el 9 de febrero de 1962, la carta oficial del ministro Castiella en la que se pedía, en nombre del Gobierno español, la apertura de negociaciones con vistas a examinar la posibilidad de establecer vínculos entre España y la Comunidad Económica Europea, el primer paso que llevaría, años después, en otro universo político, a nuestra entrada en la Unión Europea. Areilza fue un magnífico diplomático, una persona particularmente dotada para ese difícil arte. Cuando en la actualidad contemplamos tanto apresuramiento, tanta rudeza, tanto, me atrevería a decir, matonismo en la diplomacia internacional, con consecuencias que sólo el futuro podrá juzgar debidamente, reconforta releer lo que José María de Areilza entendía por diplomacia:[ii] “Diplomacia es el arte de servir los intereses nacionales en el exterior, de conocer y estudiar al detalle los propósitos e intenciones exteriores ajenas que puedan interferir las necesidades o aspiraciones propias; de buscar solución a las cuestiones que tienen salida y evitar que se enconen hasta la violencia los problemas insolubles; de ponerse en el lugar y en la mente del interlocutor foráneo para que el diálogo con él sea coherente y fructífero; de aprovechar intuitivamente cuantos resquicios ofrezcan las circunstancias de cada momento para avanzar las posiciones propias; y de analizar con exactitud la relación de fuerzas entre el país que se representa y la nación ante la que se actúa, entendiendo por fuerzas todos los elementos que integren la verdadera potencia de un Estado”. No es extraño que una persona de tal calibre fuese nombrado (en 1976) ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de la Monarquía, ni que ocupase la Presidencia, entre 1981 y 1983, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, un buen puesto para quien había escrito apenas dos años antes:[iii] “¿Qué es hoy Europa?... Europa es, ante todo, libertad y cultura. Libertad como inspiración de la vida pública, cultura como elevación del hombre hacia la exaltación de lo mejor de él mismo”. Fue un ensayista notable y memorialista activo. Autor de obras como Reivindicaciones de España (1941), en colaboración con Fernando María Castiella, que recibió el Premio Nacional de Literatura, Embajadores sobre España (1947), Escritos políticos (1968), Figuras y pareceres (1973), Así los he visto (1974), Diario de un ministro de la monarquía (1977), La Europa que queremos (1986), por el que recibió el Premio Espasa-Calpe de Ensayo, y A lo largo del siglo (1992), su autobiografía. En 1966 ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y veinte años después, en 1987, en la Casa que hoy nos acoge. Falleció en 1998. |
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Hay personas a las que respetamos por lo que terminaron siendo, por cómo se fueron forjando en ese complicado crisol que es la vida; por lo que llegaron a ser y por cómo nos ayudaron a ser mejores. Y otros a los que amamos por lo que siempre fueron: el caso de José Hierro, poeta. Si es difícil no sentirse casi como un furtivo ante el honor de ser elegido miembro de la Real Academia Española, mayor es esta sensación cuando se sustituye a un grandísimo poeta; más aún, cuando se ocupa el lugar de un grandísimo poeta al que la muerte se llevó antes de que pudiese hacer lo que estoy haciendo yo hoy: cumplir con el último tramite para ser miembro de pleno derecho de esta histórica Corporación, y ocupar el sillón con la letra que le ha correspondido. La letra G en el caso de José Hierro, una letra que él glosó como yo nunca podré hacer. “Gracias, gracias, gracias”, escribió, “lo canto con mi guitarra de Agua de G, con mi garganta engalanada –ga, go, gu– con los gangosos gorgoritos, con galanuras de gallo, con insistencia de grillo, con ferocidad de tigre”.[iv] José Hierro Real nació en Madrid en 1922, aunque pronto hizo de Santander su patria chica. Su primer poema, “Una bala le ha matado”, apareció en el número 26 de la revista CNT, de Gijón, en enero de 1937. Detenido el 13 de septiembre de 1939, acusado de pertenecer a una organización clandestina de ayuda a presos y de ser miembro de la “Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios”, ingresó en la Prisión Provincial de Santander. Con la excepción de unos pocos meses de libertad condicional en 1940, no saldría de la cárcel, después de peregrinar por diversos presidios, hasta enero de 1944. Motivos tuvo, pues, para ser rencoroso, para encarar la vida con recelo y tristeza, pero nada más lejos de su personalidad. Fue uno de esos raros alquimistas que conocen el secreto de la transmutación del resentimiento en generosidad para con los demás.
“Llegué por el
dolor a la alegría Si ganarse la vida es para un escritor con demasiada frecuencia tarea complicada, más lo es para el escritor-poeta. No debe, por tanto, sorprender que José Hierro desempeñase empleos muy diversos, como, y menciono solamente algunos: listero en un taller metalúrgico, corrector de pruebas e ilustrador de cubiertas en la Editora Nacional, miembro del equipo de promoción de la editorial Reader’s Digest, y colaborador de Radio Nacional de España desde 1966 hasta 1980, año en que pasó a formar parte de la plantilla fija del Ente Público RTVE, hasta su jubilación en 1987. |
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Tanta precariedad laboral no le impidió hacer aquello que siempre quiso hacer, aquello que sabía hacer: ser poeta. Entre sus libros quiero hoy recordar obras como Tierra sin nosotros (1947), Quinta del 42 (1953), Cuanto sé de mí (1957), Libro de las alucinaciones (1964) o Cuaderno de Nueva York (1998). Y también mencionar que este país nuestro no le negó sus mejores reconocimientos: fue, en efecto, Premio Juan March en 1957, Premio de la Crítica en 1958 por Cuanto sé de mí, en 1965 por El libro de las alucinaciones y en 1999 por Cuaderno de Nueva York, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, Premio de las Letras Españolas en 1990, doctor honoris causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en 1995, Premio Cervantes en 1998 y Premio Nacional de Poesía en 1999, por Cuaderno de Nueva York, el mismo año que fue elegido para la Real Academia Española. Falleció el 21 de diciembre de 2002. Hasta aquí algunos datos, pero ¿qué decir de su obra, de su poesía? ¿Tal vez, como se ha señalado, no sin razón, que fue un poeta de grandes conjuntos, “que se prestan mal a la cita del verso o versos aislados”?[v] ¿Tratar de profundizar en lo que el propio Hierro manifestó en cierta ocasión: “Ahora, cuando los que creen en las modas, piensan que la poesía social ha pasado de moda, afirmo orgullosamente –aunque sigo son entender cuáles son exactamente los límites de lo social– mi condición de poeta social”?[vi] Comprenderéis que no me atreva yo a introducirme en los procelosos terrenos de la crítica literaria, más aún en presencia de algunos de los más distinguidos conocedores de la obra de este poeta. Como historiador prefiero dar, siempre que es posible, la palabra a mis personajes, y hay unas líneas de José Hierro que en mi opinión reflejan muy bien la esencia de su obra. Son estas:[vii] “Todo poeta, al perennizar las cosas, debe someterlas a un orden. Mi poesía carece de él, es una poesía sin solución de continuidad. Más que armonía, conscientemente, he pretendido ser caos. He expuesto lo que yo creía del alma mía sin buscar una compensación en otro plano. Es una poesía rota, que huye de la música de los oídos, acaso porque cree tanto en ella que piensa que es preciso llegar a su lado con toda pureza, limpio de sentimientos turbios; he pretendido, ante todo, ser honrado, ser sincero. Y mi honradez y mi sinceridad consisten en mostrarme tal cual soy. He querido cantar, día a día, lo que hay en mí, en vez de resumir mis experiencias en un solo poema que ya estuviese prendido a la armonía. Creo en la vida ante todo”. En Tierra sin nosotros hay un poema que Hierro dedicó a la “Luna”, un poema que quiero utilizar hoy para finalizar este breve recuerdo mío de un poeta que nunca pudo disfrutar del honor de ocupar el sillón para el que esta Casa tan merecidamente le nombró:[viii]
“Árboles,
puentes, torres, montes, mares, caminos.
Y cuando nos
cansemos (porque hemos de cansarnos).
José Hierro, estoy seguro, seguirá viviendo en nuestra memoria incluso
cuando nadie recuerde el hombre bueno que fue. |
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IV Elogio del mestizaje. Historia, lenguaje y ciencia, es el título que he elegido para el discurso con el que debo cumplir el requisito que la Real Academia Española impone a sus nuevos miembros. “Elogio del mestizaje”, pero entendiendo por “mestizaje” no la primera acepción que recoge nuestro Diccionario, “cruzamiento de razas diferentes”, un concepto éste peligroso, por cierto, cuando se quiere aplicar a nuestra especie. Y es que no hay “razas puras” y “si se tratara de crearlas podrían resultar muy poco atractivas”, como señaló el eminente biólogo molecular y de poblaciones Luca Cavalli-Sforza.[ix] Cuando se estudia cualquier sistema genético, siempre se encuentra un alto grado de polimorfismo, esto es, de variedad genética. De hecho, las diferencias entre individuos son más importantes que las que se aprecian entre grupos raciales. Para intentar conseguir la “pureza genética” habría que evitar que se produjesen, durante muchas generaciones, cruzamientos que no fuesen entre parientes cercanos. Esto es algo que se hace, es cierto, con algunas especies animales, pero se sabe que los riesgos de esterilidad son muy altos. El beneficio –el exagerado, anormal, desarrollo de una, o unas pocas, facultades– suele ser poco útil fuera de escenarios como hipódromos o canódromos, esto es, cuando se trata de defenderse en la complejidad de la vida. Por el contrario, la fertilidad y la salud tienen entre sus pilares preferentes los cruzamientos entre individuos de distinto origen. No hay, pues, “razas” sino “especies”, aunque nos empeñemos en levantar fronteras genéticas, fronteras imaginarias basadas a la postre no en el conocimiento científico sino en nuestros deseos por diferenciarnos, cuando no, seamos francos, de rechazar a “los otros”. Si se quiere persistir en continuar utilizando el término “raza”, podríamos emplearlo en un sentido cultural, no biológico, o al menos destacar la importancia de este aspecto. Aplicado a los humanos, esto quiere decir que lo que une a grupos biológicos es sobre todo, por encima de algunos rasgos físicos comunes, la cultura, el pasado y las tradiciones compartidas, la historia, en definitiva. Y también quiere decir, que no debemos ver en los cruzamientos de razas, esto es, de culturas, algo perjudicial, peligroso, sino, las más de la veces, algo enriquecedor, saludable, vital. La “pureza”, concepto peligroso donde los haya, no se encuentra en la genética, desde luego, pero tampoco en el aislamiento, en extrañarse de los otros; es, por el contrario, un camino, un camino que, como dijo el poeta, “se hace al andar”; una senda que vamos construyendo al vivir. La pureza no es una realidad que nos preceda o subsuma, no es una meta preestablecida, es un compromiso con la vida, con el trabajo bien hecho y con la decencia. Es abrirse a los demás, no cerrarse a los otros. Es por esto que hoy he elegido elogiar el mestizaje, pero entendido según la tercera de las acepciones de nuestro Diccionario, aquella que reza: “Mestizaje: mezcla de culturas distintas, que da origen a una nueva”. V Qué tiene que ver, podríais decirme, el mestizaje con la ciencia, que también figura en el título de mi exposición de hoy. Pues mucho. Como veréis, mi intención es situar a la ciencia dentro de la vida, en la historia, no “de la ciencia”, sino en la historia a secas. Quiero hablaros esta tarde de domingo madrileño de lo mucho que la ciencia ha recibido y puede recibir del mestizaje, de la mezcla de culturas, de los cruces de caminos. No ignoro, por supuesto, que la ciencia es un hogar con muchos escondrijos, que dentro de eso que llamamos ciencia se encuentran múltiples tradiciones, orientaciones, estilos, métodos, personalidades, pretensiones o problemáticas. Así, podemos encontrar en ella modos de investigar y de pensar que se complacen en el aislamiento disciplinar; modos en los que domina el pensamiento abstracto, sometido a sus propias y exclusivas reglas lógico-mentales, y en los que es difícil hablar de “mestizaje”. La matemática ha sido un dominio en el que tales comportamientos han sido frecuentes, aunque bien es cierto que no tanto, o de manera tan exclusiva, como muchos pretenden. El matemático británico Godfrey Harold Hardy fue uno de los que con más vehemencia defendió la “pureza” de las matemáticas, su extrañamiento de culturas, de mundos que no son el suyo propio. En este sentido en su célebre y conmovedora Apología de un matemático (1940) escribió:[x] “un matemático trabaja con su propia realidad matemática... las matemáticas puras me parecen como una roca en la que cualquier tipo de idealismo zozobra: 317 es un número primo no porque lo pensemos nosotros o porque nuestras mentes hayan sido predispuestas a ello de una forma o de otra, sino porque así es, porque la realidad matemática está construida de esta forma”. Esto es verdad, ciertamente, y negarlo sería de necios, pero argumentaré más adelante que la matemática también es otras cosas.[xi] |
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Existen, por tanto, situaciones, episodios de la ciencia en los que el grado de mestizaje es, en el sentido que yo pretendo dar a este término hoy, pequeño, si no insignificante. Aceptemos esto sin ningún problema (en la diversidad –que es otro tipo de mestizaje– reside la fecundidad), y vayamos ya a explorar las benéficas consecuencias del mestizaje en la ciencia, a la luz del análisis histórico. VI Antes, no obstante, permitidme señalar que aunque voy a tratar de ciencia, me gustaría que mis palabras no fuesen oídas o leídas sólo bajo esa luz. Creo firmemente, y me interesa dejarlo claro en esta ocasión, única para mí, que el conocimiento científico constituye uno de los valores más firmes de nuestra especie, uno de sus atributos más nobles y distintivos. Creo que las vidas de todos aquellos ignorantes de los conocimientos y valores científicos son existencias limitadas, desprovistas de un instrumento maravilloso de liberación, material e inmaterial, que hemos construido nosotros mismos, los Homo sapiens sapiens, esto es, los “humanos que saben que saben”. Lo que más nos distingue de otras especies no es “saber” – ¿no saben acaso también otras especies?–, sino “saber que sabemos”. Y en este saber que sabemos, la ciencia desempeña un papel si no crucial, sí muy distinguido. Creo en todo esto, sí, en el valor liberador y depurador de la ciencia, pero también creo –no creo, sé– con igual firmeza que la vida no se reduce totalmente a la ciencia; que pobre vida sería aquella que únicamente viese la realidad con los ojos del análisis y la síntesis científica. Precisamente por esto, me gustaría que escuchaseis, que interpretaseis, mis disquisiciones de esta tarde en favor del mestizaje en la ciencia también como una defensa de la tolerancia, como un alegato en pro del respeto e interés por “los otros” y por sus culturas, como una manifestación de mi convicción racional –y compasiva al mismo tiempo– de que adentrarse desde la cultura propia en otras no puede acarrear sino beneficios; cuando menos el beneficio de la comprensión. Yo mismo soy –y todos los somos en una medida u otra– fruto de muy diversos mestizajes, y con orgullo me presento así ante vosotros. Mi patria es el país del Toledo de las tres culturas, la musulmana, la judía y la cristiana. El Toledo de las tres lenguas, árabe, hebreo y latín. La ciudad que más hizo por llevar a Europa los contenidos de la vieja, mítica, biblioteca de Alejandría, el mejor ejemplo temprano de mestizaje: ¿no había sido construida precisamente para llevar a Alejandría los libros de todos los pueblos del mundo? El Toledo al que llegaban eruditos de todas partes de Europa para acometer la hermosa y gigantesca tarea de verter la ciencia, técnica y filosofía del idioma árabe a una lengua, la latina, que había estado durante siglos al margen de esos temas. Gentes cuyos nombres revelan, con la claridad del agua más transparente, el carácter internacional y multicultural de aquella empresa: Platón de Tivoli, Gerald de Cremona, Adelardo de Bath, Robert de Chester, Hermann el Dálmata, el judío converso hispano Mosé Sefardí de Huesca –quien tomó, al ser bautizado, el nombre de Pedro Alfonso–, Rodolfo de Brujas o Juan de Sevilla. Quien os habla es también, como vosotros, fruto de mestizajes. Soy un español y europeo, natural y habitante de ese crisol de culturas que llamamos Madrid, descendiente de hombres y mujeres que vinieron, unos del norte, de Galicia, y otros del sur, de Andalucía, y antes ¿quién sabe de dónde? Del centro de África, en última instancia, lugar en el que creemos surgió hace alrededor de 100.000 años (no mucho, aproximadamente unas 4.000 generaciones humanas) y comenzó su, no demasiada larga en términos biológicos pero sí intensa, andadura nuestra especie. Estudié Física, y durante algunos años ejercí el duro empeño del investigador en esa ciencia, hasta que lo troqué por la historia, por la historia de la ciencia. Me gusta pensar que algo he retenido de las culturas científica e histórica, y que me esfuerzo por reunirlas y no por separarlas. No soy ajeno tampoco a la cultura de los ensayistas ni a la de los divulgadores de la ciencia. Si alguno de estos, físicos e historiadores de la ciencia, en particular, científicos e historiadores en general, ensayistas y divulgadores, se sienten hoy representados por mí, lo consideraré un honor. En cualquier caso, que no dude ninguno de ellos que me afanaré porque sus preocupaciones sean también las de esta Casa. |
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La historia de la ciencia, decía hace un instante, es reconstruida con frecuencia buscando héroes individuales y purezas disciplinares. Pero, ¿qué queda de esa pretendida pureza en tantos y tantos casos, cuando se mira el pasado empleando los finos útiles que suministra la historia? A continuación analizaré algunos ejemplos, que dan testimonio de lo mucho que el mestizaje ha dado a la ciencia. Comenzaré por Aristóteles (384-322 a. C.), el pensador sin el cual la historia intelectual de Occidente se escribiría de otra manera, el autor de una obra que atravesó sociedades y pueblos tan diferentes como la Atenas helénica, la Roma imperial, el Islam y la Europa renacentista. Durante más de dos mil años, desde el siglo IV a. de C. hasta el siglo XVII de nuestra era, Aristóteles ejerció un ascendiente sin precedentes ni paralelo sobre la ciencia y la filosofía, sobre el pensamiento, en general, universal. Aristóteles parece, en efecto, un mojón pétreo en el horizonte de los tiempos y de las culturas, una figura transcultural y no un hijo del mestizaje. La realidad es, sin embargo, completamente diferente: en más de un sentido se puede decir que como autor Aristóteles probablemente no existió; sí el hombre llamado Aristóteles, por supuesto. La evidencia de que ahora disponemos muestra que las obras que se le adjudican fueron, en sus inicios, recopilaciones de notas, conjuntos de hechos y otros fragmentos de las clases que dictaba en el Liceo, que fueron reunidos, corregidos y a menudo escritos por sus estudiantes; esto es, creaciones comunales, que nunca fueron pensadas como definitivas y que eran revisadas continuamente. Pero esto no es más que el principio de una larga historia que sólo puedo esbozar aquí.[xii] A la muerte de Aristóteles, sus papeles, “sus obras”, pasaron a manos de uno de sus amigos, Neleo, su más probable sucesor en la dirección del Liceo, algo que no llegó a suceder ya que por motivos políticos tuvo que abandonar Atenas. A la muerte de Neleo, sus herederos enterraron los papeles de Aristóteles, con la intención de salvaguardar tan valioso tesoro. Al hacer esto, condenaron a los documentos a los efectos de la descomposición, aunque se salvasen de la destrucción total. Sacados de nuevo a la luz, el corpus aristotélico fue vendido a un bibliófilo romano, que intentó repararlo y editarlo para convertirlo en un conjunto armonioso. Vinieron después una serie de propietarios que encargaron a diversos eruditos nuevas correcciones e interpretaciones, incluyendo llenar los huecos físicos que había dejado su enterramiento. Uno de esos propietarios, el anticuario ateniense Apelicón, llevó los escritos aristotélicos de vuelta a Atenas, restaurándolos de una forma que ha pasado a los anales como especialmente desafortunada. El año 86 a. de C., cayeron en manos de Sila, cuando éste conquistó Atenas, regresando a Roma con ellos, en donde de nuevo fueron manipulados, esta vez por manos más competentes, pero también copiados pobre y repetidamente. Porfirio, en su Vida de Plotino, relata que fue Andronico de Rodas quien dividió el corpus aristotélico en libros distintos, agrupados en temas.[xiii] Fueron copias de esta edición de Andronico las que sobrevivieron hasta el siglo II ya en la era cristiana, cuando se reavivó el interés por Aristóteles. Por entonces, los papeles originales del maestro y de sus discípulos habían desaparecido, y con ellos cualquier intento de entrar en contacto con “el verdadero Aristóteles”. Tampoco la historia se acaba en este punto. Tendría ahora que comentar las peripecias que la edición de Andronico experimentó, durante los siglos V y VI, al ir desplazándose hacia el este, conviviendo con persecuciones y traducciones: al siriaco, al árabe y al persa, hasta llegar a ser absorbida por la cultura islámica en los siglos VIII y IX. A partir de entonces, las obras “de Aristóteles” se copiaron, editaron y probablemente reorganizaron durante centurias, hasta penetrar en la Europa, vertidas al latín del árabe, durante los siglos XI y XII. A este mestizaje de culturas y de siglos, es a lo que llamamos Aristóteles. Continuemos avanzando en el tiempo, y veamos otros ejemplos, tomados de diferentes disciplinas científicas y épocas, aunque todos de personajes tan conocidos como mitificados. Comenzando por Isaac Newton (1642-1727), el “Grande entre los Grandes”. (Continuará). |
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José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española (RAE) y leyó éste, su discurso de ingreso, el 19 de octubre de 2003.. | ||
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