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18 de febrero de 2004 | |
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| Tribuna de opinión | ||
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JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON: | ||
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Newton es uno de los ejemplos más señalados de científico, de investigador que fue capaz de depurar lo que podemos observar de la naturaleza, reduciéndolo a leyes científicas, expresadas bajo el elegante y poderoso ropaje matemático.[i] Es el Newton que construyó el cálculo diferencial (cálculo de fluxiones en su terminología) e integral; el Newton con el que nos encontramos al leer obras como su supremo Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (Principios Matemáticos de la Filosofía Natural), de 1687, en el que levantó un deslumbrante edificio en base a tres leyes del movimiento, que aplicó a la gravitación. Existe, sin embargo, otro Newton, oculto para la mayoría de las miradas, un Newton que se nos revela como un hombre de su tiempo, híbrido de lo que hoy consideramos culturas diferentes, sino difícilmente compatibles. Es el Newton que se dedicó con energía y persistencia a explorar cuestiones religiosas y teológicas, aunque en realidad utilizar el término “otro Newton” es equívoco, ya que existió una profunda unidad conceptual y metodológica entre el Newton científico y el Newton teólogo e historiador de las religiones: defendía, en efecto, la idea de que la ciencia debía ser considerada como un buen instrumento, aunque no definitivo, en la búsqueda del “conocimiento de la causa primera”, que para él no era otra que Dios. Aparentemente, este propósito le guió incluso en la composición de los Principia.[ii] En este sentido, es posible defender la idea de que el catedrático lucasiano de Cambridge encontró en sus intereses religiosos la fuerza que necesitaba para sus extenuantes búsquedas científicas. Debemos, en definitiva, contemplar a Isaac Newton como un ejemplo de una cultura que hoy hemos parcelado en compartimentos diferentes, pero que en su tiempo era coherente. Y no pensemos que la “cultura religioso-teológica”, como hoy diríamos, constituyó un obstáculo en sus búsquedas de “verdades científicas”. No seamos anacrónicos: el pasado fue lo que fue, no como a nosotros nos gustaría, hoy, que hubiese sido, y si produjo resultados de los que hoy aún gozamos, concedamos la posibilidad, en el caso de Newton, de que su ciencia algo recibió de sus ansias religiosas. El ejemplo de Newton también me sirve para algo más; para mostrar lo mucho que la matemática ha recibido en ocasiones de otras culturas y mundos científicos. El mestizaje al que me refiero es el recíproco del que se suele citar. Es cierto que la física, como dijo Galileo en Il Saggiatore (El ensayador; 1623), está escrita en lengua matemática; que en la física sin la ayuda de la matemática “es humanamente imposible entender nada” (o casi nada); que sin ella el físico vaga las más de las veces “vanamente por un oscuro laberinto”.[iii] Todo esto es, digo, cierto, pero no lo es menos que el cálculo diferencial y el integral, esas joyas supremas no sólo de la matemática sino de la historia del pensamiento universal, surgieron en la mente de Newton estrechamente relacionadas a las necesidades que le planteaban sus estudios sobre el movimiento de los cuerpos; más estrictamente, un elemento importante en el nacimiento del cálculo diferencial e integral à la Newton fue el deseo por parte de éste de ser capaz de deducir de una ley de movimiento las órbitas elípticas que, como había mostrado Kepler, siguen los planetas del sistema solar. La matemática, en otras palabras, se vio estimulada por la física. | ||
Abandonemos los dominios de la física y la matemática y vayamos a otros; a, por ejemplo, aquel al que contribuyó otro de los más grandes personajes de la historia de la ciencia: Charles Darwin (1809-1882). Como es bien sabido, el nombre de Darwin está y estará siempre asociado a un libro inmortal On the Origin of Species (Sobre el origen de las especies; 1859). De muy pocos descubrimientos, teorías o científicos se puede decir lo que es posible manifestar a propósito de Darwin: que generó una revolución intelectual que fue mucho más allá de, en su caso, los confines de la biología y, en general, las ciencias naturales, provocando el derrumbamiento de algunas de las creencias más firmemente establecidas en su época. Creencias como la de que cada especie fue creada individualmente. Si Copérnico separó a nuestro hábitat, la Tierra, del centro del universo, Darwin despojó a la especie humana del lugar privilegiado que hasta entonces había ocupado en la naturaleza (más tarde llegarían otros, como Edwin Hubble, que mostraron que nuestra galaxia, la Vía Láctea, no es sino una más entre cientos de millones más, y no de las más grandes). La cuestión que quiero señalar hoy es que para llegar a escribir ese libro ejemplar, Darwin tuvo que hacerse ciudadano de muchas patrias científicas y culturales. Tuvo, por ejemplo, que aprender geología, disciplina que le fue imprescindible en sus trabajos. Armado con el poderoso instrumento del primer volumen de los Principles of Geology (Principios de geología; 1830) de Charles Lyell, recorrió el mundo durante cinco años (desde el 27 de diciembre de 1831 al 2 de octubre de 1836) a bordo del “Beagle”. Aquel viaje, que le llevó por el océano Atlántico, América del Sur, el archipiélago de las Galápagos, el Pacífico, Nueva Zelanda, Australia, el océano Índico, remontando el cabo de Buena Esperanza antes de retornar a Inglaterra, fue, además de una aventura apasionante, crucial para Darwin: en más de un sentido vivió el resto de su vida de él, de lo que vio y de los materiales que acumuló entonces. Ahora bien, para la formación de su teoría evolutiva de las especies, necesitaba de más elementos, de piezas tomadas de otras “culturas”. Uno de esos elementos lo encontró en las ideas del economista Thomas Robert Malthus (1766-1834). “En octubre de 1838”, escribió en las notas autobiográficas que preparó para sus hijos sin intención de que se publicasen jamás y que sin embargo se editarían a su muerte, “se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado sería la formación de especies nuevas”.[iv] Antes de leer a Malthus, entre septiembre y octubre de 1835, había visitado las islas Galápagos, en las que observó indicios que también le sirvieron para dar con la idea de la evolución de las especies. ¿Por qué entonces no publicó Sobre el origen de las especies hasta 1859? El motivo es que el exigente espíritu de Darwin no se conformaba con algunos indicios, por muy claros que éstos pareciesen. Deseaba estar seguro, y así se convirtió en un infatigable, casi obseso, explorador de todo tipo de universos científicos; en un buscador de hechos, de detalles, que completasen el gran rompecabezas que quería componer: nada más y nada menos que la historia natural de la Tierra. Así, durante la década de 1850 llevó a cabo estudios y experimentos de todo tipo: sobre, por ejemplo, hibridación, paleontología, variación y cría de palomas y otros animales domésticos, modos de transporte natural que pudiesen explicar la distribución geográfica de los organismos después del origen evolutivo de cada forma en una región determinada, un problema que a su vez le condujo a diseñar experimentos del tipo de cuánto tiempo podrían flotar semillas en agua salada y después de germinar, si las semillas y los huevos pequeños podrían ser transportados en el barro incrustado en las patas de los pájaros, o qué semillas podrían atravesar el sistema digestivo de un ave y sobrevivir. | ||
El siglo XIX, en el que vivió Darwin, una centuria crucial en la historia de la ciencia –es el siglo en el que tuvo lugar la “institucionalización de la ciencia”–, fue especialmente rico en ejemplos de mestizaje científico. Tan rico que me llevaría demasiado tiempo hacer algo más que recordar algunos ejemplos. Ejemplos como el de Hermann von Helmholtz (1821-1894), uno de los gigantes de la ciencia de todos los tiempos. He dicho “de la ciencia”, pero ¿de qué ciencia?, ¿en cuál se distinguió? La respuesta es infrecuente: en varias. Helmholtz, educado como médico, llevó a cabo aportaciones centrales a la fisiología (incluyendo la acústica y óptica fisiológica), a la física (a la termodinámica, electromagnetismo, hidrodinámica y óptica), matemática, psicofísica, teoría musical y filosofía. Seguramente su contribución más recordada a la ciencia más fundamental fue la primera formulación general de ese maravilloso instrumento analítico básico que es el principio de conservación de la energía, uno de los pilares de la termodinámica, que presentó en una célebre memoria de 1847: Über die Erhaltung der Kraft (Sobre la conservación de la fuerza).[v] Pero lo que a mí me interesa destacar aquí es que Helmholtz llegó a este resultado gracias a sus intereses “mestizos”. Cuando formuló el principio de conservación de la energía trabajaba como médico militar en Berlín, donde compaginaba sus obligaciones médicas con el estudio de la producción de calor durante la contracción muscular. Se dio cuenta de que la explicación del calor animal en función de transformaciones químicas en los músculos encajaba perfectamente con los propósitos de una física que no fuese ajena a los fenómenos orgánicos. Cuantificando sus observaciones fisiológicas, dedujo un equivalente mecánico del calor (como antes había hecho Joule) que incorporó a su memoria de 1847, en la que no se limitaba al dominio biomédico, considerando también las transformaciones entre todo tipo de fenómenos, fisicoquímicos al igual que orgánicos. En esta amplitud de ámbitos estudiados, y en el conocimiento, al igual que en su dominio, de la formulación matemática de la mecánica newtoniana, radicaba la originalidad de Helmholtz y la generalidad de su tratado. Con la ayuda de Alexander von Humboldt, en 1848 Helmholtz pudo abandonar el Ejército prusiano y aceptar una oferta para enseñar anatomía en la Academia de Bellas Artes de Berlín. El año siguiente se convirtió en profesor de Fisiología en la Universidad de Königsberg. Allí, en la ciudad que Kant jamás abandonó, Helmholtz mostró otra de las virtudes del mestizaje científico, de la interdisciplinariedad: preparando una de sus clases se dio cuenta de que las sencillas leyes de la óptica geométrica hacían posible construir un instrumento de inmensa importancia potencial para la comunidad médica: el oftalmoscopio, con el que, aunque sea en versiones mejoradas, pocos de nosotros no hemos tenido alguna vez contacto. A pesar de que escasos principios físicos pueden competir en fecundidad científica con el de la conservación de la energía, resulta ser un manjar no accesible a todos los paladares. No así el oftalmoscopio, que llevó fama a su creador. Como consecuencia de ella, en 1855 Helmholtz abandonó Königsberg por una cátedra de Anatomía y Fisiología en Bonn. En 1858, pasó a Heidelberg, a una cátedra de Fisiología, y en 1871 aceptaba otra, ¡de Física!, en la Universidad de Berlín. Finalmente, en lo que fue el último escalón de su carrera, en 1888 fue nombrado Presidente de una nueva institución: el Physikalisch-Technische Reichsanstalt (Instituto Imperial de Física Técnica), el primer Laboratorio Nacional de la historia, que tenía como fin llevar a cabo investigaciones físicas de relevancia para la industria que cayesen fuera de los intereses de los grupos universitarios. En octubre de 1900 dos miembros de aquel Instituto, Heinrich Rubens y Ferdinand Kurlbaum, que trabajaban en un, como diríamos hoy, programa de investigación y desarrollo solicitado por la Asociación Alemana de Especialistas del Gas y el Agua, llevaron a cabo unas medidas que transmitidas inmediatamente a Max Planck, condujeron a éste a formular la conocida como “ley de radiación de Planck de un cuerpo negro”, de la que poco después, todavía en 1900, surgiría la famosa ecuación E=h·υ de la discontinuidad de la radiación. Y de ahí, más tarde, gracias al esfuerzo de multitud de científicos, llegó la física cuántica, una ciencia que cambiaría, literalmente, el mundo. En una era dominada por los especialistas, por aquellos que nunca abandonan el restringido ámbito de una parte de una ciencia, el recuerdo de las contribuciones realizadas por Helmholtz nos muestra la fecundidad de lo multidisplinar. El valor del mestizaje intelectual. | ||
Helmholtz fue un gigante del Ochocientos, pero no el único. ¿Negará alguien semejante categoría a Louis Pasteur (1822-1895)? A Pasteur, le bon Pasteur, el “buen Pastor”. A Pasteur, el benefactor de la humanidad, el hombre cuya imagen y apellido figura en Facultades y Academias de Medicina de todo el planeta. Sí, de centros relacionados con la medicina, él que no fue médico. Si tuviese más tiempo, o menos cosas que contar, desentrañaría aquí la madeja multicultural que es la vida y obra de Pasteur. Hablaría de su educación en la École Normale, una institución dedicada a formar profesores de enseñanza media, donde estudió física y química; de sus doctorados en cada una de estas disciplinas. Me referiría a su primer campo de investigación, en el que trabajó diez años: la relación entre la estructura química de una sustancia y los tipos de cristales que forma, dominio en el que se centró en el ácido tartárico, un componente de muchas frutas y vegetales y que también aparece en los procesos de fabricación del vino. Explicaría cómo se sirvió de sus habilidades químicas y físicas (necesitaba determinar la composición de sustancias químicas, pero también estudiar propiedades físicas como la actividad óptica, para lo cual se sirvió de un polarímetro), para identificar dos formas diferentes –una dextrógira y otra levógira– de una forma del ácido tartárico, el ácido paratartárico o racémico. Pasteur fue, por consiguiente, uno de los fundadores de la estereoquímica. Magnífico, pero ¿cómo semejante científico terminaría convirtiéndose en un benefactor de la humanidad a través de la medicina? La respuesta a esta pregunta tiene que ver con su capacidad de unir intereses científicos con intereses industriales, de hermanar la ciencia con la tecnología. En 1854, aceptó un puesto de catedrático de Química y decano de la Facultad de Ciencias en la Universidad de Lille, entonces recién creada. Y lo aceptó no sólo porque significaba un avance en su carrera: también porque Lille estaba en el centro de una región industrial, y la nueva universidad pretendía establecer nexos estrechos con la industria de la zona. En 1857 presentaba su primera comunicación sobre la fermentación, en la que describía los procesos que hacen que la leche dulce se convierta en agria; esto es, la transformación de la lactosa en ácido láctico. Frente a la opinión hasta entonces generalizada, Pasteur defendía allí el punto de vista de que la fermentación láctica no era un proceso típico de transformación química, sino que se debía a la acción de pequeños organismos, tan minúsculos que apenas se podían ver con el microscopio. Merece la pena señalar que para llegar a este resultado necesitó no sólo de su laboratorio universitario, sino también de otros situados en industrias; de hecho, sus ideas sobre el papel de microorganismos tenían consecuencias prácticas para la manufactura del vinagre, cerveza y vino. Recordemos en este sentido que uno de sus libros se titulaba: Études sur le vin, ses maladies, causes qui les provoquent, procédes nouveaux pour le conserver et pour le viellier (Estudios sobre el vino, sus enfermedades, causas que las provocan, nuevos procesos para conservarlo y para envejecerlo; 1866).[vi] Por supuesto, relacionado también con estos estudios está la idea de Pasteur de que para eliminar microorganismos que dan lugar a efectos nocivos es necesario calentar la sustancia en cuestión a, según él, entre 50 y 60 grados centígrados durante una hora, un proceso que llegó a ser conocido como “pasteurización”, nombre que no se ha perdido en el pozo negro del tiempo. Fácilmente podéis imaginar la secuencia lógica que llevó a Pasteur a defender la teoría microbiana de la enfermedad, y a buscar remedios (vacunas) para infecciones, como la rabia, que tan famoso le hizo, en animales (como ovejas) o en humanos. Química, física, medicina e industria se dieron, pues, la mano, mostrando todas sus potencialidades, a través de la vida y la obra de Louis Pasteur. (Continuará) | ||
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José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española de la Lengua. | ||
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