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26 de febrero de 2002


Tribuna de opinión

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JOSÉ MANUEL SANCHÉZ RON
Elogio del mestizaje: historia, lenguaje y ciencia
(Tercera parte de tres)  (Primera Parte) (Segunda Parte)

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El electromagnetismo decimonónico es otro ejemplo magnífico de mestizaje científico. Un mestizaje entre ciencia y tecnología, que preludiaba la tecnociencia a la que enseguida me referiré. Michael Faraday (1791-1867), no menos gigante científico que Helmholtz o Pasteur, aunque sus dominios fueran otros, muestra con grandeza la permeabilidad de las fronteras entre la ciencia y la tecnología. Fue uno de los padres de la moderna teoría electromagnética (que James Clerk Maxwell [1831-1879] llevó a su expresión más acabada), al igual que de la industria que se apoya en la inducción electromagnética. Por otra parte, ¿fue William Thomson (1824-1907), otro gigante de la ciencia, más conocido por su título tardío, lord Kelvin, lo que algunos llaman un científico, o un ingeniero? Las dos cosas. Más aún: con frecuencia las dos cosas al mismo tiempo. Y es que la teoría del campo electromagnético que surgió durante la segunda mitad del siglo XIX fue el resultado de una cultura mestiza tecnocientífica. Ciencia y tecnología avanzaban a la vez, y ambas dieron a luz una síntesis teórica y operacional sin la cual el mundo del siglo XX habría sido muy diferente. Habría sido un mundo sin telegrafía, sin radio, teléfonos e innumerables artilugios electrónicos. Y en la medida que fue estudiando fenómenos electromagnéticos como se descubrieron los rayos catódicos; que estudiando éstos se descubrió la primera partícula elemental, el electrón; que analizando los rayos catódicos se encontraron los rayos X, y que investigando éstos se halló la radiactividad, un fenómeno que no tiene explicación fuera de la física cuántica, rama de la física que, como ya dije, cambió el mundo; en la manera, digo, en que estas conexiones son válidas (y lo son), vemos la fecundidad de la cultura tecnocientífica de los científicos decimonónicos que construyeron el universo del electromagnetismo.

XIII

No obstante semejante fecundidad, es cierto que durante una buena parte del siglo XX se contempló (aún tendemos a hacerlo así) a la ciencia de otra manera, de una forma ajena al mestizaje. Las razones de tal hecho tienen que ver tanto con la personalidad y logros de algunos de los grandes héroes de esa centuria, los Einstein, Planck, Bohr o Heisenberg, como con la naturaleza de las teorías que subyacen detrás de las dos grandes revoluciones científicas –la relativista y la cuántica– que se produjeron entonces. Pero no es, como decía al principio, mi propósito negar ni la existencia ni la importancia de épocas o momentos en los que las ciencias florecen aisladas en ciertos sentidos de otras culturas, sino defender la utilidad de lo interdisciplinar, del mestizaje cultural científico, así que únicamente me es necesario señalar que el siglo XX, esa centuria a la que en cierta ocasión he llamado “El Siglo de la Ciencia”, no estuvo en modo alguno vacía de mestizajes. Y hay uno al que quiero referirme especialmente; uno que no es en realidad sino continuación, aunque muy reforzada, de lo que acabo de mencionar a propósito de Faraday, Kelvin y el electromagnetismo: el desarrollo de una profunda cultura tecnocientífica.

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Desde hace tiempo, en efecto, vivimos en un mundo en el que ciencia y tecnología se encuentran estrechamente relacionadas. Es cierto que podemos hablar de ámbitos científicos en desarrollo o muy recientes en los que dominan los universos conceptuales más abstractos; formulaciones como el modelo estándar en la física de altas energías, o la controvertida (sobre todo por lo lejos que está de poder ser sometida a comprobaciones experimentales) teoría de las supercuerdas; o recordar, por citar otro ejemplo, que la matemática ha desarrollado instrumentos conceptuales tan poderosos como para que haya sido posible resolver ese antiguo reto (databa de 1637) que es el denominado “Último teorema (conjetura es un término más apropiado) de Fermat”, logro llevado a cabo en 1995 por el matemático de origen británico, Andrew Wiles. Todo esto, la vigencia y vigor de la ciencia que muchos llaman “pura”, es cierto, pero no lo es menos que las fronteras entre ciencia y tecnología son hoy cada vez más, y en más lugares, difusas. Pensemos, por ejemplo, en ese dominio científico que nos trae, prácticamente cada día, novedades antes insospechadas, el de la biología molecular: ¿es posible distinguir siempre entre avances llevados a cabo en ingeniería genética, biotecnología o biología molecular? Distinguir en el sentido de poder manifestar, por ejemplo: “este hallazgo vale sólo para ingeniería genética pero no nos dice nada realmente fundamental para la biología”. La respuesta es, en mi opinión, que no es factible establecer semejantes distinciones.

Y otro tanto sucede cuando consideramos otras disciplinas científicas. Si la astrofísica y la cosmología están desarrollándose tan vigorosamente como lo están haciendo en las últimas décadas es por la alianza que han establecido con la tecnología. ¿Qué es, por ejemplo, el satélite espacial “Hubble” sino una maravilla tecnológica que nos está permitiendo estudiar todo tipo de fenómenos y objetos cósmicos, encontrar planetas que acaso alberguen vida como la nuestra, fotografiar nacimientos de estrellas o dirigir nuestras miradas hacia los misteriosos centros de galaxias, ocupados, parece, por los denominados agujeros negros? Incluso la matemática, la más independiente de las ciencias, está sufriendo (perdón, “sufriendo” no, “beneficiándose”) de este nuevo espíritu y posibilidades de los tiempos: la disponibilidad de esos artilugios tecnocientificos llamados ordenadores afecta a su propio avance; hace posible plantear y resolver problemas nuevos, inaccesibles a los métodos analíticos. Algunos llaman a esto “matemática aplicada”o “matemática experimental”, pero se la denomine como se la denomine es una matemática que puede llegar a ser tan básica como la que más, y no sólo esto, puede llegar a abrir puertas antes insospechadas a nuevos mundos matemáticos.

Este mestizaje entre ciencia y tecnología, del que podría continuar ofreciendo ejemplo tras ejemplo, es tan importante y penetrante que incluso se ha acuñado un nuevo término, “tecnociencia”, que más pronto que tarde se abrirá camino en las páginas de nuestro Diccionario, como ya lo ha hecho en el Oxford English Dictionary Online, en donde se define como “Tecnología y ciencia consideradas como disciplinas que interaccionan mutuamente, o como dos componentes de una misma disciplina”.[i] 

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XIV

Los mestizajes tecnocientíficos que acabo de mencionar son únicamente un ejemplo –estoy tentado de decir, un “tímido ejemplo”– de los que podemos encontrar en el mundo actual. Y aunque aún de manera tenue, ya aparece por el horizonte un mestizaje que en mi opinión caracterizará acaso lo mejor de la ciencia de este siglo XXI que ya nos acoge: la interdisciplinariedad.

La naturaleza es, como es obvio, una y única. No establece fronteras o etiquetas llamadas física, química, geología, biología, matemática, ingeniería de esto o de aquello. Somos nosotros los que, a la fuerza, imponemos semejantes separaciones. Y bastante éxito hemos tenido hasta el momento con tales especializaciones y separaciones. Pero parece evidente pensar que algo –bastante– hemos de esperar cuando podamos reunir lo que nuestras limitadas, aunque también extraordinarias, habilidades han separado. De hecho, ya disponemos de ejemplos que revelan lo mucho que se puede esperar de la reunión de disciplinas antes diferenciadas; ejemplos como la químico-física (o físico-química), la geofísica o la bioquímica, ciencias mestizas sin las cuales nuestros conocimientos sobre las reacciones entre elementos y compuestos químicos, procesos que se dan en nuestro planeta (y en otros que ya comenzamos a poder investigar) así como en las entrañas de las maquinarias celulares, serían mucho más pobres. Y no olvidemos lo mucho que la física de altas energías dio a partir de, sobre todo, la década de 1970 a la astrofísica y cosmología.

Pues bien, estas tendencias de reunificación, hibridación, interdisciplinaridad o, como yo lo estoy denominando aquí, mestizaje se intensificarán a lo largo del presente siglo. La ciencia de este siglo XXI, y más aún la de los que le sigan, será ciencia interdisciplinar, mestiza.

Pero para explorar nuevos continentes se necesitan nuevos instrumentos. Naves como las que utilizó Cristóbal Colón para llegar a América, vehículos espaciales como los que llevaron en julio de 1969 a Neil Armstrong y Edwin Aldrin a pisar la Luna. Para esa ciencia interdisciplinar a la que me refiero, un instrumento indispensable será, es, la ciencia de lo no lineal, que, afortunadamente, ya ha comenzado su andadura hace algún tiempo. La vida, uno de los productos más refinados de la evolución cósmica y uno de los que más retos científicos plantean todavía, es, al igual por supuesto que muchos otros fenómenos naturales, un ejemplo paradigmático de proceso no lineal.

La riqueza de los sistemas no lineales es extraordinaria; la riqueza y las novedades que aportan con respecto a los lineales. Desde el punto de vista matemático (que con frecuencia encuentra su correlato en dominios reales), las ecuaciones-sistemas no lineales pueden mostrar transiciones de comportamientos regulares a aparentemente arbitrarios; pulsos localizados, que en sistemas lineales producen perturbaciones que decaen más pronto que tarde, mantienen su individualidad en los no lineales; esto es, dan lugar a estructuras localizadas y altamente coherentes, con las obvias implicaciones que este fenómeno puede tener en la aparición y mantenimiento de estructuras relacionadas con la vida (desde las células y organismos pluricelulares hasta incluso, aunque pueda parecer una idea peregrina, pensamientos).

El mundo científico de lo no lineal es también el universo de la termodinámica de los procesos alejados del equilibrio e irreversibles, en cuyo desarrollo intervino de manera destacada el químico-físico belga de origen ruso Ilya Prigogine (1917-2003). La termodinámica clásica, centrada fundamentalmente en los sistemas en equilibrio, nos sirvió y sirve de mucho, pero más interesante (y más difícil, naturalmente) es la de los procesos alejados del equilibrio, puesto ¿qué es la vida sino un sistema abierto, en permanente intercambio (energético) con el medio que le rodea, y en este sentido un sistema alejado del equilibrio? Tanto el origen de estructuras y su evolución en el universo, como el origen de la vida han tenido lugar fuera de un equilibrio termodinámico, en, por tanto, sistemas que intercambian o energía, o materia o información con lo que les rodea; son, por consiguiente, sistemas mestizos.

Los sistemas no lineales son, asimismo, los hogares más adecuados para la ciencia de lo complejo, la ciencia “de lo emergente”, en la que los proyectos de investigación son, muy preferentemente, de naturaleza multidisciplinar. Proyectos que rompen barreras entre las disciplinas tradicionales. Proyectos cuyas áreas de interés incluyen disciplinas tan diversas como informática, física, química, biología de poblaciones, biología del desarrollo, inmunología, arqueología, paleontología, lingüística, ciencias políticas, economía e historia.

Es también el cosmos de lo no lineal el del caos; esto es, el de los sistemas cuyas soluciones son fuertemente sensibles a las condiciones iniciales (si se cambian un poco, minúsculamente, esas condiciones, entonces la solución –la trayectoria que sigue el objeto descrito por la solución– se ve modificada radicalmente, siguiendo un camino completamente diferente). El tiempo meteorológico constituye uno de los grandes ejemplos de sistemas caóticos; de hecho, fue estudiándolo cuando se descubrió realmente el caos: pequeñas perturbaciones en la atmósfera pueden cambiar el clima en proporciones enormes, como expresa la celebrada frase de su descubridor, Edward Lorenz: “El aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas”.[ii]

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XV

Promete el título de mi discurso que el lenguaje tiene un lugar en él. Ha llegado el momento de cumplir con semejante promesa. Si la ciencia es, entre otras cosas, fruto de todo tipo de mestizajes, de un sin fin de intercambios, ¿cómo no lo va ser también el lenguaje que la expresa? Porque, como no podía ser de otra forma, la ciencia se expresa con palabras, esos “símbolos que postulan una memoria compartida”, como decía Alejandro Ferri, el protagonista del relato de Borges titulado “El Congreso”.[iii] Se expresa, sí, con términos y conceptos, no sólo con números o expresiones matemáticas. El vocabulario científico y técnico es un inmenso depósito de palabras formado por la amalgama de todo tipo de materiales, una extraña, y no siempre construida según criterios fijos o racionales, amalgama. Un inmenso depósito que contiene, como el fósil o el estrato geológico más rico y transparente, la huella de la historia, el paso de las civilizaciones, el uso de lenguas, creencias, estilos o modas que una vez imperaron, así como ilusiones que florecieron y se marchitaron. En los términos científicos, al igual que en cualquier otro recoveco de las lenguas, filología e historia se dan la mano. Cuántas palabras no contendrá nuestro querido idioma que denotan, con la nitidez del cristal más puro, su origen griego, latino, árabe, francés o inglés. El término, por ejemplo, "álcali" da fe del papel que desempeñó el mundo árabe en el desarrollo y transmisión del conocimiento científico y médico durante siglos. Procede, en efecto, de la palabra árabe "al-quali" (céniza de plantas alcalinas); y sin el artículo, "quali" condujo al símbolo químico del potasio, K (de "ka­lium"). De forma parecida, "alcohol" procede de ""alkuh'i" (sutil), "azúcar" de  "assukkar" y "jarabe" de "sarab" (bebida).

La tabla periódica de los elementos es un monumento no sólo a la capacidad que poseen los humanos para desvelar las entrañas de la naturaleza, sino también de sus muy diversas historias, aficiones o pasiones. Existe un elemento llamado niobio, en honor de Níobe, hija de Tántalo, personaje que a su vez ha sido honrado con otro elemento, el tantalio. Hay escandio, por Escandinavia, lutecio siguiendo el nombre latino de París, polonio, gracias al patriotismo de uno de sus descubridores, la polaca afincada en Francia Marie Sklodowska-Curie; einsteinio, por Albert Einstein, lawrencio en honor a Ernest Lawrence, que introdujo los ciclotrones en la física de altas energías. Y podría continuar la lista de ejemplos durante bastante tiempo.

La historia de la ciencia es –o debería serlo, ya que no se presta a este apartado la atención necesaria– en buena medida también una historia del lenguaje y de la nomenclatura científica, y ello no sólo en las ciencias más descriptivas, como la zoología, botánica, mineralogía, estratigrafía o geología histórica, sino también en la química, biología y física.[iv]

Ahora bien, sabemos perfectamente que la historia no desvela reglas universales, comportamientos o creencias inquebrantables a lo largo del tiempo y el espacio. Lo que la historia enseña es que existe una lógica (incluso dentro de la irracionalidad) en todo aquello que sucedió en el pasado, una lógica que los historiadores se afanan en identificar. Y si los lenguajes han evolucionado con el tiempo, si son el producto de mestizajes de culturas, ¿es razonable pensar que la lógica que subyace en la formación de nuevos términos –científicos, por ejemplo– no haya variado también de acorde con el espíritu de la época en que estos se acuñan?[v]

Que esto es así, es algo que se comprueba con cierta facilidad en la ciencia contemporánea.

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XVI

Hasta las primeras décadas del siglo XX, persistió con fuerza la tradición de construir neologismos sobre raíces griegas, raíces que entre otros atractivos incluían cierta facilidad para recoger esos neologismos en las lenguas occidentales, así como la neutralidad que transmitían con respecto al significado de los fenómenos expresados en tales términos. Al igual que en el tercer tomo de sus Principles of Geology, publicado en 1833, Charles Lyell propuso dividir el Terciario en tres Series: el Eoceno (del griego eos, aurora, comienzo, y kainós, reciente), Mioceno (de meios, menos, reciente) y Plioceno (de pleios, más, reciente), nomenclaturas que aún persisten,[vi] los nombres que se asignaron a las primeras partículas elementales descubiertas fueron: “electrón”, significando “unidad de electricidad”; “protón”, de la raíz griega que significa “primero” (el hidrógeno, el primero –esto es, el más ligero– de los elementos está formado por un protón en su núcleo); “neutrón”, partícula neutra, y “neutrino”, pequeño neutrón (como éste no lleva carga).

Comparemos este tipo de asignación de denominaciones con las que comenzaron a inundar la física de altas energías (entonces la más prospera rama de las ciencias) a partir de la segunda mitad del siglo XX. La terminología que apareció entonces renunciaba habitualmente a criterios históricos o filológicos, basándose en consideraciones de todo tipo, las más de las veces buscando imágenes con cierta gracia. El ejemplo de los “quarks”, con sus variados tipos de “colores” y “sabores”, es paradigmático en este sentido. Como es bien sabido, el término fue introducido por el físico Murray Gell-Mann. Veamos cómo ha descrito él mismo lo que hizo:[vii]

“En 1963, cuando bauticé con el nombre de ‘quark’ a los constituyentes elementales de los nucleones, partí de un sonido que no se escribía de esa forma, algo parecido a ‘cuorc’. Entonces, en una de mis lecturas ocasionales de Finnegans Wake, de James Joyce, descubrí la palabra ‘quark’ en la frase ‘Tres quarks para Muster Mark’. Dado que ‘quark’ (que se aplica más que nada al grito de una gaviota) estaba para rimar con ‘Mark’, tenía que buscar alguna excusa para pronunciarlo como ‘cuorc’. Pero el libro narra los sueños de un tabernero llamado Humphrey Chipden Earkwicker. Las palabras del texto suelen proceder simultáneamente de varias fuentes, como las ‘palabras híbridas’ en A través del espejo, de Lewis Carroll. De vez en cuando aparecen frases parcialmente determinadas por la jerga de los bares. Razoné, por tanto, que tal vez una de las fuentes de la expresión ‘Tres quarks para Muster Mark’ podría ser ‘Tres cuartos para Mister Mark’ (cuarto en inglés es quart) en cuyo caso la pronunciación ‘cuorc’ no estaría totalmente injustificada. En cualquier caso, el número tres encaja perfectamente con el número de quarks presentes en la naturaleza.”

Como se ve, la lógica de los razonamientos de Gell-Mann es, por decirlo de alguna manera, personal e intransferible, ajena al desarrollo histórico-filológico de los lenguajes, que este físico, por otra parte, tan bien conoce. Y no se trata únicamente del término quark: también está la cromodinámica cuántica, que por supuesto no es ninguna teoría del color, sino de la fuerza que une los quarks, los “sabores” (como el u, de up, y el d, de down) de los quarks, que tampoco tienen nada que ver con los sabores en su sentido estricto.[viii] Como mucho se trata de metáforas, que los no especialistas difícilmente pueden apreciar.[ix]

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Cuando se analiza este mundo terminológico, así como las reglas que sigue habitualmente, y se compara con el texto Méthode de nomenclature chimique que compusieron en 1787, Antoine de Lavoisier (1743-1794), Guyton de Morveau, Claude Louis Berthollet y Antoine François de Fourcroy, surge, con mayor virulencia que nunca, un profundo sentimiento de cambio. Lo que aquellos químicos de la Ilustración pretendían era poner orden lingüístico en una ciencia, la química, que había estado dominada hasta entonces por un caos casi absoluto y que estaba viviendo una revolución, introducida por Lavoisier. Hasta entonces, en efecto, se había dado un nombre arbitrario a las sustancias identifica­das. Nombres como vitriolo de estaño, alcali flogisti­cado, tinta simpática, sal de Júpiter, agua mercurial, alumbre nitroso, estaño corneo, sal febrífuga de Sylvio o polvos del conde de Palma de Santinelli.[x] Además, por si fuera poco, un mismo compuesto podía ser denominado de muchas formas diferentes: el caso, por ejemplo, del carbonato sódico, que recibió como nombres –empleando los términos del castellano de finales del siglo XVIII–: natrum o natrón, base de sal marina, alkali marino, alkali mineral, cristales de sosa, sosa gredosa, sosa ayreada, sosa efervescente, mefite de sosa, alkali fijo mineral ayreado, alkali mineral efervescente, greda de sosa y barrilla.

Es evidente, por tanto, que la nueva química, el edificio teórico que Lavoisier estaba constru­yendo, necesitaba para su consolidación elaborar un idioma propio, que fuese metódico y preciso. Un idioma que Lavoisier y sus colegas lograron crear, sin más que recurrir al instrumento de la razón, la mejor herramienta de comunicación universal. Claro que estamos hablando de una época en la que floreció un espíritu universalista e ilustrado, una de cuyas pretensiones era suprimir los obstáculos que separaban, artificialmente, a los pueblos y a los hombres. Obstáculos como los derechos feudales referentes a pesos y medidas, que se abolieron el 15 de marzo de 1790. Todavía resuenan a través del tiempo aquellas hermosas palabras que Bureaux de Pussy pronunció el 6 de mayo, en la Asamblea: “La diversidad gótica de nuestras medidas se ha perpetuado, convierte en extranjeras, las unas con respecto a las otras, a las Provincias de un mismo imperio, las Villas y las Aldeas de una misma Provincia, algunas veces hasta a los diferentes barrios de una misma Ciudad; y en la Era de las Luces, todavía nos encontramos gobernados por instituciones absurdas, humillantes, contra las que nuestros antepasados ya habían comenzado a rugir en siglos de ignorancia y tosquedad”. Dos días más tarde, la Asamblea encargaba la reforma métrica a la Academia de Ciencias, una reforma que Condorcet, poco después víctima él mismo –como Lavoisier– del Terror, dedicó “A todos los pueblos, a todos los tiempos”. En lugar de “medidas”, leamos “lenguas” y comprenderemos el espíritu que animaba con su reforma terminológica a Lavoisier y a sus colegas.

En una época como es la nuestra en la que en dominios cada vez más extensos los idiomas se degradan, siendo objeto de un descuido tal que más cabría emplear la expresión “desprecio”, merece la pena recordar algunas de las manifestacio­nes que Lavoisier empleó al presentar la nueva nomenclatura química en una Junta pública de la Academia de Ciencias parisina celebrada el 18 de abril de 1787:[xi]

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“Las lenguas no solo tienen por objeto, como se cree comúnmente, expresar por signos las ideas e imágenes; sino que además son verdaderos métodos analíticos, con cuyo auxilio procedemos de lo conocido a lo desconocido, y hasta cierto punto, al modo de los matemáticos... [U]na lengua bien hecha, y en que se haya verificado el orden sucesivo y natural de las ideas, ocasionará una revolución necesaria y aun pronta en el modo de enseñar; no permitirá a los profesores apartarse de los pasos de la naturaleza; será preciso, o no admitir la nomenclatura, o seguir sin remisión el camino que ella haya manifestado.”

En un hermoso escrito no demasiado conocido, titulado Defensa del lenguaje, Pedro Salinas decía más o menos lo mismo:[xii] “El lenguaje es necesario al pensamiento. Le permite cobrar conciencia de sí mismo... El pensa­mien­to hace el lenguaje, y al mismo tiempo se hace por medio del lenguaje... El pensamien­to se orienta hacia el lenguaje como hacia el instrumen­to universal de la inteligen­cia”.

Cuando ahora vemos quarks u o d, colores, sabores, cuerdas, p-branas y tantas otras denominaciones parece como si hubiésemos retrocedido en el tiempo, a las épocas de la tinta simpática, la sal de Júpiter o el agua mercurial. O, mejor, ¿no es todo esto sino una manifestación más de una mezcla, una extraña y desordenada mezcla, de espíritu posmodernista y de cultura que no comparte demasiado de los valores y tradiciones de la vieja cultura europea, y que se ha impuesto a ella, y que acaso busca distinguirse de ella precisamente en la adopción de criterios cuanto más alejados de la cultura clásica mejor? La manifestación de una mezcla que tiene su hábitat, paradoja entre las paradojas, en la más racional y ordenada de las creaciones del hombre, la ciencia.

Desde esos, posmodernos, puntos de vista, ¿qué más da que “quark” signifique “requesón” en alemán y nada realmente en inglés?

No puedo tampoco dejar de mencionar los acrónimos que tanto abundan en la ciencia; en, por ejemplo, la física, incluyendo la rama a la que ahora me estoy refiriendo, la física de altas energías. Acrónimos como GUT (de Grand Unified Theories) y TOE (de Theories Of Everything), de los que el historiador de la ciencia John Heilbron ha señalado:[xiii] “los GUTs [procurando ser delicados, podríamos traducir gut como “agallas” o “coraje”] y TOEs [toe es “dedo del pie”] no son partes del cuerpo sino Teorías de Gran Unificación y Teorías del Todo. ¿Revela el humor de sus nombres la confianza de personas que se sienten próximas a finalizar la física? Ciertamente demuestra que el sobrio conservadurismo de los científicos europeos de los siglos XIX y comienzos del XX ha dejado su lugar a la desenfadada igualdad de los americanos durante su momento de dominio mundial. Los juguetones nombres acuñados por los físicos de altas energías han sido criticados como faltos de elegancia, no antiguos, caprichosos y equívocos.”

XVII

Si la física de altas energías ha sido una de las ramas de la ciencia que más se desarrollaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, a la biología molecular le corresponde ese honor en la actualidad. Vivimos, en efecto, sumergidos en una auténtica revolución científica, que tiene en su epicentro a las ciencias biomédicas en general, y a la biología molecular en particular. Y si hay algo que caracteriza a las situaciones revolucionarias es la creación de nuevo conocimiento, lo que significa nuevos entes, miles y miles de nuevos entes, que hay, evidentemente, que nombrar.

No es la primera vez, naturalmente, que nos encontramos en esta situación. Recordemos el caso de la química orgánica, disciplina que experimentó un crecimiento gigantesco a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, gracias sobre todo a las técnicas introducidas por Justus Liebig (1803-1873). Pues bien, ese desarrolló se plasmó en que en 1888 se conocían las fórmulas estructurales de 20.000 compuestos orgánicos, por 74.000 en 1899 y cerca de 140.000 en 1910. Más de 100.00 nuevos compuestos que hubo, claro está, que bautizar. Sucede, no obstante, que las reglas terminológicas introducidas por Lavoisier y sus colegas a finales del siglo anterior eran lo suficientemente poderosas como para poder acometer tal tarea de una forma ordenada. ¿Ocurre lo mismo hoy, cuando los biólogos moleculares, biotecnólogos e ingenieros genéticos descubren constantemente nuevas piezas (como genes o proteínas) de la vida? Que descubren o que fabrican.

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No, o no siempre. “A menudo los nombres de genes y proteínas se basan en lo llamativo y descriptivo, siendo sus intenciones oscuras. Para muchos investigadores, dar nombre a su descubrimiento puede constituir una rara oportunidad de imbuir su ciencia de creatividad”, manifestaba Paul Smaglick en un artículo publicado en la revista The Scientist, que llevaba por título “Creatividad, confusión para genes”, aunque bien podría llevar el encabezamiento con el que comentó ese trabajo otra publicación: “Sobre el caos lingüístico en la biología molecular”.[xiv]

En la misma línea, Smaglick citaba a un biólogo molecular de la Universidad de Alberta, Lawrence Puente: “Existen múltiples nombres para la misma cosa, los mismos nombres para diferentes cosas, nombres que conducen a error, y nombres que son claramente difíciles de recordar”. Y a un miembro del Comité de Nomenclatura de la Organización del Genoma Humano, Julia White, que señalaba que aunque el Comité pretende eliminar el caos lingüístico, “se queda detrás como resultado de la velocidad y envergadura del Proyecto Genoma Humano. Con cientos de miles de genes y proteínas todavía por bautizar, la biología molecular tiene una necesidad angustiosa de una regulación de nomenclatura.”

El toque personal que permitió la denominación de los elementos de la tabla periódica de los elementos ya no es posible: el número de elementos químicos apenas supera el centenar; por el contrario el número de genes (30.000 en una sola especie, la nuestra) y de proteínas es radicalmente mayor. Y no olvidemos todos esos acrónimos que se utilizan para designar linajes celulares, procesos metabólicos, etc. Citando de nuevo de otro artículo:[xv] “En los primeros tiempos de la bioquímica y biología molecular, cuando se habían descubierto pocos genes y las proteínas que los expresan, todos podían recordar, más o menos, los nombres de las entidades macromoleculares que estaban siendo estudiadas por los colegas de al lado. Esos días han pasado, y se han hecho más extraños por la tendencia de muchos biólogos moleculares de escoger nombres ad hoc que a menudo son más agudos que técnicamente pertinentes, y de ofuscar sus artículos de investigación con acrónimos por docenas en un solo trabajo. Conocemos de al menos el ejemplo de un acrónimo para un linaje celular que aparecía en un artículo de un grupo de los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses y que no se encontraba definido en ningún lugar del trabajo; llamadas telefónicas a biólogos moleculares no permitieron hallar a alguno que supiese de qué línea celular se trataba, y cuando se consultó a los autores del artículo no se recibió una respuesta durante casi tres semanas. Como dijo un científico recientemente: ‘Si haces que tu artículo sea difícil de leer, al menos nadie podrá llamarte estúpido’.”[xvi]

XVIII

Nos guste o no, hemos de aceptar que muchos de estos términos, tan caótica o idiosincrásicamente forjados, terminaran encontrando su camino hacia las entrañas de nuestro idioma. No los hemos creado, pero sí los utilizaremos. No nos libraremos, no desde luego completamente, de este nuevo mestizaje. Y digo “no nos libraremos” porque aunque este discurso mío pretenda ser un elogio del mestizaje, os confieso que no es este del que ahora os estoy hablando un mestizaje al que yo de la bienvenida sin más: me gusta demasiado el orden como para no sentir una cierta desazón ante ese con demasiada frecuencia desordenado mundo terminológico que procede, mayoritariamente, del inglés. Y la invasión hace tiempo que ya ha comenzado, con el vigor y poder que posee el conocimiento científico nuevo, y ayudada por instrumentos recientes tan poderosos y penetrantes como la Red o Internet, que ya ha recorrido el extraño camino que le ha llevado desde el Pentágono y el CERN hasta nuestro hogares, pasando por Google o Amazon. Nuestro Diccionario da acogida a cada vez más neologismos científicos, que no podemos ignorar. ¿Traducirlos? En alguna ocasión, cuantas más veces mejor, sí, pero ¿quién puede oponerse a la fuerza del agua de la torrentera que estalla imprevista, súbita e imparable? Esta Casa ha aceptado e incluido en su diccionario, voces como big bang, que, por cierto, introdujo el astrofísico británico Fred Hoyle para ridiculizar la teoría cosmológica que ahora caracteriza tan gráficamente; una voz que podríamos traducir sin dificultad (como “gran estallido”), pero que si lo hiciésemos nos estaríamos apartando de un cauce no sólo científico sino de la cultura mundial. Una Academia de la lengua no es, no puede ser, normativa (la lengua es de todos), sino espejo de la comunidad a la que sirve y del mundo en el que existe. Espejo de y ejemplo para.

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XIX

Hasta ahora he estado hablando sobre todo a vuestra razón, tratando de desarrollar argumentos y desvelar procesos históricos que sirviesen para iluminar vuestro entendimiento. Ahora querría partiros el corazón. Pero me faltan las palabras.

Querría, sí, partiros el corazón; ser capaz de crear con mis palabras mundos que hicieran que vuestros corazones reventaran de dolor, de angustia, de ansia; que lloraran de tristeza y se rebelaran. Querría poseer ese inabarcable arte del que sois maestros tantos miembros de esta Academia. Querría producir en todos vosotros, con los frutos de mi palabra y mi pensamiento, reacciones similares a las que sin duda produjeron –y continuarán produciendo en el futuro– en todos sus lectores personajes literarios como Azarías, aquel de “milana bonita, milana bonita”, al que dio vida nuestro compañero Miguel Delibes.[xvii] Romperos el corazón igual que a Azarías se lo rompió el señorito Iván, incapaz de escuchar, él que como todos los de su calaña únicamente saben escucharse a sí mismos, la voz implorante de Azarias: “¡señorito, por sus muertos, no tire!”. Hacer que vuestros corazones sufran tanto como sufría el de la Julieta de Shakespeare cuando clamaba: “¿No queda ya piedad en los cielos? ¿Nadie puede llegar hasta el pozo de mi dolor?”; o como sufrió el de Sancho Panza cuando don Quijote se volvió loco creyéndose Alonso Quijano, y terminó, claro, muriéndose (de pena), sin hacer caso de los cuerdos consejos y lamentos de su fiel escudero, que gritaba: “No se muera vuestra merced, señor mío... no sea perezoso... levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores... Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber cinchado mal a Rocinante le derribaron”.

¿Y por qué, para qué, querría partiros el corazón? La respuesta no es difícil de entender. Permitirme que la explique.

He estado hablándoos de mestizajes científicos, pero me falta referirme a uno más, el último, pero en muchos aspectos el más importante: aquel que implica la reunión de dos culturas que deberían encontrarse unidas, pero que desgraciadamente no lo están: la “cultura humanística”, como se suele denominar, aunque sea éste un término que yo tienda a rechazar, porque se basa en un limitado, erróneo, concepto de “humanidad”, y la “cultura científica”. Estoy hablando, claro, del problema de las “dos culturas”, una expresión populari­zada por Charles Snow en 1959, en el curso de una importante conferencia (la Rede Lecture) que pronunció en Cambridge. “La vida intelectual de toda sociedad occidental”, sostuvo en aquella ocasión Snow, “se divide cada vez más en dos grupos... Los intelectuales litera­rios en un polo, y en el otro los científi­cos... Entre los dos grupos existe un golfo de mutua incompren­sión, en ocasiones (especialmente entre los jóvenes) de hostili­dad y antipatía, pero sobre todo de falta de entendimiento”.[xviii]

Y ¿cómo lograr superar esa falta de entendimiento, ese abismo de incomprensión?

Durante mucho tiempo creí que la forma de superar tal abismo, la manera de reunir esas dos culturas, no podía ser otro que la educación, que enseñar a los legos qué es la ciencia y cuales son sus contenidos. Educar a todos y a todas las edades, aunque sobre todo a los más jóvenes, a los niños y niñas de enseñanza primaria y de secundaria. Y divulgarla también. Hoy, sin embargo, creo que esto, aunque necesario no es suficiente. Si sólo enseñamos los métodos y los contenidos de la ciencia, difícilmente penetrará ésta realmente en las mentes y espíritus de las personas. Sabrán algo de ella, pero continuará siendo para ellos, que no la viven diariamente, un cuerpo extraño. ¿Por qué? Porque le faltará vida. Los humanos, nunca es ocioso recordarlo, no somos sólo cerebro racional, lógico, cognitivo, sino también sentimientos, emociones, y por ello nunca podrá darse un hermanamiento completo, una comprensión profunda, entre la ciencia y la “humanidad”, si no sabemos llevar la ciencia al corazón de las personas. Es necesario educar en la ciencia, sí, pero también conmover con la ciencia.

No son muchos los científicos que son capaces de educar y conmover. Es preciso ir más allá de la mera divulgación, penetrar en los ricos y alambicados dominios en los que se funden el ensayo, la divulgación y la literatura. Esta tarde yo quiero rendir aquí tributo de admiración y agradecimiento a dos grandes maestros de ese difícil y humanitario arte: el astrofísico Carl Sagan (1934-1996) y el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (1941-2002).

Ambos fueron, sin duda, magníficos científicos, pero no del calibre de aquellos cuyos nombres recordarán generaciones y generaciones futuras. Sin embargo, alcanzaron la fama y recibieron nuestra admiración, y ello porque supieron utilizar sus conocimientos profesionales para escribir libros maravillosos que no sólo nos educaron en la ciencia, sino que también conmovieron nuestras almas. En sus libros supieron engranar de mil maneras la ciencia con todo aquello más primitiva y sinceramente humano, con eso que hace que a veces hablemos de “la condición humana”. Fueron maestros en el arte de hablarnos como iguales, sin establecer fronteras entre el científico y el lego. Sabían decir cosas del tipo de, citando ahora a Sagan:[xix] “En una vida corta e incierta, parece cruel hacer algo que pueda privar a la gente del consuelo de la fe cuando la ciencia no puede remediar su angustia. Los que no pueden soportar la carga de la ciencia son libres de ignorar sus preceptos. Pero no puede servirse la ciencia en porciones aplicándola donde nos da seguridad e ignorándola donde nos amenaza... porque no somos bastante sabios para hacerlo. Excepto si se divide el cerebro en compartimentos estancos, ¿cómo es posible volar en aviones, escuchar la radio o tomar antibióticos sosteniendo al mismo tiempo que la Tierra tiene unos diez mil años de antigüedad y que todos los sagitario son gregarios y afables?”.

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La ciencia no tiene por qué ser compasiva; por encima de cualquier otra consideración lo que debe es suministrar resultados ciertos (dentro de los límites de apreciación válidos en un momento determinado). Pero a veces, acaso con mayor frecuencia de lo buscado, puede y debe ser también compasiva. En La falsa medida del hombre (1981), Jay Gould fue, probablemente más que en cualquier otro de sus libros, compasivo. Para los humanos de bien resonarán durante mucho tiempo unas frases memorables que escribió en aquella obra, que tanta ciencia nos enseñó:[xx] “Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vastas que la atrofia de la vida; pocas injusticias más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno”. Fue Gould un maestro en mostrar lo universal jugando con lo particular, en revelar las leyes implacables que se esconden en lo aparentemente más cotidiano y contingente, como se puede comprobar sin más que leer muchos de sus relatos sobre temas aparentemente, sólo aparentemente, menores, como, por ejemplo, el pulgar del panda, la relación entre la nalga (izquierda) de George Canning (secretario de Exteriores del Gobierno británico) y el origen de las especies, la cuestión de si cinco es un número apropiado de dedos, el interés de Darwin por los gusanos, la historia del arzobispo inglés James Ussher, que en el siglo XVII dio no sólo el año de la creación (el 4004 a. de C.), sino también la fecha exacta (el 23 de octubre), o el golpe relámpago, en béisbol, de Joe DiMaggio, su  gran héroe.

Necesitamos más científicos-escritores como estos. Los necesitamos porque, no nos engañemos, la ciencia, su espíritu al igual que su letra, es todavía un ser extraño para la mayoría de la humanidad, independientemente de que esa misma mayoría de la humanidad se relacione cada vez con mayor frecuencia e intensidad con la ciencia; no importa que vayan introduciéndose, subrepticia o violentamente, nuevos términos de índole científica o tecnológica en los idiomas que esas mismas personas hablan. Y necesitamos a esos autores en todos esos idiomas, incluyendo, cómo no, en el nuestro: el español.

España es todavía hoy un país en el que la ciencia se encuentra en una situación insatisfactoria. Nuestros investigadores se esfuerzan –bendito sea ese esfuerzo–, y en ocasiones logran éxitos significativos, pero no es suficiente: la distancia que nos separa de otras naciones no disminuye, o no disminuye lo necesario. En un mundo en el que la ciencia no sólo es conocimiento o cultura, sino también poder –poder económico, industrial, político, militar–, esta situación representa una grave limitación de presente y de futuro. No es que para un país no exista futuro si no es una potencia científica internacional. Siempre hay un futuro. Pero ¿qué futuro? ¿El futuro de ser un país de servicios, aunque sea en el más moderno sentido de la palabra?

Cada uno es libre de elegir qué futuro desea intentar conseguir. Mi elección es clara: quiero que mi país aporte en el futuro, de forma sistemática, algo sustancial a la ciencia internacional. Que no seamos meros invitados, sino anfitriones también en esa empresa varias veces milenaria que llamamos ciencia, una empresa que merece la pena continuar aunque sólo fuese para, como dijo en cierta ocasión el matemático Carl Gustav Jacobi (1804-1851), “rendir honor al espíritu humano”.[xxi] No basta con que haya ciencia –poco o mucho, siempre se hace algo de ciencia en un país–, tiene que hacerse ciencia de primer nivel.

No es la primera vez que en esta Casa se defiende el papel de la ciencia en el futuro de España. En su discurso de entrada en nuestra Academia, que tuvo lugar el 14 de junio de 1908, José Rodríguez Carracido manifestaba, esperanzado:[xxii]

“Mi creencia, quizá sugerida por la pasión del especialista, es que la hegemonía intelectual la ejercerán en las edades futuras los reveladores del código constituido por las leyes naturales, y en esa era histórica, cuando las dos Españas, las cisatlántica y la trasatlántica, sean campos de la espléndida producción científica que en mi optimismo espero, una y otra, al contemplarse amistosamente en posesión de la propia personalidad, celebrarán, con esplendor en días señalados y con íntima devoción cotidianamente, fiestas de familia en las que la lectura de sus clásicos será deleite del alma, generadora de veneración que habrá de tributarse en los mismos lares solariegos a los que son simultáneamente autoridades de la ciencia y del habla castellana”.

Poco menos de un siglo después, esos tiempos que Carracido aventuraba todavía, ¡ay!, no han llegado. Y no sólo sufre por ello nuestra cultura, nuestro poderío económico-industrial y nuestro bienestar social, sino también nuestro idioma. “La ciencia matemática nada nos debe”, declaraba con su habitual énfasis José Echegaray al entrar, en 1866, en la Real Academia de Ciencias, “no es nuestra; no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo”[xxiii]

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Con la excepción de Cajal, no hemos tenido grandísimos científicos, ni tampoco otros que aunque no fuesen tan excepcionales dejaron no obstante recuerdo en la historia y en el lenguaje; científicos como Volta, Galvani, Ohm, Ampère, Watt o Joule en cuya memoria se han construido términos como voltio, galvanizar, ohmio,  amperio, vatio o julio.

Si en nuestros laboratorios de la segunda mitad del siglo XX hubiese florecido la física del estado sólido, tal vez el mundo no hablaría de chips, sino de “obleas”, “fichas”, “tabletas”, o quién sabe qué otra expresión. Y bit sería dib (de digito binario).

Si nuestros astrónomos hubieran competido realmente con los de otros países –tarea en la que ahora se afanan– acaso hablaríamos, como unidad astronómica de distancia, de párseg y no de pársec,  término que procede de “paralaje por segundo”, pero segundo en inglés (second), de ahí su “c” final y no una “g”.

“El mundo hispánico”, escribió Emilio Lorenzo, “ha contribuido a la cultura universal con santos, héroes, grandes artistas de la pluma, del pincel, del pentagrama y de la danza. Si se examina el vocabulario y la presencia de nombres hispánicos en otras lenguas, es en estos campos donde nuestra comunidad descuella. También, por desgracia, en una serie de expresiones que sirven para alimentar la leyenda negra y que revelan la baja opinión que el llamado gran público tiende a adoptar sobre lo hispánico: machismo, pronunciamiento, cacique, junta, garrote, incomunicado, quinta columna, autodafé (del portugués, pero referido a la Inquisición española)”.[xxiv] También, como sabemos, otros como sangría, siesta, gazpacho, tortilla, flamenco o fiesta.

No reniego de ninguna de estas expresiones: todas son hijas de nuestro pasado, tanto las que condensan en ellas lo peor de nuestra historia como aquellas que destilan lo mejor que hemos hecho, o, simplemente, cómo somos o hemos sido. Pero deseo, permitirme que lo repita una vez más, que aportemos también algo al universo de la ciencia, aportaciones que, inevitablemente, aunque estemos dominados por el inglés, se traducirán en que el español tenga alguna presencia en la nomenclatura científica. Y no olvidemos, como bien escribió hace no mucho Miguel García Posada, que “la talla de una lengua se mide también por su presencia en los foros internacionales, en los congresos científicos, en las bibliografías especializadas”.[xxv]

Debemos, pues, producir ciencia, ciencia de primerísima línea, sí, pero también debemos introducir la ciencia hasta en el último escondrijo de la sociedad, hacer que no sea considerada como una cultura bárbara todavía no agraciada por el lenguaje escrito; lograr despertar en todas las conciencias sentimientos de angustia, de ansia ante la ignorancia científica. Es por todo esto que querría ser capaz de romperos el corazón. Con ello, familiarizándoos con la ciencia, no os prometo que recibiréis seguridades de que os espera un destino eterno, o la demostración de que pertenecéis a una especie elegida, ni respuestas para todas las preguntas que podéis imaginar, ni siquiera virtud moral, pero sí os prometo respuestas fiables, entretenimiento (la ciencia es divertida) y, sobre todo, dignidad.

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XX

Llego ya al final. Y tengo que confesaros que cuando pensaba en la manera de finalizar mi exposición de hoy dudé cómo hacerlo. Acabar algo es una cuestión tan delicada como comenzarlo; recordad el valor de una buena obertura (“En un lugar de la Mancha...”). Pensé, por ejemplo, utilizar la dedicatoria con la que Carl Sagan abrió uno de sus libros, y desearos a todos vosotros, mi paciente audiencia, lo mismo que deseo en el fondo de mi pensamiento, todos los días de mi vida, aunque no se lo diga, a mis dos queridas hijas, lo único que verdaderamente me une con el futuro que nunca conoceré; desearos “un mundo libre de demonios y lleno de luz”.[xxvi]

También pensé en dirigir mis palabras finales de manera que pudiese utilizar las frases con las que ese maestro de historiadores que es Eric Hobsbawn puso término a su autobiografía. Unas frases que siempre deberían estar presentes en nuestros pensamientos y actuaciones, hablemos de lo que hablemos, incluyendo, por supuesto, cuando hablamos de ciencia, una actividad que da poder y que como tal afecta profundamente a los humanos. Unas frases cuya esencia me recuerda constantemente mi leal compañera de ya casi una vida, mi esposa, que se esfuerza en hacerme más compasivo y solidario. Unas frases que honran a cualquier idioma en que se pronuncien, no importa bajo qué gramática se articulen: “La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo”.[xxvii]

Pensé en todo esto, pero a la postre me dije a mí mismo que, rodeado como estoy hoy de tantos familiares y amigos de los que tanto he recibido, a los que tanto debo, no hay palabra ni más apropiada ni más hermosa, en cualquier idioma y desde luego en el nuestro, en la lengua que ennoblecieron Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Teresa de Jesús, Francisco de Quevedo, Santiago Ramón y Cajal, Antonio Machado, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Pablo Neruda, Federico García Lorca y tantos otros, que “gracias”. Gracias, pues, a todos, queridos amigos. Muchas gracias.

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[i] No existe un consenso generalizado acerca de cuando comenzó a utilizarse el término “tecnociencia”, y quién lo acuñó. Bruno Latour, en uno de sus libros (Science in Action; 1987) se adjudica la responsabilidad (y el mérito, claro): “Resumiendo”, escribe en la página 29, “la construcción de hechos y máquinas es un proceso colectivo... Esto es tan esencial para continuar nuestro viaje a través de la tecnociencia* [y aquí añadía la siguiente nota a pie de página: “*Para evitar un sin fin de ‘ciencia y tecnología’ he acuñado esta palabra...] que lo llamaré nuestro primer principio”. A pesar de tal manifestación, el término “tecnociencia” no vuelve a aparecer hasta la página 159. Existen, no obstante, indicios de que antes, a primeros de la década de 1980, el término ya se utilizaba ampliamente.

[ii] En realidad, la frase original es algo diferente: “Predictibilidad. ¿El aleteo de una mariposa en Brasil produce un tornado en Texas?”. Apareció como el título de la primera sección de una conferencia que Lorenz dictó el 29 de diciembre de 1972 en una sesión dedicada al Programa de Investigación Atmosférica Global dentro de la 139ª Reunión de la American Association for the Advancement of Science. Se distribuyó en una nota de prensa y sólo se publicó bastantes años más tarde, en 1993, como apéndice a un libro de Lorenz titulado The Essence of Chaos. Antes, sin embargo, había adquirido ya celebridad, a través de una obra que fue un éxito de ventas: Chaos: Making a New Science (1987), de James Gleick, cuyo primer capítulo se titula “El efecto de la mariposa”. A partir de entonces, el “efecto mariposa” se convirtió en un visitante frecuente en todo tipo de escenarios culturales: desde las explicaciones del matemático de Parque Jurásico, de Michael Crichton, hasta el relato de Antonio Tabucchi titulado “¿El aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un tifón en Pekín?” (incluido en A. Tabucchi, El ángel negro [Anagrama, Barcelona 1993]).

[iii] Jorge Luis Borges, “El Congreso”, incluido en El libro de arena (Alianza Editorial, Madrid 2003), p. 53.

[iv] Sobre la importancia de la nomenclatura en las ciencias geológicas, ver los atinados comentarios de Carmina Virgili en El fin de los mitos geológicos. Lyell (Nivola, Madrid 2003), pp. 111-116

[v] Es cierto que durante un tiempo se pensó (es una idea que se remonta cuando menos a la Ilustración) que la ciencia debía “hablar” (esto es, expresarse, ser escrita) una lengua “bien hecha”, una lengua libre de toda ambigüedad semántica, de toda contaminación cultural. Matemáticos y lógicos como David Hilbert o Bertrand Russell se esforzaron en esta dirección, como un medio para resolver la crisis de fundamentos que surgió en la matemática a finales del siglo XIX. Sus programas, sin embargo, no pudieron nunca llevarse a término. Ver, en este sentido, los comentarios que se efectúan en Jean-Marc Lévy-Leblond, “La langue tire la science”, en Roger Chartier y Pietro Corsi, Sciences et langues en Europe (Centre Alexandre Koyré, París 1996), pp. 235-245.

[vi] Una muestra (a imitar) del respeto que Lyell sentía por su propio idioma es lo que escribió en una nota a pie de página en este volumen tercero de los Principles, inmediatamente después de introducir las Series del Terciario: “Estoy muy agradecido a mi amigo, el Rev. W. Whewell, por ayudarme a inventar y traducir al inglés estos términos, y deseo sinceramente que los numerosos diptongos extranjeros, terminaciones bárbaras y plurales latinos, que tan abundantemente han sido introducidos durante los últimos años en nuestro idioma, hayan sido evitados con tanto éxito como lo han hecho los naturalistas franceses, y como lo hicieron los primeros escritores ingleses, cuando nuestro lenguaje era más flexible de lo que es ahora.” Charles Lyell, Principles of Geology, vol. III (John Murray, Londres 1833), p. 53.

[vii] Murray Gell-Mann, El quark y el jaguar (Tusquets, Barcelona 1995; versión original en inglés de 1994), p. 198.

[viii] Aunque por el momento con poco éxito entre los profesionales, alguna publicación periódica española traduce los términos up y down, empleando: “quark arriba” y “quark abajo”. Ver, por ejemplo, Gordon Kane, “Más allá del modelo estándar de la física”, Investigación y Ciencia (agosto de 2003), pp. 48-55.

[ix] Es interesante en este sentido, citar lo que dice Gell-Mann al respecto (El quark y el jaguar; p. 199): “Se dice que u y d son diferentes ‘sabores’ de quark. Además del sabor, los quarks tienen otra propiedad aún más importante llamada ‘color’, aunque no tiene que ver con los colores reales más que el sabor en este contexto con el sabor de un helado. Aunque el término ‘color’ es más que nada un nombre gracioso, sirve también como metáfora. Hay tres colores, denominados rojo, verde y azul a semejanza de los tres colores básicos en una teoría simple de la visión humana del color (en el caso de la pintura, los tres colores primarios suelen ser el rojo, el amarillo y el azul, pero para mezclar luces en vez de pigmentos, el amarillo se sustituye por el verde). La receta para un neutrón o un protón consiste en tomar un quark de cada color, es decir, uno rojo, uno verde y uno azul, de modo que la suma de colores se anule. Como en la visión el color blanco se puede considerar una mezcla de rojo, verde y azul, podemos decir metafóricamente que el neutrón y el protón son blancos.”

[x] Estoy empleando la traducción que del Méthode realizó en 1788 Pedro Gutiérrez Bueno, profesor de Química del Real Laboratorio de Madrid: Método de la nueva nomenclatura química, propuesto por M.M. de Morveau, Lavoisier, Bertholet, y de Fourcroy, a la Academia de París (Madrid 1788).

[xi] Lavoisier, “Sobre la necesidad de perfeccionar y reformar la nomenclatura de la química”; incluido en Método de la nueva nomenclatura química, op. cit., pp. 1-16; cita en pp. 4, 8.

[xii] Pedro Salinas, Defensa del lenguaje (Alianza Editorial, Madrid 1992), p. 18.

[xiii] J. L. Heilbron, “Coming to terms. Caloric, cathode, curium and quark – coinage from the mint of science”, Nature 415, 585 (2002).

[xiv] Paul Smaglik, “Creativity, confusion for genes”, The Scientists 12 (30 de marzo de 1998); “On linguistic chaos in molecular biology”, ScienceWeek. An Online research Digest published weekly since 1997, vol. 6, nº. 32 (9 de agosto de 2002).

[xv] “More discussion of acronym anarchy in molecular biology,” Nature 390, 329 (1997).

[xvi] Tampoco escasean en la física los acrónimos. Recordemos: máser (de Microwave Amplification by Stimulated Emisión of Radiation), láser (de Light Amplification by Stimulated Emisión of Radiation], SQUID (de Supercon­ducting Quantum Interference Device), bit (de binary digit) o qubit (de quantum bit).

[xvii] Me estoy refiriendo, por supuesto, al personaje de Los santos inocentes (1981).

[xviii] C. P. Snow, The Two Cultures (Cambridge University Press, Cambridge 1993), pp. 3-4. De hecho, Snow había utilizado la idea de las dos culturas con anterioridad a su Rede Lecture, en un breve artículo que publicó en 1956 en The New Statesman.

[xix] Carl Sagan, El mundo y sus demonios (Planeta, Barcelona 1997; versión original en inglés de 1995), p. 323.

[xx] Stephen J. Gould, La falsa medida del hombre (Crítica, Barcelona 1997; edición revisada; versión original en inglés de 1996; primera edición de 1981), p. 50.

[xxi] “M. Fourier”, escribió Jacobi a otro matemático, Legendre, el 2 de julio de 1830, “opinaba que la finalidad primordial de las matemáticas consistía en su utilidad pública y en la explicación de los fenómenos naturales; pero un filósofo como él debería haber sabido que la finalidad única de la ciencia es la de rendir honor al espíritu humano y que, por ello, una cuestión sobre números vale tanto como una cuestión sobre el sistema del mundo”. C. G. Jacobi, Gesammelte Werke, vol. I (Reimer, Berlín 1881), p. 454.

[xxii] José Rodríguez Carracido, “Valor de la literatura científica hispano-americana”. He utilizado su reproducción en: Discursos leídos en las recepciones públicas de la Real Academia Española, serie tercera I (Real Academia Española, Madrid 1964); cita en la p. 31.

[xxiii] José Echegaray, Historia de las matemáticas puras en nuestra España (Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Madrid 1866), p. 28

[xxiv] Emilio Lorenzo, El español en la encrucijada (Espasa, Madrid 1999), pp. 198-199.

[xxv] Miguel García Posada, “Defensa no patriótica de la lengua”, El País; reproducido en M. García-Posada, Las ramas de oro, op. cit., pp. 107-108.

[xxvi] C. Sagan, El mundo y sus demonios, op. cit.

[xxvii] Eric Howbsbawn, Años interesantes (Crítica, Barcelona 2003; versión original en inglés de 2002), p. 379.


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José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española (RAE). Leyó éste, su discurso de ingreso, el 19 de octubre de 2003.


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