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16 de junio de 2004


Tribuna de opinión

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JOSÉ MIGUEL PÉREZ PÉREZ
Magia, maravilla y poder del lenguaje
(segunda parte, de tres)

Se trabaja con el pensamiento palabra
La angustiante búsqueda de un ser superior
Cuando el poeta pierde su razón de ser

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Como ya hemos dicho, esa espontaneidad, esa naturalidad, ese mundo mágico de la palabra de nuestra infancia, va desapareciendo, transformándose, pero nos deja marcados para el resto de nuestros días. Por eso dijo ya R. M. Rilke que la infancia es la patria a la que todos queremos regresar. Aquel niño, ya joven/hombre adulto, va creciendo también e integrándose en la sociedad gracias al dominio que va adquiriendo del lenguaje, con el que crea su propio mundo. Un dominio que ahora se manifiesta no solo con la palabra hablada sino también, y muy especialmente, con la palabra escrita. Y en ésta destacará, especialmente y siempre, la prolongación de aquel mundo mágico, que como nuevas chispas encendidas iluminará ese mundo maravilloso del arte literario con nuevas y cada vez más variadas e imaginativas formas, que solamente algunos seres privilegiados, como dijimos antes,  pueden crear: “los poetas, que son capaces de conservar vivos los recuerdos de lo que han sentido de niños”, como dijo Bécquer.

Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían.
Yo hice el mundo en mi lengua castellana.
Crear, hablar, pensar todo es un mismo
mundo anhelado, en el que, una a una,
fluctúan las palabras como olas.

“Todo hombre –dice D. Alonso– piensa el mundo por medio de la palabra, de un modo más o menos intenso y extenso. Este pensar gracias a la palabra humana es una manera de creación: hablando yo creo el mundo en mi mente” (Alonso, 1958, p. 10). Y ese poder creador del hombre lo asemeja a Dios. Como quien se adentra en la mar ignota, así el hombre se adentra en el mundo maravilloso del lenguaje donde las palabras están siempre fluctuando formándose como olas para deshacerse en nuevas oleadas, que va descubriendo y dominando, atraído cada vez más por un misterio insondable del que jamás podrá apoderarse en su totalidad, pero a través del cual irá ofreciéndonos su propia visión de la humanidad en el cosmos. Esa visión siempre será incompleta porque, como dice Juan Mayor,

El dominio pleno del lenguaje constituye un objetivo inalcanzable en cuanto que cualquiera de las habilidades y niveles de uso pueden mejorarse por parte de los mismos sujetos si se dan las condiciones apropiadas, o por parte de otros sujetos en función de ciertas condiciones específicas (...). Siempre se puede hablar y escribir mejor y siempre se puede  comprender y leer mejor (Mayor, 1989, pp. XXXI, XXXVII).

Todos los que nos dedicamos a esta profesión debemos poseer el dominio más completo posible de nuestra lengua. Ya  Unamuno, al preguntarle alguien qué es lo que hacía para defender la lengua le responde con firmeza: “Pues decir y escribir en ella lo mejor que puedo, y cultivarla y precisarla y rehacerla, y hacer que esté naciendo y renaciendo cada día, y arrancarla lo que puedo a lo más estadizo de su estado, para volverla a su nación, a su nacimiento perpetuo” (Unamuno, 1958f, t. VI,  p. 664).

Aun así la huella que nos deje de su intuición, de su visión de aquel mundo será una huella perenne de la misma, porque está hecha de una materia imperecedera: la palabra. Bien lo sabía Horacio cuando nos dijo: “Monumentum exegi aere perennius”. Y es imperecedera porque el escritor, con ella “desgaja algo de su alma y no entrega más que eso: su alma, sin nada corporal o material; porque la escritura  no es más que un símbolo, un convenio para evocar lo que entrega”. Y esa es otra de las grandezas de la palabra, muy superior a la materia que emplean el escultor o el pintor, incluso el músico –“cuyo material es también sutilísimo”--:

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Se trabaja con el pensamiento palabra

Lo que constituye la grandeza de la poesía –dice D. Alonso- (toda auténtica literatura es poesía) es  precisamente la índole de sus materiales (...). El escritor trabaja con su palabra, con su pensamiento palabra, con la propia forma de su espíritu y aun con la sustancia más profunda de ese espíritu (...).  El escritor vierte en la obra su integridad de hombre, todo su corazón y su inteligencia, todo su sentimiento y todo su pensamiento. Entrega su palabra. Se entrega, pues, hombre (Alonso, 1958, p. 8).

En esas entregas late la vida no solo de quienes nos las dejaron sino de millones y millones de seres humanos.  En ellas aparecen las palabras combinadas, ensambladas  de mil formas diferentes, con elementos nuevos, logrando despertar en los lectores emociones dormidas. “Las palabras son siempre una creación de multitudes –dice Valle-Inclán--. Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro, contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos” (Valle-Inclán, 1974, p.32). Y Pablo Neruda, que en su libro de memorias  Confieso que he vivido se siente feliz con las palabras, por las que siente una verdadera adoración[1], expresa en el poema “Verbo” (LX de su libro Las manos del día)  su ansia de dominar las palabras, de moldearlas como masa en sus manos:

Voy a arrugar esta palabra,
voy a torcerla,
sí,
es demasiado lisa,
es como si un gran perro o un gran río
le hubiera repasado lengua o agua
durante muchos años.

Quiero que en la palabra
se vea la aspereza,
la fuerza desdentada
de la tierra,
la sangre
de los que hablaron
y de los que no hablaron.

Quiero ver la sed
adentro de las sílabas:
quiero tocar el fuego
en el sonido:
quiero sentir la oscuridad
del grito. Quiero
palabras
como piedras vírgenes.
(Neruda,  1968, pp. 999-1000)

Son innumerables, como sabemos, las visiones que del mundo y del hombre han ido dejando esos seres privilegiados, visiones siempre nuevas, siempre renovadas, que siguen conmoviendo las más hondas y secretas fibras de nuestra sensibilidad, conduciéndonos por los senderos luminosos de la vida, del amor. Porque a través de la palabra  gritan –aunque sea en silencio- los eternos problemas del hombre. (A título de ejemplo escogemos tres: el mismo hombre con su angustia existencial, con su esperanza infinita; el amor con la fuerza del rayo, con la fuerza de un turbión; el dolor que desgarra tus entrañas y arruina tu existencia...). Son éstos textos –como hemos dicho en otro lugar (L.M.)-- donde nos zambullimos estremecidos. Son textos que brotan de la absoluta necesidad de la palabra, que nacen de la necesidad vital de comunicación.

Recordemos en primer lugar estos versos de Gabriel Celaya:

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
(Celaya,  1972, p. 49).

Labor nuestra como profesores es buscar en las palabras de esos autores –como decía P. Salinas- “la palpitación psíquica que nos las entrega encendidas a través de los siglos: el espíritu en la letra” (Salinas, 1982, p. 418).

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La angustiante búsqueda de un ser superior

Así, en este soneto de Blas de Otero que lleva por título “Hombre”, se nos presenta la angustia por la búsqueda de un ser superior, del que no encuentra respuesta, y el ansia existencial que le produce el silencio de un Dios “retumbando” en el vacío inmenso:

Hombre
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser –y no ser-- eternos, fugitivos.
Ángel con grandes alas de cadenas!
(Otero, 1981, p. 62).

Y todos conocemos ese famoso ciprés que, como buril hecho de dudas metafísicas y esperanzas sin cuento y sin realidad tangible, su autor inmortalizó con la palabra y plasmó en sublimes metáforas, con las que consigue que la palabra, llena de fuerza en la esperanza, traspase el cielo de la historia y la siga convertido en oración; oración que, por toda respuesta, se diluye en un silencio que solo las piedras comprenden, y a la que el pobre corazón humano, hecho tiempo y árbol, se agarra, a pesar de su hierática rigidez y su mutismo:

El ciprés de Silos
Enhiesto surtidor de sombra y sueño,
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza,
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi, señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
(Diego, 1991, 463).

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Cuando el poeta pierde su razón de ser

Con palabras heridas, todos los poetas han expresado a su modo el sentimiento amoroso, pero pocos lo han conseguido como aquel humilde y sencillo fraile Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), un hombre enamorado hasta la médula de los huesos, un hombre diluido en el éxtasis de un amor sin límites, infinito, que todo lo derrite y en el que el poeta pierde hasta su última razón de ser como individuo (según dijimos ya en otra parte: LM):

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
todos mis sentidos suspendía.
(...)

Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora
(De la Cruz, 1954,  pp. 16, 475, 476).

O este otro, ese monstruo creador y destripador de lenguaje que fue Francisco de Quevedo, que canta la perennidad del amor, que triunfará de la misma muerte, atravesando la mitológica laguna Estige o río Lete ‘río de la muerte’(“Nadar sabe mi llama la agua fría / y perder el respeto a ley severa”). Su fuerza es superior a la de la vida: la vida existe por el amor, la vida es hija del amor. Y hasta la misma muerte, en su desesperación amorosa, será hija del amor:

Si hija de mi amor mi muerte fuese,
¡qué parto tan dichoso que sería
el de mi amor contra la vida mía!
¡Qué gloria que el morir de amar naciese!
......

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Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, desotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa. 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado,
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
(Quevedo, 1963, pp. 503,  511).

Con palabras iluminadas por la pena expresamos nuestro dolor, pero tal vez nadie como Miguel Hernández ha desgarrado su alma con una furia tan desbocada como la que aparece en la “Elegía” a la muerte de su amigo Ramón Sigé, donde las palabras parecen saltar en tasquiles reventadas de dolor:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.
(...)

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
(...)

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
(...)

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(Hernández, 1960, pp. 229-230).


1]   “Amo tanto las palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema. Todo está en las palabras” (Neruda, 1979, 63).

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Miguel José Pérez Pérez es catedrático emérito de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. (Conferencia Inaugural del Curso Académico 2003-2004 en la Facultad de Educación-Centro de Formación del Profesorado, Universidad Complutense de Madrid).

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