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23 de junio de 2004


Tribuna de opinión

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MIGUEL JOSÉ PÉREZ PÉREZ
Magia, maravilla y poder del lenguaje
(tercera y última parte)

Las palabras dominan el mundo y no las armas
Oficina de manipulación y desinformación
Literatura del alma navegable de Platón
Una continuidad solitaria del pensamiento
La poesía no deshonra a quien la posee

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“Con la palabra se pide el pan”, como dice el poeta. Con la palabra se hace el amor[1]. Con la palabra se domina el mundo, porque siendo el lenguaje “la más maravillosa creación de la mente humana –como dice el húngaro G. Revesz-, la palabra es, a la vez, el arma más poderosa que el hombre posee[2]. Y para la humanidad, que vive de la palabra, es necesario de toda necesidad creer en la verdad de la palabra. Así J. R. Jiménez pide a gritos:

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas (...).
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío de las cosas!
(Jiménez, 1974, p. 142)

Todos conocemos esta realidad. Todos queremos que las palabras se correspondan con la realidad objetiva, con la verdad. Y nosotros, por nuestra profesión, en este sentido tenemos una inmensa responsabilidad, y no solo los profesores de lengua y literatura aunque sí muy especialmente. Debemos enseñar el uso correcto del lenguaje, tanto hablado como escrito; y, como el mismo estudiante irá descubriendo el poder que su dominio le confiere, somos nosotros quienes debemos procurar que adquiera conciencia del poder de esa arma como fuerza social que ponemos en sus manos. Deberemos enseñar la lengua y la literatura –y despertarles el placer de leer– con textos que “desarrollen su sensibilidad más noble y su inteligencia, su capacidad de reflexión, que cultiven su formación humana y humanística, así como el respeto a la dignidad del hombre y a su libertad”; y que sepa distinguir cuando las palabras tratan de embaucarle y cuando corresponden a la verdad. Es obligación nuestra, y grave, prevenir a los jóvenes contra la manipulación del lenguaje. Deberemos tener en cuenta, además, que el desarrollo del individuo está en intrínseca relación con el desarrollo de su lenguaje y el dominio que de él posee. Pues, como dice P. Salinas:

El hombre se posee en la medida que posee su lenguaje. No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua (Salinas, 1983, p. 421).

Esta es una labor que debe empezar desde los primeros años escolares, como dice A. Castro, quien añade:

Será insuficiente cualquier encarecimiento que haga sobre la trascendencia que tiene el enseñar bien o mal el idioma en la escuela. El cultivo de esta forma de expresión afecta a todas las actividades del espíritu, a lo emotivo y a lo intelectual (Castro, 1922, p. 8).

Y es fundamental que se vayan creando hábitos de reflexión a medida que el desarrollo del niño lo vaya permitiendo, para evitar que “se forme en las infantiles cabezas esa costra de incultura e irreflexión, tan funesta luego para la vida colectiva” (Castro, 1924, p. 240).

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Las palabras dominan el mundo y no las armas

En cierta ocasión mantenía yo con unos compañeros una conversación sobre este tema del poder de la palabra. Yo sostenía que era la palabra la que dominaba el mundo, mientras otro compañero decía que eran las armas, y yo le contestaba que las armas no pueden hacer nada, ni siquiera existirían, si no fuera por la palabra que ordena hacerlas y actuar. Naturalmente que de la influencia del lenguaje en el quehacer político, así como de su reflejo en la literatura, se ha escrito mucho. Pero yo no me voy a meter en ese mundo inacabable. Únicamente haré algunas consideraciones, provocadas por los acontecimientos recientes.

Los medios de comunicación se han hartado de hablar de la guerra/invasión de Irak. A mí me han llamado la atención algunos artículos que hablan, precisamente, del lenguaje. El primero, de M. Vicent, me ha recordado aquella conversación mía:

Miles de soldados norteamericanos alrededor de sus propios misiles, aviones y acorazados en el Golfo Pérsico esperan la orden de Washington para instaurar un infierno sobre Bagdad cuyas consecuencias terroríficas nadie podría hoy ni siquiera predecir. Una sola palabra puede ser la clave de esa hecatombe (Vicent, 2003).

Y, claro está, como toda guerra es rechazable por principio, no puede aceptar el deseo de J. R. Jiménez. Tiene que aparecer simulando la verdad, disfrazándola para que no resulte odiosa, y pueda ser admitida por unos y otros. Por eso el periodista añade:

Esa palabra será deliberadamente ambigua. Tal vez se posará en el comunicado oficial antes o después de una coma, de forma que su significado impreciso haga posible que los halcones y las palomas, salvando su mala conciencia, se den finalmente el pico y comiencen los bombarderos a desembarazar sus tripas sobre un pueblo inocente. No es más que una palabra. (Vicent, 2003).

M. Á. Bastenier, en su artículo “La primera víctima es el lenguaje”, hace un recorrido desde el siglo XVI a nuestros días sobre la relación entre verdad y lenguaje, en circunstancias parecidas, y dice –también en referencia a aquella catástrofe-:

Se dice que en las guerras lo primero que muere es la verdad. Lo que sucede últimamente es, sin embargo, mucho más grave: una multiplicación de la capacidad humana de subvertir el lenguaje. Y, en el caso de Irak, las cosas incluso van a peor. Puede tener que ver con la extremosidad de que exista una sola hiperpotencia y la necesidad, igual de exorbitante, de acreditar una ideología de la acción para que, como un papagayo, la repitan todos los que piensan sacar provecho y a los que les basta con asistir al poderoso. El precio es envilecer la palabra hasta enterrarla en el mar. (Bastenier, 2003).

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Y Luis Landero, en su artículo “T + T”, denuncia también la manipulación que se hace del lenguaje, en boca de los grandes responsables políticos, que quieren vendernos la bondad de sus actos, no solo durante la guerra, sino también en la posguerra:

La historia la escriben los vencedores y estamos justo en el momento en que empieza a perfilarse la versión oficial de la última guerra. Es la hora de los escribanos. Los dueños de las bombas parecen exigir ser también los dueños del lenguaje, acaso porque el último y más preciado despojo del vencedor es la palabra. Y es que en las guerras ocurre, en efecto, que las palabras, y con ellas el pensamiento, son los primeros caídos en combate (Landero, 2003)

Oficina de manipulación y desinformación

Estamos asistiendo –yo diría que vivimos ya inmersos en ella-- a una política de desinformación, de ruptura de la palabra con la realidad, con la verdad. ¿Acaso no hemos oído que el Gobierno de un poderoso país había creado una oficina de desinformación, de manipulación del lenguaje en definitiva? Pero, con ser eso grave, que lo es --¿no se nos ha enseñado que nunca se debe mentir?--, lo es más el hecho de que la noticia haya pasado por los medios de comunicación casi sin rubor, igual que los tímidos “desmentidos” oficiales.

Conviene recordar aquí lo que dice Emilio Lledó:

En la cultura contemporánea, donde el peso de las informaciones y los mensajes ya interpretados son tan poderosos, puede darse un proceso en el que la mente sea colonizada no por los que depositan en ella la entreabierta semilla de un lenguaje para la reflexión, sino por una terminología insustancial, fórmula cruel para la manipulación y para la muerte (Lledó, 1992, p. 202)..

Y añade a continuación este hermoso párrafo: en continuada metáfora:

No hay felicidad ni inmortalidad en una cultura que no hace, como dice el poeta, “el alma navegable”, sino que la estanca en un oscuro, confuso espacio sin salida, controlado por un dique que solo chorrea sobre el cauce que excavan determinadas ideologías y determinados intereses, nutridos de esos principios de la utilidad para la nada, de las “necesidades innecesarias”, de los “conocimientos” que nada conocen. Simientes de acero que lastiman la mente o que se escurren por ella  aplastando el jugoso surco que esperaba la germinación y la vida” (Lledó, 1992, p. 203).

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Literatura del alma navegable de Platón

“El alma navegable” platónica solo puede darse a través de la literatura. Ese inacabable panorama de millones de naves, construidas por los poetas a lo largo de los siglos, constituyen la única manera de recorrer todos los mundos y de abrir nuestra mente, la de los jóvenes sobre todo, enriqueciéndola con multitud de visiones, de amplitud de ideas que le abran las puertas de la reflexión. Así dice también E. Lledó:

En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir. Uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye esa posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares (Lledó, 2002, p. 39).

A través de sus obras literarias esos grandes creadores han ido dejando su propia visión del hombre de su época, y del mundo en el que han estado inmersos, así como  las impresiones que en su espíritu ha dejado su paso por ese mundo.

Y el escritor escribe su obra con la intención de que su mensaje se propague, cosa que solo puede conseguirse con la lectura. El primer conocimiento de la obra literaria –como nos dice Dámaso Alonso— es precisamente ese: el del lector: La finalidad de toda obra literaria es la de ser leída, y ahí termina su razón de ser (Alonso, 1966, pp.35-45). Por eso dice también Lázaro Carreter que otro de los fines de la literatura “es el de suscitar el gusto por la literatura misma, el de iniciar a los muchachos en el infinito placer de leer” (Lázaro Carreter,  1991, p. 13).

Para que el joven sienta ese “infinito placer”, consideramos importantísimo que ya de niño aprenda la lectura con placer, como un juego; igual que juega con la lengua hablada. Debemos conseguir que el joven  se consolide como lector, ya desde niño. Con la lectura  nos ponemos en contacto personal con otras muchas personas y ello enriquece nuestro pensamiento, nos abre horizontes, ilumina nuestro pensamiento y nos  ayuda a comprender mejor el mundo. Así, dice Proust: 

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Una continuidad solitaria del pensamiento

La lectura consiste para cada uno de nosotros, al revés de la conversación, en  recibir comunicación de otro pensamiento pero continuando solos, es decir, sin dejar de disfrutar de la capacidad intelectual de que se goza en la soledad, y que la conversación disipa inmediatamente, conservando la posibilidad de la inspiración y toda la fecundidad del trabajo de la mente sobre sí misma (Proust, 1989, p. 37).

La lectura es, con toda evidencia, el triunfo de la literatura como expresión del espíritu del hombre y su interpretación del mundo a través de los siglos. Juan Marsé en el informe sobre unas conferencias  de  literatura decía: “La literatura es una lucha contra el olvido, una mirada solidaria y cómplice a  la gloria y al fracaso del hombre, un apasionado empeño de fraguar  sueños e ilusiones en un mundo inhóspito” (Marsé, 1997, p.39). Y Ernesto Sábato afirma que “la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma –quizá la más completa y profunda— de examinar la condición humana” (Sábato, 2002, p. 11).

En una formación interdisciplinar como la que reciben nuestros alumnos, sería interesante o, mejor dicho, conveniente que funcionaran también equipos interdisciplinares –como ya se ha intentado en alguna ocasión-- donde la literatura debería ser – como afirma Lázaro Carreter-- el eje vertebrador de los otros conocimientos. Así  “el hecho literario ha de ser iluminado por sus conexiones con los demás hechos literarios en primer lugar, y después, por las demás series socioculturales” (Lázaro Carreter, 1991, p. 26).

La enseñanza de la literatura –como dijimos ya hace años(Pérez, 1990, 2000)—, en contra de lo que opinan los legisladores y sucede con los planes de estudio, es absolutamente necesaria para la formación humanística y humana y social del hombre. No dudamos en afirmar que el conocimiento de la literatura es un bastión de la democracia. Ya lo vio P. Neruda cuando afirmaba:

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La poesía no deshonra a quien la posee

En el fondo del pozo de la historia, como un agua más sonora y brillante, brillan los ojos de los poetas muertos. Tierra, pueblo y poesía son una misma entidad encadenada por subterráneos misteriosos. Cuando la tierra florece, el pueblo respira la libertad, los poetas cantan y muestran el camino. Cuando la tiranía oscurece la tierra y castiga las espaldas del pueblo, antes que nada se busca la voz más alta, y cae la cabeza de un poeta al fondo del pozo de la historia. La tiranía corta la cabeza que canta, pero la voz en el fondo del pozo vuelve a los manantiales secretos de la tierra y desde la oscuridad sube por la boca del pueblo (Neruda, 1968,  II,  p. 9).

Pero ya siglos antes, Don Quijote, en el famoso diálogo que mantiene , en el cap. XVI de la segunda parte, con don Diego de Miranda --que no quiere que su hijo estudie poesía–, después de exponerle sus principios sobre la responsabilidad de los padres en la educación de los hijos, y que debe dejar al suyo “que siga aquella ciencia a que más le viere inclinado”, pues, “aunque la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien la posee”,  dice:

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios (Cervantes, 1987, II, 16, p. 242).

Don Quijote le da –y nos da—toda una lección sobre la educación de los hijos y de lo necesaria que es la poesía, la literatura, así como del gozo que nos produce junto a su valor formativo para el desarrollo de una personalidad y una sensibilidad que no se base en el “pane lucrando”, como aclara el mismo Don Quijote.

Creo que fue ya Voltaire quien dijo: “La lengua y la literatura no sirven para nada, pero no se puede vivir sin ellas”. Todos nosotros sabemos lo importante que es todo esto. Al hombre le preocupa, y le ha preocupado siempre a lo largo de la historia, el lenguaje. Le preocupa –dice Pedro Salinas-- “por una motivación profundamente vital: porque se ha dado cuenta del  poder fabuloso, y en cierto modo misterioso, contenido en esas leves celdillas sonoras de la palabra“ (Salinas, 1983, II, p. 417). Las palabras –añade— tienen “un secreto poder de muerte, parejo con otro poder de vida; contienen, inseparables, dos realidades contrarias: la verdad y la mentira”. A nosotros, especialmente a nosotros, nos corresponde defender la dignidad de la palabra: que la palabra sea vida y no muerte. Como hacen los niños  y los poetas. Así, en nombre de todos ellos, nos lo recuerda Miguel Hernández:

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Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes. tristes.
(Hernández, 2003, p. 9)

Nosotros, a través de la lengua y la literatura, sobre todo, debemos infundir y potenciar en los jóvenes estudiantes los principios de tolerancia, de respeto, de libertad; que nuestras palabras, llenas de entusiasmo, sean transmisoras de  la verdad ilusionada. Sí. El lenguaje domina nuestra vida y con él dominamos el mundo y creamos el nuestro enriqueciéndolo; y empezamos a enriquecerlo desde aquella primera etapa mágica de nuestra infancia y continuamos haciéndolo, creando cada vez nuevas maravillas, hasta el momento en que perdemos la palabra. Trabajemos por que al final de nuestra vida podamos despedirnos –con palabras iluminadas— de la palabra que nos vio nacer, con nostalgia, con serenidad, con amor por la obra bien hecha. Trabajemos por dejar a la humanidad un mundo más rico, mejor y más hermoso que el heredado; con añoranza como hace el poeta:

Cae la tarde, y vislumbro ya el abismo.
Adiós, mundo, palabras de mi cuna;
adiós, mis dulces voces españolas.

Muchas gracias, amigos, por haberme escuchado.

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1]  “Enamorar con la palabra”, eso es lo que ha significado tradicionalmente “hacer el amor” (acepción que recogen los diccionarios), como en francés clásico “faire l’amour”; y el italiano “fare l’amore” conserva todavía vivo ese valor. El significado sexual es debido a la influencia del inglés.

[2]  Tanta importancia tiene la palabra y es tanto su poder, y ya desde la infancia, que la propia OTAN, consciente de ello, ha celebrado una “Conferencia” internacional sobre el desarrollo del lenguaje, que tuvo lugar en Stirling (Escocia) en 1976.

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Referencias bibliográficas

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Miguel José Pérez Pérez es catedrático emérito de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid. (Conferencia Inaugural del Curso Académico 2003-2004 en la Facultad de Educación-Centro de Formación del Profesorado, Universidad Complutense de Madrid).

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