|
|
16 de febrero de 2005 | |
|
|
||
| Tribuna de opinión | ||
|
MARÍA
CARMEN GONZÁLEZ LANDA
| ||
IntroducciónEn esta comunicación, que tiene lugar en el marco del VIII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Didáctica de la Lengua y la Literatura y en homenaje a María Zambrano y Alejo Carpentier, aprovecho la oportunidad para realizar una lectura de una de las obras de la citada pensadora española, Notas de un Método[i], en la que reflexiona sobre asuntos que resultan pertinentes, como veremos, para fundamentar de forma renovadora algunas de las cuestiones cuyo enfoque es decisivo cuando de enseñar y aprender se trata. En las páginas que siguen recojo el resultado de dicha lectura, organizando las cuestiones tratadas por María Zambrano, y que he considerado que vienen al caso, desde el marco de algunos de los postulados de la orientación educativa que sustenta la denominada “psicología cultural”[ii] así como realizando inferencias positivas para perfilar nuestras concepciones sobre el saber y el conocer humanos y para volver a considerar el importante papel que los sistemas de signos y, en especial, el lenguaje verbal, juegan en la construcción y divulgación de aquellos y, por tanto, en la conformación de las culturas como marcos de referencia en los que establecer y compartir significados que orienten las acciones humanas y proporcionen identidad y sentido. Según nos situemos respecto a los asuntos mencionados en el párrafo anterior, nos desenvolveremos, a través de nuestras intervenciones didácticas como profesores de lengua y literatura, de formas muy diferentes y, por lo mismo, con consecuencias también distintas para los receptores de nuestra enseñanza y para la sociedad de la que forman parte y a la que, a la vez, constituyen. Como es sabido, en Notas de un Método María Zambrano propugna la necesidad de no separar el pensamiento de la experiencia de la vida y despliega sus consideraciones sobre la trayectoria filosófica de la cultura occidental y sobre las posibilidades y límites del método para conocer que se desprende y consiste en el uso racional del pensar. Ahonda, a su personalísima manera, en las categorías principales que se perfilan en dicha filosofía: método, sujeto, pensamiento, imaginación y razón; las cuales, a su vez, también intervienen tanto en las teorías sobre el conocer (epistemología) como en la configuración del paradigma didáctico: sujetos que enseñan y aprenden; contenidos que se acogen y/o se construyen; y procesos y recursos que se ponen en juego para la consecución de metas personales y sociales, resolución de problemas, desarrollo de capacidades y optimización de posibilidades. Esta traslación de conceptos desde la reflexión filosófica, en que se sitúa María Zambrano, al horizonte educativo que a nosotros como profesionales de la enseñanza de lengua y literatura nos compete, nos impele, en esta ocasión, a referirnos a las cuestiones de enseñanza-aprendizaje con y de la lengua, más que como “materia o asignatura”, como sistema simbólico prodigioso con cuyo conocimiento y uso los seres humanos, distintivamente “seres de palabra”, podemos representar y comunicar nuestros modos de pensar y de sentir; indagar en el pasado, tomar conciencia del presente y orientar el futuro; desarrollar nuestra mente y exteriorizar nuestras versiones sobre el mundo; regular nuestra conducta, en sus dimensiones personal y social, privada y pública, e, incluso, proponer y consensuar modos de actuación beneficiosos para los seres humanos y el planeta. | ||
Aunque de modo algo más implícito que en otra de sus obras[iii], en Notas, María Zambrano sigue constatando[iv], en el ser humano, la existencia, de, al menos, dos modos de despliegue del pensamiento y su expresión: _Uno más especializado en la representación e interacción con los objetos y fenómenos físicos así como, también, referido a la situación espacial de los seres humanos en la realidad; responde al afán de conocimiento racional y pretende dar cuenta (o razón) de aquellos objetos y fenómenos. Para ello se ejercita el pensamiento lógico-científico y su expresión categorial y objetivadora, con la razón como medida; dicha expresión se vierte en estructuras lingüísticas de carácter expositivo, es decir, con pretensión de mostrar los fenómenos naturales. Esta modalidad del pensar y expresar es la propia del conocer intelectual y adquirido. _El otro modo es más relativo a los ancestros, a los orígenes, a las tradiciones, a las creencias, a los sentimientos y emociones, a las relaciones intersubjetivas y a lo que tiene que ver con la necesidad básica de los seres humanos de encontrar un lugar y un sentido más allá de lo inmediato. Para ello, como expresa la autora, necesitamos convertir el “transitar en trascender”, es decir, entre otras cosas, utilizar la memoria y el lenguaje para presencializar (hacer presente el pasado para que lo sucedido en él llegue a ser plenamente) y para anticipar el futuro. Efectivamente, según María Zambrano, con el lenguaje poético se expresa más adecuadamente lo recibido, lo que tiene que ver con el saber. Así, ella, en cierta medida, establece y glosa una diferencia de significado entre “saber”, que se acoge y, receptivamente, se expresa con la poesía, y “conocer”, que se busca y se propone con la razón y el método. Desde una mirada más general, la posición filosófica de María Zambrano nos parece poder caracterizarse por tratar de superar ciertas antinomias cuya persistencia cierra caminos a la realización humana; una de las que aborda explícitamente, y resuelve en cierto modo, es, precisamente, el intento de eliminar las consecuencias negativas de una disociación radical entre poesía y pensamiento. Para ello, por ejemplo, reivindica la potencia del uso de las metáforas y se detiene en algunas (luz; corazón; fuego...), demostrando que, en la cultura occidental, han entrado de lleno a formar parte y fecundar lo más granado del pensamiento abstracto. De hecho se sitúa en la búsqueda de “un conocimiento que sea integrador de los saberes fragmentarios a los que el hombre, especialmente el de hoy, se ve sometido”[v]. Pensamiento racional y poético En efecto, María Zambrano subraya que para desplegarnos y alumbrar claridad sobre nuestra condición humana y lo que la constituye, la envuelve o nos permite desarrollarnos sin “ensimismarnos”, (dada nuestra condición de “conato de ser” y no de “ser entero”), los seres humanos contamos con el pensamiento, en su doble dimensión racional y poética, y con el lenguaje. Es decir, tenemos la posibilidad de vislumbrar y expresar tanto lo recibido y hallado “por gracia”, mediante el lenguaje poético y la metáfora, como con la posibilidad de construcción mental que resulta de la selección de lo requerido y buscado metódicamente, que expresamos con el lenguaje filosófico y científico. En ambos modos, el lenguaje se revela como el principal sistema simbólico compartido entre los seres humanos y en que se apoya su mente y su sensibilidad para realizar las operaciones necesarias para percibir, conocer y comunicar, es decir, para salir de sí al encuentro de la realidad y del otro. En efecto, el lenguaje es mediador en el desarrollo de la mente, de la sensibilidad y de las habilidades sociales de los seres humanos así como configurador de las culturas. Por todo ello podemos establecer como una de las principales tareas educativas del profesorado, específicamente del de lengua, el ayudar a todos sus alumnos a ensanchar sus usos lingüísticos en relación con sus necesidades y finalidades y a ejercer la reflexión metalingüística que les conduzca a ser cada vez más conscientes de la variedad y riqueza de los géneros a su disposición, de las estructuras y léxico disponibles para comprender y/o elaborar y expresar unas representaciones del mundo, de sí mismos y de los demás, cada vez más adecuadas al desarrollo humano y la vida buena, así como conocer y utilizar mayor variedad de registros para ahondar en su propia condición y poder establecer la diversidad de relaciones que propicia su participación en los diferentes ámbitos de la vida social. En efecto, el conocer y poder utilizar sistemas simbólicos cada vez más complejos y diversos nos posibilita, como seres humanos, superar ciertos límites de nuestras predisposiciones mentales y sociales de partida y, por ello, de favorecer este aprendizaje depende, en gran medida, la potencia de la institución escolar para convertirse en un factor de primera magnitud como nivelador de las desigualdades intelectuales y sociales y, por lo mismo, propiciador de vidas humanas más satisfactorias, felices y fecundas. Dentro de la concepción de la educación como práctica capacitadora de las potencialidades humanas, se trata pues, entre otros factores, de cultivar la conciencia lingüística de los alumnos, para que, cada vez con mayor empeño y eficacia, logren un dominio personal de los sistemas simbólicos comunes y, sobre todo, del lenguaje verbal y de sus registros más elaborados, en los que se expresan los conocimientos especializados, así como de su uso estético, a fín de desentrañar dimensiones de la naturaleza, de la condición humana y de la cultura que con los otros usos no se llegan a alcanzar. Se pretende, mediante un ahondamiento en la experiencia, ampliar correlativamente la sensibilidad, los usos de la mente y los usos lingüísticos; aprender a apropiarse de hábitos de pensamiento y gusto; aprender a hacerse conscientes de las meta-capacidades simbólicas y aprender a usar deliberadamente tanto el lenguaje abstracto, expresión del conocimiento científico, como la expresión metafórica. | ||
Otra polaridad, aún más abarcadora, de la que María Zambrano hace depender la planteada en los párrafos precedentes entre lo racional y lo poético, se refiere a las culturas, permitiéndonos establecer, si nos conviene o nos es necesario, la distinción entre unas más sapienciales y otras, derivadas del desarrollo de la filosofía y las ciencias, es decir, del pensamiento racional, más tecnocráticas. Según el pensamiento de Zambrano, esta polaridad más general surge de la relación que el sujeto y los grupos establecen entre la realidad que perciben, por una parte, como “múltiple, ambigua, inagotable, opaca a la mente, ambivalente, imprevisible, contradictoria” , manifestación de lo “sagrado” y del pasar heraclitiano y, por otra, como “unidad pura, sin poros de multiplicidad, unidad de identidad entre ser y pensar” que sobrepasa a aquella, transformando lo sagrado en “divino” y que se establece, en la Filosofía occidental, desde la aparición de la Idea en Parménides y de Dios en Aristóteles. Aquella realidad “oculta, enigmática, poderosa y sin límite”, más que conocida por el método sistemático del pensar racional, es sabida por intuición, inspiración poética, o por iluminación, y dicho saber se expresa mediante mitos, ritos y lenguaje poético. Para alcanzar los tesoros de este tipo de saber, “acumulativo y no sistemático”, que, por ejemplo, los textos de antiguas culturas contienen no basta, afirma la pensadora, con descifrarlos y traducirlos sino que es preciso inferir “el pensamiento clave de donde partieron”, “el conjunto de creencias que les sirvieron de soporte, y revivir las situaciones de donde salieron o para las que fueron solución. Percibirlas desde la zona olvidada de nuestra alma, desde esa memoria ancestral que yace en el olvido.”[vi] o, al menos, cuando no lo hacemos así, darnos cuenta de que interpretamos aquellos signos, mediante su asociación a conceptos o metáforas propias de unos seres humanos (occidentales) para quienes “la forma de saber” se ha reducido al “pensar” y que, por ello, tienen “una dificultad casi insuperable de entender lo que no se adquirió pensando, lo que no es hijo del pensamiento.”. Con estas apreciaciones, la autora nos permite poner de relieve que contar sólo con la razón en nuestras búsquedas de conocimiento es, entre otras cosas, reductor e incompleto. Esta atención a las diversas formas de saber y conocer, que encontramos en Notas de un Método, es, en la actualidad, también una de las cuestiones clave y candente para la epistemología o teoría del conocimiento, para la filosofía de la educación y, por lo tanto, para el enfoque y las intervenciones didácticas. El reconocimiento de dicha diversidad de modos y caminos para conocer obliga, en efecto y particularmente respecto a la enseñanza-aprendizaje de lengua, a considerar y trabajar sobre las diversas funciones y los diferentes lenguajes y registros, propios y distintos según las diversas culturas, contextos y ámbitos en los que la experiencia humana se desenvuelve, según las intenciones y necesidades comunicativas, las circunstancias y perfil de los destinatarios, los niveles de especialización, etc... Como hemos indicado, de esta versatilidad de conocimientos y usos lingüísticos puede depender un mayor desarrollo de las mentes en ambas dimensiones (sapiencial e intelectual) y, sobre todo, unas representaciones de lo real y unas prácticas comunicativas que posibiliten alumbrar nuevas formas de convivencia y entendimiento entre las personas y los pueblos, así como abrir caminos para el planteamiento constructivo de soluciones a los problemas que están imposibilitando e impidiendo el respeto mutuo, la felicidad, el bienestar y la paz. Del mismo modo, ensanchar los caminos del pensamiento y las posibilidades de la comunicación permite el reconocimiento y la integración de la diversidad y la complejidad así como el entendimiento entre concepciones y expresiones culturales distintas; la negociación entre divergencias y la posibilidad de vislumbrar o llegar a alcanzar sentido para la existencia de las personas y los grupos en complementariedad. Por otra parte, la consciencia de esta diferencia entre saber y conocer, según la plantea María Zambrano, ofrece fundamento para orientar unas prácticas de aprendizaje y unas actuaciones existenciales en las que las posibilidades de desarrollo científico se estimulen, pero sin disociarlas, sin embargo, de la complejidad y de los fines de desarrollo humano, social y natural sostenibles, a cuyo servicio debe entenderse aquél. Igualmente, con las cuestiones planteadas en los párrafos anteriores, se relacionan también diferentes modelos o representaciones de la mente (-computacional o cultural-, respectivamente, según Bruner, por ejemplo), y el acoger uno u otro como orientador de las prácticas educativas tiene repercusiones importantes respecto a la formación mental, actitudes y respuestas éticas en la vida de los sujetos participantes en dichas prácticas o experiencias didácticas. Desarrollo individual y social De los planteamientos de María Zambrano podemos también hacer derivar, en coincidencia con el horizonte educativo abierto desde la perspectiva de la “psicología cultural”, la superación de una concepción del aprender como proceso exclusivamente intrapsíquico y, con ello, dar aún más relieve a la importante repercusión que la recepción y acogida afectiva y social por parte de personas significativas produce en los niños, en primer término, y en cada ser humano siempre. Se resuelve con ello la antinomia “individual-social”, destacando la interdependencia entre ambos polos para el desarrollo armónico y positivo de cada uno y de ambos. Del mismo modo, las reflexiones de la autora en Notas desvelan una mirada que contempla simultáneamente al ancho mundo de cualquier cultura y de cualquier ser humano sin perder la concreción y el anclaje en la experiencia individual, como representación de cada ser humano potente y menesteroso, al tiempo. Por todo ello consideramos que las apreciaciones de María Zambrano son profundamente educativas porque contribuyen a equipar las mentes para entender, sentir y actuar en el mundo cultural, tanto en su dimensión sapiencial como científica y, con ello desarrollarse armónicamente. Como he expuesto, no sólo se ha interesado por analizar la disociación cultural entre poesía y pensamiento y sus consecuencias[vii] , sino también busca, encuentra y ofrece nuevos caminos para el pensar y el decir, en que poesía y pensamiento se imbriquen en una sola forma expresiva que pueda, así, dar cuenta de la “totalidad de lo humano”, es decir, pueda contribuir a resolver la antinomia que se establece al considerar dicotómicamente la realidad de cada ser humano concreto, individual, que se desvela en la poesía, y la consideración abstracta del ser humano, inmerso en una cultura (la occidental) que se piensa a sí misma y que busca claridad guiada por un método: el método del pensar filosófico. Ofrece, pues, la autora una especial e integradora manera de pensar lo humano en cuya característica es coincidente con la perspectiva educativa de la psicología cultural y se revela, por tanto, fecunda para ser incorporada en la formación de maestras y maestros, mediadores no sólo entre las materias disciplinarias específicas y los aprendices, sino también entre estos y los referentes culturales de los que depende su desarrollo vital, emocional y mental y, más aún, el acceso al sentido de su vivir y la orientación de su implicación social constructiva. | ||
En síntesis, la condensada apreciación de María Zambrano, en Filosofía y Poesía (pág., 13), según la cual: “La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía (es) busca, requerimiento guiado por un método”, es glosada prolijamente en Notas de un Método, de tal manera que nos parece que ofrecer una reflexión amplia sobre dicha afirmación es uno de los objetivos principales de este libro. En efecto, en él la autora vuelve a la cuestión, con el deseo de caracterizar ambos modos de relación con la realidad y su expresión. Como ya he dicho, en Notas, repasa y reconsidera las categorías filosóficas que nuestra cultura occidental ha constituido, con las que ha contado y sobre las que descansa el pensar metódico acerca del ser humano y su lugar en el mundo: el sujeto; el pensamiento; la imaginación y la razón, pero invitándonos a no obviar, sin embargo, la potencia de las culturas sapienciales para ahondar en lo insondable y poder así, por la vía de la contemplación y la receptividad, extraer las riquezas humanizadoras que ello conlleva . Por todo ello, acompañar, lo más receptiva y atentamente posible, el discurrir de la pensadora española sobre estos elementos del saber y conocer humanos, y sobre las bases comunes en que se asientan las culturas, así como sobre el específico camino filosófico-racional de la cultura occidental, puede convertirse en una fuente de nueva inspiración para el quehacer educativo y didáctico de quienes estamos empeñados en la formación del profesorado. Como ha quedado esbozado en el apartado anterior, una perspectiva educativa para el desarrollo moral, emocional y mental y de la amplitud de miras de los sujetos puede ser entendida como una instancia en la que estos no sólo son acogidos en la cultura sino que, también, la constituyen; más precisamente, en dicha perspectiva la cultura es ofrecida como vía y contexto para aquel desarrollo de las potencialidades de los sujetos, así como fundamento o referencia para consolidar su identidad, aunque, especialmente en las sociedades multiculturales, también se hace preciso no considerar la cultura como compacta y única, sino asumir la complejidad y la versatilidad de las que somos capaces los humanos y abrir espacios y posibilidades diversos para proyectar y descubrir en cada uno/a identidades múltiples. Del mismo modo, bajo este prisma, la cultura es considerada como campo en el que proyectar y evaluar las potencialidades de los sujetos. Para todo ello ahondar en la representación y conceptualización sobre el sujeto es primordial; María Zambrano nos brinda la ocasión, pues, como” Notas Primeras” , dedica cuatro capítulos a esta reflexión sobre el “sujeto”. Afirma que aunque filosofar, es decir, elaborar conceptos, no es lo primario y original que el ser humano hace, ya que lo primero en él “no es mirar sino sentirse mirado”, sin embargo, comienza a sentirse sujeto cuando reflexiona, es decir, cuando se mira a sí mismo y establece la dicotomía “sujeto-objeto” que marca su separación del todo envolvente en el que estaba sumido y, como sujeto, es decir, convertido en “psique” queda desvinculado del “sentir originario”. Surge así su conciencia de opacidad y, por ello, su necesidad de buscar sentido y de encontrar un lugar personal en el cosmos, en la historia y en la sociedad, así como la necesidad de “transitar transcendiendo desde el ser que ya se es hasta el ser que se busca”. Todo ello le impele como sujeto a construir, mediante la palabra, como “ser de palabra”, categorías (espacio-tiempo, entre ellas) con las que construye su representación de la realidad. Esta manera de entender conecta, creemos, con postulados de una perspectiva constructivista del conocer humano, según la cual nuestro acceso a lo que consideramos realidad está mediado y limitado por categorías como las de tiempo, espacio, causalidad… De esta concepción puede derivarse, entre otras, la tarea educativa de enseñar a aprender al alumnado a utilizar conscientemente, es decir, metacognitivamente, estas categorías como instrumentos o herramientas de interpretación y creación de significados sobre la realidad, tanto para poder integrarse en la cultura, y en las subculturas que la constituyen, como para, si fuera necesario, poder cambiar lo que de alienante de aquellas obstaculice su desarrollo. El ser humano en su constitución como sujeto se siente y se sabe capaz de actuar controlando las propias acciones y, al hacerlo, necesita culminarlas con eficacia para, con ello, adquirir dos refuerzos de su existir y su conciencia individual: la propia identidad y la autoestima. Sin embargo, la autora señala vigorosamente el peligro, por frustrador del desarrollo humano, que encierra el que este sujeto, clausurado en ese yo construido como “psique”, se erija en motor absoluto de sí mismo y propone, como cuantos han reflexionado sabiamente sobre el ser humano (B.Russell, entre ellos, y desde un horizonte declaradamente agnóstico) y como antídoto liberador frente a aquél peligro, la apertura al amor, centro que le rige y en el que “tiempo y eternidad se unifican”. Con ello la perspectiva de la pensadora española puede, de nuevo, vincularse con la corriente humanista que subraya la potencia de la consideración o construcción del sujeto pero que, también, advierte de su relatividad, ya que la proyección y desarrollo del sujeto depende de los otros y de lo otro. Cerrarse en la propia “psique” conduce a abortar la apertura dialógica y, según Zambrano, a quedar privado del “sentir originario”, del amor que convierte al ser humano en un ser trascendente. De esta posición se deriva, nos parece, una muy importante orientación para la mediación educativa ya que podemos convenir que las aulas, y los contextos educativos de cualquier tipo, deben convertirse en espacios “comunitarios de aprendientes”, como propone Bruner (op.cit.), donde realizar experiencias de alteridad en las que la identidad de cada uno no se concibe como un absoluto sino como un ir trascendiéndose, y en las que la escucha y las vivencias, conocimientos y decisiones compartidas redunden, en efecto, en construcción de identidades personales no egocéntricas y, menos, autistas, sino abiertas al reconocimiento de los otros como sujetos, poniendo las propias capacidades al servicio de proyectos comunes y fundamentando así la propia estima en la eficacia y responsabilidad al y para llevar a cabo lo que decidimos o se nos pidió para contribuir a los logros comunes. | ||
Con su propuesta de síntesis entre las dos grandes potencialidades humanas: el pensamiento y el amor, que hemos considerado en el apartado anterior, Zambrano busca integrarlos en un camino para iluminar la opacidad del sujeto, abriendo claridad en la oscuridad de su conciencia y, con ello, que le sea posible vivir “las cosas o sucesos del tiempo de la vida” en su inmediatez, “allí donde se hacen o forjan, en la condición humana misma”. Esta propuesta la encuentro coincidente, en alguna medida, con la de B.Russell, quien también define al ser humano como “una débil partícula rodeada de insondables profundidades de silencio” y encuentra en la educación, en el desarrollo del pensamiento, el instrumento con el que disminuir la distancia entre la conciencia humana y “lo que bajo ella y sobre ella se agita y amenaza”[x], aunque haciendo éste una apuesta más propositiva, y menos receptiva al estilo de Zambrano, por el pensamiento racional sobre el que afirma, con metáforas hiperbólicas: “El pensamiento es grande, veloz y libre; la luz del mundo y la gloria principal del hombre”. Incorporar las apreciaciones precedentes a una perspectiva pedagógica permite vincular el aprender con mantener despierta la mente y poder concentrar la atención y los pensamientos sobre lo que está aconteciendo o sobre lo que se está considerando, obviando otras preocupaciones, el tedio, el cansancio y hasta la dificultad intelectual o el interés por el éxito; ello tiene que ver con dos movimientos interiores, aparentemente contrarios entre sí: con el ejercicio de la disciplina mental mediante el trabajo de concentración para poder mantener de forma prolongada una atención activa para captar lo que se busca y, simultáneamente, con una entrega meditativa que es acogida de lo que nos es dado. En lo referente al saber y conocer de los sujetos, María Zambrano no se conforma con una consideración utilitaria de su función en el desarrollo humano y, más aún, se enfrenta a la que concibe el conocer como medio para adquirir superioridad sobre los demás, bien al contrario, persigue integrar el conocer y el saber en el nunca definitivamente abarcado horizonte de la sabiduría. Según la pensadora española, la salvación del sujeto, el no quedar encenagado por la oscuridad de su opacidad, es dejar que la claridad circule, trascendiéndose a si mismo, es decir, en aceptar su relatividad, pues es su propia condición de erigirse en absoluto lo que le hace opaco. Para completarse, el ser humano tiene que encontrarse en una órbita que es “la órbita del amor que es al par pensamiento”. El sumergirse en esta órbita libra al sujeto de “todo absolutismo del ser y de todo sumergirse en la nada” ( Notas, pág. 79) y, con ello se libra de la tentación del “idealismo” e, igualmente, de hacer ontología en lugar de dejar al pensamiento que fluya. 3. Aprender la búsqueda y construcción de sentido La memoria es entendida por María Zambrano, al glosar, en Notas, el comienzo del libro VI de La República de Platón, como “la primera forma de visión, (vale decir, de sentido), que se da al mirar hacia atrás, volviendo la vista, (vale decir, la atención), hacia ello”. El origen de la memoria es la búsqueda de algo perdido, ese algo que necesita ser mirado nuevamente, que el ser humano necesita, más que decide, ver; es algo perdido y, sin embargo, irrenunciable. Vinculada con el afán de conocimiento, provocado por la necesidad del ser humano de “ver lo que se vive y lo vivido, verse viviendo”, es decir, por la necesidad de sentido, la memoria es, en efecto, la primera forma de visión sin la que “todo lo vivido sería un pasar sin renacer, y sin renacer nada es del todo vivo”. El recordar permite una identificación temporal entre el presente del sujeto y el pasado hecho presente, vuelto presente; permite, en cierta medida, verificar el postulado inicial del conocimiento: la identidad del ser y del pensar. Se trata de perseguir la presencia de diafanidad de un trozo de vida o de conocimiento ya habido. Las apreciaciones de María Zambrano sobre la memoria forman parte de lo que podemos considerar una teoría zambrana del conocimiento, en la que pone de manifiesto que lo que pasa fugitivamente, para ser visto, reclama “figura, forma y peso”, es decir, condensarse, mediante la mirada dirigida desde el centro de la conciencia, en una imagen “que presida la memoria como un centro luminoso”, custodia del sentir y los sentimientos, que rescate, en el proceso de recordar, lo portador de sentido, es decir, configurando y guiando el proceso mismo del recordar. Es el sentir el que moviliza la atención y la intención en la búsqueda de los sucesos caídos en el fondo del pasado y esa búsqueda requiere que el sujeto descienda a ese fondo donde yacen y cree un medio transparente “donde lo a medias vivido encuentre modo de ir naciendo”. La memoria es, pues, un medio para rescatar lo que yace en el “lecho oscuro del olvido”; un antídoto humanizador contra el correr del tiempo.
En el ejercicio que nos
hemos propuesto de trasladar esta concepción de la memoria que encontramos
en el pensamiento de María Zambrano al ámbito educativo, obtenemos
nuevamente confirmación para el empeño de convertir la relación didáctica en
“ese espacio viviente para albergar las cosas del tiempo de la vida,
logrando que se den a ver haciéndose, y no cuando inevitablemente se
hicieron; rescatándolas de un “vagar sin asidero, sin hogar, o en acecho”,
mediante la atención y el interés; buscando incesantemente “el respirar del
espacio viviente, donde el presente germina”. Según estas consideraciones,
ni la educación ni la didáctica, en su análisis de los sucesos históricos y
mucho menos en la pretensión de interpretar el presente y constituir el
futuro, deben tender a un conocimiento pasivo de hechos muertos. |
||
Para que los procesos interiores de la vida de los sujetos puedan adquirir la forma que requieren para hacerse tangibles y comunicables, los seres humanos contamos con otro instrumento eficaz: la imaginación. La pensadora establece que la verdadera función de la imaginación es abrir camino a la imagen, manifiesta en diversas formas: una palabra, un simple gesto de la mano, una tonalidad en el decir...; contempla la imaginación en su relación de contribución a las tareas y al servicio de los otros dos constituyentes principales de los sujetos: el pensamiento y el amor, entre los que da prioridad a este último. La expresión metafórica es concreción de las imágenes producidas por la imaginación, y funciona como puente o mediación entre el parecer y el ser de los seres vivos y las cosas, e, igualmente, entre los sucesos y las acciones; subraya los juegos de afinidades y parentescos y los lleva al extremo cuando nombra una cosa con el nombre de otra. Como “nada es lo que es”, sino, también, lo que parece, es frecuente poder atisbar mejor los abismos de lo insondable mediante metáforas, ello explica porqué algunas, como, por ejemplo, las relativas a los llamados cuatro elementos (tierra/consistencia, agua/dinamismo, fuego/luz y aire/respiración) han trascendido su primera referencia física, y se han instalado en culturas muy diversas, e, incluso, han alcanzado a dimensiones del pensamiento abstracto, convirtiéndose, por su riqueza de significaciones, en fuentes inagotables de sentido. En el ámbito educativo se muestra también extraordinariamente fecundo, importante y urgente, incorporar en las prácticas pedagógicas el trabajar sistemáticamente esta capacidad de divergencia, creatividad y ahondamiento que contiene el uso metafórico de los signos lingüísticos, plásticos, proxémicos, etc. como actividad encaminada, también, hacia la invención de modelos de mundo más habitable. Como ya he anticipado, muchas de las páginas de Notas de un Método las dedica María Zambrano a rastrear el origen, las características, las aportaciones y límites del método sistemático del pensar filosófico, desde su inauguración con la pregunta clave de Tales de Mileto, a mediados del siglo VI antes de Cristo: ¿Qué son las cosas?, que da origen al pensamiento en su forma más racional. Poder responder a dicha pregunta, como lo hizo Tales, requiere “una fe radical, última, en la razón, en el ser” de la que se ha nutrido todo el “esplendoroso proceso de la filosofía griega, de la Filosofía.” (Notas, pág. 100). A esta cuestión también le podemos encontrar un correlato en los planteamientos actuales sobre epistemología, educación y didáctica: todos aquellos vinculados de una u otra manera a la corriente denominada “constructivismo”. Mediante la razón, el sujeto posee la capacidad de “reducir, de situar, de ordenar y aún de anular acontecimientos, de hacer que lo que pasa y está pasando sea como si no fuera”; así se desvela, como hiciera Descartes, “la propia existencia pensante del sujeto o al sujeto como pensante” y, con ello, el poder de la acción del pensamiento racional, distanciador del sujeto respecto de lo que está frente a él: el objeto, así como generador de un ámbito, “un medio de visibilidad donde la diversa condición de objeto y sujeto se muestra”. Aún sin ocultar sus límites, Zambrano, en Notas (pág.101), señala y justifica los beneficios del pensar racional. “Con la razón podemos situar las cosas en el orden del ser y los sucesos en el orden del tiempo” y, con ello, saber a qué atenernos respecto a lo que nos rodea, a lo que nos acontece, a la opacidad, a la tiniebla. Toda la exposición precedente, nos conduce nuevamente a la diferenciación con la que iniciábamos esta comunicación y que es de las más abarcadora y reflexionada por María Zambrano: Saber/Pensar; puede ser pertinente y fecundo dejarnos iluminar por ella en nuestra mediación educadora y didáctica con el alumnado, sabiendo asumir las responsabilidades diversas que se derivan cuando de lo uno o lo otro se trate en los distintos niveles, aspectos y cuestiones, contenidos o materias, en las, por todo ello, diversas interacciones dialógicas entre profesor-alumno/s e, igualmente cuando se aborda la educación como instancia institucional de la que depende el rumbo de las culturas y, con ello, el sentido y la marcha de las sociedades. Podemos tener en cuenta las estrategias que menciona la autora para alcanzar “saber”, es decir, la experiencia ancestral y sedimentada, que se hereda y se obtiene abriéndose a recibirla: mediante la “observación aislada; la intuición; la inspiración poética; la visión o iluminación repentina de la mente que capta algo de modo deslumbrador”. A su vez, cuando tratamos de instruir deliberadamente y, la mayor parte de las veces, lejos de los contextos de uso de los conocimientos a aprender, considerando prioritariamente el conocimiento racional, procuremos no desconsiderar aquél saber del que el conocimiento racional se ha apartado. Este conocimiento racional que pretende saber legítimamente, es decir, desde un sistema y un método de acceso y transmisión, es el más reconocido en los sistemas educativos de nuestras sociedades occidentales y, posee, en efecto, un gran valor.
Sin embargo, como hemos
visto, el filosofar de María Zambrano, al buscar la complementariedad entre
saber y conocer y desarrollar su reconocimiento de que “la razón es múltiple
(“seminal”; “mediadora”; “vivificante”; “poética”), al par que es una”,
Notas, págs.128 a 130), nos posibilita hacer lo propio como docentes y
acompañantes del desarrollo humano integral de nuestros alumnos, así como
referentes de su participación ética como ciudadanos y miembros benefactores
en las distintos ámbitos sociales en los que transcurre su experiencia vital
y en los que se insertan las acciones con las que ellos colaboran. |
||
|
[i]
Zambrano, María: Notas de un Método, Mondadori, Madrid, 1989. _Como es sabido, la “razón poética” es una de las aportaciones más genuinas de la filosofía de esta autora: “Hace morir y nacer a un tiempo; ser y no ser; silencio y palabra. Requiere sentirla no sólo con el pensamiento sino con la respiración, con el cuerpo; el sentir la vida donde está y donde no está todavía. En este “logos sumergido”, en eso que clama por ser dentro de la razón”, con la que, creemos, ha contribuido al establecimiento de las recientes corrientes conocidas bajo la denominación “inteligencia emocional”, así como la vemos indicio de su apertura hacia las culturas orientales que supeditan la relación con la realidad, entre otros factores, a un manejo “consciente” de la respiración y la hacen depender de determinadas posturas corporales. |
||
|
María Carmen González Landa es catedrática del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid golan@edu.ucm.es | ||
- Volver al índice - Tribunas anteriores - Índice de autores - | ||
|
|
|
|
-
Portada de Unidad en la
Diversidad - |
© Comunica Press (www.comunica.es) 1999 - 2007 Reservados todos los derechos - www.comunicaonline.net |