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19 de abril de 2006


Tribuna de opinión

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SILVIO MARESCA:
El piquete lingüístico

 

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Distintas voces se han elevado en los últimos tiempos en defensa de nuestro idioma, amenazado simultáneamente desde varios frentes. No es la primera vez que se escucha clamor semejante. Recuerdo los desvelos de Germán Sopeña. La causa ocasional parecen ser, en este caso, los deplorables mensajes de texto, suerte de bisoño frenesí juvenil del cual no siempre están exentos los mayores. Todo sucede como si un destino fatal encadenara cada avance tecnológico con un nuevo paso hacia la barbarie, como ha señalado lúcidamente Víctor Massuh en su libro Cara y contracara, ¿una civilización a la deriva?

No faltarán los que acusen de conservadores, cuando no de reaccionarios, a quienes manifiestan su preocupación por nuestra lengua y sus hablantes. Siempre aparecen. Se trata de los apóstoles del cambio por el cambio mismo o, más exactamente, de aquellos que consideran que cualquier cambio es sinónimo de progreso. Todo lo que viene después es mejor por el mero hecho de venir después. Pero "cambio" no equivale a "progreso". Un cambio puede ser hacia lo mejor o hacia lo peor, o incluso ambiguo o neutro. La confusión entre "cambio" y "progreso", su forzada sinonimia, es un excelente testimonio del vaciamiento de sentido que sufren las palabras de nuestro idioma.

Hace pocos días, en el ciclo "Cara a cara con los intelectuales", Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, se refirió al alarmante empobrecimiento del idioma en forma realista y cruda. Valiente, además. Mencionó los errores de ortografía (por no decir, horrores) de que hacen gala los estudiantes argentinos, lo limitado de su vocabulario, su incapacidad para articular las palabras, para enhebrar un discurso inteligible, sin omitir la falta de preparación de los docentes. Según Barcia, seis de cada diez alumnos no se expresan correctamente. Optimista, a mi juicio, estimó que se necesitan tres generaciones para revertir la situación presente; si se hace algo, supongo, claro está. Se detuvo, por fin, en el lenguaje de los mensajes de texto y en el chat, donde la pobreza del lenguaje actual alcanza, quizá, su ápice.

Dentro de este panorama de deterioro general, quisiera centrarme en un aspecto: la mutilación de los términos, exacerbada en los mensajes de texto, pero también frecuente desde hace tiempo en la interlocución cotidiana, cara a cara. Un caso típico son los nombres propios: "Vero" por Verónica, "Seba" por Sebastián, "Ale" por Alejandro o Alejandra (lo mismo da), "Caro" por Carolina, "Fer" por Fernando, y así sucesivamente. Resuenan en mí como eco unas palabras de Martin Heidegger, pronunciadas hace ya 54 años en un curso que dictó bajo el título ¿Qué significa pensar?: "Un signo, a primera vista (?) externo, del creciente poder del pensar por una sola vía se puede comprobar por doquier en el aumento de las denominaciones que consisten en una abreviatura de palabras o la yuxtaposición de letras que corresponden a las sílabas iniciales de las palabras respectivas. Presumiblemente ninguno de los aquí presentes ha meditado alguna vez seriamente sobre lo que ya ha tenido lugar tan pronto cuando ustedes en vez de universidad dicen solamente «uni». (?) La sigla «uni» no es casual ni inocua. Tal vez hasta esté en su punto el que ustedes entren y salgan de la «uni» y se presten sus libros en la «BU» (biblioteca universitaria). La cuestión es solamente qué orden se está anunciando en la propagación de esta clase de lenguaje. Tal vez sea un orden al que somos arrastrados y abandonados por Aquello que se nos sustrae".

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La mutilación de las palabras, al volverlas irreconocibles, bloquea el camino hacia el rico sedimento de sentido que mora en cada término, haciendo, así, las veces de un piquete lingüístico. Ahora bien, ¿qué importancia tiene esto? ¿El lenguaje es acaso algo más que un instrumento? De serlo, la concisión y univocidad de los términos favorece la velocidad y eficacia de la comunicación. Sucede, sin embargo, que en el sedimento de sentido que atesoran las palabras alienta la historia de los pueblos, de las comunidades o, por mejor decir, palpitan las vivencias originales que se plasmaron en los términos que configuran un idioma.

Iluso sería quien creyera que encaminándose hacia el sentido originario de las palabras obtendrá alguna vez la "cosa misma". No existe tal recompensa; no es atinado esperarla. No bien la palabra emerge, la cosa está perdida. ¿Cómo explicar, si no, la existencia de distintos idiomas? Pero en cambio sí es posible acercarse a la vivencia original, a una emoción primera y a sus modificaciones posteriores, en suma, saber propiamente qué se dice. ¿Cómo exigir responsabilidad a quien ignora lo que sus palabras dicen?

Reapropiarse del sentido de los términos es abrirse a una identidad que nos trasciende, nos envuelve, pero también nos ubica, demarca un horizonte cultural. Cualquier idioma, cabalmente hablado, escrito y comprendido, es el compendio de una experiencia histórica única, peculiar, incomparable. La lengua natal es la casa del hombre, el confín de una intimidad entrañable. Allí radican los límites de toda traducción, circunstancia que impulsó a un extraviado filósofo francés, Jacques Derrida, a sostener que todo idioma es fascista. No concuerdo, pues, con Jiménez Redondo, quien en una traducción reciente de Introducción a la metafísica, de Heidegger, afirma taxativamente que todo lo que se dice en una lengua puede también decirse en otra. Las aventuras humanas no son tan fácilmente equiparables.

La mutilación de las palabras no sólo corta el vínculo con la experiencia habida, sino que impide la propia experiencia presente, ya que ésta no encuentra cobijo en los moldes vacíos y estereotipados de salvajes abreviaturas, tan buenos (o tan malos) para un fregado como para un barrido. Así, el lenguaje se vuelve mero instrumento de comunicación en manos de un sujeto psicológico desarraigado y uniformado que, privado de la posibilidad de la experiencia, nada tiene, en definitiva, que comunicar.

Todos sabemos dónde está la solución o, por lo menos, su punto de partida: la educación pública. Sin embargo, nadie hace nada. A lo más, se insiste con obstinación en cambios puramente formales siempre inconducentes por igual. Es preciso romper la inercia y tomar al toro por las astas. Revisar desde una perspectiva filosófica y con visión de futuro los contenidos de la enseñanza. Restablecer el rigor y la disciplina. La escuela primaria no es un comedor infantil. Su objeto no es el asistencialismo. La escuela media no es un expendio de datos contingentes, inconexos e irrelevantes. La universidad, por último, no es una guardería para adolescentes tardíos (la frase pertenece a Carlos Campelo). Y, por sobre todas las cosas, es necesario capacitar a los docentes. Pero aquí reside la mayor dificultad, pues ¿existen todavía en razonable número y variedad quienes estén en condiciones de hacerlo? ¿Hay todavía maestros, en el sentido auténtico de la palabra? (La Nación)


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El autor fue director de la Biblioteca Nacional de la Argentina. Su último libro es Nietzsche y la Ilustración (Alianza, 2004).

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