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diciembre de 2006


Tribuna de opinión

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SILVIA EVA AGOSTO:
El español, uno y diverso

1.1. La importancia de la unidad de la lengua española
1.2 El futuro del español, ¿Roma, Babel o el don de lenguas?
1.3 Cromatismo y mestizaje: una lengua «manchada»
1.4 Los ismos en la lengua española
1.5 Americanismos y españolismos
1.6 Las marcas del español en el tiempo: el caso del judeoespañol y la presencia en Filipinas
1.6.1. El ladino o judeo-español
1.6.2. El español en Filipinas

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1.1. La importancia de la unidad de la lengua española

El español o castellano es una lengua hablada por cuatrocientos millones de personas y constituye, en Occidente, el segundo idioma del mundo después del inglés. En cantidad de hablantes se ubica cuarto a nivel mundial después del mandarín –hablado por 1.000 millones de personas en China-; el inglés -500 millones- y el hindi -480 millones de hindúes-. Es el sistema de comunicación más utilizado en diecinueve países latinoamericanos –México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay-, en España y en Guinea Ecuatorial. Por otra parte, es la lengua de la primera minoría de Estados Unidos, que se está convirtiendo en el tercer país de habla hispana, después de México y España, de una minoría en Filipinas y de la comunidad africana saharaui (desierto del Sahara, Marruecos).

La comunidad hispana, por lo tanto, se extiende por todo el mundo; está formada por culturas diferentes y pueblos diversos y se encuentra unida por la lengua común, «un medio providencial de comunicación» y «un vínculo de fraternidad», como definió Andrés Bello al español en su Gramática de la lengua castellana.

¿En qué reside esta «unidad» de la lengua? ¿Qué es lo que nos une? Una respuesta simple a esta pregunta es afirmar que de uno a otro lado del Atlántico compartimos un código común que nos permite comunicarnos y entendernos sin esfuerzo entre lugares tan distantes como Buenos Aires, Miami, La Paz, San José de Costa Rica y Madrid.

Pero para precisar aún más esta percepción de todos los hispanohablantes, cabe aclarar que una gramática, una ortografía y un sistema de normas comunes hacen que nuestra lengua sea una, con su diversidad y matices.

Compartimos una gramática, un entramado de sistemas fonológicos, morfológicos, sintácticos y semánticos que permiten comprendernos pese a las diferencias. Asimismo, es común la ortografía y existe un amplio consenso en los ciudadanos sobre la necesidad de sus normas y sus reglas, a pesar de los dolores de cabeza que les ha causado a hispanohablantes y estudiantes de español aprender y acatar sus pautas. Por otro lado, existe un acuerdo bastante general en aceptar una serie de normas, con mínimas variaciones, para favorecer el entendimiento, sin que esto impida la creatividad de los usuarios. Y esta adhesión mayoritaria a una normativa común se sostiene con un objetivo fundamental: guardar la unidad de la lengua española respetando la variedad, tal como sostiene Leonardo Gómez Torrego, autor de numerosos libros sobre normativa como el Nuevo manual del español correcto.

«Hoy nadie duda en el mundo hispánico de la importancia de un idioma de tan vastos alcances en lo geográfico y lo humano», afirmó la lingüista argentina Ofelia Kovacci en Desafíos actuales y responsabilidades de los hablantes en español y destacó que nuestra lengua trasciende las fronteras idiomáticas en traducciones a multitud de lenguas y es una lengua de intercambio en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, la Comunidad Europea, el Mercosur, el Pacto Andino o el Tratado de Libre Comercio.

Por otra parte, el castellano es una lengua que ha aportado grandes obras literarias al mundo, a punto tal que una obra en español, El Quijote, es el inicio de la novela moderna y todos quienes hablamos esta lengua formamos parte de esa herencia cultural. Pero además de estos motivos, cabe aclarar que el castellano es la lengua de un mercado inmenso y la trascendencia económica de esta realidad reside en su unidad. Sólo manteniendo esta unión se podrá lograr que la lengua española se consolide como un activo para Iberoamérica.

Queda un gran desafío por alcanzar para los hispanohablantes y es transformar al español en lengua de comunicación científica y tecnológica. En este caso, una vez más, es fundamental mantener la cohesión entre todas las comunidades que lo hablen para llegar a erigirse como lengua de la ciencia.

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1.2 El futuro del español, ¿Roma, Babel o el don de lenguas?

El lingüista colombiano Rufino José Cuervo, co-autor con Miguel Antonio Caro de la famosa Gramática Latina y uno de los primeros lexicógrafos americanos, tenía una visión pesimista sobre la preservación de la unidad del español de América y consideraba que, hacia fines del siglo XIX, se encontraba en una fase de disgregación similar a la acontecida con el latín en el Imperio Romano.

Esta hipótesis, que la Historia de encargó de rechazar, aún es sostenida por algunos hablantes que consideran que si las diferencias entre las comunidades de habla hispana se acrecientan, llegará un momento en que se romperá la unidad. Por ello, prefieren «renunciar» a las variedades en pro de la unión, rechazando la idea del cromatismo de la lengua castellana y buscando la homogeneidad como una forma de garantizar el mutuo entendimiento.

La profecía de una Nueva Roma u otra Babel, en estos momentos históricos, es más difícil de ser sostenida porque en la actualidad, a diferencia de la época de Cuervo, la universalidad de la educación obligatoria, el alcance masivo de las telecomunicaciones, el creciente contacto entre países hispanos y la existencia de instituciones normativas, como las Academias de la Lengua, garantizan la unidad lingüística del mundo hispano.

Además, es preciso aclarar que la diversidad está en la esencia misma de nuestra lengua y que lejos de ser una barrera para la comprensión constituye un patrimonio compartido por millones de hablantes. Ninguna lengua viva está fijada y su evolución hace que en cada grupo humano surjan expresiones nuevas que se mantienen en esos grupos durante más o menos tiempo pero esto no constituye un obstáculo para la mutua comprensión.

De todas formas, es preciso ser concientes, como hablantes, de que la unidad es un bien que favorece el intercambio entre millones de personas y que debemos cuidar y proteger este bien común y uno de los desafíos que debemos enfrentar es lograr el desarrollo integral de numerosos grupos de hispanohablantes que viven por debajo de la línea de la pobreza, en condiciones de precariedad y con elevadas tasas de analfabetismo. La incorporación de estos sectores a la escuela es básica para consolidar la unidad lingüística.

Asimismo, la educación universal es la mejor aliada para mantener a una extensa comunidad unida, respetando sus diversidades y matices pero sintiéndose parte de un todo que atraviesa ambas orillas del Atlántico.

Otros aspectos centrales que despiertan la alarma de quienes buscan defender la unidad del castellano es la fuerte influencia del inglés, fundamentalmente en el campo léxico. En este sentido, el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha, señaló en una conferencia en la Universidad Complutense de Madrid, España, que hay «dos injurias» que padece el español en nuestros días y son los anglicismos innecesarios y el empobrecimiento del habla del pueblo, de las clases juveniles y de tantas capas de la sociedad.

En la misma línea, el catedrático Eduardo Tejero Robledo, de la Universidad Complutense de Madrid, describe la presencia de las palabras inglesas como el «aluvión de anglicismos» en el español actual.

Sin embargo, Manuel Alvar Ezquerra, autor del Nuevo diccionario de voces de uso actual, afirmó que la proliferación de los anglicismos en el español actual dista de ser un problema para esta lengua ya que, según el profesor, «tenemos muchas palabras del inglés pero no es tanto como se cree o nos tememos». El filólogo, miembro de la Real Academia Española (RAE), considera que la influencia del inglés es innegable pero pone en duda que sea perdurable.

Otro tema que despierta preocupación entre filólogos y expertos es la falta de interés y cuidado del uso de la lengua en los medios de comunicación. La enorme difusión que alcanzan los mensajes televisivos, radiales o de la prensa escrita permite que llegue nuestra lengua a todas las latitudes, pero también difunde la pobreza del léxico, las muletillas, errores sintácticos (tales como hubieron incendios) o morfológicos (traducieron) y en los textos, faltas de ortografía y problemas en la redacción.

En este sentido, los periodistas tienen una función pedagógica, además de la informativa, porque son tan responsables –o aún más- que los maestros en el mantenimiento de la unidad de la lengua.

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1.3 Cromatismo y mestizaje: una lengua «manchada»

Hablar de la unidad de todos los hablantes del castellano, sin matices ni reflexiones históricas, puede inducir a errores y a lecturas equivocadas. Partimos de la idea de que la lengua es española es una pero también diversa y que encierra en sí misma la idea de la diversidad, porque ha sido, es y será enriquecida con voces de otras lenguas, con creaciones de grupos etáreos, sociales, culturales, de todos los que construyen la lengua. Las diferencias constituyen al español, lo tiñen y lo enriquecen y por ello es muy saludable conocerlas, hacerlas pasar las fronteras y contaminarnos en la inmensa riqueza de las voces españolas.

Carlos Fuentes habla de nuestra lengua como un territorio «manchado», una comunidad marcada por el hombre de La Mancha que constituye un territorio que nunca puede ser «puro», como ninguna lengua lo es, sino que tiene los colores de otros tiempos y otras lenguas.

El presidente de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo Matus, sostiene que el español constituye «un patrimonio colectivo propio de los cuatrocientos millones de hablantes y, junto con él, otros patrimonios, como el argentino, el cubano, el chileno, que se manifiestan en nuestros usos y en nuestros modos lingüísticos y que no afectan a la unidad esencial, sino que la tiñen, le dan colorido, perspectiva y profundidad». Numerosas expresiones dan cuenta de este cromatismo, en frases o giros que se utilizan sólo en ciertas zonas del mundo hispano y se re-significan en las diversas geografías.

Así, por ejemplo, la palabra coloquial o vulgar currar es sinónimo de trabajar en España pero significa robar en la Argentina; guapo es bello en Madrid y valiente en Buenos Aires; asado es carne de vaca asada en la pampa sudamericana pero es cordero asado en Castilla, o «echar los perros», que en un lado quiere decir sermonear a alguien significa cortejar en Colombia. Provoca extrañamiento, despiste o más que una situación incómoda o divertida las variedades de las palabras consideradas «tabú», como coger, muy utilizada en España pero que tiene una denotación diferente en varios países de América.

Pero esta forma de ver y entender dista de ser la única ya que todavía existen ciertos sectores que rechazan las diferencias o bien las valoran negativamente. Algunos consideran a la variable peninsular –el español de España- como la única norma válida, en detrimento de otras normas pertenecientes a los países americanos.

Asimismo, en algunos países de América la variación lingüística es considerada negativamente y se busca una homogeneización teniendo en cuenta la norma de la ciudad capital de cada país, dejando de lado las diferencias en el seno de una misma nación. Por ejemplo, empresarios de Buenos Aires suelen rechazar a un empleado si tiene un acento de provincias o de otro país latinoamericano porque le adjudican a esta diferencia lingüística una valoración negativa.

Las categorías descriptivas que dan cuenta de giros, palabras y otras expresiones lingüísticas usadas en ciertas zonas del mundo hispano son percibidas por algunos hablantes como «desviaciones, corrupciones o vicios» sin tener en cuenta que se trata de matices que enriquecen y hacen más grande la lengua común.

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1.4 Los ismos en la lengua española

La clasificación es una de las tareas que realiza la Humanidad en su afán por comprender y explicar el mundo, y en el campo de la lexicografía, la división entre palabras generales, regionales, vulgares, coloquiales y otras, ha guiado el trabajo de filólogos y lingüistas a lo largo de la historia.

Pero estas categorías pueden ser cuestionadas en diferentes momentos históricos y por ello uno de los temas del debate ha sido la eficacia o pertinencia del término americanismo, españolismo, colombianismos y los diferentes ismos a la hora de explicar ciertos fenómenos del léxico castellano.

El lexicógrafo argentino Francisco Petrecca, de la Academia Argentina de Letras, afirmó que «la noción de –ismo geográfico (americanismo, argentinismo, bolivianismo, etc.) es una aproximación; el problema de los –ismos es que, en un sentido estricto, deben ser palabras que se utilizan en tal lugar y no se usan en tal otro, y eso es imposible porque el lenguaje no tiene las mismas barreras políticas que los países».

Siguiendo esta línea teórica, el presidente de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo Matus, declaró que prácticamente ningún diccionario emplea el término chilenismo, sino que se habla de «usos del español de Chile», para indicar las particularidades que se utilizan en ese estado.

Matus explicó que esto ocurre porque cuando se analiza una palabra considerada típicamente chilena, la investigación lexicográfica descubre que muchas veces también se usa en Argentina, Perú o Bolivia. «No sólo se trata de una oposición o de un contraste con España sino de un contraste con todo el resto del mundo hispánico, y esto es muy difícil en la actualidad de investigar y de averiguar», agregó el académico.

Por su parte, el académico ecuatoriano Manuel Corrales Pascual señaló que muchos ecuatorianismos «no son de uso exclusivo en el Ecuador: los compartimos con los hispanohablantes de otras regiones, especialmente latinoamericanas». Aunque, agregó, «en otros casos sí son genuina y exclusivamente ecuatorianos» y aseguró que identifican a los hablantes como miembros de una misma comunidad.

Otra perspectiva presentó Gunther Haensch, uno de los impulsores del proyecto Diccionarios Contrastivos del Español de América, destinado a recoger glosarios del español de diecinueve países de América Latina, sostiene que la necesidad de clasificación puede ser útil para el estudio de la lexicografía. El especialista sostiene que el castellano es «un sistema con veinte subsistemas» y que cada una de sus variedades «tiene su derecho a existir», para lo cual «lo mejor es que se conozcan para que cada uno respete al del otro».

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1.5 Americanismos y españolismos

Carlos Coello Caima, presidente de la Comisión de Lexicografía de la Academia Boliviana de la Lengua, expresó que el concepto «americanismo» está ligado a una visión eurocéntrica hispano-castellana y que el nacimiento de estas voces se remonta a las necesidades de comunicación de los conquistadores españoles.

Pero además, añadió, este concepto tiene distintas acepciones. Por una parte, según un enfoque histórico-genético, designa el rasgo (palabra) procedente de América, aludiendo a su origen o lugar de donde proviene. Otro criterio se refiere al uso diferencial, pues ya se considera que un americanismo es cualquier rasgo lingüístico usual en América y no en España.

La última edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) recoge definiciones que pueden ser polémicas. Así, dice que americanismo es el «vocablo, giro, rasgo fonético, gramatical o semántico que pertenece a alguna lengua indígena de América o proviene de ella» y también un «vocablo, giro, rasgo fonético, gramatical o semántico peculiar o procedente del español hablado en algún país de América». Asimismo define argentinismo como la «locución, giro o modo de hablar propio de los argentinos», definición que se extiende a otros ismos aplicados a los demás países de América e incluso a Portugal, pero que varía al hablar de españolismo ya que a éste lo define como «amor o apego a las cosas características o típicas de España» y al «carácter genuinamente español», sin mencionar la manera de hablar de los españoles.

1.6 Las marcas del español en el tiempo: el caso del judeoespañol y la presencia en Filipinas

Las marcas de la lengua española pueden atravesar el tiempo y la distancia y prueba de ello es la permanencia de voces de raíz hispana en el judeo español y en el chabacano, que se habla en algunas zonas de Filipinas.

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1.6.1. El ladino o judeo-español

El ladino, el idioma de los judíos que habitaban España antes de su expulsión en 1492, ha continuado desarrollándose, pese al tiempo y la distancia, en comunidades del Medio Oriente y Marruecos desde hace más de quinientos años.

Cabe señalar que los judíos españoles se establecieron de manera permanente en la Península Ibérica desde el año 73 D.C., aunque su presencia suele ser fechada desde el  587 A.C., cuando se produjeron los primeros asentamientos tras la dispersión realizada por Nabucodonosor II, rey de Babilonia.

Los sefardíes convivieron con las comunidades cristianas y musulmanas hasta 1492, cuando por un decreto de los Reyes Católicos, debieron optar, al igual que los mahometanos, por la conversión al cristianismo o el abandono de España.

Algunos se bautizaron y muchos otros eligieron el exilio. Según el historiador Yitzak Baer, alrededor de 170.000 sefardíes marcharon en procesión atravesando España en dirección a los puertos marítimos y hacia Portugal, de donde también fueron expulsados poco tiempo después. Se dirigieron al norte de África y a los territorios orientales del Imperio Otomano y, más tarde, se asentaron en Francia, Holanda, Inglaterra, Italia, los Balcanes y otros países europeos.

Según una investigación del filólogo Ángel Berenguer Amador, de la Universidad de Haifa, Israel, este idioma se extendió principalmente por dos zonas: el Oriente del Mediterráneo, la zona del antiguo imperio Otomano que abarcaba los Balcanes, Turquía y Palestina, y el norte de Marruecos, donde recibe el nombre de «jaquetía». Actualmente, las comunidades más importantes, que conservan el ladino en Occidente, son las de Marruecos y las de las ciudades españolas del norte de África, Ceuta y Melilla.

Berenguer Amador encontró manuscritos en la zona occidental del Mediterráneo que son muestras del estado de la lengua en el siglo XVI, con una enorme influencia del español. En Oriente, por otra parte, se afincó un mayor número de hablantes de ladino y hasta se constituyeron centros editoriales.

Filólogos y lingüistas han alertado sobre la posibilidad de que el ladino termine perdiéndose si no se toman medidas de protección por parte de España o Israel, país donde es hablado en la actualidad por cien mil personas.

De hecho, en 1993, la UNESCO declaró al ladino como lengua en peligro de extinción. Entre las causas que amenazan su continuidad aparece el hecho de que la gran mayoría de sus hablantes sobrepasan los cuarenta años y muy pocos niños la conocen.

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1.6.2. El español en Filipinas

Las Islas Filipinas formaron parte de la Corona de España hacia el siglo XVI y desde esos tiempos hasta muy entrada la década del ochenta, el español fue la lengua de la legislatura, la prensa y las publicaciones oficiales. La mayor parte de la historia filipina está escrita en español y las lenguas nativas, como el tagalo o el filipino, el bisayo o el ilocano, están pobladas de hispanismos.

En la actualidad, la Academia Filipina de la Lengua Española forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua que junto con todas las Academias americanas (incluida la de Estados Unidos) y la Real Academia Española, elaboran publicaciones sobre nuestra lengua.

La tradición literaria en español de las Filipinas data desde 1593, año en que se fundó la primera imprenta en las islas y se comenzaron a publicar obras de autores filipinos. Posteriormente, en 1863, la reina Isabel II estableció el sistema de educación pública en todas las islas, que se impartía predominantemente en español, y esta medida favoreció la difusión del castellano.

En 1898, Filipinas se independizó de España y los delegados a la primera convención constituyente celebrada en Malolos, Bulacán, en 1898, declararon al idioma español como la primera lengua oficial de la República de Filipinas, tal como aparece en la Constitución de Malolos.

A comienzos del siglo XX hablaba castellano un 10 por ciento de la población, era el medio de comunicación que tenían los ciudadanos de las islas, la lengua de administración de los tribunales y su lengua de cultura. Pero, entre muchas otras causas, las guerras y las sucesivas invasiones norteamericanas a Filipinas terminaron imponiendo al inglés en detrimento del español.

La decisión de la ex presidenta Corazón Aquino de retirar el castellano como asignatura obligatoria en las escuelas significó un duro golpe para la continuidad de nuestra lengua en ese país pero pese a ello, existen grupos de ciudadanos que buscan recuperar la tradición hispano-filipina  y revalorizar la lengua y la cultura en español.

Guillermo Gómez Rivera, miembro de la Academia Filipina de la Lengua, sostiene que en la actualidad casi medio millón de filipinos hablan español y más de un millón de habitantes de las localidades de Zamboanga, Basilan, Cotabato y Cavite tienen como lengua materna un habla criolla con raíces hispanas.

Según el experto, los «supervivientes de habla hispana» podrían promover y potenciar la lengua con el apoyo de entidades como la Agencia Española de Cooperación Internacional o el Instituto Cervantes de Manila.


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Silvia Eva Agosto es lingüista, periodista y redactora de “Unidad en la Diversidad”

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