| Leer de mil maneras |
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| viernes 04 de enero de 2008 14:39 | |
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La Máquina del Bicentenario, en Buenos Aires, no se toma vacaciones. Tampoco los burros Alfa y Beto, del maestro Luis Soriano, en el tórrido Magdalena medio, en Colombia. Es que los libros no necesitan descansar. Cuanto más gente los lee, los presta y los subraya, más vivos están. La ex máquina expendedora de cigarrillos, reconvertida en vendedora de libritos históricos por un peso, en el Apeadero Witold Gombrowicz, un espacio de la Biblioteca Nacional, en Las Heras y Agüero, continuará activa durante el verano. En Colombia, ese Quijote de la lectura que es el maestro Soriano se hizo tan famoso como sus "biblioburros" hace cuatro años, cuando comenzó a salir cada fin de semana por los pueblos de su región a prestarles libros a los niños sin recursos para ayudarlos en las tareas escolares. Está claro que para acercar el libro a la gente hace falta iniciativa, creatividad y voluntad polÃtica, cuando corresponde. Lo hizo la Conabip, en la Argentina, los últimos dos años con el aporte de subsidios a los bibliotecarios del interior que hicieron crecer las ventas en la última Feria del Libro con compras de libros más adecuados a las necesidades de las comunidades en las que las bibliotecas populares se insertan. La propia comisión, que conduce MarÃa del Carmen Bianchi, apostó por el bibliomóvil y el fortalecimiento de otras modalidades de bibliotecas, como la lancha del Delta del Paraná, que presta libros a los habitantes de las islas. Hay, además, bibliocamellos en Africa, bibliotecas flotantes en Alaska y el Amazonas, un bibliobarco en Tailandia y hasta un biblioavión interactivo en México. De lo que se trata es de que, contra viento y marea -nunca mejor dicho- el libro llegue a los lectores. |