R茅quiem para unas manos PDF Imprimir Correo electr贸nico
Tribuna de Opini贸n
domingo 17 de febrero de 2008 13:07

Alejandra Basualto

脡L ERA GRANDE Y AMARILLO Y TEN脥A LAS MANOS TIBIAS. Y ella lo amaba. Lo amaba por casi una d茅cada, dentro de la que hubo muchas inundaciones de calles y carreteras, un terremoto en el 谩rea metropolitana, y varios veranos t贸rridos, durante los cuales ella jam谩s habr铆a abandonado su casa a las siete de la tarde si no fuera porque ten铆a cita con 茅l. (Aqu铆 la narradora se reserva el derecho de omitir detalles sobre el origen y tipo de relaci贸n que los un铆a, para no herir los sentimientos de la esposa de 茅l ni del marido de ella.)


Durante la inundaci贸n de 1986 y estando ellos ensimismados en su burbuja de sentimientos y silencios arrastrados, son贸 el tel茅fono incesantemente, pero 茅l no respondi贸, hasta que el ruido se detuvo. Sin embargo, la campanilla volvi贸 a sonar tan violentamente en medio de los truenos, que no tuvo m谩s remedio que contestar. Era la esposa alarmada por las noticias de la televisi贸n: mostraban cuadros desoladores de calles anegadas, 谩rboles ca铆dos y autom贸viles detenidos en medio del agua. La respuesta escueta, casi brusca de 茅l, le indic贸 a ella que estaba transgrediendo las normas y que se hallaba en medio de una situaci贸n estrictamente familiar. Pero 茅l no era hombre de sometimientos y, sin mayores explicaciones, volvi贸 a sumergirse en la burbuja irisada por la blanda luz de la l谩mpara.
Sus manos eran tibias. Delicadas. A ella le gustaba sostenerlas en medio de la desolaci贸n, cuando todo afuera era precario, cuando las voces del mundo no bastaban para cobijarla. Entonces aferraba esas manos, haciendo caso omiso del sudor que las iba contagiando a medida que crec铆a el golpeteo de sus corazones. Ella estaba segura de que 茅l hab铆a entrado en el juego, a pesar de guardar silencio.
Y ella lo amaba con la tozudez que manifiestan las mujeres insatisfechas.
Por a帽os esper贸 que la tomara en sus brazos y la besara; por a帽os so帽贸 con su sexo rubio en su boca, en sus piernas, en el afiebrado alacr谩n de su vientre. Pero 茅l guardaba las distancias. S贸lo sus ojos la transitaban en una llamarada ardiente que la dejaba temblando.
Ella era buena para escribir cartas. Sol铆a escribir largas misivas en papeles anchos y blancos, siempre mecanografiados y sin firma. 脡l las le铆a con atenci贸n, y trataba de ocultar en su rostro alg煤n indicio que manifestara sus reacciones; pero ella lo espiaba, interpretando cualquier movimiento de sus pesta帽as, cualquier breve temblor de su mano, o cualquier salto en el ritmo de su respiraci贸n.
El tenor de las cartas era, con algunas variaciones, b谩sicamente el mismo (mas el narrador no puede revelarlo). A continuaci贸n, sosten铆an largas conversaciones al respecto, y ella sent铆a que 茅l se le escurr铆a por territorios como de nieve reci茅n ca铆da.
As铆 las cosas, alguien le susurr贸 a ella que 茅l ten铆a rasgos de homosexualidad tal vez no asumida y que no le gustaban las mujeres. Esa idea tambi茅n hab铆a cruzado por su mente cada vez que o铆a su voz de junco dormido y observaba sus ademanes asordinados, sin brusquedad ninguna; pero la rechazaba luego, con la certeza de que hay hombres as铆, delicados en su ternura, hombres de aire, transparentes en su permanencia vital.
Ella era de fuego, sin embargo. Violenta y directa como la flecha de su Sagitario, y decidi贸 un d铆a que se ir铆a para siempre. Para siempre dur贸 un mes en que se vio sumergida en medio de organizaciones feministas, reuniones circulares y discusiones acad茅micas que le taladraron los sesos, pero dejaron su coraz贸n intacto en la a帽oranza. Y regres贸. 脡l la acogi贸 con su sonrisa de siempre, como si aquel intervalo absurdo jam谩s hubiera ocurrido.
Y as铆 transcurrieron los meses, en los cuales ella sufri贸 per铆odos de delgadez infinita, per铆odos en que si no hubiera sido por el faro de las manos que la acog铆an, las palabras justas, los silencios precisos, ella habr铆a sucumbido. Ambos se zambull铆an en el c铆rculo perfecto de las emociones, sin resbalar, como sabiendo que el contacto de las manos les daba la redondez necesaria para seguir viviendo.
De pronto, una tarde las manos de ella se enfriaron. Los m茅dicos dijeron que un desorden hormonal, que la circulaci贸n, que la falta de peso (aqu铆 el narrador no tuvo acceso a la ficha privada de los facultativos y no puede dar detalles exactos del origen de su enfermedad ni de su posterior evoluci贸n ni tratamiento).
El caso es que ella comenz贸 a cambiar. Le dijo a 茅l que necesitaba tiempo para estar sola, que otras actividades la requer铆an por algunos meses, y empez贸 a distanciar sus encuentros. 脡l, aparentemente, no lo resinti贸, pero con el correr de las semanas ya no pudo soportarlo. Una tarde de abril de 1989 la llam贸 intempestivamente a una cita no acordada, cosa que se sal铆a de sus c谩nones establecidos. Ella casi no pudo acudir, mas la fuerza de la costumbre de cumplir con sus obligaciones (n贸tese: ella lo tom贸 como una obligaci贸n) la hizo postergar otro compromiso casi tan ineludible como misterioso (el narrador no considera necesario suministrar antecedentes sobre estas nuevas actividades), y acudi贸 puntualmente a las siete.
Al ser requerido por esta reuni贸n fuera de pacto, 茅l dio algunas explicaciones tan atropelladas como absurdas. Dijo que se hab铆a confundido, que no estaba seguro de la fecha acordada, que..., aunque ella no le crey贸 ni por un segundo. 脡l jam谩s dejaba estas cosas al azar. Ten铆a su tiempo perfectamente controlado porque era un reloj viviente.
Las palabras se deslizaban con raros matices. 脡l la observaba esperando alg煤n brillo especial en sus ojos, una l谩grima tal vez. Pero nada, ella ten铆a los ojos secos y una sonrisa que manejaba la situaci贸n. Luego vino el rito de las manos. Las manos de 茅l no pudieron entibiar la delgada piel de ella sobre los huesos helados de sus dedos. Ella sinti贸 que sus manos nunca m谩s ser铆an contagiadas por calor alguno. Estaban condenadas a los hielos eternos. Y casi tristemente, pero con voz osada, que la sorprendi贸 a ella misma, dej贸 escapar las palabras definitivas. Hab铆a decidido que no volver铆a.
Alejandra Basualto naci贸 en Rancagua en 1944. Poeta y narradora, actualmente
cursa un doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de
Chile. Dirige los talleres de poes铆a y narrativa "La Trastienda" y hace clases en
universidades.
(Art铆culo publicado en www.escritores.cl)